Autor: Nicomedes Juan Cortéz Beltrán

Sentados en sus altas sillas ante una amplia mesa, ambos hombres examinaban, cada uno sumido en sus secretos pensamientos, el panorama estratégico que se desarrollaba ante sus ojos y del cual eran, al mismo tiempo, partícipes y gestores: un europeo llegado como embajador por el reino de España a estas tierras y, del otro, el último soberano del poderoso Estado multinacional del Tahuantinsuyo. Las expresiones que los dos jugadores enfrentados mostraban eran, para un observador casual, muy distintas entre sí. Una de ellas se veía totalmente relajada y pensativa mientras la otra se mantenía en un estado de alerta, en tensión. El español sabía que ante un oponente como aquel, ubicado frente a él, no había espacio para demostraciones de flaqueza, ni siquiera mostrar la debilidad de pensar en alimentos o bebidas. Alrededor de la habitación, los omnipresentes guardias de ambos sexos, se mantenían firmes y atentos. Aunque sus gestos parecieran lejanos, bien sabía el español que eran veloces con sus armas, en especial las hermosas mujeres. La sencilla habitación, encalada y luminosa, tenía cuatro ventanas orientadas hacia naciente y poniente, además de ocho hornacinas empotradas al norte y al sur. Las sólidas puertas de madera, las cuales conectaban con las otras estancias, estaban pulidas y brillantes. El sencillo piso era de rojizo ladrillo cocido y el alto techo estaba hecho con vigas de madera cubiertas de grandes tejas. En una esquina de la habitación se ubicaba, sobre sencilla mesa, un gran crucifijo de madera bruñida y, alrededor, encendidos varios cirios perfumados cuyas fragancias alegraban el ambiente. Al lado del crucifijo, sobre la pared, un icono con la imagen de la Virgen María acunando al Niño.

Sobre la misma mesa, al lado derecho de los personajes, se encontraban los alimentos compuestos por ricos potajes y sabrosas frutas que ambos jugadores no habían tocado y que, salvo para una previa y rápida inspección, habían sufrido un inmediato abandono visual. En una amplia silla, al lado del regio personaje, estaba cómodamente echada una increíble rareza en estas lejanas y misteriosas tierras gobernadas por el Hijo del Sol: un hermoso y enorme gato anaranjado, cuyas hermosas rayas se movían al compás de su confiada respiración y que mostraba una mirada de clara despreocupación, ajena a los intereses de los humanos cercanos a él. Cómo había llegado ese hermoso felino a poder del Inca era todo un misterio, pero era evidente que el gobernante adoraba a su mascota y que lo tenía a su lado siempre que podía. Al centro del mueble hecho de fina madera, se podía apreciar que la disposición de las piezas de ajedrez señalaba un sorpresivo avance del bando blanco y, del otro lado, un retroceso veloz buscando recomponer las abatidas fuerzas en una nueva línea de defensa. La actual partida había comenzado a media mañana y, en esos momentos, ya era pasada la media tarde. Sin embargo, los contendientes seguían enfrascados en sus cálculos mentales, con solo ocasionales sorbos a los grandes recipientes de fresca y dulce chicha. Ambos habían mostrado, con creces, grandes habilidades y conocimientos sobre un juego que les exigía todas sus habilidades. No era la primera vez que ambos jugaban al ajedrez y no sería la última. Pero esta partida, ambos lo sabían, era especial y única.

La amplia frente del joven jesuita español, quien aún se encontraba estudiando para el sacerdocio, mostraba surcos como resultado del esfuerzo mental por mantener una situación estratégica favorable en un juego que, cosa natural, él deseaba que se repitiera en el escenario de la vida real. Como fiel súbdito, él buscaba que la corona española imperase sobre sus oponentes. En la vida real, las fuerzas militares del imperio español en formación y aquellas del sorprendente Tahuantinsuyo, no habían cedido territorio desde el final del no muy lejano conflicto y a todo lo largo de la frontera, trazada con la sangre de los contendientes, se mantenía una situación de tensa calma. El español tenía muy claro que las directrices reales demoraban mucho en llegar a estas tierras tan lejanas, ubicadas al otro lado del gran océano y, como consecuencia de ello, la corona española había elaborado directivas generales alrededor de las cuales sus representantes debían actuar en consecuencia, con los riesgos que esto conllevaba. En su condición de embajador, aunque él se sentía un rehén político, el jesuita tenía cierto margen para negociar y plantear alternativas. Por tal motivo, él buscaba conversar con todos los posibles miembros de la realeza Inca, sin buenos resultados puesto que, en la práctica, no tenía sólidas bases para formular políticas o condiciones actualizadas debido a que la comunicación diplomática, proveniente de las posesiones españolas ubicadas al norte, había sido mínima, solo dos escuetos comunicados en seis meses. Pero él era consciente de que su principal labor era recoger toda la información posible sobre este enigmático y poderoso enemigo, formidable y sorprendente: un conjunto de múltiples pueblos y gentes había detenido, de manera sorpresiva y espectacular, a las aventureras tropas hispanas llegadas a estas tierras en son de conquista. Luego del sangriento conflicto inicial de un año de duración, en una pausa ordenada por la situación y las necesidades de los adversarios, los antagonistas habían llegado a una coexistencia pacífica la cual estaba, de todos modos, enmarcada en una desconfianza mutua. El poder del Inca era tan sólido como las montañas que rodeaban la ciudad. Para los interesados en conocer qué había sucedido con la primera y fallida expedición invasora en la llacta  de Cajamarca, lo evidente era que todos y cada uno de esos hombres habían desaparecido sin dejar rastro alguno. Los detalles precisos de qué sucedió, realmente, con todos aquellos españoles desaparecidos después del desastre, seguían siendo un misterio y los naturales de estas tierras, ya fuera por la razón que fuera, no brindaban información alguna. En las posesiones españolas se sospechaba que en el Tahuantinsuyo se estaba criando un gran número de caballos en zonas apartadas, secretas y que se había iniciado la fabricación, en acero y hierro, de nuevas armas.

