Autor: Omar Gonzales Figueroa

Han sido dos años calamitosos para la expedición. La tropa estaba diezmada tanto moralmente como en número. Solo el veinte por ciento de los hombres que partieron de Panamá se desplazaba hambriento por la costa del continente. Este era el segundo viaje que realizaban los exploradores, después de un terrible encuentro que habían tenido con indios agresivos a orillas del río San Juan. Suceso que los obligó a regresar a Cochama para aprovisionarse una vez más, decididos a no dejar sus sueños de riqueza. El nuevo plan era desembarcar en la bahía de San Mateo, cosa que lograron hacer sin mayores contratiempos, y desde ahí partir a pie hasta la isla de Puná, en donde, según los informes de expediciones pasadas los indios eran amistosos y colaboradores. En el camino irían recolectando indígenas que sirvan como traductores y cargadores para apoyar el proyecto. Pero esta segunda parte del plan no estaba saliendo nada bien. Eran dos meses de camino sin divisar ningún aborigen amigo o enemigo, y la comida menguaba raudamente.
El capitán pensaba en el futuro, pues el presente lo asustaba. Ser parte de los treintaicinco pordioseros armados con espadas y unos arcabuces que deambulan famélicos por tierras inciertas, era una realidad para querer olvidar. Los tesoros en oro, plata y piedras preciosas que lo esperaban adelante eran mejor alimento, si no el único, para su fuerza de voluntad. Además del título de alguacil mayor y gobernador general de las enormes extensiones de tierra que conquistaría. Pero primero había que llegar a Puná como sea. No solo por el supuesto apoyo indio, sino también porque un barco, el San Cristóbal, llegaría con pertrechos y hombres para poder rearmar la tropa.
Otros, de mayor valía y experiencia  a su propio juzgar, habían intentado, como él, adentrarse en la región conocida como Birú de la cual se decía contenía maravillosas ciudades construidas con oro. Sin embargo, todos habían terminado fracasando, a excepción de la última expedición, siete años atrás, de la que nunca se supo cómo terminó, pues esta no regresó derrotada como las otras, simplemente desapareció, se perdió toda comunicación y no se supo otra cosa de ella.
El capitán temía acabar de la misma forma, sin poder llegar a la isla donde el San Cristóbal prometía esperanza, y desaparecer junto a sus 34 subordinados en estas tierras ricas pero inhóspitas. Curiosamente, el grupo desaparecido fue quien dejó mayores y más detalladas noticias del reino de oro y plata. La última información fidedigna que había llegado hasta la civilización había sido la de una hermosa ciudad de altas murallas, prospera y numerosamente habitada más allá de Punta Santa Elena. Y ese sería el objetivo, después de recibir los refuerzos, contemplar las murallas de aquella ciudad y fundar sobre ella Nueva Valencia.
A pesar de estas ideas triunfales que el capitán se imponía en la cabeza para seguir dirigiendo a sus hombres, la duda y el fracaso, que parecía mirarlo con los ojos de la muerte, arremetían contra el resto de su ser, depositándose con fuerza en sus ya temblorosas piernas. ¿Acaso existiría esta ciudad de altas murallas y abundantes personas? ¿Serían de oro las murallas? Eso no lo decían en las cartas enviadas hasta Panamá, información en la que se basaba toda la empresa conquistadora que tan ilusionadamente había armado. Después de todo desde el desembarco en bahía San Mateo no habían visto nada, ni a nadie; ni una choza, ni un campamento, ni restos de hogueras, menos un indio. ¿Era posible entonces que en estas tierras deshabitadas se levante una próspera ciudad de improviso?

Durante el día se movían bajo los árboles, para evitar el calor infernal que los deshidrataba y parecía fundir su piel con sus ropas usando el sudor y la mugre como argamasa.  Durante la noche se agrupaban todos juntos, no encendían fuego, después de todo no había nada para cocinar y lo último que deseaban era llamar la atención con el fuego. Algunos dormían sentados espalda con espalda otros recostados contra los árboles, nadie hacia guardia, no tenía sentido, estaban tan exhaustos que aun si fuesen atacados no podrían defenderse. El capitán estaba preocupado, pues buscando la protección de la vegetación durante el día se habían alejado del mar y en los últimos tres días había dejado de escuchar la marea por la noche y el olor marino ya no asomaba hasta su rostro. Decidió que al amanecer se dirigirían al Oeste buscando el mar, pues corrían el riesgo de omitir la isla de Puná y eso sería su fin. Probablemente él sería el primero en terminar sus días pues el motín estaba cerca, de no mediar algún evento que devolviera la esperanza sus hombres no lo seguirían más. Su única oportunidad de vivir sería someterse sin presentar lucha. ¿Pero quién sería el nuevo líder?  Tal vez Nicolás de Ojeda quien parecía estar aún con fuerzas en comparación al resto o Alonso Arias de Ávila, su segundo al mando. Quizá mañana al dirigirse al mar la suerte cambiaria y divisarían la anhelada isla, quizá. Con este último pensamiento desesperadamente positivo el capitán se durmió. ¿Despertaré mañana? Fue su último pensamiento antes de caer adormecido.

