Autor: Oswaldo Antonio Gonzales

-Ah, pues, ¿y cómo no me voy a acordar de ti, muchachito, si tú fuiste quien me consiguió las rosas con las que mi niña Manuelita hizo la corona que le lanzó al Libertador, la que le pegó justo en el pecho? ¿Tú te acuerdas de la cara que puso su Excelencia? ¡Ay, Jesús, por Dios!- dice entre suaves carcajadas la negra Jonathás, amiga íntima y dama de compañía de Manuela Sáenz.
-Primero se puso serio, pero después, cuando la vio muerta de risa y toda colorada, no le quedó más remedio que reírse él también.  El Libertador, montado en su caballo blanco, le hizo un saludo elegante con el sombrero pavonado que traía en la mano, y a ella casi que le da un soponcio. Y las demás, secas de la envidia. Justo en ese momento empezó a reventar la volatería; sartas, ruedas, voladores, camaretas y demás fuegos artificiales tronaban a un tiempo. Desde ese momento ella quedó chochísima con él y todavía, dos años después de haberlo conocido en persona, después de esa noche en que bailaron, conversaron y siguieron riéndose y besándose con los ojos, todavía esa mujer se sonroja y suda y se regocija cuando lo ve.-  
De repente Jonathás inicia una de sus famosas imitaciones del Libertador Simón Bolívar.
-“Señora: si mis soldados tuvieran su puntería, ya habríamos ganado la guerra a España”, me cuenta mi niña Manuela que fue lo primero que le dijo el General Bolívar esa noche cuando se encontraron en la fiesta que en honor del Libertador habían preparado los ricachones de la ciudad. Y pensar que si no es porque tú te encaramaste por el muro y casi que te caes por recoger las rosas rojas, rojas como las vueltas y el cuello de la casaca del uniforme de Capitana de Húsares del Ejército Libertador que le queda tan bonito; capaz que no se hubiesen conocido.-
El muchacho se comió una dulce mora salvaje y sonrió y hasta dejó escapar una corta risita recordando aquella tarde. Pero solo por un momentico, ya que casi al instante volvió a poner su cara de “parecer mayor de edad” y se puso serio y huraño, como siempre. Y recordó que tenía frío y hambre y también miedo aún, pero trató de disimular.
-No te preocupes, yo también estoy temblando todavía. Es que después que pasa la amenaza y tú logras salir con bien es que te llega el susto. Antes no tienes tiempo ni para asustarte. Es después de que pasas el mal trance cuando te paras a comprender el peligro por el que pasaste. Y claro que las guerras asustan mucho. Las guerras son malas. Por eso se van a acabar… Capaz que antes de empezar la batalla hasta el mismísimo General Antonio José de Sucre haya sentido su sustico. Ya conocía lo mañoso que era el Virrey La Serna, quien venía intentando cortar la retaguardia del ejército libertador por medio de maniobras, de marchas y contramarchas, a todo lo largo de la cordillera andina, desde que salieron del Cusco hasta que se encontraron en Ayacucho. No te creas, tú los ves a esos generales sobre sus caballos, tan tiesos y con esas caras tan apretadas, pero no te olvides de que son gente como nosotros. Acuérdate que esta lucha es por la igualdad, así que ellos también tienen derecho a ser iguales hasta en lo de sentir susto. Que la valentía no está en no sentir miedo sino en saber vencerlo.-
-¡Unjú!- dijo con fuerza el muchacho, pensando que aunque tuvo miedo varias veces eso no lo detuvo, por lo que puede decirse que él no es un cobarde.
-La niña Manuela pudo escuchar de la voz del mismísimo General Sucre la narración de la batalla de Ayacucho.  Y así mismito nos lo contó a Nathán y a mí. ¿Quieres que te la cuente?-
Y sin esperar respuesta, Jonathás se desató a narrar hasta los más pequeños detalles del enfrentamiento armado.
