Autor: Ricardo Jorge Villanueva Valverde

El follaje exuberante y la paleta de colores reflejada en la serpiente líquida ejerce un efecto relajante sobre mi mente. Mejora mi ánimo y suprime las voces interiores que no se cansan de lanzar advertencias, elaborar juicios y evaluar personas, el material odioso de la vida moderna.  He pensado muchas veces en mover mi hogar a alguna comunidad en las riberas del gran río. Lo conozco bien, las crecidas, remolinos, remansos, sus bondades y sus peligros. Los nativos me han enseñado a identificar cuando aparecen los cardúmenes de corvinas, carpas y zúngaros. Cuando llegue el momento de mudarme no moriré de hambre. Algún día. Tumbado sobre el borde de la popa de la fragata veo las cabañas ribereñas y recuerdo que es un día mas de trabajo. Participo como especialista biológico en la investigación sobre la adaptación de especies exóticas en aguas con altos riesgo de polución. El Directorio nos ha enviado a detectar las causas de las fugas de nitrógeno que se esparcen por toda la telaraña del Amazonas. Una señal inevitable del progreso, o del suicidio colectivo de la especie humana, según como se quiera mirar.

En la nave viaja un grupo diverso. Disfruto las expediciones que surcan el sendero líquido, las venas de este descomunal organismo viviente. Siento su exhalación al respirar el tibio vapor que golpea mi rostro mientras observo el paisaje. En la proa me encuentro algunas veces con Miguel, el asistente logístico. Habla la lengua amazónica estándar y podemos entendernos con facilidad. Es mas complicado con los académicos africanos. Provienen de la metrópoli. Esa condición explica el insuflado ego y la actitud condescendiente hacia nosotros, los nativos. No me malentiendan. Las oportunidades en las colonias son buenas para las personas con espíritu emprendedor. Los administradores tienen un buen ojo para detectar el espíritu ambicioso. Veintidós siglos de experiencia en organizar un vasto imperio explica la estabilidad del sistema.

El trabajo de campo finalizó sin contratiempos. La enseña de la triple espiral ondeaba orgullosa desde el mástil del puerto. La nave acoderó según lo programado al puerto de entrada al acueducto que conecta los grandes océanos. La maravilla tecnológica de nuestro mundo. Construido cuatro siglos atrás, el conector es un símbolo imponente de la voluntad y la ciencia de Cartago. Los africanos aspiraron el aire como si acabasen de inaugurar la obra. Los cimientos sólidos, las compuertas y las plataformas rodantes titánicas demuestran la exactitud de la ciencia, el portento de la tecnología moderna. Las plataformas se transforman en monstruos anfibios que cargan sobre sus espaldas toda clase de barcos fluviales. En verdad me cuesta trabajo imaginar la mente que pudo concebir y realizar aquel proyecto. Una mente colectiva, organizada, alineada hacia el propósito compartido.

El camino a casa se hace largo. Vivo en un suburbio de la ciudad capital de Alcotunia. Una alfombra tejida con capullos de algodón se extiende por largos estadios a ambos lados de la vía. He observado las imágenes satelitales, es impresionante. Mientras conducía llevaba una preocupación hundida en el pecho. Los resultados del análisis mostraron que los peores niveles de contaminación provienen de aquellas concesiones privadas que están usando las variedades de cultivos producidas por los Estados Unidos. Tarde o temprano los axiomas nos reventarían en el rostro. Las utilidades son el motor del mundo. Después del fin de la gran guerra los anglosajones aprendieron la lección. Tomaron la consigna de la Federación y la amplificaron hasta la aberración. Hemos sabido del efecto negativo de los cultivos transgenéticos por años, pero la metódica intoxicación prosigue con rigor. La Federación perdió la oportunidad de librarse del veneno cuando aceptó suscribir el Acuerdo Transoceánico de Libertad Comercial.

Las opciones eran limitadas. Si no se llegaba al acuerdo las potencias se hubiesen dirigido a un conflicto militar. No es un secreto. El Consejo de Prospectiva presentó el informe y su recomendación como si se tratase de un ultimátum: el acuerdo o la guerra.

