Autor: Diego Jordan Villafana Villafana

Desde que el coronel Nicolás de Piérola, cuyo verdadero nombre era Nicolás Fernández Villena, diera el golpe de estado al gobierno de Mariano Ignacio Prado, aprovechando que este se encontraba en Europa comprando buques y armamento, y se le invistiera como el Jefe Supremo de la República con carácter de dictador, la guerra del guano y el salitre iniciada en 1879 había tomado un rumbo más político que militar. Solo para dar un ejemplo, luego del combate naval de Punta Angamos, en Mejillones, Bolivia, el 8 de octubre, el general Prado, aún presidente, había decretado cuatro ascensos mientras que Piérola decretó 200 entre diciembre de 1879 y enero de 1880, solamente a gente allegada, claramente con tintes pierolistas. El sacrificio de Miguel Grau, de Elías Aguirre y de otros valientes hombres en el combate naval no recibió el merecido reconocimiento, más bien, Piérola llamaba a Grau “héroe de segunda clase”. Según su criterio decidiría quien sería considerado héroe nacional y quién no.
Basándose en estrategias militares extranjeras, había dividido en dos al ejército que se dirigía a combatir en Arica. Un grupo, al mando del coronel Francisco Bolognesi, llegó primero al sur, y el otro, comandado por el coronel Segundo Leiva, tardaba en llegar pues esperaba el abastecimiento de pertrechos y municiones.
Bolognesi y Leiva eran militares retirados que volvieron al servicio debido a la guerra, pero la diferencia se hallaba en que el segundo, por problemas propios de la edad y la falta de práctica, se había convertido en un hombre que premeditaba las cosas, que no daba un paso sin analizar las consecuencias, un hombre más de consejo que de acción; aun así contaba con 3000 hombres bajo su mando. Importante cantidad que hacía falta en Arica pues el número de soldados de Bolognesi era menor a 2000 y del enemigo a combatir, tres veces más.
Pero los soldados de Leiva no eran verdaderos soldados. Aproximadamente 600 habían desertado, permaneciendo 3000, que eran, en realidad, una mezcla de la guardia nacional de la ciudad, restos del ejercito derrotado en Moquegua y nuevos reclutas. Además, no contaban con uniformes completos y la mayoría ni siquiera habían llevado a cabo ejercicios de fuego y mucho menos sabían manejar las armas; rifles de marca Remington y Chassepot. En suma, la calidad como unidad militar era baja y reinaba la desorganización.
Este desorden, fue la consecuencia, posiblemente, de la rivalidad personal que tenía Piérola con el jefe político y militar de los departamentos del sur, el contraalmirante Lizardo Montero, que le venció en sus épocas de revolucionario contra el presidente Prado. Piérola decidió dar el mando político a un partidario suyo dejándole a Montero solo el mando militar. El contraalmirante, enterado de lo que sucedía con las tropas de Leiva, solicitó el abastecimiento de provisiones, pero el presidente optó simplemente por ignorarle.
Entre los ascensos de Piérola figuraba el ascenso a coronel de guardias nacionales a Agustín Belaunde, consumado pierolista y con quien mantenía comunicación constante de aspecto político. El 30 de mayo de 1880, Belaunde le envió una carta donde le informaba de lo que había escuchado acerca de los hechos previos a la batalla del Alto de la Alianza, pues él no lo había presenciado por encontrarse en Arica. La carta decía:
“Señor don Nicolás de Piérola
Muy respetado compadre:
Con el corazón enlutado tomo la pluma para, en cortas palabras, manifestarle los acontecimientos del funesto día 26. A las 6 a.m., el enemigo se presentaba a la vista de nuestro ejército. A las 10 a.m. se trabó el combate y a las 12 m. se dejó flanquear nuestro ejército por el ala izquierda, entrando el enemigo a Tacna y Montero huyendo a Pachía, según dicen con 3000 hombres; otros dicen que está en Palca, pero lo cierto, compadre, es que esos cobardes civilistas se han corrido como unos miserables, dejando nuestro país en manos del enemigo, y sin ninguna probabilidad nosotros de poder rescatar Tacna, pues el coronel Leiva, en quien teníamos esperanzas, sólo ha llegado a Torata el día 26 de éste, es decir, el mismo día que los chilenos tomaban Tacna; así que el coronel Leiva no podrá llegar ni el día 4 de junio, que aún sería tiempo de dar a los chilenos otra segunda batalla, pues dicen que no tienen sino 7000 hombres y como quiera que Leiva dicen que trae cuatro y tres que tiene Montero, podrían pues muy fácilmente vencer a los enemigos en Tacna. Yo estoy defendiendo Arica con mi batallón, que tiene 380 hombres de inmejorable gente tacneña y todos pierolistas de corazón y resueltos a morir todos antes que dejar tomar al chileno este puerto. Si nos llegasen a vencer por el número los chilenos, inutilizaríamos antes todo en Arica y si quedamos vivos algunos, nos retiraremos a juntarnos con Leiva si éste demorase por alguna circunstancia.
Esta es la verdad de los acontecimientos, querido compadre, pero en fin, aquí nos consuela la idea de que Ud. ha de castigar a los cobardes chilenos, pues así confiamos todos los amigos de Ud. En cuanto a mí, compadre, ya sabe Ud. que cuenta conmigo y con mi batallón y que sí que perdemos y quedo vivo y puedo escapar, marcharé a formar otro batallón a otra parte, a fin de defender siempre a Ud. y su gobierno, pues esa sola es mi única consigna.
No teniendo otra cosa por ahora que comunicar a Ud., le deseo buena salud y le repito que cuente Ud. con el brazo de su verdadero compadre y seguro servidor.
Carlos A. Belaúnde”
El 1 de junio se convocó a un concejo de guerra en la casa que Bolognesi tenía cerca de un morro existente en Arica, donde concurrieron los jefes de todos los batallones incluyendo a Agustín Belaunde, jefe del batallón Cazadores de Piérola. El tema a tratar involucraba la batalla de Arica y el ejercito que faltaba llegar desde el norte.