-Esta batalla es muy importante, muchacho, porque se espera que sea la última gran batalla de la historia, la que traiga la victoria final a las armas de la República y el fin del imperio español, el último imperio que queda, al haberse instaurado repúblicas pacifistas en la Britania y en Francia. Al derrotar los ejércitos de la patria, al mando del General Sucre, a los ejércitos del Virrey José de La Serna, estábamos ganándole, a punta de arrojo, al Comandante General español, al jefe militar de más alto rango que tenía la corona española en toda la América del Sur. Le ganamos a la comadreja que más mea, por mejor decir.-
Soltó una pequeña risotada el muchacho al imaginarse a una comadreja lanzando un gran chorro de orine. “Esta Jonathás inventa cada cosa”, pensó.
-Esta batalla, que de seguro traerá la independencia a las naciones sudamericanas y la paz al mundo, fue sostenida por una fuerza de menos de seis mil hombres que vinieron desde muchas partes a pelear aquí, vinieron desde las tierras colombianas, peruanas, chilenas y argentinas, y también desde más lejos, desde la Inglaterra, de Francia, de Alemania y hasta de Rusia… Ese montón de hombres se enfrentó contra un ejército de más de siete mil hombres que contaba con catorce cañones. Del lado independentista solo había un cañón, y eras tú, muchacho, el que lo alimentaba con pólvora.-
Se paró firme el muchacho. A medida que la negra Jonathás, entusiasmada, le explicaba los detalles de la batalla en la que recién había participado, se sentía como más grande, pero por dentro.
-Acuérdate que ayer, ocho de diciembre, ya los dos ejércitos habían quedado frente a frente, listos para la pelea. Y hoy, desde temprano, desde antes del amanecer, se intercambiaron algunos disparos y aumentó el movimiento de las patrullas de hostigamiento y observación, hasta que, como a las nueve de la mañana, el virrey La Serna dio la orden a las tropas españolas de que bajaran de las alturas en que habían pasado la noche y que atacaran con decisión, porque el virrey sabía que allá arriba corrían el peligro de ser cercados por el Ejército Libertador y sometidos por el hambre. Pero fueron recibidos por los patriotas, que estaban dispuestos a lo que fuera con tal de obtener la victoria. ¿Qué sentiste en ese momento, mijín?-
Pensó un momento el muchacho, recordando el momento en que inició la contienda. –No sentí nada. Solo estaba pendiente de la pólvora.- dijo.
-Ja, ja, así es. En esos momentos no se piensa… Apenas empezó la batalla, el General Sucre le ordena al Coronel Córdoba que avanzase por el centro, contando para su protección con la caballería del Coronel Miller. Aprovechando la confusión, el General Sucre intentaría rodear a la fuerza realista. Así se da inicio a las operaciones, desencadenándose una furiosa refriega en todos los frentes. Y es entonces cuando el virrey La Serna, por querer ser el más valiente, se lanza a lo más feroz del combate, y su caballo resulta derribado y él es hecho prisionero, después de recibir seis heridas. Pero no te creas, también el bando de los patriotas era amenazado, pues por el lado izquierdo atacaban tres batallones de la infantería realista que, además, contaban con el apoyo de cuatro piezas de artillería. Pero esta acción fue frenada por los Húsares de Junín que, llegando justo a tiempo, impidieron que los españoles tomaran ventaja. Este fue el último lance de esta batalla. Poco después del mediodía, la batalla se había terminado. Catorce generales españoles, y no sé cuántos jefes y oficiales, tuvieron que entregar sus espadas al General Antonio José de Sucre. En el campo quedaron mil cuatrocientos realistas muertos y setecientos heridos, y se capturaron quince piezas de artillería y más de dos mil prisioneros, entre ellos el virrey General José de La Serna y el General José Canterac. Trescientos patriotas entregaron su vida y ochocientos quedaron heridos… Muchacho, ya le podrás contar a tus nietos que estuviste en Ayacucho. Y no fue jugando.-
El muchacho afirmó con la cabeza y se limpió un poco la cara con una mano. Pudo recordar las veces en que había sentido sustos de muerte. Y durante esta batalla que acababa de terminar en estas sabanas frías que son la Pampa de Quinua, en las sierras de Ayacucho, el muchacho pasó por varias ocasiones en que sintió que el corazón se le aceleraba mucho y en las que temió por su vida:  Una bala realista cayó cerca del único cañón republicano. Después tuvieron que correr duro para escapar de una ráfaga de balas españolas. Luego, cuando venía del polvorín cargando un saco lleno de pólvora tuvo que esconderse de una patrulla realista. El muchacho tiembla un poquito cuando piensa que si los soldados enemigos lo hubiesen visto no estuviera echando el cuento. La exaltada voz de Jonathás lo sacó de sus recuerdos.