Mañana presentaremos el informe sobre las amenazas ecológicas. Es irrebatible. Por ello no me perturbó la noticia de que un grupo de científicos anglosajones asistirá a la reunión de presentación del estudio. Tienen prerrogativas abusivas.  Observé la llegada del helicóptero que los transportaba. La parafernalia de ostentación les precede. El desayuno de bienvenida estaba programado para las nueve. Somos fieles a las tradiciones, incluso en momentos de inquietud. Una de las señales de la decadencia del régimen es la persistencia de cortesías anacrónicas. Los instantes previos a la guerra son los mejores momentos para mostrar buenos modales, según Octavio, director de los laboratorios biológicos. Mi jefe.

 -Muestran al enemigo que tenemos sangre fría –añadí. El jefe asintió.

Los Estados Unidos Occidentales cuenta con una elite científica peculiar. Una raza exótica: técnicamente impecables, personalidades excéntricas. Basta observar su forma de vestir. En su propio idioma usan la palabra hípster para referirse a ese estilo rocambolesco que hace tributo al síndrome de Narciso. Les sirve para proclamar su individualidad, el núcleo acérrimo de la cultura post-europea del siglo veintitrés .

Estreché las manos de los dos ingenieros ecologistas. John y Walter. El mayor tendría cincuenta años y el menor aparentaba cuarenta. Modos fríos, lejanos. Ambos con barba y bigote. Intercambiamos tarjetas de presentación. La bióloga era mucho mas joven. Tendría veinticinco años. Atractiva con un aire que me hace recordar las películas de Marion Cotillard. Helianne era su nombre Una esbeltez bien cuidada revelaba una rutina corporal exigente, quizás el culto al yoga. John hacia preguntas cortas y al grano. Walter en cambio prefería las disertaciones. Observé la estrategia de Helianne: observaba y acumulaba. Probablemente Walter calzaba mejor con el perfil de biólogo sistémico. Sabíamos que el grupo tenia como objetivo desacreditar el estudio, o llevar consigo suficientes datos para destruirlo a través de las corporaciones mediáticas. El mundo actual es una red de comunicación. Aquel que logra activar la empatía en la red puede ganar una guerra antes de haberse librado o, al menos, puede hacerla estallar sabiendo que se librará de una condena en la opinión pública. Los bloques han permanecido en paz los últimos doscientos años. La experiencia traumática de la última conflagración produjo mecanismos de supervivencia durables.

Durante un descanso en la reunión interminable, Estaba enfrascado sirviéndome un café cuando me percaté que Helianne se había aproximado. Ensayó una sonrisa.
-¿Usted es originario de la Amazonía? Lo digo porque su fisonomía no es africana.
-Ojo certero. Nací del lado occidental de Los Andes. Estudié la maestría en Nueva Cartago.
-Me han dicho que es la mejor universidad en la federación.
-Gracias. Ustedes también tienen universidades que hacen buena ciencia.
Ella aceptó la taza que le extendí y nos enfrascamos en una plática sobre asuntos irrelevantes, o al menos eso creí yo. Como había sospechado ella practicaba el yoga, igual que yo.

-¿Es difícil trabajar con la metrópoli? Es decir, tengo la impresión que sus colegas africanos retienen todos los puestos de gerencia. Usted y sus compatriotas… veo que están en el nivel técnico.
-No es difícil de explicar. Somos una colonia.
-Sin embargo, tienen sus propios problemas y probablemente necesiten sus propias soluciones.
La miré intentando indicar que no entendía lo que ella sabía que yo entendía.

El movimiento por la autonomía ha cobrado fuerza en los últimos cinco años. El malestar por el desempleo y la pobreza crece en todo el continente. En los estadios de todo el continente Amazónico se entonaban coros en la lengua derivada de los pueblos originarios: el interguaraní.

-Es interesante que lo diga alguien que…
-Que simpatiza con la libertad de los pueblos.
-O que representa a intereses económicos que buscan vender cierta clase de libertad.
-Aunque tuvieses razón, aun queda el tema de fondo: el derecho al progreso. Ustedes necesitan mas que nosotros los transgénicos enriquecidos con polímeros.
-En verdad, si ello implica destruir el equilibrio de los acuíferos no lo queremos.
-Es su opinión.
-Es mi opinión.

