Autor: Alejandro Rostagno

Felipe Endimión, alias “Burratino”, se recostó en su sillón preferido con furiosa rigidez para evitar que se le volcase un vaso de pisco sour. Una vez acomodado del todo le dio la orden al video para que proyectara ”El halcón maltés”. Pero, cuando aparecían los anuncios publicitarios ocurrió un evento que, a pesar de rayar lo involuntario, no impidió la aparición de ciertos encomios: el cabezal del aparato se había terminado de ensuciar.
 En ese instante, y a pesar de la rispidez en “fa mayor” que el trago le generaba por las adyacencias de la nuez de Adán, mantuvo la añoranza de beberse “La venganza de Betsy Flanagan”, bebida que lo envalentonara en períodos estivales de fin de bachillerato, en la indómita aridez de Yorktown, cuando aún no se sabía cuál de los tres corsarios – verde, rojo o negro- continuaría persiguiendo su sueño de completud.
 Mientras aguardaba que otro cassette limpiara la mugre acumulada, se refugió detrás de un zapping tan inquieto como abúlico. Por fortuna para sus retinas, el dedo se detuvo en el canal V.G. o “Voyager Gastronómico” en el momento en que se anunciaban las prerrogativas del siguiente programa “Precocción”.
 Felipe, ya vencido por la insana inercia de alinear la visión y el tacto, se relajó y se dispuso a observar los siguientes dioramas:
No saben, queridos televidentes, el trabajo que ha costado para reunir a los señores Sinchi y Federovich, dos inmigrantes que provienen de las antípodas y, gracias a sus donaires, aceptaron participar en el programa de hoy  – anunció un locutor cobijado debajo de una sombrilla que apocopaba la visión del Atlántico y por una escultura de Georges Vanterloo, del grupo De Stijl-. Les agradezco a ambos por animarse a venir y aprovecho a comentarle al público que razón por la cual los hemos tardado en reunirlos se debe a que nuestro amigo sudamericano trabaja los días pares; en cambio, Federovich, arribado hace algunos meses de San Petersburgo, revoca cualquier obligación que se deba tramitar en los amaneceres impares. Y, como nos contara fuera de cámara, desde niño ha aprendido a tramar su propio ying yang. En particular cuando, en los días soleados de invierno o nublados de verano, lo llevaban a pasear por la avenida Nevski.
Aún no logré adaptarme al nuevo calendario – se justificaba el ruso en un español recién horneado.
Cuando se hubieron sentado Sinchi le ofrendó, a manera de presente, un punchao. Federovivh, casi al mismo tiempo, le entregó una matrioshka no sin murmurar que, si no fuera por Kulikovo, De Quincey se hubiera dedicado a las sociales del “The Sun”.
¡Devónico! ¡Devónico!-se descargó el descendiente de Chuvascos.
Los televidentes deben estar tan ansiosos como yo acerca de sus costumbres culinarias- apuró el conductor con una fingida solemnidad.
Bueno-se animó el de linaje precolombino con tonalidad intermitente- recuerdo que mi abuela Asunta Waman nos servía el plato que estaba de moda en los tiempos en que mi tieya se llamaba La Plata.
Se me hace agua por conocerlo…
Se conoce con el nombre de “Sangrienta”, plato que está compuesto por yucas, hierbabuena picada y ají amariliiooo- describió esforzando el entrecejo-. Años más tarde, y cuando ya se había trocado el nombre de mi tieya por el de Charcas imperó, a lo ancho del Qollasuyo, el “Picante de cuyes”. Pero creo que no todos conocieron que el verdadero secreto yadicaba en que, la taza y media de maní tostado, ¡Nunca debía colocarse después de la cocción! ¡Sopay! ¡Sopay!
Ah, Sinchi, por lo que relata ha crecido entre delicias- acotó el entrevistador con una tonada de quinielero.
Fíjese que nos hemos mantenido en pie gracias a nuestra herencia. La misma que urdió la Wipala en nuestros corazones. Es el alimento que se encargara de nutrir nuestro yarqay secular. Y, en períodos de zozobra señor periodista, debíamos recurrir a nuestro “Bistec a lo pobre”.
Bueno amigos…, eh, eh espero que estén disfrutando el programa tanto como yo. No se vayan. Volvemos tras una pausa tan breve como el salteado de una cebolla cortada en juliana.
 Endimión aprovechó para cambiar al canal Mitocronismo. Apenas escuchó los primeros
acordes de “La milonga del fusilado” aumentó la certeza de que era la frecuencia buscada. Una imagen intermitente mostraba cómo una madre le trataba de explicar a su hija que los Caterpillar que destruían su casa lo hacían en pos del progreso. Un traductor parcial explicaba las peripecias que debió atravesar el ejército estadounidense para transportar las excavadoras hasta las adyacencias de Chehariz.
