Autor: José Luis Becerra Lopez

No lloró cuando la capturaron, ni cuando la encerraron en el calabozo, ni cuando le dijeron que la matarían en público, a ella y a toda su familia, uno después de otro. No eras de esas.No fue la última, es verdad, pero vistes la muerte de tu hermano, de tu tío, de tu sobrino, de tu hijo mayor, y no lloraste, y no pensabas hacerlo, ibas a dejarte estrangular sin derramar una sola lágrima, con tu mirada desafiante, mirando el horizonte, la muchedumbre, buscándolo, mi querido Chepe, nuestra revolución ha muerto, nuestros hijos han muerto, pero no era cierto, Fernandito, tu último hijo te estaba viendo, sus miradas se cruzaron y entonces no pudiste controlar el mar de aguas de tus ojos, es solo un niño de 10 años, le dijiste al verdugo, si nos van a matar a todos, mátenlo a él primero, y no podías creer lo que estabas diciendo, no puede verme morir, es solo un niño de 10 años, repetías, mátenlo a él primero, no era natural lo que estabas diciendo, pero tampoco era natural que un niño vea morir a su madre, entonces tu mirada lo encontró y le gritaste ¡ARECHE!, ¿lo llamabas así? Mi señor visitador, maten a ese niño se lo ruego, mátenlo a él primero, se lo imploro. No debiste pedírselo con esa angustia, Micaela. El visitador detiene la ejecución, ¿habrá olvidado el escupitajo que le distes antes de salir a la Plaza? A Micaela Bastidas la mataron a patadas, frente a su menor hijo, su muerte fue lenta pero violenta. Luego le arrancaron la lengua, la descuartizaron y sus partes esparcidas por el interior del país.  Fernandito fue desterrado del Perú, padeció en muchas cárceles de España, finalmente murió a los 33 años, solo y sin descendencia, nunca logró superar la muerte de sus padres.

15 de febrero de 1992
Tres disparos al aire fueron suficientes para que María Elena Moyano quedara sola, rodeada solo por senderistas.
—Ahora sí te tocó tu hora, perra—le dijo Yesenia, la senderista más joven. El cañón de su arma le apuntaba la cabeza.
María Elena Moyano no dijo nada.Miraba de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, absorta, confundida,como si no creyera en la situación en la que se encontraba.Se tocaba las piernas como si no creyera que tuviera piernas, se tocaba las manos como si no creyera que tuviera manos, se tocaba el rostro, el cuello, los ojos, la nariz, la boca, la lengua.
—Dispárale, Yesenia, ¿qué estas esperando?—le dijo Angélica, su hermana mayor—Nos van a caer los perros.
Yesenia intentó dispararle, sin embargo el arma no disparaba. Frank, que era el único hombre, tuvo que dejar los 9 kilos de dinamita para desenfundar su arma.
—No, a esta negra la mato yo—dijo Yesenia. Y con el Arma de Frank intentó dispararle al pecho, pero esa arma tampoco disparaba. Solo cuando apunto a la pierna, y como si fuera un capricho de la pistola, el arma disparó.
María Elena Moyano cayó al suelo y quedó semiinconsciente por unos eternos 5 segundos. Yesenia aprovechó el momento y cogió los cartuchos de dinamita y los colocó debajo del cuerpo herido de María Elena. Todos corrieron a sus escondites cuando la mecha se prendió, esperaban la gran explosión, el gran espectáculo en el cielo: el desmembramiento de la única mujer que les había hecho frente, sin embargo esa explosión nunca ocurrió. María Elena Moyano salióa rastrasde la casa de esteras con los cartuchos de dinamita en la mano, mal herida, pero viva.
13 de setiembre de 1992
Es media noche y llueve en el centro de refugiados de España. María Elena Moyana observa con profunda melancolía el deslice pausado de las gotas de lluvia en la ventana, sobre una silla de ruedas, con un pie enyesado, acompañada de su esposo y sus dos hijos, feliz y triste. La muerte de Víctor Chocano, su chófer en Villa el Salvador, la dejó desconcertada.

—Te dije María Elena, Villa el Salvador ya no es un lugar seguro.
Empezó a llover. Era casi de noche y la carretera estaba descongestionada.
— ¿Puedo contarte algo, Víctor?
—Claro, dígame.
María Elena se asegura que sus hijos estén dormidos. Ambos dormían profundamente en el regazo de su madre. Sin saber por qué se tocó el vientre. Siempre lo hacía, por alguna extraña razón sentía que el tercer hijo se le había perdido en algún lugar de su ser. Al verla tan preocupada, Víctor quiso estacionar el coche, sin embargo no lo hiso y continua su marcha rumbo a la embajada.