Ella esbozó la sonrisa. Su imagen aún se sostiene en mis penumbras. Percibí dureza en ese bello rostro. Imaginé que podría ser el rostro inescrutable de Medusa.

Después de un divorcio doloroso, lo último en lo que intento pensar es una relación romántica. Había algo que no encajaba. Helianne mostraba independencia de criterio en sus opiniones. En un par de ocasiones se abstuvo de apoyar las afirmaciones de Walter, quien comandaba el grupo evaluador. El único tropiezo que tuvimos ocurrió cuando los anglosajones advirtieron que la tasa de aumento de los cultivos transgénicos no guardaban relación con las exportaciones de semillas proveniente de sus proveedores. El uso de compuestos nitrogenados debía guardar relación con el flujo del material genético importado. Ninguno de los integrantes de la Federación tenia familiaridad en el tema comercial. Si la bióloga  conocía o no la intención del giro de los argumentos era imposible saberlo. El resto de la reunión se tornó tediosa. Revisamos bases de datos, la consistencia del diseño de las muestras y los protocolos. La reunión concluyó sin conclusiones determinantes.

Quise preguntar a Helianne si aceptaría acompañarme a cenar. La busqué en el lobby pero el grupo se había retirado con premura. Retornaría temprano a la ciudad para tomar el vuelo de retorno a su país.

Me entretuve en la revisión de unas notas en mi oficina. En el instante en que estaba a punto de de salir observé una hoja de papel que había sido pasada debajo de la puerta. Una inscripción breve, fulminante.

“Recoja sus datos de inmediato. Aléjese. No retorne”

La peor pesadilla de un científico es perder los datos de su trabajo. Siempre he tenido un plan de contingencia Volví sobre mis pasos. Cogí una memoria ultraslim que contenía los datos y fórmulas del estudio. Salí apresuradamente y me dirigí a casa.

Dormí con incomodidad, mejor dicho con sobresaltos.

Al día siguiente, me levanté y me preparé a ir a la oficina como de costumbre.  Abrí una bolsa de golosinas y guardé en su interior los datos. La coloqué descuidadamente en la alacena.

Sonó la alarma de mi interfón. La voz de Guillermo al otro lado del aparato sonaba alarmada. Me informó que había ocurrido una desgracia en el laboratorio. Un desperfecto electrónico había freído los bancos de memoria junto con casi toda la electrónica. Lo dijo a voz en cuello. Todos los datos estaban perdidos. Incluso las memorias de respaldo. Mi mente se trasladó a la pequeña bolsa de papel metálico en la alacena. Volé a la oficina. En los laboratorios el revuelo era notorio. Noté pequeños grupos de investigadores hablando agitadamente.

Por fin se acercó un oficial de seguridad para tomar mi declaración. Yo había sido la penúltima persona en abandonar el área donde se concentraba el daño. Mi computadora ya había sido revisada, sin encontrar ninguna alteración. Dije lo que recordaba pero sin mencionar la nota escrita y la advertencia. Reconocí al funcionario. Habíamos compartido el camarote en un viaje de evaluación unos años atrás. Surgió cierta familiaridad. Le pregunté si habían indicios, alguna sospecha o algo parecido. Los anglosajones. La voz resonó con el tono de un veredicto. Las reuniones de rigor y las indagaciones el resto del día. La mayoría del grupo estaba desconsolado. Noté en Guillermo el ánimo estoico de quien acepta lo inevitable.  Todos los protocolos habían sido cumplidos. Si acaso era el ataque de un subversivo, había sido una obra impecable.