La larga pausa en las acciones bélicas había generado, como consecuencia directa, el establecimiento de representantes diplomáticos a ambos lados de la frontera después de diez años del cese de hostilidades. Esa era una situación que beneficiaba a los hispanos quienes no contaban con el respaldo que tenía el Tahuantinsuyo con sus grandes almacenes repletos de recursos y sus enormes reservas de población, pese a los estragos causados por las epidemias traídas por los españoles. El cargo de embajador ante el Tahuantinsuyo se había convertido en una posición política muy deseada en la corte del rey Carlos I. Pero como diplomático electo el jesuita sabía, mejor que nadie, que su elección para este cargo había estado supeditada a una directa petición expresa de los representantes del Inca: la persona que el soberano deseaba como embajador era él, el jesuita Pablo Rocha, huérfano y natural de la antigua ciudad española de Burgos, y no se aceptaría a ninguna otra persona para cumplir dicha función. El nuevo embajador podía contar, mientras durase en el cargo, con la compañía de otras siete personas. Nunca habían explicado el porqué, pero la misma petición sobre su persona, así como su posterior aceptación, indicaban una posición de fuerza evidente de quien lo exigía y que causó al novel embajador serios problemas y la envidia entre las autoridades españolas religiosas y civiles. Estas cuestiones preocupaban al religioso en sus noches de insomnio. ¿Por qué precisamente él? ¿Por qué el Inca gustaba tanto del ajedrez y cómo aprendió a jugarlo? ¿Cuáles eran los planes del Tahuantinsuyo? Curiosamente, el Tahuantinsuyo no planteó observación alguna sobre el número de diplomáticos, todos varones, que irían a territorio español: nunca se preocuparon por ese hecho. Por su lado, el diplomático enfrentaba el problema, no previsto, de estar impedido de trasladarse libremente por el territorio puesto que se requería de un permiso que nadie sabía cómo debía ser pedido o a quién. A sus siete compañeros los instalaron en una amplia residencia, al lado opuesto de la llacta de Cajamarca, mientras que a él se le asignó una gran edificación, con muchos servidores quienes atendían hasta sus más mínimas necesidades diarias. Asimismo, también se le asignaron cuatro mujeres jóvenes entre sus servidores o “yanaconas”. Todos quienes vivían con él, hablaban un castellano básico. Sorprendente…

Las partidas de ajedrez eran una de las pocas actividades de contacto político que mantenía el Inca con solo algunos miembros de la embajada española y había que aprovecharlas al máximo. En una pausa del juego y en un tácito acuerdo silencioso el Inca invitó, con un ligero movimiento de cabeza dirigido a su oponente, a un pequeño recorrido por los ambientes y alrededores de la gran residencia, la misma que había sido construida según las especificaciones de los propios hispanos, pero con detalles incas. El cuerpo de guardaespaldas les siguió, en un perfecto orden. Aquellas mujeres y hombres jóvenes, en la flor de la madurez, poseían miradas impasibles, letales, frías. El embajador percibía que a muchos de quienes acompañaban al gobernante les habría gustado hundir dagas y espadas en el cuerpo del extranjero. Ese era otro detalle curioso en aquellas gentes quienes habían adoptado y replicado el armamento que habían traído los primeros aventureros invasores, ahora declarados como desaparecidos. La corte española sospechaba que otros europeos, habían llegado a las extensas costas del Tahuantinsuyo y que, supuestamente, habían sido capturados. Muchos misterios y preguntas, pocas respuestas o ninguna…