 El plano general se modificó a uno corto para destacar las carcajadas del general a cargo. Para lograr que los micrófonos de ambiente no lo ignorasen acentuó las jotas plurales de su risa de manera arbitraria al tiempo que se destacaba, en el anular derecho, un anillo de marfil que, a pesar de una barroca inscripción, se lograba traslucir: “Timür Lang”.
Pero madre qué raro que todos estos brazos traten de hierro traten de construir… ¿hierro?- interpeló una niña harapienta.
Creo que. Construirán un fast food. Te imaginas hija mía ¡No cocinar más!-vaticinó con lágrimas en los ojos- ¡Safawíes! ¡Safawíes!
Pero madre, por qué razón invierten en un metal que, dentro de trillones de años, cuando el positrón decaiga, será la única materia del universo.
 La niña, ante la indeferencia de las cámaras y a pesar de que sus alelos púberes aún  desconocían que pisaba la cuna de Uruk, no desconfiaba de la re-la-ti-va-re-li-gio-si-dad y adoraba al “Gran Atractor”.
Muy bien televidentes-retomó una voz en off-. Recuerden que sigue en pie el
concurso “Adivine el punto cardinal”. Y que el premio será una réplica de “Accidente”, el destacado óleo del pintor ibérico Ponce de León ¡Hasta la próxima!
 Felipe, que ya había ido a la cocina en búsqueda de la botella de ron, sustituto imperfecto del pisco, retornó al canal anterior.
Cuéntenos de sus recuerdos gastronómicos amigo Federovich.
¡Exacto! ¡Exacto!- conjeturaba éste con el afán inconexo del que está en pleno proceso de aprendizaje del idioma y no logra disimular la excitación que le provoca colocar vocablos que, a priori, cree que fueron eslabonados con la conjugación correcta-.Yo, a diferencia de Sinchi, no podría nombrar un plato por cada nueva modificación en la denominación de mi tie-ra.
¿Lo he ofendido?-se disculpó Sinchi.
No, todo lo contrario. Me ha hecho reflexionar mucho. Y se lo agradezco. Es que, al inopinado fulgor de las obras que los maestros Ratzelli y Quarenghi elevaban, los quejidos de mi vi-enn-trre se sumergían. Como mamushkas invertidas.
¡Sopay! ¡Sopay!- exclamó Sinchi.
¿Y qué comía entonces?- indagó el conductor.
Siempre lo mismo- continuó con los cuencos de los ojos abiertos al máximo.
Como si tratara la nostalgia de acortar, en el espacio, al tiempo-. Sí, ahora que recuerdo era siempre lo mismo: un condensado Potaje Batawrina. Ese olo-rrr bruñido de la remolacha que, en combinación con la fragancia del batón de mi abuela, no han dejado de percutirme el pecho como ecos del silencio. Me olvidaba. Lo púnico realmente revoluc…
Muy bien- interrumpió el conductor-. Como es costumbre, en el último bloque les serviremos a nuestros invitados el manjar del día. Díganos, cocinero, con qué nos va a sorprender en la jornada de hoy.
Gracias a la colaboración de mis ayudantes les he preparado un Bacalao a la vizcaína. Con ensalada Victoria- anunció el chef amparado en la inmodificable postura de creer en el refrán “dígame cómo condimentas y te diré quién eres”-. Y, de postre, un budín de quinua. Ah, gracias a nuestros anunciantes habrán de degustar un Riesling recién traído de la Alsacia.
Gracias por acompañarnos fieles televidentes y hasta la próxima emisión- se despidió el conductor-. Y no se olviden de un buen… ¡Toast!
 Endimión volvió al zapping. En esta ocasión se detuvo en otro canal. Lo que lo sedujo no fue ni la artística o el cansancio del pulgar sino el deleite ante la melodía de “Una noche en el Monte Calvo”.
Nuevamente al aire amigos en nuestra “Dolce vita” de cada día. Hoy les presentaremos, en la sección “Un aspirante a Macreón”, a Cándido III, nuestro personaje del día. Es por eso, señores televidentes, que mudamos nuestros estudios centrales a la histórica ciudad de San Pedro. Más precisamente al quincho de nuestro agasajado en donde comeremos un regio asado.  
 En ese momento a Endimión lo ensimismaron las dudas sobre si debía o no apagar el televisor. Quizá la causa no esté en la solemnidad remilgada de ese presente sino en el frustrado recuerdo de sus intereses: ¿Qué quiero? O ¿ser o estar? Interrogantes tan lúcidos como permanentes que lo comenzaban a fagocitar.