Mi primer impulso había sido confesar a Guillermo la verdad. Decirle que tenía la copia asegurada. Pero eso hubiese implicado decirle acerca de la advertencia. ¿Por qué iba dirigida a mi? Hubiese tenido que pasar horas intentando explicar lo inexplicable. Una llamada en el telecom me sacó de mi agonía. Era ella. Me dijo que se había enterado del percance. Así lo describió. Me dijo que Walter le había pedido hablarme para ofrecerme la colaboración necesaria para reconstruir los datos. ¿Era posible? No lo sabía exactamente. ¿Qué se requería? Volver a subir los datos de campo desde las tablillas digitales individuales forzosamente. Probablemente eso y verificar la consistencia. ¿Dos semanas de trabajo? Siempre y cuando todas las tablillas estaban intactas.

Pero, algo me decía que iba a encontrar fallas en las tablillas individuales.

-Habrás imaginado que esos datos podrían haber sido alterados –Ella había leído mi mente o se encontraba dos pasos delante de mí.

-¿Por qué tengo la sensación que tienes deseos de decirme algo en persona?

-Es justamente lo que iba a decirte. A las seis en el restaurante de la universidad.

Me sorprendió que Helianne se encontrase en la ciudad. Explicó que John y Walter habían tomado el vuelo temprano. Ella había permanecido para hacer algunas compras: souvenirs.

Por supuesto, las artesanías.

Helianne no es del tipo de mujer que hace circunloquios. Esta vez su forma de vestir era informal. Después de saludarnos me preguntó si había tenido la prudencia de seguir las instrucciones de la nota. Noté su rostro relajado. Me acomodé en mi asiento y pedí un café de 92 grados.

-No había forma de evitarlo. Sin embargo, tomaste un gran riesgo. Pude haber comunicado sobre el peligro de inmediato.

-¿Por qué no lo hiciste?

-Quería conocer la magnitud del riesgo y la capacidad del sujeto. Soy un investigador, no un oficial de seguridad.

-¿Y cuál es tu conclusión?

-Aún no tengo una. Necesito saber cuál fue la motivación para dejar la nota.

-Precaución. Los datos no eran malos, eran fidedignos, las fórmulas eran correctas, solo necesitamos un tiempo para revisar los procedimientos. Sin datos es imposible hacerlo. Obviamente vamos a criticar los resultados. Eso lo sabes bien.

-Claro que si. Desean mantener los contratos de exportación, sea con el gobierno central o con las colonias directamente.

-Eso es lo que desea hacer mi gobierno y también gente en el de vós.

Me sorprendió la franqueza.

-Pienso que tienes mas información de la que yo dispongo.

-Muchas personas suficientemente informadas saben que existen coincidencias entre la tecnocracia de tu país y del mío respecto a los acuerdos comerciales. En mas de una ocasión han actuado como si fuesen una sola corporación. ¿Piensas que mi equipo no ha detectado las filtraciones de nitrógeno hacia las corrientes hace tiempo? Hemos visto el mismo tipo de daño antes en nuestras propias cuencas.

-Pero no han hecho nada

-Porque las elites no quieren hacer nada. Les conviene negar la evidencia. La casta de los tecnócratas han construido sus residencias en barrios autosostenibles con filtros biológicos en sus suministros. No me digas que no lo sabes.

-¿Quién no ha escuchado sobre eso? Siempre he pensado que son teorías de…

-Conspiraciones que circulan por allí.

-Elucubraciones.

-O hechos comprobables, que pueden explicar porqué la acumulación de activos entre los millonarios. En fin, en lo que respecta al estado de nuestro mundo actual todos podemos hacernos una idea. El imperio está presente. Organiza a las personas como su servidumbre, establece jerarquías. Define qué consumir y cómo consumir.
-No hablas como una  bióloga.

-Todo lo contrario Daniel. Digo lo que una bióloga de sistemas debería…

Helianne notó la preocupación reflejada en mi rostro. A cierta distancia había detectado una persona observándonos. Creí reconocer a un funcionario del centro de investigaciones.

-Creo que debemos terminar esta conversación.

-Por ahora.

-Sugiero que no vuelvas a tu hotel.

-Lo dejé esta mañana, viajo ligera.

Nos despedimos con apresuramiento. Ella voló. Note que el sujeto se aproximaba a mi y desde el extremo opuesto, otros dos hombres, uno de ellos el oficial de seguridad que me había entrevistado.