Al amanecer pudo comprobar con gusto que su cuello seguía entero y no habían sido atacados por indio o bestia. Se pusieron en marcha.
Buscaban avanzar con la mayor rapidez, antes que el sol levante. Alonso dijo que en las próximas noches tal vez habría luna llena y sería mejor acomodar las marchas con ella. El capitán solo atino a mover la cabeza en señal de aprobación, pero pensar en cuantos días más seguirían en estas condiciones, lo aterró.
Aún no tenían señales del mar cuando se encontraron con un joven aborigen que parecía estar esperando, todos se detuvieron al instante como si hubiesen chocado contra una muralla.
-¿Quién eres? –dijo el capitán. ¿Tu nombre? –insistió
Pero el joven no dijo nada solo miraba inmóvil. Alonso se acercó por un costado haciendo señales con la mano, llevándosela a la boca, y repitiendo “comida, comida, agua”. Los demás empezaron a rodear al muchacho y repitieron los mismos gestos, cada uno con mayor ansiedad que el otro. El joven retrocedió unos pasos. El capitán pidió calma, primero despacio pero firme, luego en voz alta, casi gritando, pero sus hombres ya no le hacían caso. Era como si amenazaran al chico con comérselo si no les proporcionaba alimento. Entonces Nicolás, quién aún tenía fuerzas, desenvaino el sable.
-¡Llévanos con tu pueblo y danos alimento o te atravieso la panza! –amenazó.
-¡Deténgase! –gritó el capitán. -¡No estamos en condiciones de iniciar una lucha!
-¡Lucha! Contra quien, contra este salvaje, qué peligro advierte si apenas lleva un taparrabo encima.
Nicolás estaba al frente del joven indígena con la espada enfilada cuando pronunció estas palabras desviando la atención hacia su capitán a quien reprochó: “Si no lo mato a él te mataré a ti pusilánime inútil.”
En ese momento el joven se agacho rápidamente para coger una piedra del suelo no mayor que la palma de su mano. Cuando Nicolás giro la cabeza de vuelta hacia su adversario el proyectil ya había sido lanzado con fenomenal destreza. La sangre sobre sus ojos fue la única sensación percibida antes de caer al suelo, acabado.
El resto de hombres desenvainó de inmediato, incluyendo el capitán. Las acciones del muchacho habían cogido por sorpresa a todos y aún buscaban asimilar lo ocurrido, antes de arremeter su venganza, cuando reventó en el cielo el familiar sonido del arcabuz.

Las ideas se amontonaron en la cabeza del capitán, ¿sería posible, refuerzos del San Cristóbal habían llegado a tierra firme, o tal vez portugueses? Los ojos de sus compañeros brillaron con asombro y esperanza. Por un momento olvidaron al joven indio quien no se movió un centímetro ni mostró señales de temor, y Alonso, el segundo al mando, lo notó; eso le dio mala espina. El resto buscaba con los ojos el origen del disparo por los alrededores  divisando en distintas direcciones a la expectativa del peligro o la salvación.
Un leve viento frío empujó las greñas sucias y sopló entre los árboles. El capitán sintió congelarse su espina dorsal como si la brisa hubiese traspasado las junturas de cada vertebra. Esa sensación era una mala señal, instintivamente buscó con su mano izquierda el trabuco que llevaba colgado mientras su vista no dejaba de atisbar entre los árboles.
Al fin uno de los hombres vio el cañón entre el follaje y pegó un grito apagado, del otro lado, una llamada grave: “¡Capitán!” Era un segundo cañón asomando. En total cuatro arcabuces rodearon al grupo.