-Y ahí, al finalizar el recuento de las acciones, delante de todos esos generales y demás jefes militares republicanos, el General Sucre felicitó a la Capitana, a mi niña Manuela, por su valor y por el gran apoyo que había prestado a la independencia de América, curando a los heridos, asegurando las provisiones y también disparando si hacía falta. Y le anunció que solicitaría al Libertador Simón Bolívar el grado de Coronela para ella. ¿Qué te parece? La Coronela Manuela Saénz.-
-Coronela Manuela Saénz.- repitió el muchacho con orgullo.
-El Señor General de División de la República de Colombia, Antonio José de Sucre, Comandante en jefe del Ejército Unido Libertador del Perú, que así es su nombre y su título, se cubrió hoy de gloria aquí en Ayacucho, en la que será la última batalla del mundo. Pasará a la historia hoy y, de paso, nosotros también pasaremos hoy a la historia, aunque nadie se acuerde después de nuestros nombres. Mi niña Manuelita lo admira mucho y lo considera un hombre muy honorable, que ya es mucho decir para los tiempos que corren. Ella dice que un soldado así merece ser nombrado Mariscal de Colombia… Pobrecito. Imagino cuánto habrá pensado el General Sucre en sus dos hermanos y en su hermana Magdalena, asesinados por los españoles, cuando vio caer herido al Virrey general José de la Serna, quien ahora era su prisionero. Fue cómico ver al general de Canterac intentando reagrupar a sus soldados que huían desesperados corriendo por esas lomas.-
-Nathán- dijo, más bien bajito, el muchacho.
-No, mi niño. Yo soy Jonathás. Nathán es la más bajita. No sé porque todos se confunden. Además, yo soy mucho más buena moza… o menos fea, je je. Nunca nos cansaremos Nathán y yo de dar gracias a Dios por haber sido compradas por don Simón Sáenz, el papá de la niña Manuela, por allá por 1814, estabas tú chiquitico, para que la acompañáramos, y también para que la vigiláramos. Bueno, eso es lo que él esperaba, pero se quedó con las ganas… Bendita sea la coronela Manuela Sáenz. Nunca nos ha tratado como esclavas. Más bien las ricachonas de Quito se indignaban de que nos tratara como a sus dos mejores amigas… Que si eso era un mal ejemplo para las otras negras, que si eso era motivo de escándalo para la buena sociedad. Y mi niña Manuela se encogía de hombros y soltaba su risotada de costumbre. ¿Cuándo le ha hecho caso ella a las habladurías de los chapetones y de los pelucones o de los blanqueados y demás dolientes de la Real Audiencia de Quito y del rey ese de España que parece que no se baña nunca? ¡Atatay! ¡Huele refeo ese rey!-
El muchacho, de repente, se paró frente a Jonathás y la miró a los ojos, pero no pudo impedir que esta continuara con su entusiasta recordatorio.