—Víctor, hace unos días he estado teniendo unos sueños extraños, pesadillas diría. Eran fragmentos, fragmentos de mi propio cuerpo esparcidos en distintos lugares. Y en esos sueños siempre aparecía el mismo hombre, un hombre misterioso que lo miraba todo. Es por eso que el día del atentado… yo… todo era como una escena repetida, yo sentía que ya lo había vivido. Ese día yo…  ¿Por qué esa pistola no me mató?, ¿por qué esa bomba no estalló?
Víctor aparcó el coche.
—María Elena, tal vez es el señor que quiere comunicarse contigo, tal vez él tiene grandes misiones para ti y para Villa el Salvador, tu pueblo.
—No soy una mujer de fe, Víctor.
—No, María Elena, pero eres una mujer aguerrida, corajuda, valiente, y yo tengo fe que la fe te llegará, pero aun no  es el momento, es por eso que te pido que te vayas a España y no vuelvas hasta que el peligro no haya pasado. Estoy seguro que en España encontraras las respuestas.
— ¿Y la Federación de Mujeres?, ¿y el Vaso de Leche?, ¿y los Comedores populares?, ¿y ellas?, ¿qué serán de ellas?
—Ellas no son unas niñas, son fuertes, tu fuerza las ha contagiado.
Se hiso un largo silencio.
—El trabajo es lo único que puede garantizarles una libertad completa, siempre se los dije. Gracias, Víctor, ¿tú estarás bien?
—Debo estarlo, tengo un hijo en casa que no espera juguetes, sino comida.
Víctor coge el rosario que colgaba del espejo retrovisor y se lo entrega a María Elena.
—No puedo aceptarlo, Víctor, es tu rosario del Papa, esta bendito.
—El Papa vendrá nuevamente a Villa el Salvador, entonces le pediré otra. Acéptalo María Elena, te protegerá. Rita me dijo que el rosario estuvo ese día, en el local del accidente. Ella me dijo que el rosario te protegió y lo volverá hacer mientras lo tengas.  Recuerda que el rosario tiene su propio destino.
— ¿Su propio destino?
—Así es. Yo se lo di a mi hijo Santiago, mi hijo se lo dio a Rita, y Rita quiso que te lo diera a ti, ella te admira mucho, sabes. Yo te lo doy a ti con la condición de que tú se lo des a otra persona especial, pero recuerda que ese rosario es de Villa el Salvador y tiene que volver a Villa el Salvador—le estrecha las manos—. Yo sé que volverás,con fuerza y convertidaen una nueva María Elena Moyano.
A la lluvia le siguieron los relámpagos. Gustavo, su esposo, se sentó junto a ella.
— ¿Cómo fue?—dijo María Elena Moyano, sin dejar de ver la lluvia en la ventana.
—Un coche bomba, en Villa el Salvador, frente a un comedor popular. Junto a Víctor… murieron tres dirigentes más.
Un poderoso relámpago iluminó el interior de la habitación que estaba en penumbras. La sombra de María Elena Moyano se proyectó sobre los cuadros de pintura de la familia de Túpac Amaru II que estaban pegadosen la pared. Los había ordenado en forma de árbol genealógico. Fue lo primero que hiso María Elena cuando llegó a este refugio. Los encontró en un viejo baúl en el sótano, mientras limpiaba, junto con antiguos libros de la Revolución francesa, tratados de Diderot, Voltaire y Rousseau. Los retratos estaban escondidos entre las páginas de un famoso libro: Comentarios reales de los incas. Nada emocionó tanto a María Elena Moyano como cuando vio caer los retratos de la familia extinguida, uno a uno, del libro: Túpac Amaru II, Micaela Bastidas, Hipólito Túpac Amaru, Mariano Túpac Amaru, Fernando Túpac Amaru y Juan Bautista Túpac Amaru.
—Nos siguen matando—dijo María Elena. Y una pesada lágrima recorrió su mejilla—. ¿Debo volver?
— ¿Volver?
Gustavo se levantó abruptamente, y señalándole la pierna herida le increpa a viva voz:
— ¿Has visto tu pierna? Si no fuera por esa pierna no estarías aquí, sino en ese arenal, buscando la muerte. ¡Esa pierna es lo mejor que te ha pasado! Nunca te hemos importado, ¿verdad?
Y salió de la habitación golpeando la puerta.
—Tú no entiendes—dijo maría Elena Moyano mirando la puerta— nunca lo hiciste—y mirando a sus hijos agregó—: Nadie me entiende.



