Autor: Moises Alfredo Leaño Guzmán

Tras fallidos intentos de revolución, los tres primeros Incas: Manco Inca Yupanqui, Sayri Tupac Inca y Titu Cusi Yupanqui, que conformaron la resistencia de Vilcabamba ya habiendo sido conquistado el Tahuantinsuyo legaron a su heredero la responsabilidad de restaurar el Imperio.
El viejo Inca había muerto apenas el día anterior y la nobleza no tenía cabeza para planificar la protocolaria ceremonia porque los buques ya habían sido avistados. No eran dioses, eso ya lo habían aprendido con sangre hace mucho tiempo. Así, el Auqui, quien había demostrado que su juventud no mermaba en su capacidad de tomar decisiones, planificaba junto a sus generales incas la defensa en la orilla. A pesar del apremio de la situación, no pudo evitar recordar y comparar con el presente las historias que le contaba su padre sobre sus antepasados, de cuando el Imperio parecía perdido.
En Vilcabamba, dentro de las murallas, el único lugar en donde el oriundo era independiente y el ande se sentía virgen, el Inca Tupac Amaru pensativo divisaba el vasto paisaje de la rica tierra. Hacía más de veinte años que las murallas habían sido construidas por orden de sus antecesores ante el avance colonial. Ellos se encontraban afuera, mucho más allá de las pampas; contenidos no por muros, sino por su palabra acordada con aquel tratado firmado hacía décadas en Acobamba. Un acuerdo que se apoyaba en la destrucción de una cultura, por eso era un deshonor seguir respetándola.
De esta manera, el puente Chuquichaca presenciaría el primero de los eslabones que apretarían las cadenas que el Inca Tupac Amaru planeaba colocar al prepotente Virreinato español. Con el asesinato de los mensajeros de la corona en aquel histórico puente se inició la nueva travesía, no sin antes haber tomado precauciones, como el haber filtrado amautas, esas sabias personas con el don de la buena palabra, entre el vulgo de las ciudades conquistadas; para expandir la noticia de un Inka-rey (Inkarri, como lo conocerían popularmente) que estaba cerca, y junto a él, la restitución del nuevo imperio. Remeciendo a la gente, esta tendría esperanza y con ansias esperaría el día en que se acercara con sus ejércitos para unirse a la lucha.
Y cuando el Auqui y sus generales habían trazado el plan, ordenaron a todos reforzar acorde a este las posiciones en la orilla. Pachacamac, Paramonga y Chan Chan serían lugares históricos desde ese día. Al arribo de los invasores, tras haber previamente bombardeado la costa sin haber causado mayores daños, la bravura y estrategia inca demostraron su brillantez.
Chanchan fue la primera ciudad en avizorar las naves, y la primera en recibir el ataque. La numerosidad y agilidad de las ligeras embarcaciones incas habían logrado distraer el ataque español para dar tiempo a los preparativos de la sigilosa y sutil defensa. Permitieron a los invasores desembarcar prepotentemente al ataque para sorprenderlos con el laberinto de murallas que se escondía tras los inmensos cerros que se interponían entre ellos y la civilización, los mismos que salvaguardarían a ésta del fuego de sus cañones desde las naves, sin las que ya no serían tan fuertes.


Así, con los aislados soldados, la emboscada resultó efectiva. El laberinto de grandes murallas, “Los Muros de la memoria”, había devorado y tenía en sus entrañas a un buen número de soldados invasores. Al divisar al primero de los lanceros que se abalanzaban por encima de ellos, el estallido de los arcabuces fue silenciado por el grito de los incas. El grupo fue reducido rápidamente, y así recibirían a los invasores, si es que éstos no decidían quedarse estancados en la orilla y atravesar los cerros.