—Señores, nos encontramos aquí reunidos para armar una estrategia militar —manifestó Bolognesi a los presentes—, para lo cual necesito de todos sus conocimientos para hacer frente al enemigo, puesto que la ayuda requerida aún no hace acto de presencia y no contamos con las suficientes balas para contener al ejército de Lagos.
—Yo sugiero —habló el capitán del monitor Manco Cápac, Guillermo More Ruíz— distribuir al ejército en sendas baterías desplegadas por todo el campo de batalla incluso en el morro, por ser un punto estratégico de defensa. Las embarcaciones chilenas no podrán atacarnos allí desde el mar.
—Coronel —agregó el ingeniero Teodoro Elmore—, mi idea es instalar minas por todas las rutas y caminos chilenos. Tenemos a nuestra disposición un generador de electricidad que podría sernos útil para activarlas. Puedo enseñar a los soldados a hacer las minas en varios puntos del campo y puedo instalar yo mismo algunas cerca al río Lluta que es por donde las tropas de Chile transitan.
Este plan era excelente porque significaba una ventaja adicional durante el combate. Más oficiales daban sus puntos de vista sobre el desenvolvimiento de los batallones, pero Belaunde, que había permanecido en silencio desde el inicio del concejo, finalmente intervino.
—Coronel Bolognesi, he escuchado de mis compañeros muchos planes tácticos, pero no se han tomado un tiempo en pensar en la superioridad chilena. Ese ejército debe ser al menos tres o cuatro veces mayor que el nuestro. Con esta cantidad no podremos detener su avance, su excesivo orgullo los hace más fuertes. Tal vez podamos vencerlos si estuvieran aquí las tropas de Leiva, pero Dios sabe dónde se encuentren en este momento y Dios quiera que lleguen a tiempo. Las municiones no son suficientes para detener a los chilenos. Coronel, yo sugiero regresar a Arequipa, primero a abastecernos y luego a esperar instrucciones de nuestro presidente Piérola.
Bolognesi, haciendo un gesto de desconcierto, ciertamente igual que los demás, respondió:
—El país necesita ser defendida por sus tropas ahora, sobre todo después que Bolivia decidió salirse de la guerra y solo apoyarnos moralmente. Lo que Ud. propone es retirarnos de la guerra, rendirnos, firmar una capitulación porque simplemente nos asustó la “superioridad” chilena.
—Coronel, no es pueril creer que las escasas tropas bajo su mando no causan mayor temor a la infantería chilena y puesto que Ud. lo menciona, capitular ante el enemigo no es de cobardes. Si no se hace, se estaría sacrificando a los soldados, sería como llevar al matadero a tantos hombres en plena flor de su juventud.
—Así no es como se ganan guerras, coronel. Todos aquí ya hemos dado nuestra palabra de dar la vida por esta guerra. Su punto de vista contradice todo lo que nos define como patriotas.
—No tenemos por qué mandar a estos jóvenes como carne de cañón. Puede evitarse.
—Coronel, su forma de pensar es un peligro para las tropas. Tenemos deberes aquí y lo cumpliremos fielmente —Bolognesi miró a los jefes militares para saber si contaba con apoyo y, en efecto, así era, todos los presentes aprobaban sus palabras—. Si Ud. piensa así, a pesar de tener la orden de defender el país, entonces incurre en acto de traición a la patria. Nadie puede dar la espalda al país ante semejante situación. Coronel Belaunde, pondré al tanto a mis superiores de esta actitud y ellos decidirán si merece castigo disciplinario, por mientras esperará en el cuartel la decisión. Puede retirarse del concejo, coronel.
Dicho esto, un par de oficiales que estaban presentes en el concejo pero no participaban de ella, acompañaron a Belaunde a la salida de la casa. Este se dirigió al cuartel y, entendiendo que su arresto era inminente, cometió lo impensado. Cuando un soldado recibió la orden de notificarle que cumpliría arresto a bordo del monitor Manco Cápac y se dirigía a avisarle, ya había desaparecido, aprovechando que los chilenos se encontraban transitando cerca, rumbo a Arequipa. Pronto, todos supieron de su deserción y se enviaron telegramas a Lima avisando de la evasión.
Horas después, Teodoro Elmore acompañado de Pedro Ureta fueron apresados por fuerzas chilenas, luego que detonaran unas minas en la zona del río Lluta, al norte de Arica, para dañar, sin lograrlo, el avance, en ese instante, de las tropas chilenas. Ureta resulto herido y murió durante el encuentro. Más minas fueron colocadas por reclutas en el campo de Arica.
El 3 de junio, Bolognesi envió un telegrama a Segundo Leiva pidiéndole la asistencia de las tropas restantes, pero Lizardo Montero, al ser ignorado constantemente por el presidente, intentó, inútilmente, mandar un telegrama a Arica ordenando el retiro de las tropas en el sur, porque, a decir verdad, estaban abandonados a su suerte.
El 4 de junio, todo el día los chilenos ubicaron su artillería en el campo de Arica, los peruanos hicieron lo mismo, y al día siguiente, muy temprano, el mayor chileno Juan de la Cruz Salvo se acercó al campamento peruano agitando con las manos una bandera blanca, en son de tregua, diciendo que traía un mensaje para los mandos militares. Rápidamente fue rodeado por reclutas y cubierto los ojos. Así fue trasladado a la casa de Bolognesi, donde ya los jefes de los batallones se habían reunido. Ahí, descubierto la vista, el mayor le informó al coronel:
—Coronel Francisco Bolognesi, jefe militar de la armada peruana en Arica, mis superiores, el coronel Pedro Lagos y el general Manuel Baquedano, me han encomendado entregarle un mensaje.
—Le oigo a Ud.
—Señor, el General en Jefe del Ejército de Chile, deseoso de evitar un derramamiento inútil de sangre, después de haber vencido en Tacna al grueso del Ejército aliado, me envía a pedir la rendición de esta plaza, cuyos recursos en hombres, víveres y municiones conocemos.