Mientras los dos hombres caminaban, para el perspicaz sacerdote era más que evidente que el gobernante, cuya estatura sobrepasaba a la del europeo en una cabeza, gustaba de analizar a sus adversarios y el español no escapaba a ese formidable escrutinio. El soberano, notaría el joven jesuita, vestía a la usanza de la nobleza gobernante, pero había añadido un curioso detalle que llamaba poderosamente la atención: usaba guardabrazos elaborados de fino acero, cuyo anterior poseedor era, posiblemente, uno de aquellos soldados que había desaparecido, hacía unos años, en la debacle de Cajamarca. El español sabía, con absoluta certeza, que el soberano no los usaba como una medida de protección al estar rodeado por guardaespaldas. Quizás eran simples recordatorios de que su anterior poseedor, probablemente aquel cuyo destino iba a ser el de gobernar aquellas tierras que nunca conquistó, había caído en sus manos.
– ¿Os gusta nuestra hospitalidad, Padre Pablo Rocha?
– Su Majestad, os estoy muy agradecido por todas las comodidades que se me han brindado –expresó respetuosamente el español, siempre sorprendido por el perfecto castellano, sin acentos, de su regio interlocutor–. Me gusta vuestra hospitalidad, mi Señor –añadió, respondiendo a la pregunta planteada.
– A mí me agrada saberlo, Padre Pablo Rocha. Nosotros hemos procurado brindaros nuestros mejores servidores y todos los servicios, alimentos y bebidas que deseéis. Sin embargo, por lo que sé de vosotros y vuestras costumbres, no soy vuestro señor. ¿Qué opinión os merece nuestras tierras? ¿Son similares a aquellas de vuestra lejana España?
– Sois mi Señor porque os debo respeto puesto que sois el gobernante de estas tierras y os reconozco como tal. Vuestras posesiones son hermosas y muy ricas en productos, Su Majestad y vuestros súbditos se muestran felices –la respuesta no era precisamente esa, pero había que responder al Inca–. Nuestras hermosas tierras también son muy ricas, pero tenemos productos distintos.
El Inca se detuvo un segundo y se volvió, lentamente, hacia su acompañante.
– Si son tan ricas, embajador Pablo Rocha, ¿por qué vinieron los primeros españoles a querer ocupar, por la espada, nuestras tierras? Recuerdo que aquellos eran hombres sucios, barbados, ignorantes, groseros (esa es la palabra) y los motivaba el oro de nuestros templos y palacios, así como abusar de nuestras jóvenes mujeres. ¿Han cambiado las costumbres de vuestros “paisanos”, en estos últimos años, en que no han podido avanzar más allá de nuestras fronteras? Ellos, ¿se han civilizado? Vosotros, ¿habéis cambiado?
La real marcha se reinició apenas acabada de formular las preguntas y el Inca permaneció en silencio, expectante, con la cabeza algo inclinada hacia el español.
– Ellos querían llevar la fe cristiana a los habitantes de estas tierras, en donde la Palabra de Dios es desconocida, Su Majestad –dijo el sacerdote, algo desconcertado–.
– Un Dios de amor y fraternidad, de esperanza y paz, de tolerancia y respeto, ¿cierto?
– Así es Su Majestad.
– Entonces, embajador Pablo Rocha, miembro de la Compañía de Jesús, vos debéis quitarme algunas dudas. ¿Por qué habéis usado la palabra “querían” y no “quieren”? ¿Por qué vuestros hombres deben matar a otros para convencerles de sus buenas intenciones? ¿Cómo un Dios bueno y amoroso permite que sus supuestos seguidores maten, mutilen, violen y torturen invocándolo? ¿Por qué, si España es tan rica, vosotros queréis conquistar otras tierras tan lejanas?
– Eh…
– Embajador Pablo Rocha, quien calla, otorga… ¿Cierto? En todo este tiempo vuestra gente no ha cambiado. Yo he aprendido de nuestros amautas  y también de otros. Vos vais a tener tiempo para dar respuestas a mis preguntas. Sí, vais a tener tiempo y otras oportunidades. Pero hay cosas que sí sé con absoluta certeza: si un hombre desea vivir feliz, debe estar sano y para estar sano, debe comer y dormir bien. Vamos a comer, embajador Pablo Rocha porque vos debéis estar hambriento. El alimento nos va a ser de utilidad, tanto a vos como a mí y los alimentos, embajador, no se deben desperdiciar…
La temperatura descendía muy rápidamente y el cielo, aún claro y brillante, dejaba ver algunas estrellas que se asomaban por entre las nubes, parpadeando. En el aire limpio de la tarde que ya moría, ambos hombres volvieron tranquilamente sobre sus pasos a compartir la mesa, en cálida y diplomática armonía. Empero, bien sabía el español que el enorme y mimado gato “Piscoy” iba a comer al lado del gobernante y, muy probablemente, de todos los potajes servidos en la mesa (incluido el suyo) y que el Inca celebraría cada travesura del hermoso y orondo felino. ¡Qué morrongo  tan afortunado…!