-No los subestime capitán, saben disparar muy bien. Aunque a esta distancia tampoco sería necesario –dijo una voz débil.
Era un anciano blanco, tal vez de sesenta años, no obstante, por sus ojos parecían haber pasado cien años más. Vestía una túnica sencilla de color oscuro. Si no fuese por el peligro que enfrentaban se hubieran reído de él. Estaba parado detrás del muchacho aborigen, quien lentamente se marchaba.
-¡Vos! Uno de nosotros, les servís a estos indios –gritó Alonso.
Pronto apareció un generoso grupo de ellos, rodeando a los treintaicinco aventureros. Estos no llevaban armas de fuego, pero portaban cascos en la cabeza, lanzas y escudos en las manos. Estos indios eran distintos al mozo semidesnudo del taparrabo, estaban vestidos con túnicas complejamente tejidas y de colores varios, además llevaban un tipo de calzado y algunos ornamentos.
Estos son de una cultura más elevada. ¿Habremos llegado al Birú? –pensó el capitán.
Un zumbido, como sogas cortando el aire se acercaba por la nuca de Alonso. Son hondas -pensó éste de inmediato sin dar vuelta a mirar- estamos a su merced –dijo en voz baja.
-Le pido encarecidamente capitán que ordene a sus hombres soltar las armas no tienen oportunidad –dijo el anciano.
-¡Calla! Traidor. Si aún eres cristiano arrepiéntete o arderas en el infierno por estar del lado de estas gentes –espetó el capitán envalentonado.

En ese instante se escucharon los cascos de un caballo contra las piedras, un suave y leve relincho llenó el aire. Por detrás del viejo apareció una yegua alazán de paso sosegado, montada por un indio alto de mirada serena, quien portaba un tocado con plumas rojas y una cota de malla sin mangas bajo la pechera de metal. A su lado lo acompañaba a pie otro hombre robusto y de rostro amenazante.
Esta visión puso la ira y el miedo en el corazón de los expedicionarios.
El indio a caballo habló sin mirar a nadie en una lengua que el capitán desconocía.
-Él es el curaca YuraqSunqu –habló el viejo- y les pide que dejen las armas y vengan al campamento a beber y comer. También curarán a su amigo herido.
-Dígale a su amo que eso es imposible señor. Nunca nos rendiremos ante ustedes –dijo el capitán- Pero si su intención es honorable envainaremos las espadas, guardaremos los arcabuces y los seguiremos.
El anciano transmito el mensaje con la cabeza gacha y el curaca respondió inmutable. El capitán trataba de leer algo en las expresiones del nidio líder pero era imposible.
-El curaca YuraqSunqu acepta sus términos.
-En ese caso aceptamos con agradecimiento su honorable invitación señor curaca –habló el capitán haciendo una venia.
Los aventureros cumplieron su parte pues no les quedaba otra opción, por otro lado la promesa del agua, el alimento y el reposo empujó su docilidad.
Antes de partir todos juntos el capitán se acercó unos pasos al anciano y pregunto en voz baja: ¿Cuál es tu nombre viejo, quién eres?
El anciano dudó unos segundos y por detrás se acercó el indio robusto, quien puso una mano sobre el hombro del achacoso siervo y con sonrisa socarrona dijo: ¡Felipillo!
Los soldados del curaca rieron, pero éste no, tan solo dio vuelta a su caballo y partió.
Mientras sus compañeros levantaban del suelo a Nicolás, quien aún estaba aturdido, el capitán se dio cuenta que los indios, al menos los líderes, conocían el idioma de los cristianos, lo que convertía la labor del viejo traductor, en una mera jugarreta. Eso no olía bien. Al caminar rumbo al campamento miró de reojo a su segundo, Alonso, y pudo ver en sus ojos las mismos pensamientos.

Bebieron y comieron a satisfacción luego de un breve momento de recelo al llegar al refugio. Después de todo no podían resistirse a llenar el buche desierto. Las mujeres indígenas los atendían con fruición y en exigua indumentaria, lo que despertaba los instintos de bienestar en los hambrientos.
Mas el capitán notó que los aborígenes no se acercaban a compartir con ellos sino que los vigilaban desde lejos.
-¿Felipillo, el curaca no compartirá con nosotros? Necesito hablar con él.
-Lo lamento capitán, casi nadie ve comer al señor YuraqSunqu, se alimenta solo en compañía de su familia o gente de confianza –respondió el anciano.
Alonso miró con ansiedad a su superior, parecía preguntar: ¿convencemos al curaca o lo matamos?
-Pero no se preocupe el curaca también quiere hablar con usted así que poco después tendrán una reunión -agregó Felipillo.
La chicha había llegado al festín, lo europeos se alegraron con la bebida dulce y alguno de ellos se atrevió a tocar a una de las muchachas. Al notar la total admisión de la mujer y la nula acción de las demás y de algunos indios que parecían vigilar, pues el necesitado hombre prosiguió con sus intenciones. El capitán se puso de pie al ver esto y un soldado indio de inmediato se acercó hacia él. Nadie noto la situación solo Alonso quien se mantuvo quieto. El traductor medió de inmediato.
-Capitán, el curaca a dispuesto una tienda solo para usted. Es mejor que vaya a descansar, le llevaremos agua para lavarse y entonces podrá parlamentar con YuraqSunqu.
-No pienso sepárame de mis hombres Felipillo.
-Al menos debe ir a la tienda para asearse. No puede reunirse con el señor curaca así.
El capitán miro sus harapos y su cuerpo lleno de mugre, heridas y picaduras. Entonces accedió a ser conducido a la tienda no sin antes advertir a su segundo que esté atento pues regresaría pronto.
Camino a la tienda escoltado por el soldado y el anciano, pudo divisar desde una pendiente, a otras mujeres finamente vestidas atender a los soldados indios, del curaca no había rastro.
La carpa era cómoda con varias vasijas llenas de agua fresca. No pudo evitar la tentación de recostarse un momento al sentir su cuerpo cansado y al mismo tiempo satisfecho. No debí tomar esa chicha –pensó.