El autodenominado Ejército Inca Libertador se había extendido desde Vilcabamba hasta poco más allá del Cuzco. Además de las batallas libradas la población sometida también se rebelaba en cuanto veía al Ejército llegar, en cuanto se podía visualizar desde debajo de los montes y por encima del resplandeciente y anunciador inti; el cóndor, el puma y el amaru en los “estandartes” incas, idea de Tupac Amaru para envalentar a su pueblo. En la misma forma, fueron de gran ayuda las tribus que en otro tiempo habían luchado contra los incas sin éxito, y que en otro tiempo aún más pronto, habían apoyado a los invasores en una falaz esperanza de volver a ser autónomos. Al percatarse del engaño en que habían caído, en lo único que pensaban, antes que cualquier cosa (incluso en los incas), era en la liberación del yugo invasor.
Los libertadores marcharon hacia el sudeste. En cada lugar al que llegaban no encontraban más resistencia que la de los españoles. Las diferencias entre nativos habían quedado relegadas y lo que más importaba era recuperar la tierra. Los amautas hacían su silencioso trabajo de dar valor a la gente antes que el Ejército Libertador llegara. Los arsenales eran tomados y los arcabuces y cañones se empezaban a hacer familiares con los incas. Se boicoteaban las líneas de suministros de modo que se sofocara el sistema circulatorio del virreinato para así asfixiar poco a poco su último destino: la capital.
Y la corona no podía hacer mucho. Del lugar de donde provenían los españoles se contaba que sufrían una grave crisis a causa del avance del Imperio británico.
En la rocosa ciudad de Paramonga los invasores encontraban más dificultades para avanzar, aun así, no vacilaron en anunciarse con bombardeos a los puertos. Esta ciudad no tenía las mismas defensas que Chanchan por ser comercial y; sin embargo, no estaba indefensa, pero la asistencia tardaría en llegar. La escasa artillería Inca que allí se encontraba, estaba lista a abatir las embarcaciones españolas. Las disposiciones del Auqui habían sido de no atacar con todo lo que tuvieran, sino contener al enemigo hasta que la asistencia llegara. A pesar de todo, se les dio bien en hacer frente a los atacantes.
Los informes recibidos por el Auqui concluían que la ciudad más atacada era Pachacamac y a la vez una en las que habría mayor riesgo si fuesen tomadas pues estaba relativamente cerca a Cuzco. Mandó alistar su caballo y emprendió camino hacia Pachacamac. Ya había planificado todo en la teoría. Quedaba ahora la práctica.
Los Ejércitos del Inca Tupac Amaru habían avanzado hasta una considerable distancia del sur de la capital. Por la costa, habían utilizado pequeñas y sigilosas embarcaciones para saltar grandes distancias entre pequeños pueblos y extenderse de forma rápida. Las estrategias ingeniosas del Inca eran insuperables. Pequeños, pero muy diversos y sorpresivos grupos de asalto atacaban las ciudades costeñas tanto por mar y tierra. Cuando alguna ciudad se encontraba debilitada, pero no derrotada, no había tiempo que perder, el ejército de asalto se dirigía cuanto antes cada vez más al norte, ya el Ejército Imperial, lento, pero mucho más sólido y completo, se encargaría de los imperfectos para limpiar y restaurar la autonomía de los poblados incas.
La versatilidad con la que la costa permitía a los ejércitos desenvolverse era prácticamente nula en los andes. Pero no había mejor lugar que ese para demostrar el potencial inca. En un llamado de los Apus a reclamar su soberanía, su accidentado e irregular paisaje brindaba escondite a los soldados. Era escenario perfecto para las emboscadas. Y cuando se avistaba una ciudad, la artillería que caía desde la cima de la cordillera, donde el mismísimo cielo se veía reducido, pisaba primero. El grito libertador que se oía tras la andanada incitaba a los reprimidos a levantarse en armas. La ciudad era recuperada. Del mismo modo las vías de comunicación y suministros eran bloqueadas, lo que facilitaba la toma de la siguiente ciudad. La rapidez y brutalidad que caracterizaba la estrategia del Inca Tupac Amaru inspiraba a su ejército y al pueblo del renaciente Imperio.