—Mayor, solo le voy a decir que tengo deberes que me han sido encomendados y planeo obedecerlos. Pero por supuesto estoy hablando solo por mi persona, mis compañeros de armas aquí presentes también merecen opinar. Tomaré un tiempo para preguntarles si están a favor de esta rendición.
Acto seguido, se convocó a una votación veloz ahí mismo frente al mayor, sobre si aceptar la rendición o no. Hecho el voto, la decisión fue unánime: se continuaría con la batalla en Arica. En vista de esto, Bolognesi le comunicó al mensajero:
—Señor, tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré hasta quemar el último cartucho.
El hombre, reconociendo la determinación peruana, solo dijo, para concluir con su encargo:
—Muy bien. Entonces está cumplida mi misión.
Antes de salir de la casa, se le volvió a cubrir la cabeza y fue guiado hasta donde había aparecido inicialmente. Ahí, descubierta su vista, regresó a las filas chilenas que, debido a la respuesta de Bolognesi a la capitulación, decidieron abrir fuego a las 9 a.m. contra las baterías peruanas del norte y el este. Cuatro horas después se detuvo el conflicto sin bajas significativas para ambos bandos.
Más tarde, Bolognesi envió otro telegrama a Leiva convencido de estar todavía en Arequipa, con una corta pero enérgica frase: “Apure, Leiva”. Con el ejército incompleto, presintiendo algún final para nada agradable para él y los últimos defensores en el sur, escribió y envió una carta a su esposa, cuyo contenido, en parte, decía:
“…Esta será seguramente una de las últimas noticias que te lleguen de mí, porque cada día que pasa vemos que se acerca el peligro y que la amenaza de rendición o aniquilamiento por el enemigo superior a las fuerzas peruanas son latentes y determinantes. Los días y las horas pasan y las oímos como golpes de campana trágica que se esparcen sobre este peñasco de la ciudadela militar engrandecida por un puñado de patriotas que tienen su plazo contado y su decisión de pelear sin desmayo en el combate para no defraudar al Perú. ¿Qué será de ti, amada esposa? Tú que me acompañaste con amor y santidad. ¿Qué será de nuestros hijos, que no podré ver ni sentir en el hogar común? Dios va a decidir este drama en el que los políticos que fugaron y los que asaltaron el poder tienen la misma responsabilidad. Unos y otros han dictado con su incapacidad la sentencia que nos aplicará el enemigo. Nunca reclames nada, para que no se crea que mi deber tiene precio…”
El 6 de junio al mediodía, se llevó a cabo un combate naval entre los buques Loa, Magallanes, Covadonga y Cochrane de la flota chilena y el monitor Manco Cápac apoyado por los cañones de las baterías del morro de Arica, las del norte y el sur, los primeros bajo el mando de Guillermo More. En tierra, también hubo combate, donde no se pudo lastimar considerablemente la infantería enemiga. El conflicto terminó a las cuatro de la tarde.
Antes de anochecer, el ejército chileno envió al ingeniero Elmore para negociar la capitulación peruana, pero Bolognesi ni siquiera se puso a discutir los términos, el mensajero al no ser un militar incumplía la forma de cómo debía acordarse una rendición.
Antes de partir de regreso a sus captores a las once de la noche, Elmore dio detalles del despliegue chileno que sucedería al amanecer. Las tropas enemigas empezarían abriendo fuego a las baterías Ciudadela y Este, ubicadas justamente en esa dirección. Nadie creyó esta información porque se supuso que se trataba de una estrategia por parte del bando contrario para concentrar refuerzos en esa sección y descuidar otras.
Mientras tanto, Bolognesi seguía esperando el resto del ejército. Era la línea de defensa adicional para evitar el avance chileno hacia Lima. Tarapacá y Tacna ya se consideraban perdidos y en manos de Chile, tras los resultados de la batalla del Alto de la Alianza. Las tropas peruanas estaban rodeadas por el enemigo por el norte y por el sur. Por el oeste, podía ser cubierto desde la playa por el monitor Manco Cápac y la lancha torpedera Alianza, sin embargo estos barcos ya tenían sus problemas en el mar con los buques chilenos. La única solución era huir por el este donde no existían peligros, tal vez hacia la sierra para luego rodear al enemigo y así continuar hasta Arequipa donde se haría el reabastecimiento de municiones, armas y pertrechos. Pero la huída, de por sí, calificaría como cobardía y acto de traición, por eso el coronel no lo tomó ni como una opción.
Entre los quince oficiales que acompañaron a Bolognesi y rechazaron la capitulación se hallaba Guillermo More Ruíz y Alfonso Ugarte. El primero fue el capitán del monitor Manco Cápac en la batalla naval de Arica del 27 de febrero de ese año, donde la victoria fue peruana. More, caído en depresión luego que el barco que comandaba, Independencia, zozobrara al impactar con un peñasco submarino durante el combate de Punta Gruesa; y librado de arresto por esta accidental acción, buscaba la muerte, como manera de redimirse, y por ello, pidió formar parte de las filas defensoras en Arica. Alfonso Ugarte era un comerciante y ex alcalde nacido en Iquique, que al inicio de la guerra estaba a punto de viajar al viejo continente para ponerse al tanto de unos negocios de la firma que él había creado, Ugarte, Zeballos y Compañía, pero decidió posponer el viaje e incluso su matrimonio para defender su ciudad. Él mismo reunió a un batallón de civiles, conformado mayormente por artesanos y obreros, y se puso al mando. Vistió, entrenó y alimentó a estos hombres, que sumaban cerca de 460, hasta su llegada al sur.
Sin saber si volvería con vida o no, Ugarte dejó un testamento de 15 páginas donde indicaba cómo disponer de su patrimonio y objetos personales en su ausencia. Mientras llegaba a Arica ya había luchado en otras batallas y recibido un disparo en la cabeza, que no logró causar mayor daño físico. Herido, siguió el camino hasta reunirse con Bolognesi.
