Autor: Maximiliano Nicolás Sacristán

Cuando regresé de la siembra con padre, madre me dio la noticia que yo temía desde hacía varios meses: había telefoneado el curaca de nuestro ayllu para informarme que en dos días se celebrarían casamientos oficiales en la plaza principal. Y yo tenía que estar allí, entre los jóvenes casamenteros. Con quince años de edad, ya no tenía más excusas para mi celibato.
El imperio necesitaba varones para su ejército, y el Inca no aceptaba excusas ni siquiera de vocaciones religiosas. Es que la guerra contra los portugueses era inminente, allá en la selva, en los límites difusos de la frontera oeste. Y por el extremo sur estaban las guerrillas de los galeses, que habían hecho retroceder a los mitimaes atlánticos tierra adentro. Era la historia repetida de nuestro imperio desde hacía más de ocho siglos, con el arribo del primer pálido: repeler invasiones todo el tiempo, sacrificar las vidas de miles de campesinos e invertir lo recaudado en la mita en la fabricación de armamentos súper sofisticados. Recuerdo que por aquellos días había un slogan anónimo en la tevé que irrumpía diciendo con una voz en falsete: “Hágale un favor al rey, acuéstese con alguna de sus concubinas”. Varios miembros de la panaca habían buscado inútilmente a ese ciberpirata bromista que había filtrado semejante chuscada insultante para la dignidad de nuestro soberano en la transmisión de la tevé nacional. En mi caso, el hecho de tener que casarme por obligación no era ninguna broma. No me atraía nada la idea de tener que convivir con una extraña todos los días (y para siempre) aunque el Estado nos agasajara regalándonos un tupu fértil más un televisor LCD de última tecnología, de ésos que se fabricaban en la capital del imperio. “Qué le vamos a hacer. Es el destino de un hatun runa”, repetía padre para contagiarme su resignación, siempre temeroso de las represalias del poder.
Madre me dio las malas nuevas y se me quedó mirando, esperando a que yo le diera una pista, ya que si no iba, pasarían a buscarme los esbirros del curaca y me llevarían a los empujones hasta la plaza. ¿Ya tenía a mi favorita de la comunidad para futura esposa, o dejaría que el representante del Inca eligiera por mí, en un sencillo pero efectivo acto burocrático? No, no me había detenido a mirarlas, a elegirlas, a hablarles. Me gustaba la soledad, pero acá eso era (y sigue siendo) imposible. Perdido por perdido, dejaría que el azar eligiera por mí una esposa, puesto que mi ilusión de vida solitaria sería destruida sin más por un malhadado edicto llegado desde Cuzco.
Y ahora estamos en una mañana soleada, otro regalo del dios Inti para bendecir este día con uniones fértiles. Aguardamos en medio de la plaza de nuestro ayllu. Seremos una treintena de adolescentes. Ninguno de nosotros pasará los dieciocho años. Nos miramos con estupor, como si aún nos costara creer que hacia la tarde ya seremos esposos y esposas, con un hogar que cuidar y prole que fecundar para el bien del imperio. En proletarios, en esto quiere el rey que nos convirtamos. Deberemos hacernos adultos de repente, como nuestros padres y abuelos y bisabuelos… Allí, entre las mujeres, descubro a Achik. Nos conocemos desde niños, cuando ella llegó a nuestra comarca con su familia y mis padres le dieron albergue por un tiempo. Está junto a su madre, o más bien pareciera ser al revés: su madre está junto a ella, como protegiendo a su niña hasta el último momento de los rigores de nuestra sociedad. No hay varones en la ceremonia que atestigüen este momento trascendental para la vida de sus hijos. Me siento en el suelo de tierra y me quedo mirando con disimulo a Achik. Está bellísima, a pesar de su cara temerosa. Ha estado llorando, pero esos ojos enrojecidos la vuelven más hermosa aún. Observando sus facciones me pregunto cómo el curaca no la descubrió y se la llevó a una akllahuasi. Sería una bella concubina para nuestro rey.
Al fin llega el noble, casi una hora tarde de lo previsto para la ceremonia. Le agrada mostrarse por la comunidad sobre su imponente limusina blanca, una de las últimas importadas desde el norte. Avanza por la plaza rodeado por su guardia personal. Su sempiterna cara de perro nos intimida, pareciera que nos fuera a ladrar. Ni bien lo descubren las pocas madres que acompañan a sus hijas, se apresuran a esconderse tras los árboles. Sin abrir la boca (todos conocemos el procedimiento), haciendo unas pocas señas con su mano, el curaca nos insta a que formemos dos filas enfrentadas, una de muchachos y otra de muchachas. Para simplificarle la tarea al Inca, descubro que hemos coincidido en el número de ceremoniantes: quince jóvenes por sexo, quince futuros matrimonios. Nadie se salvará, y ha llegado el momento. Nos miramos cara a cara, futuros esposos contra futuras esposas. Pero en realidad no somos más que niñas y niños asustadizos. O al menos eso me parece a mí.
Porque ni bien da la orden el burócrata a cargo de nuestra comunidad, con otro gesto marcial de los suyos, catorce jovencitas avanzan sin dudarlo hasta tomarle la mano a catorce jovencitos. Al parecer todo estaba planeado, como si con su organización le hicieran un guiño al Inca, que detesta el azar en cualquiera de sus formas. Las parejas se van yendo, cada cual a su nuevo hogar. Y allí, de pie en medio de la plaza, sólo quedamos Achik y yo. Nos miramos. La elección es obvia, pero no nos animamos a avanzar el uno hacia el otro. Entonces el curaca con un gesto de cansancio toma la decisión en nombre del imperio, que necesita más súbditos y pronto. Avanza hasta Achik, la empuja con suavidad por la espalda y la va acercando hacia mí.
Así recuerdo a mi esposa por primera vez, tal es la imagen que guardo de ella, veinte años después: una niña asustada y vergonzosa que viene a mi encuentro escoltada amablemente por un burócrata del imperio.