Acabada la abundante comida, el Inca Ticsi Capac  dejó la casa del embajador y se dirigió, con paso tranquilo a su propia residencia, al encuentro con sus consejeros quienes, hacía poco, habían llegado presurosos desde las zonas correspondientes a la región de la calurosa costa, precedidos por veloces y confiables chasquis, los famosos mensajeros reales. Reunidos en una amplia estancia cuyo techo había sido elaborado con recias maderas traídas de las selvas, el Inca escuchó los relatos e informes de primera mano sobre los acontecimientos que se sucedían en otros ámbitos de sus territorios como, por ejemplo, que la familia real estaba a salvo y bien cuidada. Para Ticsi Capac era muy importante estar adecuadamente informado y prevenido. Otra información confirmaba que el fracaso de los españoles por conquistar al Tahuantinsuyo había despertado la codicia de muchas otras naciones, en una Europa desgarrada por problemas económicos, políticos o religiosos, aunque al final, él sabía que todos venían a ser la misma cosa. El Inca había sospechado que los europeos conocían la enorme riqueza que los hispanos habían logrado con la conquista del imperio azteca y ahora tenían indicios sólidos de la increíble riqueza del Tahuantinsuyo. Eso explicaba los avistamientos de navíos, de distintas banderas, merodeando por las costas, y las capturas de exploradores europeos, quienes habían confiado mucho en la suerte o en su Dios. Muchos prisioneros no hablaban castellano y fueron necesarios los traductores. La información recibida confirmaba al Inca que la riqueza de sus tierras, en contraste con las de una Europa hambrienta y desgarrada por guerras, era la única razón por la cual llegaban tantos aventureros buscando enriquecerse. El Tahuantinsuyo no solo era rico por sus variados productos, desconocidos para los foráneos y sus enormes riquezas minerales, también lo era porque el territorio gozaba de un clima benigno, que permitía variedad de cosechas al año y que, además contaba con un sistema de almacenes que había provocado el asombro de los primeros europeos llegados a estas posesiones.

Como hijo espiritual de uno de los amautas más sabios, el Inca poseía una profunda capacidad analítica, sumamente desconcertante para sus contrarios. Claro que él quería saber más detalles de esa extraña religión, practicada por los barbudos hispanos, la cual celebraba la muerte de un hombre clavado en un madero. También deseaba saber por qué ese dulce y rojo líquido llamado vino y ese pedazo de pan se convertían en carne y sangre de ese mismo personaje, Jesús, en una extraña ceremonia llamada misa. Pero esas eran inquietudes personales, secundarias en todo el sentido de la palabra. Una vez enterado de todas las informaciones, incluidas aquellas provenientes de la ciudad capital Qosqo, el gobernante procedió a evaluar las acciones a emprender, considerando los aspectos a favor o en contra de algunas de sus ideas principales. Terminada la reunión, el gobernante procedió a retirarse a sus aposentos, acompañado de la Coya quien, contra todo deseo de su poderoso esposo, decidió permanecer a su lado hasta que se llevara a cabo la última parte del plan del cual ella era, en parte, creadora. En la penumbra, el sonriente Inca llegó a ver la ágil sombra que recorría, solemne y altiva, por los aposentos.

En el reposo de su lecho, antes de dormir, el Inca volvió a recordar los eventos que habían marcado un antes y un después en su vida como gobernante y en las tierras del gran Estado que controlaba: la emboscada de Cajamarca y su primer triunfo sobre los invasores hispanos. El éxito fue el resultado de un análisis sobre el jefe de las fuerzas invasoras quien había confiado superar a las fuerzas del Inca mediante las armas de fuego, los caballos, los perros de guerra y el factor sorpresa. Habían transcurrido más de doce años desde el día en que los invasores, confiados y arrogantes, cayeron en la emboscada. Previo a ese encuentro definitivo y crucial, el Inca había sido advertido que algunos señores o curacas  de etnias ubicadas en sus territorios centrales habían estado haciendo preparativos para apoyar a los invasores y, de ese modo, librarse del yugo político que imponían el soberano cusqueño. Para Ticsi Capac lo primero era anular al elemento extranjero y luego de eso, eliminar a aquellos curacas que buscaban apoyar a los invasores. Cuando el artero enemigo inició su previsto ataque “sorpresivo” las fuerzas incaicas, de acuerdo a las precisas indicaciones recibidas procedieron, de inmediato, a responder usando el combate cuerpo a cuerpo, destrozando a los temibles perros de guerra con enormes mazas y lanzas y atrapando a los caballos. El temor y el respeto de las tropas del Tahuantinsuyo al soberano y la ciega obediencia a las instrucciones recibidas de los generales Rumiñahui , Quisquis y Calcuchimac , hicieron que los españoles no pudieran avanzar según lo que habían planeado y que un momento después del inicio del ataque quedaran sepultados bajo un mar humano que no buscaba tanto matarlos como capturarlos vivos. Finalizado el recio combate quedaron tendidos, en el campo de batalla, algunos hispanos muertos quienes sumaban dieciocho hombres, incluido un extraño hombre de piel negra. El resto de los invasores quienes inicialmente sumaban más de cien, muchos de ellos malheridos, fueron despojados de sus armaduras, desvestidos y recluidos en celdas. Casi la totalidad de los indígenas auxiliares, aquellos que habían acompañado y apoyado a los invasores españoles, estaba muerta y los pocos sobrevivientes fueron encerrados en celdas para interrogarlos.