 Como no logró apaciguar su confusión optó por subir el volumen: “Cándido III es un pintor incipiente de la zona norte de la provincia de buenos Aires- explicaba el audio acompañado por imágenes que alternaban esquinas del pueblo y fotos de la infancia de aquél-. Luchador intrépido que se alistara en la milicia a pesar de la tentación no chauvinista que sugiere el haberse sacado número bajo. Su especialidad es el óleo sobre tela. Su trabajo más relevante ha sido ‘Los Molinos de Viento’, cuadro que le permitiera obtener el Premio Municipal de Artes Plásticas y Afines”.
Cuéntele a la audiencia en qué está trabajando en la actualidad-disparó el entrevistador.
Estoy trabajando en un hecho que tiene que ver con nuestra historia. Es…,es un
hecho acaecido en “Venta y Media”.
Veo que algo lo tiene preocupado ¿Es el tono? ¿La perspectiva?
No lo se –respondió con una hilacha de pasto que le recorría su labio inferior al rodar desalineado por sobre su eje-. Es que, desde que se plasmara en una tela el brazo más corto del hijo de Guillermo, el Conquistador, el mundo nunca volvió a ser el mismo.
¡Sparafucile! ¿No piensa que la conciencia del mundo entero está cambiando de a poco?- sugirió el conductor con la intención de moderar las opiniones.
Eso espero. Quizá la crueldad no se vea proyectada como un inciso despectivo de las ansias de superioridad sino que expresa una disconformidad vengadora que no me absuelve de mi imprudencia. No logro dotarle a la pintura aquella valentía tan insigne como reveladora que abundó en aquella batalla.
Vamos a hacer una pausa: Cuando volvamos ya estaremos en el salón comedor donde, además del asado, degustaremos un…
Perdices a la criolla en escabeche, señor Telefunken.
   El televidente insospechado comenzaba a notar el efecto del calor por las calorías incorporadas. Por lo tanto, trabó una lucha despiadada con las sábanas para, por fin, colocar su pierna izquierda por encima del edredón. Como esta improvisada homeostasis no pudo surtir efecto, se incorporó injuriando contra el destino, mientras que los minúsculos vértices de las galletitas de agua se le imantaron en la parte posterior de los glúteos. Se estiró como un obsesivo jugador de billar y abrió la ventana con tanta rabia que ésta, a manera de baldón,  rebotó contra la parte externa de la pared y, tras un giro semicircular, se detuvo en el mismo lugar. Ya como último recurso destrozó un manojo de potus, lo arrojó violentamente contra el piso, y se puso a barrer con desidia. Este acto le permitió descubrir sectores irregulares de la habitación en donde se amontonaba un gran número de telas de araña -¡Viva Ignatius J. Reilly!-.
 Al verse más sosegado se sirvió un ice tea con limón. Volvió a enfrentar al veinte pulgadas pero la voz sincopada del locutor le advertía que el programa ya había concluido:
¡Señoras y señores bienvenidos al superclásico de esta semana! Hoy nos deleitaremos con el match entre “La mazurca vs. La mazorca”.
 Y el audio continuó con su recitado: “Las mazurcas nos remiten a una época romántica de nuestra historia en que el significado de Occidente se hallaba implícito en el del Oriente. Se bailaban junto a los valses y a las polonesas, en las campiñas austrohúngaras. Se degustaban deliciosas vol-au-vents de ostras que se acompañaban, preferentemente, con la famosa bebida a base de ron, whisky, cognac y crema de cacao: Corazón de indio. Estas mazurcas están compuestas de tiempo. Sí, señores, ese inefable que se encargó de esconder el desenlace a Nelson, en la victoria, como a Churruca, en la derrota”.
¡Tiempo!¡Tiempo!- acometió otra voz en off y con un castellano más puro que
el del anterior-.Nosotros, los habitantes del demorado seppuku, la Mazorca, hemos llevado, por siglos, la ingenuidad propia de Tecum cuando confundió a los conquistadores con centauros. Pero este desconocimiento ha sido importado por ustedes mazurqueros, ya desde tiempos en que, los desenlaces de las personas, se frecuentaban tan ominosos como el que Ricardo III le adjudicara a Wat Tyler. A pesar de todo nos las hemos rebuscado con nuestro charqui, feijoadas, chocolate o el maíz que han brotado, en estos vergeles nacidos, según sus propias indagaciones, de un error…Y es gracias a esa confusión que se ha ido agigantando la ferruginosa devoción por ese ideal hegeliano a la cual, nosotros, nos debimos aferrar con el sólo fin de soportar sus crueldades. Esta ha sido la indómita razón por la que, tanto la tradición como el folklore, dieron cauce a esa súbita aparición del infierno.
Endimión aprovechó el corte publicitario para insertar, de una vez, el VHS. Como último contratiempo, y para matar a su soledad, se dirigió al imán del delivery que estaba pegado en la panza de La Baratteuse colocada encima de la heladera.