La región selvática del Tahuantinsuyo era la que presentaba menos resistencia, su espesor había dificultado en parte el acceso de los invasores; sin embargo, aún se podía encontrar algunos poblados que, con la ayuda de las tribus locales eran tomados. Las victorias eran aplastantes. Los incas superaban con demasía en número a los españoles. Esta vez contaban con tecnología enemiga: cada arsenal, cada suministro, cada herramienta era aprovechada a favor del Ejercito Libertador. Los incas aprendían y ahora tenían esa tecnología de su lado. Junto a su brillante estrategia y numerosidad. El Ejército Libertador Incaico libraría al pueblo de sus cadenas.
De esa manera habían logrado rodear la capital tanto por el sur como por el este y noreste. Mientras un ejército de Tupac Amaru se encargaría de cortar el territorio por el norte para asolar la capital. El Ejército Imperial ya marchaba hacia ella.
Cuando el Auqui bajó de su caballo, en Pachacamac, lo llevaron a un lugar desde donde se podía ver lo que sucedía en la costa. Pachacamac era, según los informes, la ciudad que más apuros tenía. Y desde ahí arriba comprendió por qué. Pudo observar que en aquellas embarcaciones no solo estaba la bandera de España, sino que había una bandera más. Ya le habían informado también de unos soldados invasores algo extraños que hablaban un idioma diferente del castellano (pues conservaban el conocimiento de aquel idioma también). Habían arribado aproximadamente 25 embarcaciones a la orilla dentro de las cuales se cargaban artillería pesada. Hasta ese momento los incas habían hecho bien en contenerlos. Y su líder, el Auqui, había llegado con refuerzos.
Con la vasta numerosidad y destreza de los soldados incas, añadidos a las nuevas armas y suministros que tomaron de los españoles; ya solo quedaba apretar las cadenas. El sólido Ejército Imperial se acercaba por el sur, sureste y este. Una buena cantidad de soldados recibió ordenes de Tupac Amaru de virar hacia el norte para encargarse de abrir la brecha entre la capital y el resto de ciudades norteñas. Su misión tras haber abierto dicha brecha era resistir, de modo que Lima fuera atacada en su soledad. Así se planeaba desmoronar el Virreinato y ya solo quedaría limpiarlo de impurezas.
Los nuevos aliados de los españoles no intimidaron al Auqui, aunque hubiese sido irresponsable subestimarlos. Al parecer estos, les habían informado sus vecinos del este, eran los mismos quienes quisieron colonizar sus tierras, así como los españoles. Portugueses, les llamaban. Y tenía lógica. Ambos debieron aliarse allá en el otro mundo ante el avance británico para recuperar las tierras que otrora creyeron suyas.
Los refuerzos ya estaban luchando en la costa. Considerable resistencia ofrecía el enemigo. El problema eran los cañones, ¡Los cañones de las naves! No dejaban asomarse a los demás guerreros que asistirían en la batalla. Eran más potentes y precisos que los que los incas habían aprendido a fabricar. Había que hacer algo. Si ni las armas del enemigo no funcionaban en contra suya, pensó el Auqui, habría que recurrir a alguien.
Una vez más las ligeras y numerosas embarcaciones del Ejercito Imperial, equipadas con un cañón cada una; daban considerable batalla en los puertos de la capital.
La proximidad, no de uno, sino de todas las naves enemigas era tan notoria que sugería claramente lo que el Auqui estaba planeando.
Una vez más el pueblo, dentro de la capital, se alzó en armas y el caos fue desatado al ser el ataque proveniente desde dentro y fuera.
El Auqui fue escuchado por el dios Inti. El dios Inti fue escuchado por la Pachamama. Y la Pachamama hizo su trabajo. Los ingenieros ya estaban picando los cerros de la orilla.
Una vez más los ejércitos de asalto llevaban la delantera al grueso del Ejército Imperial.