Ticsi Capac también recordó que luego del terrible combate, cuando estaban por comenzar las celebraciones por la victoria, un vociferante sacerdote español lo amenazó con las llamas de un lugar llamado infierno. Cansado de los sucesos del día y exasperado por la intransigencia del religioso, él dispondría que se silenciara al impertinente, discreta y eficientemente. También recordó la expresión lúgubre e incrédula del jefe español, cuando se percató que había sido herido y capturado, amordazado y maniatado, a merced de las tropas del soberano. Cuando comenzaban a crecer las sombras, según precisas instrucciones, muchos prisioneros, encapuchados, dejaron la ciudad hacia sus nuevos destinos, permaneciendo pocos de los vencidos para ser interrogados. Al día siguiente, Rumiñahui y dos generales más partieron hacia el sur con el objetivo de castigar a las naciones que habían estado complotando a favor de los derrotados invasores. Otros tres de sus jefes militares, incluyendo a Quisquis y Calcuchimac, marcharon al norte a reocupar los territorios aledaños a la llacta de Tumipampa y asegurar los territorios más alejados, ubicados en las cabeceras del río Putumayo, cercanos a las poblaciones de pastos, otavalos y otros pueblos. La tragedia y la muerte rondaron por las extensiones del amplio territorio porque el triunfo militar fue opacado por la enorme cifra de muertos a causa de las desconocidas y terribles enfermedades, por lo que se hicieron muchos sacrificios a las distintas huacas  a lo largo y ancho de sus territorios, incluso en su natal Qosqo. A pesar de todo, sublevaciones y planes subversivos fueron debelados a sangre y fuego. Nuevos contingentes de tropas llegaron desde el sur para posicionarse en la frontera y rechazar a los invasores. Se construyeron enormes almacenes con alimentos y pertrechos, distantes de la frontera, pero cercanos a los puestos militares: en caso de invasión, serían arrasados. Nuevas fortalezas fueron construidas o reconstruidas de acuerdo a las recientes exigencias militares. Después del triunfo en Cajamarca, algunos asesores sugirieron avanzar sobre los enemigos. El estado mayor del Inca rechazó la propuesta porque no existían ciudades enemigas cerca de la frontera y los españoles, caídos en la trampa de Cajamarca solo estaban explorando. Por lo tanto, Ticsi Capac decidió no avanzar hacia un territorio desconocido mientras no contara con información que justificara una incursión, pese a los enormes recursos que contenían los depósitos reales y al gran número disponible de soldados. En cambio se decidió por asegurar los territorios del norte para consolidar la frontera, hacer retroceder a los invasores, eliminar sus puestos de avanzada y establecer grupos de mitimaes fieles al Estado, como cuerpos de contención. Al mismo tiempo, el Inca decidió mantener un control extremo de las costas con la ayuda de los comerciantes costeños mediante un acuerdo con el Chinchay Capac , así como obtener la mayor cantidad de información de los cautivos. Todos esos preparativos y acciones se habían mantenido a pesar del establecimiento de relaciones diplomáticas y como consecuencia de lo revelado por los prisioneros.

Luego de rememorar los sucesos, el soberano se sintió llamado a descansar para enfrentar los retos de un nuevo día al frente del gobierno, con decisiones sobre la vida de personas y la administración de sus territorios. Él también recordó que el joven embajador había estado mucho tiempo solo, lejos de los suyos, aunque no completamente ajeno al mundo que lo rodeaba y a sus placeres. Mientras sus ojos se cerraban por el sueño, alcanzó a ver al enorme gato anaranjado que buscaba un lugar en dónde pasar la noche, muy cómodo, a los pies de la real persona. “¡Saqra Puka Michi !” Adormilado, el Inca sonrió.

***

Para Pablo Rocha habían transcurrido casi tres meses desde la última partida de ajedrez, en la cual estuvo presente el hermoso y enorme gato “Piscoy” y, en ese tiempo, el Inca había salido de Cajamarca con una gran comitiva y, por lo tanto, él debía esperar a por su retorno. Cuando el gobernante volvió se hicieron preparativos para otro viaje el cual representó, para el embajador, experimentar algunas sorpresas. La primera fue que todo el personal femenino que él tenía asignado a su servicio fue, de improviso, retirado y reemplazado. Tres días después, sin embargo, volvieron todas las jóvenes mujeres que le asistían. Todas volvieron excepto una. Esto lo inquietó puesto que las muchachas se habían ganado su personal aprecio y él tenía en gran estima a la joven Cusi, cuyos negros ojos y su figura de niña-mujer siempre habían amenizado su estadía. Al preguntar por ella, sólo recibió respetuosos silencios y él temió que sus acciones comprometieran a otra persona inocente, precisamente a ella. La inesperada petición de acompañar al Inca, una sutil orden, fue otra sorpresa porque cambió el monótono panorama del embajador y le dio la oportunidad de hallar respuestas a algunas preguntas. El imprevisto viaje habría sido muy lento según los estándares europeos, pero según sus acompañantes, el Inca había avanzado muy velozmente por entre sus territorios. La ruta había sido hacia el suroriente y pronto el clima se volvió húmedo y frío, mientras se internaban por un territorio cada vez más agreste, siguiendo un camino muy bien trazado y cuidado, que descendía gradualmente. Fue una sorpresa constatar que toda la comitiva usaba caballos para trasladarse y grandes carretas, haladas por burros, para transportar la impedimenta. Era un total de treinta y dos jinetes y sesentaicuatro soldados. Veloces chasquis o mensajeros llegaban y partían, continuamente, con diversos quipus . En las pausas del itinerario, alojados en los depósitos o tambos , el soberano solía conversar con él mientras jugaban partidas de ajedrez o de naipes o simplemente a caminar mientras conversaban. En esos momentos, el español se sentía examinado y no solo por el Inca sino también por algunos acompañantes, entre ellos la serena y altiva Coya cuyos bellos rasgos llegó a conocer muy bien pues, a diferencia de las españolas, las mujeres nobles de estas tierras no se cubrían el rostro en público. En una oportunidad, el embajador se sorprendió al ver que el Inca extrajo una carta de una pequeña bolsa y la leyó mientras cabalgaba. Era evidente que la élite política del Tahuantinsuyo sabía leer y escribir.

