Autor: Oswaldo José Castro Alfaro

JUEVES 10 DE ENERO DE 1980

En marzo de 1980 el cabo Segundo Raymi será dado de baja y se reincorporará a las labores agrícolas en su pueblo. Está por terminar el Servicio Militar Obligatorio  y el tiempo servido en el ejército le sirvió para reorientar su vida ociosa y desmotivada. Cuando fue levado su padre no reclamó y vio con buenos ojos que la disciplina militar pudiera ponerlo en vereda. Desde jovencito su primogénito mostró predilección por el aguardiente y levantando polleras se ganó más de una encerrona en el calabozo local. Por ello, a don Primitivo se le presentó la virgen cuando la noticia le llegó a la chacra. Delante de su mujer puso cara de compungido, pero por dentro estaba matándose de risa. Agradeció calladito a Tayta Lindo y si su cachorro se portaba bien hasta era probable que hiciera carrera como suboficial. El viejo arriero sabía de la dureza de la tierra y no estaría mal que uno de los suyos abrazara la vocación del Brujo de los Andes. Por otro lado, aún no perdonaba el golpe de  Morales Bermúdez a su general chino, a su Juan sin Miedo. El mono supay pawawa del Remigio lo mató de gangrena en una de sus piernas y el piurano se murió todito en los brazos de la buena moza de la Consuelo.
Tal como se lo dijo el sargento que lo levantó en peso y lo metió en el camión porta tropas en una de las esquinas de la plaza de armas de Huanta, la vida en el cuartel Los Cabitos resultó más difícil que en la puna. Por más que Segundo Raymi lloriqueó por su madre enferma y que estaba a punto de culminar la secundaria terminó engrosando el contingente que se acuarteló a comienzos de 1978. Le descubrieron una mentira tras otra pues la autora de sus días tenía la salud de un roble y él a las justas leía y escribía lo que le enseñaron en el quinto de primaria. Su paso por las instalaciones del cuartel transcurrieron sin pena ni gloria. Acostumbrado a la sangre de horchata que corría por sus venas se limitó a guardar la mínima disciplina, cumplir los reglamentos, aprender los principios básicos de la vida militar y estar preparado para combatir al enemigo interno de la patria. Lo que la instalación militar le agudizó fue el instinto natural del miedo y la extraña propensión al recelo y desconfianza. La maestría aprendida en  esos meses fue suficiente para sacar el cuerpo en el momento preciso y adelantarse con inteligencia a los acontecimientos. Fueron muy pocas las ocasiones en que lo arrestaron y generalmente gozó de la confianza de sus superiores.
A pocos meses de abandonar el cuartel, el cabo Segundo Raymi está seguro que volverá al pueblo que lo vio nacer como el hombre que dejó atrás al chiquillo inmaduro. Sabe que el uniforme ejerce atracción magnética sobre las mujeres y lo pudo comprobar en los dos desfiles de Fiestas Patrias en los que participó. De reojo había visto las mejillas chaposas y sonrisas coquetas de sus paisanas. Su retorno sería triunfal y los calzones caerían por arte de magia. No tendría que levantar faldones, meter mano y casi rogar. Ahora, no. Sería diferente y Chuschi lo vería como el hijo pródigo que regresaba de la guerra y que debía rendirle honores y pleitesías.
Néstor Remiche, cada vez que contempla la extensión de la hacienda Iribamba, recuerda el momento en que por un pelo se salvó de la leva en Huanta. Con horror observó cómo su amigo de infancia era levantado violentamente del suelo y encerrado a empujones en uno de los camiones del ejército. A patada limpia logró deshacer el cerco que los soldados le tendieron para capturarlo y con un ojo morado, dos dientes menos y un profundo rencor en el corazón decidió, en ese preciso instante, que nadie gobernaría su vida y si así fuera, no sería el ejército. Meses atrás había participado en manifestaciones populares llevadas a cabo por la juventud universitaria de Huamanga e incluso durmió una noche en la carceleta al ser arrestado por participar en una marcha violenta. En esas horas escuchó de boca directa de los líderes estudiantiles los discursos, arengas y explicaciones que empezaban a hervir en su frágil imaginación. El mundo mejor que siempre había escuchado existía y valía la pena inmolarse por él. Cuando lo pusieron en la calle tenía claro el horizonte de su vida, el mismo que se refrendó la tarde que perdió a su amigo.