Envió una misiva a un amigo de su ciudad natal para mantener al tanto de su situación a sus familiares y conocidos. Un fragmento de la carta delataba cierta tristeza por cómo se desarrollaría el conflicto en Arica:
“…No hay detalles ni tenemos noticias seguras de los nuestros más de lo que te comunico. Aquí en Arica estamos solamente dos divisiones de nacionales, defendiendo este punto, y aun cuando somos tan pocos, no podemos hacer lo de Iquique, abandonar el puerto y entregarlo, porque éste es un puerto artillado y tiene elementos y posiciones de defensa. Tenemos pues, que cumplir con el deber del honor defendiendo esta plaza hasta que nos la arranquen a la fuerza. Ese es nuestro deber y así lo exige el honor nacional. Estamos pues esperando ser atacados por mar y tierra. Dios sabe lo que resultará, así que te puedes imaginar mi triste situación. Sin embargo es preciso resistir hasta el último y te puedo asegurar, también, que con las posiciones que ocupamos en el morro, los cañones de grueso calibre y las minas que tenemos preparadas, les costará muchas vidas a los chilenos reducirnos y quitarnos esta plaza. Estamos resueltos a resistir con toda la seguridad de ser vencidos, pero es preciso cumplir con el honor y el deber. Quizás la suerte nos favorezca y lleguen con tiempo los refuerzos que esperamos de Arequipa…”
Como explicaba la carta, el morro era un punto estratégico para la armada peruana y en ese lugar ya se habían dispuesto minas, que se activarían con electricidad. Elmore había ayudado en hacer estas trampas, pero solo en parte, pues únicamente conocía con exactitud la ubicación de las que él mismo instaló e hizo explotar en el río Lluta, donde fue apresado.
La carta ponía de conocimiento, además, que la victoria dependía de la llegada del refuerzo de Leiva. Quedaban ya pocos hombres que seguían con el mismo entusiasmo que al inicio de la guerra. Ya los soldados tenían miedo de continuar luchando. Un buen porcentaje de ellos eran padres de familia, hijos, hermanos, esposos esperanzados en volver a ver a sus seres queridos en una sola pieza. Algunos pensaban que la batalla ya tenía su vencedor y no era precisamente el bando peruano. ¿Cómo ganar la guerra si el enemigo era tres veces más grande? ¿Cómo salir victorioso si sus fusiles y cañones eran mejores y sus tropas incluían caballería?
Todos estos temores eran como aguijones en los pensamientos de los reclutas. Había una atmósfera de desilusión, como si haber resistido la guerra hasta ese momento no tenía mayor trascendencia, como si luchar por el país hasta ese punto de la historia no tenía ya ningún sentido. Como si defender la patria solo era obligación de los militares y no de los civiles. Muchos habían vivido en carne propia la muerte de sus compañeros de batalla. Muchos, que nunca habían visto sangre más que la suya al cortarse mientras se afeitaban, ahora la veían brotar de los cuerpos heridos de sus compañeros impregnándose en sus trajes. Muchos no habían visto a gente tan lastimada por la metralla y los sables. Los primeros días de batalla a muchos sorprendió el desarrollo de la misma, por lo sangriento que resultó ser y era cuestión de adaptarse inmediatamente, salir del impacto inicial y ayudar en aumentar las bajas del ejército contrario.
No solo radicaba el problema en lo emocional, en hacerse los fuertes ante tremendo poderío y ventaja militar de los chilenos, sino también en lo logístico. Las municiones se estaban agotando y los fusiles Chassepot se trababan luego de 50 y 100 tiros aproximadamente. La excepción eran los fusiles Remington pero solo una fracción de las tropas la usaban. Los uniformes, ensuciados y maltratados, mostraban de alguna manera cómo era el ánimo de quienes lo portaban: cansados y cargando consigo el desgano. Todos los reclutas se preguntaban si llegarían los refuerzos a tiempo, pero, sin querer, recordando los sucesos recientes, la derrota del Huáscar y lo acorralado que estaban, predecían que la ayuda llegaría ya cuando en el campo de batalla estuviera presente la muerte y la desolación y el enemigo rumbo a la capital.
Con estos pensamientos, que solo hacían herir la susceptibilidad, no se llegaría tan lejos en la batalla posterior a la rechazada negociación de rendimiento, por eso, y para alentar a sus tropas, para llenarles del espíritu guerrero, Bolognesi reunió a todos en la noche, horas más tarde que Elmore hiciera de mensajero de los chilenos, y les dijo:
—Soldados, patriotas, gente de mi completo respeto y admiración, que han dejado las diferencias raciales a un lado para sostener los sables y pistolas y rifles para defender esta tierra, la tierra que nos vio nacer y que ahora se encuentra en conflicto. Un conflicto que no nos afectaba en un principio pero que nuestro impulso innato de ayuda nos hizo tomar. Bolivia ya tendrá que ajustar cuentas con Perú más tarde por su actitud frente a todo esto, pero ahora, aquí, solo somos nosotros frente al enemigo. Daremos lo mejor de nosotros y más. Esta tierra no caerá mañana ni nunca. Esta tierra es más grande que cualquier otra. La tierra de nuestros padres, hermanos e hijos se regocijará de nuestro arrojo y de nuestra valentía se escribirán libros y poesías. Definiremos el destino del Perú, señores. Pintaremos de sangre guerrera las páginas de la historia de nuestra república y que los gritos de guerra lleguen hasta Chile. Y que sepa que el último bloque en el sur ha dado hasta el último aliento para luchar por el Perú. ¡No caeremos en Arica! ¡Detendremos la armada chilena! ¡Que viva el Perú! ¡Y que vivan todos los valientes hombres que darán su vida por ella!