-Apenas un mes después de haberse conocido, Manuela llegaba a la hacienda El Garzal para esperar a su Simón. Esos cuarenta y cinco días han sido el tiempo más largo en que han sido felices juntos. Y eso, gracias a unos amigos del General Bolívar que les hicieron una invitación a que pasaran unos cuantos días uno al lado de la otra. Pero no fue solo amor lo que le brindo mi niña Manuela a su general. Un poco más de un año después es honrada con los grados de Teniente, primero, y Capitana de Húsares del Ejército Unido Libertador, después. Pero no fue por su cara bonita sino porque se embraguetó como lo haría un hombre y peleó en Pichincha y luego en Junín. Y fue por la aclamación general que El Libertador acepta que sea incorporada al Estado Mayor del Libertador. Es por eso que viste esa casaca azul, con vueltas y cuello rojo, y que le queda tan elegante. Por esos días es que se entera de todas las intrigas que el vicepresidente Santander venía tejiendo en Bogotá en contra de la independencia peruana. Ya ella se lo ha dicho varias veces al General, que tiene que estar pendiente de ese señor… Seis meses después, estando en Huamachuco, doña Manuela le responde a su “querido Simón”, como ella ya le decía, la carta que este le había enviado, retándola a acompañarlo a lo largo de la campaña del Perú. ¿Y qué le contestó ella? Pues, que las condiciones adversas que ella sabía habría de enfrentar durante la difícil travesía por la cordillera andina no intimidaban su “condición de mujer” por tener ella “más pantalones que cualquiera de sus oficiales”. Así le dijo, y aceptó seguirlo a lo largo de más de dos mil kilómetros, rodeando desfiladeros, desafiando páramos ariscos y enfrentando los ataques españoles. Pero, tal como lo prometió, no salió de sus “labios queja alguna”… Ni de nuestros labios tampoco, porque nosotras dos nos venimos por parejeras detrás de la niña Manuela, para cuidarla y ayudarla. Porque quisimos. Ella nunca nos ha mandado.
-Jonathás- dijo el muchacho, un poco más alto.
-Dígame, muchacho, ¿Qué quieres?- dijo sonriente la negra.
-¿Me puedo quedar un rato más contigo? Es que no me gusta mucho estar en el campamento porque a veces esos soldados dicen cosas que a mí no me gusta oír- dijo el muchacho, bajando la cabeza.
-Claro, muchacho, claro. Claro que puedes quedarte, aquicito nomás, un buen rato conmigo.- Y le dio un buen abrazo y lo estrechó contra su cuerpo suave, mullido y tibio.
El muchacho sonrió, complacido. Y se puso a pensar en su madre, tan lejana.
-Y si es el caso del Libertador Simón Bolívar, ya vamos para diez años, un dos de junio de 1816, me acuerdo clarito, que, al regresar de una isla llamada Haití, donde los que mandan son los negros, decretó la libertad de todos los esclavos que pelearan con él por la libertad de la patria. Y es que el General Bolívar es un hombre que quiere lo mejor para todos y que nos unamos muy juntos todos los que vivimos en Colombia, la grande, desde los que vivimos en las tierras que fueron de los incas hasta los que viven en la punta más oriental de la Capitanía General de Venezuela, donde dicen que hay una boca de dragón y una casi isla que llaman Paria… ¿Y si te hablo de mi General Sucre, que parece un ángel, todo gallardo y tan correcto en todo? Se ha comportado como un verdadero caballero desde que, muchacho así como tú, entró a la vida militar. Muy juicioso para administrar los pocos dineros con que cuenta la república, como cuando fue comisionado a viajar a las Antillas para comprar armas y demás pertrechos de guerra. Hábil ingeniero, como cuando le tocó dirigir los trabajos de fortificación para reforzar la defensa de la ciudad de Cartagena contra los intentos de los realistas por recuperarla. Y, ¿para qué hablarte de la niña Capitana, doña Manuela? Tú la conoces, así que no hace falta que te diga nada sobre ella, ¿verdad?-
El muchacho afirmó con la cabeza. Le gustaba y al mismo tiempo le asustaba un poco pensar en la señora Manuela. La conoció poco antes de que recibiera el título de Caballeresa del Sol de manos del General José de San Martín por sus servicios a la causa patriota y la ayudó a cargar víveres y demás provisiones durante los preparativos de la batalla de Pichincha. Ya ella lo había enseñado a leer cuando el General Simón Bolívar entró triunfalmente en Quito para celebrar su incorporación como provincia a la Gran Colombia. Ella lograba que él quisiera ser cada día mejor y con solo verla se le borraban todas sus preocupaciones de muchacho pobre.