El joven Remiche, rebautizado como camarada Pablo, lidera una de las columnas de Sendero Luminoso. Junto a unos quinientos hombres incondicionales a Abimael Guzmán ha cumplido con el adoctrinamiento marxista-leninista-maoísta impartido en la propiedad de los padres de Augusta La Torre. Ese tiempo se granjeó el interés de Osmán Morote y de sus manos recibió la escopeta asignada por su valentía y efectividad en las prácticas de campo. El senderista será el lugarteniente de la camarada Norah en la primera acción de armas que el Partido Comunista- Sendero Luminoso lleve a cabo.
Abimael Guzmán Reynoso ha dejado la cátedra de filosofía y permanece en la clandestinidad. A raíz de los sucesos estudiantiles decidió mantener perfil bajo y con su esposa desocuparon la casa de la calle Tres máscaras. La pareja no mantiene paradero fijo y la noche los puede coger en un hotelucho del Cercado de Lima o en una vetusta casita ayacuchana. Se movilizan constantemente a fin de despistar a los miembros de Seguridad del Estado. El otrora líder universitario todavía no es considerado un elemento peligroso para el estado y encaja como un revoltoso con ideas trasnochadas, al igual que  los demás comunistas. Por el momento la policía desconoce los planes del mollendino y no le presta demasiada atención.
Luego de interminables charlas doctrinarias con el profesor Efraín Morote Best en las aulas de la Universidad San Cristóbal de Huamanga  Guzmán viajó a China. Junto a Augusta La Torre completó el ideario de Mao Tse Tung y a su cuarenta y cinco años de edad está listo para iniciar lo que ha denominado la guerra del campo a la ciudad. El matrimonio no sólo refrendó sus profundos conocimientos sobre la doctrina del dictador chino sino que también se especializo en la guerra de guerrilla, tácticas y procedimientos incendiarios. En las afueras de Huamanga, en una propiedad de su mentor ayacuchano, se reúne con los dirigentes fundadores de Sendero Luminoso y diseña los procedimientos para la insurgencia en la lucha armada, la misma que deberá nacer del poder del fusil y bajo la mirada prístina y dirección celestial de él mismo.
La imposibilidad de ser madre convirtió a Augusta La Torre en un útero seco y despiadado. La negativa natural de procrear le sirvió para volcar su odio en la humanidad. Los sentimientos de frustración y desprecio por la vida ajena la transformaron en el monstruo que Abimael Guzmán moldeó. El arma de guerra detrás de la sonrisa angelical no admitía dudas y desde el primer momento ella fue la llamada a encender la mecha de la revolución. El profesor rescató, de entre el corazón adolorido de su mujer, el instinto asesino que su cobardía le impedía practicar. Los padecimientos médicos crónicos que lo afectaban y que se descompensaban con las crisis emocionales siempre fueron modulados por su cónyuge. Nunca renunció a jalar el gatillo sino que lo reemplazó con el lapicero cargado de complejos. Para ensangrentar las manos tenía las delicadas de su mujer. Él las encallecería con los muertos reales de Augusta y con los que fallecerían por culpa directa de sus órdenes. Delimitó la relación con su esposa en dos franjas nítidas: él sería el criminal silencioso que no se ensuciaría con pólvora y ella el brazo armado de la revolución que pretendía iniciar en poco tiempo.