Todos los reclutas aplaudieron al unísono estruendosamente a la vez que repetían las últimas frases del coronel. Los aplausos y vítores seguramente llegaban hasta el campamento de Pedro Lagos y si era así, pues más le valía retroceder, porque la algarabía daba la sensación de que las tropas se habían multiplicado por cien. Las palabras de aliento que necesitaba oír la gente hacían que los heridos se curaran momentáneamente y abandonasen sus camillas para unirse en los vítores. Los desanimados y potenciales desertores, olvidaron sus ideas y participaron igualmente. Fue la noche más patriótica del Perú, pero para Bolognesi era decisiva, solo tenía hasta esas horas de la oscuridad para recibir a Leiva y su ejército.
Antes de aparecer las primeras luces del alba, alrededor de las 5:30 de la mañana del 7 de junio, comenzó el despliegue del Tercer Regimiento de Línea chileno en dirección hacia los fuertes del este, tal como había dicho Elmore. Centinelas del fuerte Ciudadela, que era resguardado por una pared de sacos de arena, como los demás, avistaron este movimiento y entonces a las seis de la mañana, cuando ya todos los soldados estuvieron completamente atentos, se abrió fuego, antes que los comandantes de cada bando diesen la orden de hacerlo.
Un primer grupo de chilenos se acercaron al fuerte sin sospechar que se habían escondido estratégicamente dos minas justamente por donde estaban avanzando. En el momento exacto fueron detonadas para detenerlos. El teniente coronel Medardo Cornejo, al mando del fuerte, creyó que había logrado dañar seriamente al enemigo pero segundos más tarde se dio cuenta que apenas las explosiones lo habían afectado. La amargura se formó en su rostro, pero no había tiempo para gestos, había que formar un plan. Los sobrevivientes estuvieron aturdidos por unos segundos y algunos soltaron sus armas inconscientemente, sin embargo se recuperaron y continuaron su camino. Protegidos por los sacos de arena, los soldados peruanos les disparaban con sus fusiles lo más certeros posibles. Cuando llegaron al fuerte, se desató el combate cuerpo a cuerpo, y haciendo uso de un trabajo en conjunto, de bayonetas, fusiles y minas se pudo repeler el avance chileno, que había conseguido, también, causar considerables bajas peruanas.
Apareció una segunda oleada de atacantes sobre el fuerte. Con la primera se habían perdido muchas vidas, la defensa del fuerte estaba peligrando, no obstante, el coraje todavía permanecía intacto en los soldados. Lucharon con todas las fuerzas que permitía su espíritu usando las bayonetas, pero el plan utilizado con el primer grupo no se pudo repetir porque la cantidad de soldados peruanos había disminuido. La superioridad en número de la línea enemiga se hizo notar y esta consiguió tomar el fuerte. Aun con la ayuda de Bolognesi y los demás batallones disparando, no se pudo evitar este desenlace. Murieron en batalla la mayoría de los que protegían el fuerte. Entre ellos se encontraban el coronel Justo Arias y Aragüez, jefe del batallón Granaderos de Tacna; el sargento mayor Francisco Antonio de Zela, segundo al mando; entre otros.
Uno de los chilenos consiguió tomar la bandera peruana flameante del fuerte Ciudadela, esto se consideraba la caída total del fuerte. El cabo Alfredo Maldonado, de apenas 16 años, avisó al teniente coronel Cornejo de lo sucedido y este le dio la orden de hacer volar la santabárbara, el lugar donde se reunía toda la pólvora y municiones de la batería peruana. El muchacho se apuró en obedecer impulsado por la adrenalina que recorría su cuerpo, provocado por el ritmo trepidante de la batalla, pero cuando llegó el momento de hacer la explosión, le invadió el miedo, el miedo de morir en ese campo, tan lejos de su familia, con hombres que conoció apenas unas semanas. Este sentimiento aumentó al ver que a su alrededor habían amigos sobrevivientes. Disparados en la pierna, en los brazos, heridos con bayoneta, quizás imposibilitados de moverse, pero con todas la fe por ganar la guerra. Cayó en cuenta que si cumplía la orden los sacrificaría. Trató de hallar otra forma de hacerlo, pero su cabeza, llena de tantas ideas revueltas que iban y venían, no lo dejaba concentrarse. Los heridos, como si tuvieran conocimientos de sus dudas, lo miraban de una manera que podía describirse como de aceptación, como si el sacrificio era necesario si era por la patria. Un reducido grupo de chilenos corrieron a alcanzarle y viendo que sería rodeado y con toda seguridad, ejecutado sin siquiera rezar por última vez, cumplió la orden encomendada. La inmensa explosión provocó su muerte, la de los heridos y la de los chilenos entre los que encontraba el que había tomado la bandera.
Pronto cayó el fuerte Ciudadela. Esta pérdida fue irreparable, pero sirvió de impulso para que los soldados del fuerte Este lucharan con más coraje puesto que el Cuarto Regimiento de Línea chileno se enfocó en tomarlo. Cornejo se dirigió a defenderlo, era el único fuerte que le quedaba bajo su mando, después de librarse de una muerte segura en la anterior.
Los cañones enemigos apuntaban hacia el Este y los demás regimientos usaban fusiles Comblain y Gras. Este último fusil fue modificado para usar cartuchos Comblain. Los soldados peruanos, cubiertos por los sacos, disparaban hacia los chilenos, antes que alcanzaran el fuerte, esperando que los fusiles Chassepot que usaban no se trabaran durante el conflicto.
Uno a uno fueron cayendo más hombres de cada bando. Todo el campo tenía olor a pólvora y muerte. Bolognesi defendía a su gente disparando su fusil y recargándola sin perder tiempo. Ugarte hacía lo mismo desde su posición. Los cañones chilenos disparaban hacia el fuerte pero un mal cálculo en la distancia hacía que las balas impactaran antes, hiriendo en ocasiones a su propia gente.
Los hombres del fuerte veían como los chilenos continuaban la lucha a pesar de las bajas sufridas, que parecía no haber disminuido su número. Los cañoneros disparaban a los enemigos que no se habían aproximado demasiado y, a la vez, se protegían de aquellos que sí. Los soldados del bando contrario consiguieron tomar el fuerte, para mayor desgracia de Cornejo, quien luchó con todo antes de ser abatido por la espalda.