-Así que, ¿cómo no va a andar una para arriba y para abajo detrás de esta gente haciendo de todo,   aunque una no sepa nada, o bueno, casi nada, porque una sabe sus cositas?- prosiguió muy resuelta Jonathás. -¿Cómo no va a andar una y todos los pata en el suelo como una arrimando el hombro y apoyando en lo poco o mucho que una pueda? Porque es tanto lo que hay por hacer en esta guerra que hasta un pequeñín como tú encuentra en qué ayudar. Y cómo ayudas, muchacho, porque te has vuelto muy habilidoso en eso de amarcar la pólvora de los cañones. ¿Quién lo diría? El chico de las rosas se volvió el chico de la pólvora.-
-Yo sí. Y soy muy bueno. Todos lo dicen- dijo el muchacho, orgulloso, cruzando los brazos sobre su pecho. Era el encargado de traer del polvorín las cargas de pólvora de acuerdo a cómo se fueran necesitando. Y era como si adivinara cuándo había que buscar más, así que cada cañón contaba siempre a tiempo con su saco de tela relleno con sus ocho libras de pólvora bien seca. Es por eso que cada vez que el artillero arrimaba una mecha al pequeño agujero del oído del cañón, detonaba bien duro la pólvora del cartucho y la bala salía bien lejos.
-Ja. Pero el difunto Coronel Charles Sowersby, que en paz descanse su alma, te llamaba “mono de la pólvora”. Eso es lo que te quería decir cuando te decía “powder-monkey”, por si no lo sabías.- dijo muy risueña la negra Jonathás, irradiando felicidad.
-Sí, porque como yo comía tantos guineos, él me decía mono. “Monkey” quiere decir mono. Él me lo enseñó.-
Y rieron un buen rato los dos.
De repente, Jonathás se acordó de algo, dejó de reírse y sirvió un buen tazón de la sopa que mantenía caliente en una olla de barro.
-Toma, mi niño, tómate todo este chupe, y apúrate, que con el viento de estos páramos se te va a congelar en el plato. Yo sé que no es de pescado sino de cuy y que tiene solo bastante mashua para que se les enfríen las ganas a los soldados de estar pensando en mujeres, y chochos, que es lo que medio se consigue por acá. Así que llamarlo chupe es como mucho pedir. Pero mira para allá… ¿Ves a todos esos que están ahí tendidos y allá y allá? Pues esos más nunca se enjuagarán la boca ni siquiera con agua de lluvia. Así que no arrugue la cara y agradezca que está vivo y que va a poder echar el cuento. Y cómaselo todo de una buena vez.- dijo la negra, intentando poner una cara amenazante.
El muchacho se puso pálido. Aborrecía más que a nada comer o ver a alguien comer cuy o conejillo de indias. A esos a los que se les llama quwi en la lengua quechua, curiel en Cuba, y que en Venezuela se conocen y se comen bajo el nombre de acure. Tienen fama de tener muchos, muchos hijos, por eso dice el refrán que fulana: “Pare más que un acure”… Pero volvamos a la historia.
Estaba paralizado el muchacho, no sabía qué hacer. Era demasiado fuerte para él saber que eso que estaba en su plato de barro era un roedor muerto y picado en pedazos.
-Cómete aunque sea el caldito para que entres en calor.- suplicaba Jonathás.
Pero el muchacho tenía hambre, mucha hambre. Sentía que se iba a desmayar en cualquier momento. Y además, esa sopa o chupe o lo que fuera, olía delicioso. Así que el muchacho miró a la negra sonriente, sonrió él también y se encogió de hombros, como sin entender nada. Mordió un trocito de la carne crujiente y bien sazonada del cuy. Y se lo tragó con otra sonrisa, esta, muy grande. Y así, vino un bocado, un mordisco por aquí, otro por allá, un sorbo de caldo. Y el tazón se fue vaciando.