DOMINGO 3 DE FEBRERO DE 1980

Febrero en Ayacucho es sinónimo de carnavales. La ciudad está tranquila, han desaparecido las marchas y enfrentamientos entre la policía y los manifestantes de la universidad y está lista para festejar. Las vacaciones universitarias y escolares han dado tregua a las calles para que se llenen de comparsas, música y borrachos hasta el amanecer. El cabo Segundo Raymi, vestido de civil, disfruta un helado de moyuchi y se ha apostado, haciendo gala de su documento militar, en la primera fila de los portales que reciben la sombra del municipio. Otros como él se han desplazado por diferentes zonas y están camuflados con los espectadores. Tienen información de inteligencia que un movimiento subversivo mal identificado planea alguna acción de infiltración y proselitismo. Los militares desconocen la profundidad de la amenaza y solo han recibido órdenes de estar con los ojos bien abiertos y las orejas bien paradas.
El sol cae a plomo y las primeras comparsas dibujan el perímetro de la plaza de armas. El domingo pinta caluroso y ya los primeros estragos cerveceros empiezan a notarse. La confluencia de turistas nacionales y extranjeros completa el colorido de una de las dos fiestas clásicas de la ciudad. La otra es la que se festeja en semana santa. El monumento al Mariscal Sucre sufre el embate de chiquillos que intentan ganar altura sobre la grupa del caballo para tener una mejor visión del espectáculo. La policía los baja a varazos y se restablece la autoridad.
Seis individuos pertenecientes a Sendero Luminoso, irreconocibles para todos, incapaces de despertar sospechas, se han confundido en el gentío que se agolpa como procesión en los portales. Toman notas mentales sobre los efectivos policiales y cruzan miradas organizadas. Se desplazan y respiran en las nucas de los soldados de civil. Nadie se da cuenta del otro y siguen con sus actividades encubiertas.
Por el momento y aprovechando los días de carnavales, Abimael y Augusta se confunden entre los cientos de ayacuchanos que bailan en familia, asociaciones culturales y grupos improvisados. Tomados de las manos sienten en las palmas la sudoración de la adrenalina y empujados por una comparsa que se mete entre las vendedoras de chaplas y guaguas de canela, Abimael le dice a su mujer:
─Falta poco para que el Perú profundo sangre.
─Lo sé. El baño que derramaremos será imposible de secar.    
Abimael Guzmán y Augusta La Torre aprovechan que el torrente humano los libera y se apoyan en la pared para leer los titulares de los diarios del día anterior. Repasan las carátulas de El Comercio, La Prensa y Ojo y se enteran que el arquitecto Belaunde lidera las encuestas de opinión para las elecciones de julio. Augusta La Torre sonríe y le pide a su marido retirarse porque hay un par de jovencitos que hace rato los están mirando. Guzmán siente que su corazón da un brinco y tomándola de la mano vuelven a perderse entre el gentío. A mitad de cuadra, y seguro de estar a salvo de miradas sospechosas, se detiene  y mira a su mujer. La mirada profunda que Augusta le devuelve le dice que él está hecho para pensar y ella para la acción. ¿Qué sería de su vida sin su esposa? Se pregunta y la lleva a un cafetín a tomar Coca Cola helada.
A ciento diez kilómetros de Huamanga, apoderado por el río Pampas y a poco más de tres mil metros de altura, se levanta lo que una vez se llamó la quebrada de las moscas o “chuspi wayqu”. Ese capricho de la naturaleza caracterizado por aguas subterráneas sulfurosas que mataban a los animales de crianza y que permitían la proliferación de las moscas recibe el nombre de Chuschi, el pueblo donde nacieron Segundo Raymi y Néstor Remiche. Los dos palomillas crecieron juntos y se separaron cuando a Segundo el ejército lo levó y a Néstor lo enroló Sendero Luminoso. Durante dos años el cabo solo visitó tres veces a su familia, pues prefirió disfrutar sus días de franco en Quinua, Huanta o  bañarse en el río Huatatas. En cambio, Néstor vive con sus padres y por diez y ocho meses los engañó con la historia de estar aprendiendo carpintería en Cangallo, la capital de la provincia y ubicada a treinta kilómetros del pueblo. Durante ese tiempo conoció a Abimael Guzmán y a Augusta La Torre y con la boca abierta y ojos redondos escuchó la prédica subversiva. En su fuero interno está convencido que el Perú necesita un cambio radical de pensamiento social y que las políticas del gobierno militar son insuficientes para acortar las brechas sociales. Del mismo modo piensa que el próximo gobernante será un saludo a la bandera y tal como dice su maestro y guía, el Perú renacerá de entre los muertos causados por la revolución que liderará hasta convertirse en la cuarta espada del comunismo mundial.