Un sismo provocó el derrumbe. La ruidosa Pachamama no solo silenció a los cañones y las naves, sino que los sepultó en lo profundo del mar. El invasor, desmoralizado; y la huida, abajo en el mar. Se cuenta que aquel derrumbe se oyó por toda la costa, incluso en las ciudades que habían sido atacadas, de donde ya habían sido expulsados los españoles
Pero por sobre todas las cosas, esta vez estaba el imponente Inca Tupac Amaru, el Inca-Rey, responsable del levantamiento del Imperio. Listo para dar valor a los guerreros en la gran lucha que presidía. Las tenazas del norte y el sur, con el empuje de los ejércitos del este, apretaban cada vez más, sofocando el centro del “nuevo mundo” (ahora viejo) hasta reducir y destruir la base sobre la cual había intentado alzarse prepotentemente el virreinato por sobre tierras ajenas.
El grito guerrero sofocó, una vez más, el arcabuz. El ejército invasor fue callado y muerto en el acto. Pagaron con su sangre todo lo que esas tierras habían presenciado en los últimos cien años
Así fue como en dos oportunidades el cóndor, el puma y la serpiente lograron más que la corona. Así fue como se forjó un nuevo Imperio. Así fue como se salvaguardó el Imperio.
Contaban los antepasados del Auqui que, si bien se logró expulsar a los invasores, muchos elementos de esa etapa permanecieron. La mayoría, porque fueron provechosos para el desarrollo y progreso. El galope del caballo ya no asustaba al indio, era ahora un muy conocido animal; tanto que ellos mismos habían aprendido a domesticarlos. De la misma manera, el fusil y la pólvora ya no les causaba desconfianza, también ya los habían conocido y muy bien. Aprendieron a fabricar la pólvora y sus conocimientos de la fundición del metal los usaron para experimentar creando nuevas armas de fuego. Por sobre todo eso, seguían considerando al arma de fuego una cosa tan destructiva que solo podía provenir del Hurinpacha. Pero mantuvieron la costumbre de fabricarla porque del mismo modo en que gente de otro mundo llegó, podían algún día volver. Y estarían a la espera con esas armas.
Aprendieron a domar al caballo, que se convirtió en el principal transporte de carga pesada. Llevaron registro de importantes eventos o información relevante imprimiéndola en el papel. La mecánica de la imprenta había sido adoptada también. Todo ello aceleraba el proceso de las cosas. Más allá de la utilidad que les proporcionaron estos elementos fue el valor que tuvo el descubrir que debía de haber muchas más cosas que ellos no conocían, pero que, así como habían desarrollado mecanismos, podían crearlas.
El levantamiento de los incas inspiró a otros pueblos cercanos a rebelarse contra la colonización. Todos en América conocían al Inca Tupac Amaru, quien era símbolo de libertad. Y el nuevo Imperio inca, símbolo de fuerza, poder y desarrollo. El Inca Tupac Amaru mandó a construir lo que popularmente se conoció como “Muros de la memoria” en caso algún día los invasores volvieran por su ambición. Impuso nuevas políticas, se designaron fechas conmemorativas aquellas en las que tuvieron lugar las importantes batallas que permitieron la autonomía del Nuevo Imperio. Impulsó las luchas de independencia de las civilizaciones de América que habían sido sometidas y mantuvo relaciones diplomáticas con estos pueblos una vez lograda su soberanía. Los “Muros de la memoria” también fueron construidos por los gobiernos locales por todo el perímetro de América.
Y cuando ya todas las batallas habían sido consumadas, entre los vítores del pueblo, el Auqui no podía dejar de comparar aquel evento con las historias de sus antepasados. Cuán oprobioso era lo que había sucedido. Se atrevieron a volver por segunda vez, y con aliados, a tomar una tierra que creían suya. ¿Quién podía asegurar que no volverían una tercera vez?
En unos días después, se daría inicio a la ceremonia. Habían pasado más de cien años desde que llegaron por primera vez. El Imperio prevalecía, y era su tarea asegurar que así fuera siempre. Ya había demostrado por mucho su capacidad. Cuán sabio habían sido sus padres al ponerle el nombre del gran libertador. Era una honra llevar ese nombre y también lo era dirigir el Imperio que él había levantado. Así, en unos días, dejaría de ser Auqui y, con la mascaipacha que mandó diseñar su abuelo cuando se encontraba recuperando Vilcabamba, se convertiría en el Inca Tupac Amaru II.