– ¡Elé, muchacho! En verdad que tenías tanta hambre que te supo delicioso a pesar de lo horrible que yo cocino, ja ja. Que yo para eso de cocinar soy medio carishina.- Y se quedó pensando un momento. -Lo que yo no puedo entender, por más que le dé vueltas a mi cabezota de mulata, es qué haces tú aquí, en medio de este infierno lleno de gallinazos que sobrevuelan sobre nosotros, hambrientos, en vez de estar jugando con tus hermanitos. Esto no es lugar para un guagua… No, no arrugues la frente, que por más que la arrugues y pares la trompa, tú eres todavía un niño. Tendrás más tomadito el cuerpo, más completico, pero todavía eres un guagüito.-
El muchacho la miró lo más serio que pudo. Sabía que esos bigoticos que apenas se asomaban sobre sus labios eran casi invisibles, así que no le quedó más remedio que poner cara de estar muy bravo.
-Bueno, está bien. Pareces todo un hombresote… No quiero ser molestosa, hombresote, pero una en estos menesteres de la guerra aprende a andar en una mano el pan y en la otra el palo, así que me haces el favor de lavarte, que estás tan cubierto de pólvora y barro que parece que fueras mi hermanito pequeño.-
-¡Achachay! ¿Bañarse con este frío?- Ahora el muchacho la miró con susto. Lo tomó por sorpresa eso de que Jonathás le estuviera mandando a bañarse en medio de esa pampa helada.
-Te va a hacer bien. Te lavas rapidito. Anda pues, quítate la franela para que te laves mientras yo te echo agua… No te asustes, yo la puse a calentar en el fogón un poco, para quitarle el hielo.-
El muchacho se despojó como con duda de su franela medio rota, la colgó en una rama y se inclinó para que la negra Jonathás derramara el agua. Estaba algo caliente pero igual sintió un gran escalofrío por el contraste entre lo tibio del agua y lo frío de la brisa.
¡Mira como tiemblas! … Muchacho loco, ¿Y tú, con lo friolento que eres, de verdad pensabas cruzar los miles de kilómetros que nos separaban del valle de Ayacucho con tus calzones cortos y una franelita rota? Tienes que ser muy valiente o muy loco para atreverte a desafiar así el frío. El frío es una fiera despiadada. Menos mal que la niña Manuelita había traído varías recuas de mulas con provisiones, entre ellas ropa usada. Así que el Ejército independentista te dio tu primera ruana.-
Era bueno sentirse limpio, pero se puso la misma franela rota lo más pronto que pudo. Y de inmediato se colocó su ruana de lana calientica. Y se sentía tan bien que se le olvidó por un buen rato seguir intentando ser un adulto y suspiró y sonrió como lo que era, un niño.
-El General Sucre está muy contento contigo. Él es serio y poco hablador cuando no conoce y más cuando anda con tantas ocupaciones y tanto trajín que dan las guerras, pero, ¿cómo no va a estar orgulloso de ti si él, a tu edad, ya estaba también en el ejército? Siendo un muchachón así como tú fue enviado a Caracas a estudiar ingeniería militar en la Escuela de José Mires. Habiendo cumplido apenas catorce años ingresó como cadete, junto a su hermano Pedro y otros amigos, en la Compañía de Húsares Nobles, en Cumaná, ciudad que se levanta por debajo del mar, según me cuentan, y que fue donde él nació. A los quince años ya había sido nombrado subteniente de milicias de infantería. Así que para él es normal ver guaguas peleando en una guerra… La que no está muy contenta, y eso te lo digo como cosa mía y no porque ella me mandó, la que está muy preocupada es la futura coronela Manuela Sáenz. Sí, yo sé que ella, cuando se presenta la pelea va “armada hasta los dientes, entre choques de bayonetas, salpicaduras de sangre, gritos feroces de arremetidos, gritos con denuestos de los heridos y moribundos; silbidos de balas. Estruendo de cañones”. Que a los soldados solo con verla “entre el fragor de una batalla les enervaba la sangre”. Pero ella también dice que los campos de batalla no son sitio para niños. Y más cuando nos enfrentamos a las tropas de un rey que no respeta nada.-
-Pues ella no debería preocuparse tanto por mí, pues ya yo sé cuidarme.- dijo el muchacho, aunque dentro de sí se sentía muy contento de que Manuela estuviera pendiente de él.