Los hombres me tomaron de los brazos. Anunciaron que estaba detenido. No recuerdo una sola palabra mas. Sentí una aguja penetrando en un músculo del cuello. Cumplió su cometido veloz como una serpiente.

Mi mente desvariaba. Veía mi cuerpo deslizándose en subidas y bajadas a través de incontables arcos parabólicos. Siento fascinación por esa figura arquitectónica. Mi cuerpo erguido mantenía el equilibrio en el punto de unión de las hipérbolas. Algunas veces caía en el vacío, pero nunca tocaba el suelo. No tengo idea de cuánto tiempo estuve sometido al tormento. Recuerdo vagamente algunas preguntas. Las primeras trataban sobre asuntos prácticos: mi edad, el nombre de mi madre, cuál era la función que cumplía en el instituto. Después vinieron las que tenían importancia. Dónde había conocido a Helianne, cuál era el propósito de destruir los datos de la investigación. El interrogatorio fue severo e incesante. Las preguntas venían como en olas. Una y otra vez pensé que habían terminado. Un instante después se reiniciaba el estribillo, el mismo tono despótico.

-Puedes ahorrarte horas de sufrimiento. Igual has perdido –dijo el segundo interrogador. –La pena por traición es la muerte.

-Existe la ley y los derechos.

-No. En este cuarto existe mi voluntad y mis instrumentos. –El sujeto echó una mirada a una bandeja con jeringas de diversos tamaños. Una de ellas contenía mi destino.

Algunas ampollas me sumergían en un estado de embrutecimiento. No reconocía mi propio Yo. Alguien, una voz dentro de mi, articulaba palabras mecánicamente. Otras inyecciones provocaban dolores musculares que arqueaban mi cuerpo en violentos espasmos.

Toda esperanza se había desvanecido. Mi cuerpo era una masa adolorida sujeta a la merced del operador . En un destello de claridad me sorprendió la idea de haber reconocido en los interrogadores el acento local. Mis verdugos no eran africanos. Alguien había dejado en manos de los funcionarios locales el asunto. O quizás ellos percibían que mi rango no tenia tanta importancia. ¿Quiénes eran ellos? ¿Seguridad del Estado? ¿Contratistas? La divagación se rompió pues noté que un interrogador entró en la habitación.

Era un individuo diferente. Alto, mas esbelto que sus subordinados. Percibí el acento africano en sus primeras frases. Mi caso había escalado de categoría. La idea me alivió.

-Primero, sabemos que no eres directamente responsable del pulso electrónico que borró la información. No sabemos si has estado involucrado en alguna parte del complot. Pero la reunión con la agente extranjera no te ayudó en nada.

-¿No conozco ninguna ley que diga que uno no puede ligar a extranjeras? O por lo menos intentarlo.

-Esa es una posibilidad. No era cualquier mujer. Demasiada casualidad que intentases levantarte a una científica del bando enemigo.

-Eso es precisamente lo que provoca la excitación. Tuve curiosidad en saber si me preguntaría si era posible reconstruir los datos. Eso no es un delito ¿O si?

-No lo es. ¿Se puede recuperar los datos?

Había despertado su interés. Jugué la última carta en mi mano.

-Digamos que soy una persona precavida.

-¿Los tienes?

-¿Qué seguridad tengo..?

-Eres una persona precavida, sin duda. Ocurre que tu ex mujer hizo una denuncia ante la defensoría ciudadana, casi inmediatamente después de tu detención. Una coincidencia muy oportuna. Tu interfón tenía activado el localizador de ubicación global. El primer oficial que ejecutó la detención no lo desconectó por tu buena suerte. Tu defensor está en la antesala. Este es un país que se rige por leyes. Lo enseñan en la primaria: razón y justicia.  Solo tienes que decirme lo que quiero saber para entregarte de inmediato.

En el nivel mas elemental de sobrevivencia nuestro subconsciente aprende a usar los detalles a nuestro favor.  El localizador global está activado para que mi ex mujer pueda localizarme. Es una ley de los vínculos en la que decidí tener fe hace tiempo. En el puesto de salida del edificio me devolvieron mis pertenencias. Por sobre el hombro eché una mirada a la fachada. El símbolo triangular de Cartago bruñía con la fuerza del mediodía. Habían transcurrido tres días desde mi detención.