Ya dos fuertes habían caído en manos chilenas, solo las baterías San José, 2 de Mayo y Santa Rosa permanecían luchando. Desde el mar, José Sanchez Lagomarsimo, que comandaba el Manco Cápac, observaba con binoculares el desarrollo del combate. Le preocupaba haber perdido los fuertes y un sentimiento de pesimismo invadió su pensamiento. Si no se ganaba la campaña terrestre, había decidido hacer impactar el monitor contra la isla del Alacrán, una isla cercana convertida en fuerte militar con muros de piedra, para hundirlo antes que rendirse. La torpedera Alianza, de repente, lograría escabullirse de la flota chilena con algo de suerte. Cada ejército estaba impaciente por el desarrollo de la guerra.
Los minutos pasaban y el bando peruano resistía el ataque, sin embargo el número de valientes iba disminuyendo. El batallón chileno Lautano atacaba los fuertes restantes. Cuando se quería eliminar la artillería enemiga, el batallón Bulnes se encargaba de protegerla. Bolognesi repetía en su mente “apure, Leiva, apure” mientras disparaba con su fusil. Su cuerpo lleno de una mezcla de sudor y polvo, no podía tomarse un descanso para idear alguna estrategia eficaz. Aun si ordenaba la retirada de sus tropas, la caballería enemiga vigilaba todo el campo para impedirlo.
Las baterías Santa Rosa y Dos de Mayo, en peligro de sucumbir, fueron destruidas por los peruanos, prefiriendo darles ese final en vez de verlas bajo el dominio chileno. Hasta ese momento, las líneas defensoras habían mantenido la valentía, pero ya comenzaban a mostrar agotamiento, más todavía, enterándose que las municiones estaban a punto de acabarse. Se haría uso, entonces, de los sables, pero ya no en el espacio abierto sino en el morro, donde en su parte baja y en la cima existían sendas baterías.
Lo que quedaba de los batallones Iquique y Tarapacá, bajo el mando de Alfonso Ugarte, a la voz de Bolognesi se replegaron hacia la cima del morro. La batería baja del morro soportaba el ataque usando cañones y bombas. La ubicación del fuerte hacía imposible el avance chileno a la cima. Fueron activadas las minas escondidas para causar más bajas. Pero existía cierto desorden en la defensa peruana, y la infantería contraria, reducida solamente a 120 hombres menos, fue apoderándose de la batería baja.
Al verse perdidos, los hombres del fuerte hicieron explotar sus cañones y se unieron con el pequeño ejército de cuatrocientos soldados más arriba. Los chilenos lograron atravesar las trampas colocadas en la base del morro y subieron, donde ya sucumbidos la mayoría de los jefes de batallón solo continuaban en la lucha Bolognesi, Ugarte, Guillermo More, Roque Sáenz Peña, de procedencia argentina, y Manuel La Torre.
Acorralado por un lado con los chilenos y por el otro con un abismo de 150 metros, Bolognesi activó las minas ubicadas en el morro para hacerlo volar, pero por una falla el mecanismo no funcionó. Los chilenos, enojados, creían que el uso de ese tipo de artefactos en una guerra era desleal, se enfrascaron en una feroz lucha sin cuartel, desobedeciendo las órdenes de su superior, Pedro Lagos, de esperar a que el Regimiento Buin les dé alcance para continuar el combate. Los peruanos, sable en mano, luchaban con sus últimas fuerzas recordando que lo hacían por su patria. Seguía siendo esta la principal fuente de valor.
La curación de las heridas causadas durante el asalto quedaba en un segundo plano, sin embargo, algunos de los reclutas, mutilados por las explosiones e impacto de los cañones, pedían ayuda desesperadamente o, en todo caso, que se les pusiera fin a su agonía. En el último aliento de sus vidas, otros lloraban por ellos mismos, por no haber dado más de sí. Querían estar con sus familias, volverlas a ver aunque fuera por un instante. Sacando de sus gorras las fotografías de sus madres, esposas, hijos o hermanos, las miraban con ternura recordando los buenos tiempos y deliraban sosteniendo las imágenes hablándoles a sus familiares como si lo tuvieron a su lado. Con lágrimas en los ojos, se les venía a la mente sus últimas palabras antes de irse a combatir. Habían prometido volver a casa, habían prometido abrir negocios familiares al terminar la guerra, habían prometido tantas cosas que ahora parecían imposibles. Solo querían, al menos, decir adiós a sus seres queridos, decirles que no cumplirían sus promesas, que le perdonaran porque ya no estarían presentes en los cumpleaños y reuniones importantes. Los hombres más fuertes, secándose los ojos, cogían la bayoneta por última vez y al grito de “por la patria” daban lo que les quedaba de esfuerzo para detener al enemigo.
Envueltos en el humo de los cañones, con los uniformes rasgados y la moral baja, los jefes militares empezaban a hacerse una idea del resultado de la batalla, pero aun así, daban todo de sí. Bloqueando los ataques con espada, Bolognesi y los que seguían aún de pie se amontaban en un, cada vez, más estrecho campo de batalla. El coronel lamentó la muerte de Sáenz Peña y ordenó hacer volar los cañones restantes de la batería que quedaba. Guillermo More, por su lado, se defendía con su espada, sin miedo, ya a ser herido de gravedad. Alfonso Ugarte, reconociendo la superioridad enemiga, tomó la bandera de la batería. Consiguió subirse a un caballo chileno y la cabalgó con dirección al abismo. Se detuvo a cierta distancia del borde para voltear y ver a sus compañeros, estremecido por la determinación que mostraban. Vio a More, ya sin espada, defenderse a punta de pistola y al coronel hacer lo mismo tendido en el suelo. Los demás soldados no dejaban de luchar.
Bolognesi, disparaba y se repetía mentalmente “Leiva, te ganaste mi repudio. Leiva, te ganaste mi repudio”, en alusión a la ausencia de Segundo Leiva. En la playa, Sánchez Lagomarsino, prediciendo lo que pasaría y lleno de convicción, dio la orden de dirigir la embarcación a todo máquina hacia la isla del Alacrán para provocar su hundimiento.