-Y como no va a preocuparse por ti, si andas solito por esos mundos de Dios. O del diablo, porque por esos caminos se encuentra cada cosa tan fea. ¿Qué sabes cuidarte a ti mismo? No me digas eso, que tú no sabes nada de la vida. Dios te guarde, muchacho. También Nathán y yo nos preocupamos por ti, grillito loco. Será porque ninguna de las tres ha tenido hijos todavía y entonces nos hacemos la idea de que todo guagüita es hijo nuestro. Nathán y yo le decíamos en estos días a la Caballeresa del Sol que sería bien bonito que tú estudiaras. Como cosa de nosotras dos, claro.-
La comida, el calorcito de la ruana y todo el cansancio que guardaba el cuerpo flacuchento del muchacho hicieron que se le escapara un bostezo. La negra se rio mucho al ver cómo se le ponían colorados, como pintados con achiote, los cachetes de la pena al mocetón.
-Sí, muchacho, yo sé que yo hablo mucho. O será que tú hablas muy poco. Pero es que hablando a uno como que se le olvida un rato el frio y el hambre y el cansancio.-
El muchacho se llevó la mano izquierda al brazo derecho cuando sintió como un pinchazo en la quemada un tanto extensa que ahí tenía.
-Para ver ese brazo… Bueno, sé que todavía te duele pero ya se ha ido sanando bastante. Pronto estarás curado. Con ese bálsamo del Perú que te puso mi niña la Coronela y las hojas que te puse yo y las oraciones de Nathán, vas a estar brincando y saltando antes de que te des cuenta. Eso sí, cúbrete bien esa quemada que las moscas son muy malas y con el frío de los páramos te puede dar un pasmo. Pero tampoco te aprietes tanto la herida porque no vas a dejar que se seque.-
El muchacho recordó el momento en que la bala española cayó tan cerca del único cañón con que contaban los patriotas. A él se le taparon los oídos y, con el impacto, el artillero echó hacia atrás la mano donde tenía la mecha, arrimándosela a él en el brazo. El dolor de la quemadura era fuerte, pero el muchacho sabía que si soltaba el saco, este caería en el gran charco de fango que había formado la lluvia de anoche y una buena parte de la pólvora se mojaría. Así que, a pesar del padecimiento, logró aguantar hasta dejar el saco sobre sitio seco. Pero de esto no se dio cuenta nadie y él ha nadie se lo había contado. Era su secreto. Un secreto que le dolía.
-“Ña mi, Ña mi, Ña mi”, que quiere decir “ya está, ya está, ya está”. “Tucurirca Mi, Tucurirca Mi”, que quiere decir “se acabó, se acabó”- cantó de repente Jonathás, poniendo sus dos manos suspendidas un rato sobre la quemadura.
Y, créanmelo porque es verdad, al muchacho no le dolió más la quemada.
-Gracias, Jonathás, eres muy buena. Ustedes tres son muy buenas. Tú, Nathán y mi señora Manuela son muy buenas conmigo.- dijo el muchacho con una sonrisa del agradecimiento que solo puede sentir quien sabe que la vida puede ser muy dura.
-Por nada, mi guagüito hombretón. Esa oración la aprendí de un viejo curandero que me curó de algo serio. A mí no me cuesta nada rezarla; al contrario, me hace bien… ¿Escuchas esas risas y esas celebraciones? La gente está contenta, muchacho. Dice mi niña Manuela que con este triunfo de hoy nueve de diciembre de mil ochocientos veinticuatro en la Pampa de Quinua, en Ayacucho, ya no le queda más nada que buscar a los españoles en América ni en ningún lado, que ya no habrá más guerras. Dice también que gracias al buen juicio del General Sucre esta última batalla se ganó con gloria, ya que teníamos menos soldados y menos pertrechos que el Ejército de la Corona Española, que, por cierto, en su gran mayoría estaba formado por soldados peruanos, pueblo como uno, muy pobres casi todos, pero peleando por un rey que ni saben cómo se llama. –
-¿Tú crees, Jonathás, que ahora sí vamos a empezar a vivir un poco mejor que con los españoles?- preguntó el muchacho, emocionado.