Al décimo día, los viajeros llegaron a unas montañas, rodeadas de húmeda y fría neblina, desde las cuales se veía un largo valle, con grandes plantaciones de coca que se perdían a la distancia. Toda la comitiva procedió a untar sus cuerpos con una sustancia oleosa, de fuerte olor vegetal la cual, se le explicó al embajador, se elaboraba con las hojas del árbol de molle y era un eficaz repelente contra los insectos. A una silenciosa indicación del Inca, alguien cubrió la cabeza del español con una tela con orificios para la nariz y los ojos: no se le impedía ver, pero no debía ser reconocido. Mientras se aproximaban a los cultivos en los cuales varios grupos de hombres se esforzaban, el embajador observó que el gobernante lo miraba con curiosidad mientras guiaba su mirada, con un gesto amable, hacia un grupo de agricultores. La visión estremeció al hispano porque llegó a identificar a, por lo menos, treinta europeos quienes, trabajando en parejas, estaban vigilados por impasibles guardias armados. Los rostros de algunos estaban cubiertos de costras o llagas, algunas purulentas y era evidente que los afectados sufrían mientras laboraban. La rígida postura corporal del embajador hizo que el Inca exhibiera una fría mirada, mientras invitaba al español a seguirlo en compañía de algunos miembros de la corte, dejando atrás la escena. Poco después, Pablo Rocha formuló al soberano las preguntas que pugnaban por salir de sus labios en ese aire frío y fresco, en un día húmedo y triste. ¿Quiénes eran? ¿Por qué? ¿Desde cuándo? Esos eran prisioneros europeos, apresados al fracasar sus ataques e incursiones contra el Tahuantinsuyo. Algunos estaban desde la emboscada de Cajamarca y otros eran más recientes y habían nacido como españoles, franceses, ingleses, portugueses y otros pueblos. Ahora estaban unidos en el castigo. No importaba la procedencia: si no aceptaban su derrota o habían traicionado al gobierno, el único camino posible, para no ser ajusticiados, era el trabajo forzado en estas tierras en donde podrían morir, en algunos años, bajo los efectos de la uta , una enfermedad que los identificaba como fugitivos si ellos lograban escapar. Estos hombres, llamados “piña ”, tenían asegurada la alimentación, la vivienda y el vestido, suministrados de los almacenes del Estado y estaban obligados cultivar la sagrada hoja de coca contribuyendo, con su permanente trabajo, a un orden social en el cual no se permitía gente ociosa.

No todo extranjero había muerto o era prisionero. Todos los sobrevivientes estaban alejados entre sí, sin posibilidad alguna de comunicación y se esperaba que, con los años, ellos se integraran a las comunidades de una forma paulatina, a través de sus hijos. En cuanto al jefe de la expedición del ataque en Cajamarca, éste había muerto de sus heridas a pesar de las curaciones que se le proporcionaron, así como meses después, lo hiciera su asociado tuerto  quien muriera a consecuencia de una flecha en el rostro. Ante la situación, el Inca consideraba que sería muy positivo que el embajador Pablo Rocha, se tomara unos días de descanso en Cajamarca para pensar en lo que había visto y en lo que eso significaba, salvo que quisiera continuar viajando en su real compañía y, de esa manera, conocer algunas otras cosas. El español expresó educadamente que, si Su Majestad le permitía estar a su lado, él sería un hombre muy afortunado. Con una sonrisa, el Inca le dijo que continuaban el viaje juntos pero que desde ya existía una condición que debía ser cumplida por su huésped: no debía contar nada de lo que había visto a los demás miembros de la representación diplomática. En ese momento el embajador supo, sin lugar a dudas, que él no contaría cosa alguna de lo presenciado porque, estaba completamente seguro, en ello se jugaba la vida. Por ello, agradeció la real indicación porque ponía en claro cuál era la situación en que él se encontraba. Poco después se reanudó el largo periplo para regresar a la ciudad. Una vez en Cajamarca, el Inca invitó a los miembros de la embajada española a una gran ceremonia, con danzas, cantos y una gran celebración mientras que el soberano visitaba las famosas aguas termales de la localidad. Terminadas las fiestas, el embajador volvió a alojarse solo, en la enorme casa que le había sido asignada y en la cual tenía libertad expresa para hacer las modificaciones que quisiera, entre ellas, la construcción de un pequeño adoratorio, despensas y algunos jardines. Sin embargo, para él, la ausencia de Cusi era un tema presente y diario, muy doloroso y por tal motivo trató de ocupar su mente en otras actividades, aunque sin mucho éxito. No volvería a ver al Inca durante casi cinco meses en los cuales el soberano se ausentó, pero se le permitió, cosa curiosa, visitar lugares no muy lejanos a la ciudad siempre rodeado de una comitiva que estaba a sus órdenes la cual, era evidente, lejos de vigilarlo lo cuidaba. Fue un cambio significativo en su relación con sus anfitriones porque, desde ese momento, pudo mantener reuniones con los otros miembros de la representación diplomática. Él descubrió que la comida local le agradaba pese a que sus sabores picantes lo hicieron llorar en varias ocasiones. Las crocantes carnes del roedor llamado cuy, le parecieron riquísimas, aunque al inicio no estaba muy convencido de consumirlas. En una ocasión, mientras duró la ausencia del Inca, se presentó ante él una pareja, un hombre maduro acompañado de una hermosa mujer quienes, luego de observarle con detenimiento, se inclinaron respetuosamente. Antes de continuar su camino, siempre en silencio, la bella mujer procedió a depositar en sus manos una manta de finísima lana de alpaca. Aturdido por el hecho, el español solo atinó a agradecer el hecho. Los días pasaron lentos…