Encontré mi departamento revuelto, las cosas que habían estado guardadas en mis cajones desparramadas por los suelos. Un torbellino había irrumpido allí dentro. La microslim había desaparecido. Habían dejado solo las cápsulas de chocolate. Engullí varias piezas. Desfallecía por el hambre. El chorro del agua masajeando mi cuerpo me devolvió a la vida. Una llamada entró en mi interfón. Reconocí su voz de inmediato.

-¿Cómo te sientes?

-Vivo. En realidad, cansado.

-Me alegra que estés bien.

-¿Cómo pudiste ubicar a mi ex esposa? Tienes que haber sido tu…

-Tenía que hacerlo. Estabas en riesgo después de nuestro encuentro. Necesitábamos mantenerte sano y salvo.

-¿Quiénes exactamente son..? –empecé a sentirme extrañamente atraído por el oscuro rumbo de la conversación.

-Antes debes saber que Octavio fue detenido ayer por los servicios de seguridad. No pudo ocultar los rastros de su trabajo. En estos momentos los oficiales del departamento de economía y finanzas estarán explicando al Directorio de la federación porqué ocultar los resultados de tu estudio era la mejor estrategia. Una guerra comercial está próxima y el gobierno colonial no quiere interferencias de los ecologistas. Aumentar el uso de los cultivos transgénicos es la opción mas eficiente para mantener la competitividad del sistema, y la mas destructiva. Tengo la seguridad que mis colegas no necesitarán mover un dedo.

-¿Por qué me dices todo esto? No me debes nada. La detención y la tortura no fueron provocadas por ti.

-Lo se. Pero es necesario que conozcas la verdad. Te lo debo. Para ambos gobiernos las investigaciones en la Amazonía es un estorbo, una verdad insoportable. Permanecerás bajo observación en el instituto, no creo que te despidan. Puedes ser valioso a otra causa, harías mucho bien.
Pregunté a qué se refería, aunque mi intuición trabajada aceleradamente.

Tengo los registros de la reunión. En un tiempo lanzaremos un videofilme sobre la contaminación y los daños a los pueblos nativos a través de las redes sociales.

-¿Quién eres en realidad?  ¿Para qué grupo trabajas?

No dijo mas. Convenimos en vernos esa noche. Esta vez adopté todos los medios de seguridad. Usé el transporte metropolitano y un taxi.

Ella apareció enfundada en un vestido largo con diseños de arte Kené. Me dijo que retornaría al día siguiente a Nueva Bretaña.  Caminamos a lo largo de la alameda.
Volví a formular la pregunta.

-Soy la misma persona que conociste. En realidad he seguido tu trabajo desde hace meses. Es el tipo de trabajo que yo quisiera hacer. Tienes la diversidad biológica a tu alcance, la evidencia. En cuanto al grupo… tiene varios nombres. En Europa nos llamamos La Liga Humana o Ágora Democrátika, en la Federación somos Redes de Libertad. Podemos tener distintos  nombres. Lo importante es que mantenemos los ideales de la República.

-Por ahora los servicios de seguridad creen que eres una burócrata. Tarde o temprano sospecharán.
-Dentro de unos días renunciaré a mi puesto. Pasaré a hacer activismo a tiempo completo.

Llevaba los brazos desnudos. Las marcas producidas por los inyectables llamaron su atención. Atrajo con ternura hacia ella mi antebrazo.

-Esta no es una cita romántica. Lo sabes bien.

Nunca había abrigado esperanzas. Mujeres como Helianne no pertenecen a mi mundo. Sus ojos me preguntaron por qué no me daba por vencido. Ese no era el tipo de entrega que ella demandaba de mi.

«El imperio está presente. Pero hay esperanza» respondí. Sonreí. Ella sonrió.

-Nuestros actos nos definen. Son semillas de futuro –dijo ella, mientras acercaba sus labios a mis mejillas.



F I N