03 de diciembre 1995

María Elena Moyano recibió una carta del alcalde de Villa el Salvador. Estaba sola cuando la recibió. Pese a que se había preparado para lo peor, la carta terminó por devastarla. En ella el alcalde le rogaba que no volviera pues Villa el Salvador se había convertido en el bastión de Sendero Luminoso. El Vaso de leche y los comedores populares se habían convertido en los almacenes de los terroristas. El FEPOMUVES había cerrado sus puertas. Y ya eran 15 los dirigentes populares que habían sido asesinados por Sendero, la última fue Rita. ¿Rita? Su muerte fue la peor de todas, se la acuso de traidora, de soplona y de ratera, María Elena, todas esas mentiras se convirtieron no sé cómo en verdad para las propias madres del Vaso de leche, sus amigas, ¿Rita?, la tímida adolecente que llegó al arenal hace 5 años con un hijo de 7 meses, Sendero aplicó su ajustamiento popular frente al FEPOMUVES, ¿Rita?, la que no hablaba en las reuniones, la chica que un día escribió en un papel la canción que se convertiría en el himno de Villa el Salvador, la apedrearon frente a su propio hijo, y cantarían juntas en Villa yo nací, en Villa me crie, en Villa tuve a mis hijos, en Villa me divorcie,la carta no explicaba los detalles pero María Elena Moyano imaginaba su ultimo alarido, gritando tu nombre, su último grito fue tu nombre Mari Elena,esa chica quería ser como tú, te entregó su crucifijoporque te admiraba, María Elena. Al día siguiente colgaron su cuerpo desnudo en un poste, sin ojos y sin lengua, ASI MUEREN LOS SOPLONES, decía, si te digo todo esto María Elena es porque no quiero que vuelvas de España, tus propias amigas terminarían asesinándote, lamentablemente el adoctrinamiento ha sido radical, ¿y el niño? Lo desaparecieron. La canción era un viejo vals que Rita había adaptado para que Marie Elena la cantara, cómo lloró cuando te vio cantarla, ahora ella está muerta, perosu voz suave y dulce no dejará de cantar, podrán cortarle la lengua pero no la callaran, el día que yo me muera y me lleven a enterrar, saldré de mi sepultura y por mi Villa he de luchar, saldré de mi sepultura y por mi villa he de luchar, aplausos, compañeras. María Elena se desmayó.

18 de Mayo 1995
Los meses posteriores a su desmayo fueron terribles para María Elena Moyano. Sus pesadillas volvieron a atormentarla, sus fiebres eran más frecuentes, la mayor parte del día la pasaba en cama, leyendo los libros que había encontrado en el sótano. La revolución de Túpac Amaru II era, en particular, lo que más releía. Cada página era un impulso nervioso,vivía con vértigo la muerte de cada miembro de esa familia, Condorcanqui-Bastidas,  tan lejanas en el tiempo, 18 de mayo de 1781, como si ella misma lo hubiera vivido. Dejó el libro sobre la cómoda y se quedó profundamente dormida.
Sus pesadillas esta vez dejaron de ser lamentos de niños, estallidos, imágenes fragmentadas, esta vez su cuerpo estaba integro, en su sueño caminaba descalza por Villa el Salvador consciente de que estaba en un sueño. Era de día y todo parecía haber vuelto a la normalidad. Villa el Salvador ya no era un arenal de casas mal construidas, las casas ahora eran de concreto y las pistas estaban asfaltadas. En medio de la pista un taxista aparcó su automóvil, anunciaba algo por el megáfono que tenía en su techo. Mientras el anunciaba, su esposa, que estaba en el otro asiento, lanzaba los volantes. Se acercó al coche. Una periodista entrevistaba a la pareja.
— ¿Y cómo la recuerdan?—dijo la periodista.
—Era una mujer valiente, aguerrida, corajuda—dijo el taxista.
María Elena lo reconoció, era Víctor Chocano, entonces no estaba muerto, se dijo María Elena, entonces ella debe ser Rita. La pequeña Rita había envejecido, al igual que Víctor. María Elena levantó uno de los volantes que Rita esparcía y lo leyó: “Hoy15 de febrero de 2017, se cumplen 25 años de la muerte de nuestra primera heroína popular María Elena Moyano. La pesadilla volvió.
—No pensamos que moriría así—dijo Rita. No pudo seguir hablando.
—Han pasado 25 años pero aun el dolor está presente—dijo Víctor, consolando a su esposa.
María Elena se alejó de ellos, llorando, corrió a su casa a buscar a sus hijos, se cruzaron muchos carros en su camino, todos con el megáfono decían lo mismo: nuestra primera heroína popular, 25 años de su muerte, indignación, compañeros, su muerte salvó muchas vidas, con su muerte María Elena Moyano derrotó a Sendero, vecinos,con solo 33 años, pero yo tengo 36, se decía, no al MOVADEF, decían, tu no entendías nada, esta es otra pesadilla, pronto voy a despertar. Agitada llegó a su casa. Había cambiado. Iba a entrar pero la puerta se abrió antes. Mucha gente salió. El último en salir fue un delgado joven de barba crecida, ¿David? Sí, el menor de tus hijos cargaba tu retrato como tú lo hacías antes con él cuando era un niño ¿Y Gustavo? Se quedó con papá en España, dijo David.María Elena cayó de rodillas.