Sintió el pecho sacudido con bravura. Alguien lo despertaba. ¡Cómo se pudo permitir tal cosa!
-Despierte capitán debe salir de aquí de inmediato.
Era el anciano traductor quien traba de mantener la voz baja mas no sus acciones que eran toscas y desesperadas.
-¿Qué pasa viejo?
-Lo van a matar, debe huir ahora. Todos sus hombres están muertos.
-¡¿Qué dices?!
-No hay tiempo, salgamos ya.
-O me explicas que pasa o te ahorco con mis propias manos decrepito traidor.
-El curaca señor. Sus amigos están muertos y pronto lo mandará llamar a usted, sacará toda la información posible y lo matará también.
-Maldito indígena, maldito seas viejo inmundo –dijo el capitán mientras lo tomaba por la túnica con violencia- ¿Eres uno de los sobrevivientes de la expedición perdida? –preguntó el capitán y agregó- Dime tu verdadero nombre Felipillo.
-Felipillo… me dicen así solo para burlarse. Ya no tengo honor, ni nombre, solo vergüenza.
-Vendrás conmigo hasta Puná y tu infamia será juzgada.
-Sé dónde está Puná –dijo el viejo con un atisbo de esperanza.
La idea de estar con sus iguales aunque sea en prisión le era atractiva y la isla no quedaba lejos, se podía llegar si salían del campamento.
-Allá nos esperan indios amistosos y un barco –afirmó el capitán.
El viejo palideció.
-Ya no hay indios amistosos capitán. El emperador Atabalipa ha decretado la muerte de todo cristiano que intente llagar hasta sus tierras.
-¡Entonces esto es el Birú, es todo un imperio! –farfulló con codicia- Debo dialogar con el emperador Atabalipa –agregó el capitán.
-Ya no es posible capitán. Desde aquel día en que lo intentamos nosotros –el anciano adoptó un rostro reflexivo y triste- mandé a fray Valverde y Aldana, y a uno de los traductores frente a frente con él, pero se desató el infierno, la masacre.
Unos pasos y voces enérgicas sacaron al anciano del rincón de su memoria.
Es tarde -dijo para sí mismo. Saco un cuchillo y corto la parte trasera de la tienda.
Ambos huyeron. Corrían con angustia, el viejo se movía con agilidad para sus años. De pronto una saeta corto el viento y el hombre cayó a las espaldas del capitán, quien se detuvo en un último y desesperado acto de piedad. Tomó al viejo por la cabeza.
-Dime tu nombre, es el final para ti. Dime quién eres.
-¿Cuál es el año de nuestro Señor?
-Mil quinientos treinta y nueve -respondió
-Siete años –dijo el viejo abriendo grande los ojos, con la garganta atragantada por su sangre, luego añadió- Soy Francisco, Don Fr… -No dijo más.
Ahí, arrodillado en el suelo, con la cabeza del muerto sobre su muslo izquierdo el capitán dio cuenta que ya no lo perseguían. No era necesario, estaba rodeado, podía sentir la presencia de más hombres a sus flancos. Levanto la mirada abatida pues reconocía su fin, moriría con el resto de sus compañeros, parecía correcto. Sin embargo, identifico con asco que no eran indios quienes lo rodeaban, sino los cuerpos desollados de sus subordinados. Estaban colgados de cabeza en gruesos postes de madera, desnudos y con la panza abierta, peor que gallinas en el mercado. Buscó a Alonso por unos segundos pero no lo pudo reconocer.  La ira hirviéndole las entrañas lo ayudo a sobreponerse al miedo, poniéndose de pie en actitud desafiante. Los soldados indios que mataron al anciano seguían ahí, esperando; y del lado contrario, el indio robusto y rostro amargo caminaba hacia él sin prisa.
Pensó que si iba morir mejor como Francisco que como Alonso y se llevaría a uno de los apestosos indígenas con él. Que mejor que el indio robusto que parecía ser el segundo al mando.
-¡Por Alonso! –gritó al desenvainar la espada.
Antes de cargar contra el enemigo pudo escuchar una soga zumbando el aire y el silbido del proyectil.