Autor: Juan Escalante

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Don Gabriel de Avilés y Fierro, tenlo en tu gloria Dios mío, cuánta habría sido su alegría de haber llegado a presenciar esta victoria. ¡Qué dicha la mía haberlo sucedido! La Corona ha triunfado, ha derrotado a cuantos enemigos osaron retar su poder. Es 1816, y aún no existe fuerza en este mundo que pueda vencer a nuestro rey. Gracias, oh Padre del Cielo, gracias por tanta generosidad para con nosotros tus hijos. Y es que, ¿quién, además de ti, podría alzar el velo de ingenuidad que había cegado a nuestros compatriotas? El señor don Fernando VII, liberado del intento de masacre del tirano Napoleón Bonaparte, ha devuelto la grandeza a nuestro imperio, y este su vasallo, humilde servidor de la Corona, regresa hoy a casa.

La nave que me espera en el puerto del Callao se alza imponente frente a mí. El Santiago refleja la grandeza de nuestro imperio con su carcaza hecha de la madera más fina de América. Embarco y decido quedarme en la cubierta a la espera de que el capitán ordene zarpar. Apoyado en uno de los bordes laterales, me basta con inclinar la cabeza hacia el horizonte para sentir la brisa de la mar que tanto ansiaba volver a percibir con tranquilidad. Angustioso, no puedo resistir el impulso de extender mis manos hacia el cielo y agradecerte otra vez, ¡agradecerte una y mil veces, Dios Mío!

El general Goyeneche me observa, divertido, pero sin atreverse a dirigirse a mí en tono de sorna. No entiende, quizás, mi alegría. No, claro que no. Él no quiere dejar este lugar. El Perú, la Lima que salvamos de los rebeldes. Sus sentimientos están enraizados aquí, por mucho que intente negarlo. Pero yo no. Yo soy ya un viejo de más de setenta años, y poco me queda de vida por delante. Confío en que ahora que todo ha retomado el cauce que jamás debió dejar, el nuevo virrey podrá llevar esta empresa a cabalidad. Confío en la voluntad y buen juicio del señor don Fernando rey de España, y por ello mis pocos años restantes los ocuparé en paz, reposando a la sombra de los olivares del sur de Granada. Nada hay ya que pueda importunar la serenidad de este pequeño servidor de la Corona. El barco ha zarpado y, aunque mi cuerpo se aleja de la América, mi legado quedará y, quizás, algún día, sea mi memoria leída por las generaciones venideras. Así, nunca me habré ido del todo.