Ugarte, sosteniendo la bandera, estaba dispuesto a no permitir que el estandarte cayera en manos chilenas aun si para ello tenía que sacrificarse. Miraba el abismo y miraba a sus compañeros. Bolognesi falló el último disparo de su arma, encontrándose rodeado de chilenos, pero continuaba diciendo repetidas veces:
—Leiva, te ganaste mi repudio… Leiva, te ganaste mi repudio…
Guillermo More, también sin munición, cayó al suelo. El coronel volvió a repetir:
—Leiva, te ganaste mi repudio…
Sanchez Lagomarsino, entregado al Señor, dio una mirada final a la batalla, pero al hacerlo se quedó sin palabras. Ugarte, apretando con fuerza la bandera y las riendas del caballo, estaba a punto de lanzarse al abismo pero lo que vio lo retuvo. Leiva, te ganaste mi repudio, volvió a decir una vez más el coronel y antes que fuera ejecutado observó las cercanías del morro y esbozó una sonrisa, para los atacantes que lo rodeaban, inexplicable.
—Leiva… te ganaste… mi respeto…
La infantería chilena que se hallaba en el morro, recibió la orden de bajar para ayudar al Regimiento Buin en la lucha contra un nuevo ejército: el de Segundo Leiva, que recién aparecía y se unía al enfrentamiento.
Más de 3000 hombres, abastecidos de munición, armas y pertrechos estaban presentes en el lugar. Algunos de los desertores habían vuelto a las tropas. Rápidamente crearon una estrategia para derrotar al enemigo. Los peruanos en el morro, se quedaron sin nadie que los atacara, pues los chilenos creyeron que no tenían por donde escapar estando allá arriba y todos sus regimientos se concentraron en las tropas recién llegadas. Sánchez Lagomarsino ordenó a detener el monitor hasta saber que hacer debido a este nuevo suceso. Leiva desplegó sus batallones de tal manera que encerró a la mayoría del ejército de Lagos en una media luna. El número de soldados de ambos bandos estaba casi igualado, las tropas de Lagos eran un tercio mayor solamente en comparación al inicio del día cuando eran 3 veces más.
Los comandantes de la flota chilena se inquietaron al ver como se desarrollaba el combate. Pedro Lagos trazaba un plan para contrarrestar el ataque peruano, fresco y veloz, para no perder más hombres. Hizo uso de las caballerías y de los cañones que tenía. Ugarte envolvió la bandera alrededor de su cuello, bajó del caballo, tomó un sable y se dispuso a unirse al ejército de Leiva. Bolognesi y los demás sobrevivientes lo siguieron.
La batalla se extendió por una hora más. Tiempo en el cual, los regimientos chilenos fueron diezmados ferozmente. Sin planes para ganar el asalto, Lagos ordenó el retroceso de sus tropas, o lo que quedaba de ellos. Esta acción vista desde el mar, originó la retirada de la flota chilena. En pocos minutos, los chilenos se alejaron del campo de batalla y los que no pudieron hacerlo, por estar malheridos, fueron tomados prisioneros. Ugarte volvió a colocar la bandera peruana en la cima del morro, orgulloso. Con los chilenos, lejos del campo, Bolognesi acercándose a Leiva, le preguntó:
—¿Leiva, por qué tardó tanto?
—Coronel, tuve que enseñar a estos muchachos a usar un fusil, a pelear con sables. Tuve que decir que los que desertaron iban a ser juzgados en una corte marcial para que vuelvan. La mayoría volvió a las filas con el temor de ser condenados. Ruego me disculpe por la tardanza.
A las 10:35 de la mañana terminó la batalla, pero Bolognesi sabía que en los próximos días se reanudaría el conflicto. Ya conocía la táctica de Lagos y lo usaría en su contra. Los heridos del bando peruano fueron socorridos en el mismo campo al no haber ninguna batería disponible.
El 8 de junio, el coronel envió un mensajero al campamento chileno para negociar la rendición de Lagos a cambio de los chilenos prisioneros. El jefe militar, por supuesto, no contestó a la oferta al instante sino que quiso consultar primero con su gente y hacerlo a la mañana siguiente. El emisario volvió a las filas peruanas y al día siguiente partió nuevamente. Lagos ya tenía la respuesta y se lo hizo saber: Chile no continuaría la guerra por tierra y mar siempre en cuando Perú entregara a los prisioneros chilenos y además, las ciudades costeras del sur, abundantes en guano. Esta condición, no era fácil de aceptar. Se acordó entre ambos países un cese al fuego mientras Piérola decidía como resolver la situación mediante la política.
Mientras tanto, las tropas peruanas volvían a Arequipa a recuperarse de sus heridas. Allí, Bolognesi supo que Agustín Belaunde, el desertor, fue llevado a prisión por el prefecto de Tacna Pedro Alejandrino del Solar, ignorante de la evasión, al sospechar que había escapado de Arica cuando no supo responder con coherencia sobre lo que ocurría allá. Se convocó a concejo de guerra y se condenó a muerte por fusilamiento a Belaunde.
Los soldados sobrevivientes a la batalla fueron felicitados por los arequipeños por su coraje y valentía. Se declaró feriado largo para las fiestas de victoria. Los hombres caídos en combate fueron honrados con una misa solemne y sus nombres escritos en documentos militares para su posterior homenaje en Lima.
Las negociaciones por la rendición de Chile se llevaron a cabo en la Conferencia de Arica, a bordo del buque de guerra estadounidense USS Lackawanna, pero se extendieron por un año. James A. Garfield, presidente de Estados Unidos intervino en el proceso hasta su asesinato en 1881. Esto alargó más las conversaciones, que vieron su fin ese año, donde quedaría definida el mapa geopolítico de las fronteras: Tacna, Arica y Tarapacá seguirían perteneciendo a Perú; Bolivia perdería el territorio de Antofagasta y Chile contaría con la extracción de guano de las islas del sur pagando impuestos a Perú.