Ticsi Capac, el último Inca gobernante, viajó el tiempo que fue necesario para adoptar algunas decisiones sobre las necesidades del Estado en esos momentos. El hecho de salir de viaje una vez más, dejando al hispano sumergido en un mar de inquietudes, era una de las intenciones del sagaz soberano porque él sabía, mejor que nadie, que se debía dar tiempo a la naturaleza y ésta no podía ser apresurada, ni siquiera por él, el poderoso gobernante del Tahuantinsuyo. Una vez que salió de Cajamarca, procedió a visitar lugares de importancia estratégica, como Huánuco Pampa, en la cual recibió informes escritos precisos sobre la eliminación de los últimos focos de sublevación que se habían manifestado en los territorios cercanos a tal ubicación. También se detuvo en Huamanga, ubicada al sur, el tiempo necesario para disponer algunas medidas destinadas a facilitar la defensa del Tahuantinsuyo de las constantes invasiones provenientes de la selva. Luego continuó su largo camino hacia la ciudad capital de Qosqo. Una vez allí, recibió la evaluación de sus asesores y de los gobernantes de cada uno de los Suyos  quienes informaron sobre problemas hallados y soluciones aplicadas a los territorios que se les había asignado y de los cuales eran completamente responsables. El Inca prestó gran atención a los informes enviados por el Chinchay Capac quien informó la captura de grandes embarcaciones que no eran españolas y que los sobrevivientes habían sido internados en las zonas asignadas para eso. En cuanto al armamento, se había incrementado el total de armas forjadas en los talleres del Estado y el número de caballos había crecido notablemente gracias a que las embarcaciones capturadas tenían un buen número de estos animales y la reproducción iba por buen camino. Del santuario de Pachacamac, ubicado en el riquísimo valle del río Lurín, el Inca recibió los augurios propicios de los sacerdotes quienes, humildemente, vaticinaban éxitos en los empresas y proyectos del soberano. Las enormes reservas alimenticias almacenadas en los tambos y en las colcas aseguraban suministros para varios años, en caso de emergencias o imprevistos, gracias al ingreso de grandes volúmenes de pescado desecado y salado, así como el acopio de grandes cosechas provenientes de las tierras del Estado cuyas producciones, antes usadas para los mecanismos de reciprocidad, eran ahora almacenadas como garantía ante la amenaza del norte, para el ataque o la defensa. En cuanto al sur, el territorio había sido pacificado y se había trasladado un gran número de personas para facilitar la asimilación de las nuevas poblaciones al Tahuantinsuyo. El ejército estaba siendo adiestrado con las nuevas armas de combate. Se habían comenzado los experimentos con el explosivo polvo negro que los hispanos llamaban “pólvora” y cuya producción, conocida por muy pocos, comenzaba a realizarse en lugares secretos, bajo las precisas instrucciones de europeos, con el acopio de los productos necesarios como salitre, proveniente del candente desierto sureño; carbón, extraído de las montañas situadas al sur de Cajamarca y azufre, obtenido de las minas, cercanas a la costa sur. Los sonoros disparos, hechos para probar las armas de fuego, habían causado un inicial temor entre los soldados quienes ahora estaban acostumbrados al rugido de los pequeños cañones. Todos los miembros de la corte Inca sabían que las cosas iban a tomar un rumbo violento si, pese a todos los esfuerzos, la convivencia pacífica con el vecino del norte fracasaba y, ante esa expectativa, lo recomendable era prepararse lo mejor posible. Otra noticia, esta de tipo doméstico, que agradó al soberano fue que “Yunga”, la engreída gata que vivía en su palacio cusqueño, acababa de ser madre de ocho hermosos gatitos. Una vez que los preparativos fueron evaluados positivamente y los nuevos detalles dados a conocer, el soberano procedió a regresar al norte y en el camino de retorno, siguiendo la ruta de la costa, fue agasajado por representantes de las distintas poblaciones aliadas, muchas de las cuales expresaron su regocijo con las habituales celebraciones festivas, con banquetes y chicha. Al llegar a Cajamarca, Ticsi Capac hizo llamar al embajador para comer y conversar. No hubo, en esta oportunidad, una partida de ajedrez y la conversación entre ambos personajes se prolongó hasta altas horas de la noche, con una variedad de temas tratados y una ligera embriaguez de los jugadores.