—Levántate—le dijo un muchacho de cabello largo y rostro amigable.
— ¿Puedes verme?—dijo María Elena, sorprendida— ¿Eres tú?
—Despierta—le dijo el muchacho. Y ella despertó.
Había anochecido. Su marido estaba a su lado, el libro estaba en la cómoda. Todo fue un sueño, dijo. Camino arrastrando aun la pierna herida hasta la habitación de sus hijos, dormían plácidamente. Cuando cerró la puerta el muchacho de su sueño estaba en el pasillo, observándola.
— ¿Qué hace usted en mi casa?—dijo María Elena.
—Antes fue mi casa, después la de mi tío, el ultimo de nuestra familia.
— ¿Quién eres?
—Usted sabe quién soy.  
Una emoción extraña la invadió.
— ¿Cómo te llamas?
—Fernando.
—No te conozco.
—Entonces por qué lloras.
—No lo sé—dijo María Elena Moyano y empezó a llorar.
—Te pareces tanto a ella. Le dicen la negra, ¿no? A mi madre le decían la Zamba, por sus raíces negras.  
—Yo no soy esa mujer quien tú crees, yo soy María Elena Moyano de Villa el Salvador, amo a mi pueblo y también amo a mis hijos.
—Mi madre murió el 18 de mayo de 1781, a los 36 años. Al igual que usted, ella no era mujer de casa. Era un niño cuando la vi morir. Pasaron muchos para que yo entienda por qué la mataron de esa forma. Ella, usted, son mujeres nacidas para quedar en la historia. Mujeres que dieron la vida por su pueblo.
— ¿Qué quieres decir?
—Han pasado muchos años. Tiene que volver y acabar con este círculo. Usted por Villa el Salvador, mi madre por su pueblo. No puede volver a nacer otro Areche, ni otro Abimael, regrese y termínelo.
— ¿Por qué yo?
— ¿Por qué no usted?
—No fue un sueño, ¿verdad?
—Solo usted sabe la respuesta. Quien no sabe su historia está condenada a repetirla.
— ¿Puedo despedirme de mis hijos?
Despertó a sus hijos. Juego un rato con ellos. Luego se despidió. Entregó al menor de sus hijos, David,  el crucifijo de Rita.
—Llévatelo, mamá, te traerá suerte.
—No quiero la suerte—dijo María Elena Moyano, enérgica y segura—. Tú lo regresaras a Villa y se lo darás a una persona especial.
Se fue del refugio sin llevarse nada, arrastrando el pie herido. Era de noche, pero el sol se veía en el cielo. Frente a sus ojos, las calles de Madrid se llenaron de arena, pronto la arena la empezó a envolver y antes de que la desaparezca, Fernando le dijo: despierta.
15 de febrero de 1992
María Elena Moyano volvió en sí. La pierna izquierda le sangraba, pero aun así se levantó. Parecía otra María Elena Moyano, tenía otra actitud, otro semblante. Desafió a cada uno de los senderistas…
15 de febrero de 2017
— ¿Qué le motivo a convocar este concurso “En memoria de María Elena Moyano”, profesor—le preguntó la periodista.
—Hace poco encontré por casualidad un diario frustrado de mi madre—dijo Santiago—. La última fecha de ese diario fue el 15 de febrero de 1992.
—Su madre conoció a María Elena Moyano.
—Fue una de sus mejores amigas en la FEPOMUVES. Mi padre fue su chofer.  En ese tiempo María Elena Moyano tenía un chofer y un guardaespaldas.
— ¿Y por qué su madre ya no volvió a escribir?
—Lo intentó. Sobre ese día solo escribió tres líneas. Solo dice lo cambiada que estuvo María Elena, muy desafiante frente a los senderistas, como queriendo morir. Nadie sabe lo que se dijeron en esos últimos minutos. Mi madre me contó mucho sobre María Elena Moyano, pero poco sobre sus últimos minutos de vida. Esos tres puntos al final de su diario lo dicen todo.
— ¿Usted va a postular a la alcaldía de Villa el Salvador? Es el favorito.
—Las cosas que yo hago las hago sin fines de lucro, ni aspiraciones políticas.
—Estuvo hablando con David, el hijo de María Elena.
—Sí, él ya regresó a España. Es curioso, pero él recién lo conocí hace unos días. Él se me acercó, seguro enterado por las cosas que estaba haciendo, entre ellas la de este concurso. Y me regaló este rosario, así sin más.
—Bueno, profesor, muchas gracias.  Lo dejo con sus alumnos. Y siga difundiendo la cultura.
—Gracias. Recuerde que aquel no conoce la historia está condenada a repetirla.
—Cuídese.