El 7 de junio fue declarado en todo el país como el Día de la Bandera. Los principales jefes militares fueron homenajeados y ascendidos en Lima y se hizo un reconocimiento también al Soldado Desconocido, para aquellos soldados que no pudieron ser identificados en la lista de fallecidos.
Nicolás de Piérola viajó a la sierra donde nombraba como la capital peruana a la ciudad donde se encontrara y a finales de 1881 renunció a la dictadura para luego abandonar el país. Guillermo More superó su obsesión con la muerte y continuó sirviendo a su país comandando nuevamente naves de guerra. Alfonso Ugarte regresó a Tacna a seguir con sus negocios interrumpidos, se casó con su prima Timotea y posteriormente consiguió una curul en el Congreso de la República. Conseguida la paz, Bolognesi volvió a su retiro hasta su muerte diez años después. Leiva Velasco también regresó a su retiro. Lizardo Montero llegó a la presidencia en 1882. El ingeniero Teodoro Elmore fue liberado a los seis meses luego del combate a cambio de los prisioneros chilenos. El monitor Manco Cápac se convirtió en un museo flotante en el Callao. El boom del guano terminó al iniciar el nuevo siglo y alrededor de 1960 las aves guaneras emigraron del sur.
Con el pasar de los años, en los departamentos del sur se empezó a notar un cambio en los habitantes, en especial en los familiares y amigos de los veteranos de guerra originarios de esos lugares. Estas personas ya no actuaban como solían hacerlo hasta antes de la guerra sino que posterior a 1881 todas se comportaban como más orgullosas, más arrogantes. Probablemente, el factor detonante fue la victoria obtenida en la guerra y el hecho de que conocían a los héroes de la nación y que sabían que estos, de presentarse el caso, volverían a defender el país. Otro punto a considerar podría ser que tras largo tiempo no había existido tal sentido de patriotismo en el sur, que los reclutados se obligaron a sentir al partir a Arica. Las personas de las ciudades protagonistas de la contienda se creían más importantes y con más amor al Perú y su bandera que las de Lima misma.
Las autoridades políticas, como si de una coincidencia se tratara, modificaron al mismo tiempo el nombre de las calles más importantes de su jurisdicción reemplazándolas por la de sus héroes. Se construyeron monumentos, efigies, estatuas, parques recordatorios, museos, instituciones educativas, etc. en nombre de los soldados. La gente al tener siempre contacto, cada dos calles, con algo que le recordaba la victoria, por un impulso inconsciente, volvió a repasar los libros de historia peruana y a desear con ansias las nuevas ediciones donde ya estaría escrito con letras de imprenta la destreza de sus guerreros. Los símbolos patrios y la historia se convirtieron en las piezas fundamentales de sus vidas y cada vez que alguien que afirmaba haber participado en la guerra fallecía era despedido con todos los honores que un recluta pudiera recibir. No existía en todo el Perú, gente con tanto amor a su país.
Antes de emigrar, las aves hicieron que el negocio del guano, paralizado momentáneamente por el conflicto, continuara dando dividendos, y que mejorara la economía tanto de los departamentos cercanos como del país mismo. Los negocios eran rentables y los inversionistas extranjeros no perdían la oportunidad de viajar al sur para abrir nuevas firmas. Cuando el guano dejó de tener importancia en los primeros años del siglo veinte, los comerciantes sureños decidieron abandonar sus ciudades para continuar con sus negocios, llevando consigo su actitud vanidosa.
Algunos tomaron el camino a Lima, a sus provincias próximas u optaron por ir más allá, hacia el norte peruano. Se establecieron formando familias, en los casos de los comerciantes que no tenían ya una, y a sus descendientes también le inculcaron amor al país. Estos nuevos peruanos igualmente se dispersaron, hacia todas las direcciones, llevando una vez más la cultura iniciada en el sur. Esta cultura echaba raíces en cuanto lugar llegaba y con el tiempo el Perú se transformó en un país más ordenado, con más sentido del compromiso hacia el pueblo y con una enseñanza educativa mejor. Progresivamente fue dejando el calificativo de país tercermundista y solo se hacía mención de los buenos estudiantes y ciudadanos que aparecían cada año.
En la política también sucedieron cambios. Desde 1881 todos los gobernantes que sucedieron a Montero fueron militares, se creía que eran los más indicados para dirigir el país basándose en el resultado de la guerra. Pero cada nuevo gobernante se creía mejor que el anterior y el cambio de gobierno solo se realizaba mediante golpe de estado. Recién en 1960 se eligió a un presidente civil.
Con la llegada de la televisión al Perú, los dueños de las casas televisivas grababan y transmitían documentales sobre la historia peruana. El prime time del día se basaba en programas con temas educativos. Las bellas artes no se quedaron atrás, estas también dieron un giro radical. Los grandes poetas expresaban sus sentimientos hacia su tierra y los compositores creaban los más hermosos valses con letra inspirada en el Perú. Pintores de renombre dejaban para la posteridad a los más ilustres peruanos retratados en las paredes de Lima a modo de homenaje y recordatorio perpetuo.
La corrupción política existía pero no tan grave como probablemente era en otros países. Apenas sobrevivía en los niveles más bajos y era vigilado y controlado al extremo, porque de hallarse a alguien culpable de corrupción era llamado traidor a la patria y comparado con Agustín Belaunde.
En la actualidad, el Perú está entre los países más importantes de Latinoamérica y entre los que cuentan con la economía más estable. Sus índices de corrupción son bajos y su desarrollo académico, alto. En Arica hay un museo y un monumento dedicados a la Batalla del 7 de junio, donde tantos valientes y honorables hombres padres, esposos, hijos, hermanos, patriotas dieron su vida por el país y la paz; y es en Lima donde descansan los restos de todos los héroes de la Guerra del Guano y el Salitre, llamada ahora la Guerra del Pacífico, en la Cripta de los Héroes del Cementerio Presbítero Maestro.