Al día siguiente el embajador Pablo Rocha, con la cabeza algo adolorida, salió con la comitiva del Inca, a un pequeño paseo a caballo. El recorrido los hizo alejarse de la ciudad, mientras profundizaban sobre algunos de los temas tratados la noche anterior. En un momento determinado, el Inca preguntó a su invitado cuál sería, si la hubiera, la razón para que él deseara permanecer en estas tierras desconocidas. La sincera respuesta fue que no existía un lazo que motivara al hombre llamado Pablo Rocha, a permanecer en esta hermosa tierra porque, lastimosamente, aquí no tenía raíces. ¿Acaso Pablo Rocha nunca se preguntó por qué fue solicitado? Sí, pero nunca halló una respuesta que lo satisficiera. En ese caso, replicó el Inca, ahora el español obtendría respuestas a algunas preguntas. Lo primero era que los oficiales incas supieron, de boca de sus iniciales cautivos, que los jesuitas eran los religiosos más cultos entre los españoles. Lo segundo era que, habiendo pocos jesuitas en las posesiones españolas, su nombre fue mencionado y, por lo tanto, solicitado. Lo tercero era que ese largo recorrido a caballo era para hacerle algunas preguntas y ofrecerle una razón para que permaneciera en estas tierras. ¿Cuál era esa razón? El embajador la vería cuando retornaran a la ciudad.

Llegados, casi a media tarde, ambos hombres se encaminaron hacia una pequeña casa, muy reguardada, ubicada en la periferia, similar a aquella que ocupaba el hispano. La puerta se abrió y el Inca procedió a ingresar, precediendo al español quien, de pronto, se encontró con una imagen que lo dejó sin palabras. Ante ellos, en una gran habitación suavemente iluminada, estaban los esposos quienes le habían regalado la primorosa manta. Sentada sobre un mullido lecho, se hallaba una hermosa madre amamantando a su pequeño niño al tiempo que era atendida por dos jóvenes mujeres. A la vista del regio visitante, la madre procedió a inclinar su rostro en una reverencia, un gesto repetido por los silenciosos esposos y las jóvenes. El embajador Pablo Rocha se dio cuenta que la bella mujer era Cusi, a quien no veía hacía casi nueve meses y comprendió, de inmediato, que el pequeño niño era su hijo y que la pareja de esposos eran los padres de Cusi. Él no supo cómo llegó a estar arrodillado frente a la amada madre y al niño. Emocionado, levantó al recién nacido y se volvió a mirar al imponente soberano, al comprender el porqué de las conversaciones y las preguntas. El Inca, quien inicialmente observaba la escena en silencio, asintió ligeramente ante la expresión de genuina felicidad que mostraba el sorprendido progenitor y salió para dejar a los recientes padres, unos íntimos momentos a solas. Pocos momentos después, salió el joven español con su pequeño hijo en brazos y una expresión grave y atenta en su rostro, mientras se acercaba al soberano para escuchar lo que ya sabía que iba a oír. Se le brindaba la oportunidad de quedarse, en buenos términos, en el territorio del Tahuantinsuyo con la condición de cuidar a su familia, lejos de la influencia de otros europeos. También podía dar a conocer su nueva fe a quien la aceptara, pero él siempre reconocería, como soberano absoluto, al Inca Ticsi Capac, señor del Tahuantinsuyo y se le exigiría un juramento de fidelidad.

Ante la real petición, Pablo Rocha debía tomar una decisión ante ese dilema de vida porque realmente nadie sabría jamás, al otro lado de la frontera, qué había motivado su decisión. Él sólo remitiría una simple carta a sus superiores, dando a conocer su decisión de permanecer en las tierras del soberano Inca, como súbdito. Él era consciente que siempre permanecería en territorio del Tahuantinsuyo, habiendo visto lo que se le mostró y sabiendo lo que ahora sabía. Pero, al mismo tiempo, él también entendió que se le brindaba una nueva oportunidad, la oportunidad de formar parte de algo mucho más grande y que el suyo no era el único o primer caso.

Al observar la respetuosa inclinación que Pablo Rocha hizo hacia la real figura del soberano, Ticsi Capac vio que la respuesta del hispano, al dilema que se le había planteado, era la esperada. Por eso no se sorprendió al ver que el reciente y orgulloso padre de familia besaba al niño en su cabeza, con una expresión de felicidad genuina pintada en su rostro, mientras volvía a la casa y su amada, acompañada de sus padres, le recibía.

La hermosa e inteligente Cusi siempre recordaría que las primeras palabras de Pablo Rocha cuando regresó a ella con su hijo en brazos fueron: “Gracias a Dios y gracias a ti, tengo un hijo y también una poderosa razón para permanecer siempre a tu lado. Cusi, hay tanto por hacer…”

Al caer la noche, en la amena compañía de su inteligente y hermosa Coya, el poderoso soberano Ticsi Capac, gobernante absoluto de las tierras del Tahuantinsuyo y futuro conquistador del norte, tomaría una copa de vino mientras acariciaba, suavemente, el lomo de su gato preferido y exclamaría, sonriendo: “«Piscoy, puka michi», tú sí que eres un gato afortunado: ¡eres papá de ocho gatitos!”