-Ya estamos viviendo un poco mejor que con los españoles. ¿No escuchas la gritería y los cantos? Gritan entusiasmados “¡guay!, ¡guay!, ¡guay!” antes de empezar a cantar huaynos. ¿Cuándo, estando bajo el imperio cruel de la España, la gente se podía alegrar así y gritar de contento?-
Y se quedaron los dos en silencio, escuchando y pensando. La negra, en los tiempos que vendrían, y el muchacho, en que le gustaría mucho que estuviera con ellos la señora, Manuela.
-Es tiempo de que te vayas, muchacho.- dijo de repente muy seria, Jonathás.- Tienes que aprovechar que el cielo no está tan nublado para caminar lo más que puedas durante el día y alejarte lo más que puedas de estos páramos y pampas. Aunque tú no lo creas, estos maltrechos campamentos protegen algo del frío. A ti te tocará dormir varias noches al aire libre. Y tú sabes que por aquí el aire es muy libre y cuando le da por soplar, sopla. Vas a caminar siempre derechito a la izquierda. Vas a cruzar siete ríos y después vas a encontrar varias terrazas y camellones sembrados con kañigua, habas y porotos, y ahí mismito llegarás a un caserío de campesinos Wari. Ellos te van a ayudar, te darán más comida para el camino y te dirán cómo llegar a Lima.
-¿Y la señora doña Manuelita dónde está? ¿Por qué no vino a despedirme?- preguntó el muchacho entre dolido y celoso. La señora Manuela Saénz le parecía muy bonita, como muy cierta, como luminosa. Por eso la seguiría adonde fuera y haría lo que fuera por ella. Sin importar el miedo. -¿Será que está tan ocupada que no se pudo despedir de mí?-
-Sí, muchacho, está muy ocupada. Tristemente ocupada… Está buscando cómo darle a un montón de cadáveres la más honrosa sepultura que se pueda en estos páramos donde todo es roca, así que de rocas se harán sus tumbas. Te aseguro, mi niño, que no es nada agradable tener que caminar entre tanto despojo que ayer no más estaba vivo. Por eso no pudo venir a despedirte.-
El muchacho la miró y en sus ojos la tristeza dejó dos charquitos fugaces, a pesar de que trató de apretar el corazón. Pensó en pedirle a la buena negra Jonathás que le dijera a Manuela que la quería mucho pero decidió que ese sería su segundo secreto. Otro secreto que también dolía. Y otra vez se quedó como paralizado, sin saber qué hacer.
-¡Anda, muchachote, ponte en marcha! Aprovecha lo que queda del día. Más pronto que tarde nos encontraremos en Lima, donde el General Bolívar piensa ubicar la nueva capital de la república de Colombia. Así que cambia esa cara, que pareces mico comiendo achotillo verde. Toma estos bolones rellenos de queso y chicharrón, no te los comas todos de una vez que el camino es largo. Y de ñapa llévate estas moras, estos guaytambos y estas naranjillas. Y guarda este caballito de palo que te manda mi niña Manuela. Ella dice que, aunque para muchos no parezca una gran cosa, este caballito de madera peleó en Ayacucho. Así como tú. Que es para que te acuerdes de que los niños y los caballos son para que corran libres y felices.  Y que nada de andar en peleas, que de ahora en adelante solo habrá paz en la tierra. Nosotros luchamos para que ustedes, los niños, vivan en un mundo sin batallas. Y una última cosa, también te manda a decir que no te olvides que cuando llegues a Lima te vayas derechito a buscar a don Simón Rodríguez, tú sabes, el que fue maestro del Libertador y que abrió un gran colegio público allí. Te pondrás a estudiar. Como ya no habrá guerras, ¿para qué vas a seguir la carrera militar? A estudiar y hacerte un hombre de provecho, que eso ya está hablado con el General Sucre. Que ella después te busca cuando regrese con el General Bolívar a Lima a formar un hogar donde tú serás un hijo… Así que sanseacabó. Es una orden de la Coronela doña Manuela Saénz. Orden de tu Coronela. Vamos. De frente, march…