Autor: Daniel Salvo

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El mesonero no dejaba de mirar hacia el comensal que, sentado en una de sus mejores mesas, esperaba a ser atendido.. Si bien se preciaba de no permitir el ingreso de judíos ni de moriscos a su afamado mesón, nunca se había puesto a pensar que algún día vería a un indio de las colonias venir a su local. Ni siquiera en aquel Año del Señor de 1778, y menos en Madrid…

Las pocas veces que había visto a un indio, o a un esclavo negro, estos se hallaban a las órdenes de un noble o de un clérigo, y daba por sentado que todos los naturales de África o América habían sido reducidos a tal condición. En tales casos, sus señores o amos ingresaban al establecimiento, mientras sus sirvientes esperaban afuera, o bien los hacía ingresar a los interiores del mesón que estaban ocultos de la vista del público, cuando llovía. Había que ser buen cristiano de vez en cuando.

Por eso, la imprevista llegada del inusual cliente lo había tomado de sorpresa, así como a sus ayudantes. El indio vestía elegantemente, y su dicción era tan pulida como la del mejor doctor salido de la Universidad de Salamanca. Ni siquiera había pedido una mesa, sino que se había sentado a su aire.

¿Qué debía hacer? ¿Llamar a guardia real, requerir a sus mozos para que lo echaran del lugar? Lo veía difícil, pues el indio no había cometido ningún crimen, y además, tenía una complexión nada enclenque, al contrario, superaba en talla incluso a alguno que otro soldado que había visto por ahí. Ni cuatro de sus hombres podrían hacer nada contra semejante humanidad.

De modo que su manera pensar empezó a adaptarse a las circunstancias. Así, el “no importa que sea noble, igual es indio”, se convirtió en la mente del mesonero en “no importa que sea indio, igual es noble”. Y noble, en última instancia, significaba rico, salvo que se tratara de alguno de los tantos hijodalgos mendicantes que andaban por ahí, llenos de orgullo sus corazones y vacíos sus bolsillos.

Como adivinando sus pensamientos, el indio le devolvió la mirada con una expresión de altivez rayana en el insulto, al tiempo que dejaba caer sobre la mesa una bolsa de cuero, la cual se abrió, dejando ver su contenido: una significativa cantidad de monedas de oro.

Toda aprensión desapareció del rostro del mesonero, quien dedicó al ilustre huesped la mejor de sus sonrisas. Con un gesto que sólo ellos conocían, indicó a sus mozas y mozos que atendieran al indio con el mayor esmero. No fuera cosa que decidiera no volver al día siguiente…

Mientras comía, José Gabriel Condorcanqui, descendiente de Incas, curaca de Tungasuca, Surimana y Pampamarca, que a su firma añadía el título de Túpac Amaru (esto es, Real Señor de la Gran Serpiente) y acaudalado comerciante asentado en la imperial ciudad del Cusco, en el Virreynato del Perú, meditaba en torno a la misión que lo había llevado a España, la cual lo pondría al borde del peligro tanto del cuerpo como del alma, incluso si tenía éxito.

El pretexto parecía obvio: habiendo pleiteado en la audiencia de Lima el título de Marqués de Oropesa, que por lo demás le correspondía, había perdido. Los oidores, corrompidos por el oro de sus rivales, habían fallado en favor de los Betancourt. Sin embargo, podía apelar este fallo ante una instancia más alta, esto es, ante las mismísimas cortes de España, en Madrid. Nadie sospecharía nada de un aristócrata viajando a Europa para dirimir asuntos de abolengo.

Pero ese no era el verdadero objetivo de su viaje. Contempló el ambiente a su alrededor. Si bien su educación cristiana en manos de doctos jesuitas le había inculcado el amor al rey, también le había provisto de una agudeza y capacidad de discernimiento nada desdeñable, la cual le había servido de mucho en el manejo de sus negocios. Sabía que debía su posición no solo a su linaje, sino también a la instrucción esmerada que había recibido en el colegio de caciques. Y esa educación superior le permitía deducir que se venían malos tiempos para el Imperio español.

Y es que una oleada de alzamientos y revoluciones sacudía el mundo. No hacía mucho las colonias de los herejes ingleses en la América del Norte se habían independizado, adoptando un nombre ridículo como nación, pero que a ojos vistas, se vislumbraba muy poderosa. En las Antillas, esclavos haitíanos se alzaban contra sus amos franceses. Nuevos inventos llenaban de pasmo a la gente. Pero sobre todo, nuevas ideas, que él había leído en libros de autores prohibidos por la Iglesia, como Voltaire o Rousseau, anunciaban un convulso fin para el siglo XVIII.

Si bien se consideraba un devoto súbdito de la corona, sentía que el Rey no le había jugado bien. Había creado un nuevo Virreynato en el sur, trasladando al mismo una serie de instituciones que perjudicaban su posición y la de muchos comerciantes. El poder Lima, otrora sede del riquísimo Virreynato del Perú, se veía menguado por la emergencia de otro enclave de poder.

Entre ambas fuerzas, el Cusco, su amado Cusco, se había visto disminuido en todos los sentidos. Lo peor de todo era la actitud que habían tomado los encomenderos, algunos incluso menos ricos que él, pero favorecidos por su ascendencia española directa. Se desquitaban como podían con los pobres indios a su cargo, obligados a servirles de una y otra manera, en muchos casos, casi a la usanza de animales o bestias de carga. Muchas veces había contenido las lágrimas de cólera que pugnaban por salir de sus ojos ante la visión de un niño o un anciano azotados, o al saber de la muerte en las minas de tantos congéneres suyos. Hacia tiempo que no creía en muchas de las cosas que decían los clérigos desde el púlpito, sobre el designio divino que cargaba en los reyes y a quienes ellos designaran la obligación de actuar como autoridades para los asuntos de este mundo, y sobre todo, la obligación y el deber de los de su raza de aceptar y obedecer sin cuestionar todo lo que dispusieran las autoridades españolas. El, como noble que era, estaba exonerado de muchas de estas exigencias y obligaciones, pero no por ello se sentía al margen de tanto dolor y sufrimiento.

A sus cuarenta años, se sentía pues desengañado respecto a cualquier tipo de autoridad, imperial o eclesiástica. La forma en que lo habían tratado en la audiencia de Lima confirmaba el rumbo que seguirían teniendo las cosas. No se hacía ilusiones con las ideas independentistas que empezaban a circular de manera subterránea en el continente, pues no era difícil prever que los indios como él continuarían siendo poco más que bestias de carga para los blancos, ya fueran peninsulares o criollos.

Por eso había ideado un plan, arriesgado en su desesperanza, pero audaz como pocos: ofrecer a una potencia europea, contraria a los intereses de España, la idea de invadir territorio peruano, y apoyarlo en su objetivo de proclamar la independencia de este territorio respecto a España. Instauraría un nuevo reino, el Tawantinsuyo Restaurado, del cual sería el Primer Inca, sucesor como era del linaje de sus antiguos gobernantes. Y luego expandiría sus dominios al resto del virreynato…

Había, sin embargo, una parte de su plan que le inspiraba cierto resquemor. Católico como era, sino de convicción, de tradición, entendía que las potencias enemigas de España eran protestantes en su mayoría, y que esto haría difícil el trato con las mismas, pese a que existía el precedente de la católica Francia apoyando a los mayoritariamente protestantes patriotas de las colonias británicas en América del Norte en su insurrección contra la corona inglesa.

Sin embargo, si debía optar entre su fe y sus ambiciones, éstas ya habían triunfado en su corazón. El encuentro que había planeado, a celebrarse en ese mesón español, sería decisivo para la futura historia de América.