Mientras Néstor se convence cada vez más de los cambios inevitables que el Perú debe tener, Florencio Conde Núñez está a la espera de la remisión del material electoral por parte del Jurado Nacional de Elecciones. El proceso electoral se desarrollará el domingo 18 de mayo El gobernador le ha prometido darle una mano de pintura al local para maquillarlo y celebrar la fiesta democrática. Por otro lado, el sargento del puesto policial le ha garantizado las gestiones para contar con efectivos para la seguridad. Un acontecimiento de esa magnitud, volver a elegir un presidente constitucional después del golpe militar de 1968, constituye la fiesta que han estado esperando. El responsable de la Oficina Electoral echa llave a la puerta, suspira emocionado por lo que avizora en el horizonte y va en busca de sus hijos para integrarse a la comparsa que su mujer ha organizado como parte de las autoridades locales. Los integrantes de la alcaldía, juzgado de paz, comisaría y escuela dibujarán las calles con las polleras azules con rojo y pañoletas blancas.
En la capital del Perú los barrios populares, embrujados por la grandilocuencia de Bedoya Reyes, por el discurso atiplado del arquitecto Belaunde, por los argumentos rasposos de Armando Villanueva o por la retórica incendiaria de Hugo Blanco, hicieron un alto y se dedicaron a festejar al rey Momo como antaño. Las persecuciones con mata cholas y betún se mezclaron con los globos llenos de agua sucia y el desenfreno fue tan manifiesto que las detenciones y heridos estuvieron a la orden del día. En la noche los salones del Club de La Unión, Club Nacional, Regatas Lima y Círculo Militar se perfumaron con chisguetes Amor de Colombina y huevitos de talco perfumado. En medio de elegantes fracs, antifaces y máscaras venecianas, las damas y caballeros del jet set limeño, el antipasto gagá, celebraron por anticipado alianzas soterradas, compromisos sellados con aliento alcohólico y distribuyeron el Perú como había sido antes de Velasco Alvarado. La antigua clase social dominante, los recuerdos latifundistas, la burguesía republicana y la extrema derecha se alinearon para pactar compromisos basados en los apellidos de alcurnia, tranquilizar a los militares que permitían retornar a la democracia, con constitución nueva incluida, porque si se molestaban sacaban los tanques a las calles y todos volvían a llorar a la playa y a vivir de los recuerdos. Así pintaba el escenario pre electoral. Los militares golpistas vieron que el país se les escapaba de las manos, y luego de llenarse los bolsillos con las expropiaciones, decidieron convocar a la Asamblea Constituyente de 1979. Fue presidida por el líder histórico aprista Víctor Raúl Haya De La Torre y bajo su presidencia se reemplazó a la antigua constitución por una que privilegiaba el Estado Empresario. El APRA firmó y la izquierda se abstuvo. La década perdida había culminado y el periodo de oscurantismo debía dar paso a días mejores. El arquitecto Fernando Belaunde asomaba la nariz como el candidato favorito para sentarse en el sillón de Pizarro. Todo indicaba que así sería e instauraría un gobierno democrático seguro, bien pensado y acorde con los planes interrumpidos en 1968. Para ello debía manejar con mano de hierro y guante de seda a los amigotes que ya empezaban a hablarle al oído. Si algo a favor tenía el ex presidente era experiencia. No se caracterizaba por ser un hombre de gran temperamento y mucho menos poseer genio explosivo. Sus detractores decían que era un candelejón, pero él estaba dispuesto, si los votos en las urnas lo ungían el 28 de julio de 1980 como Presidente Constitucional del Perú, a llevar al país hacia el primer mundo.

MIERCOLES 19 DE MARZO DE 1980

El cabo Segundo Raymi lee el documento que tiene en las manos. Es la resolución oficial por la cual el ejército peruano le da de baja y agradece los servicios prestados. Luego de dos años es licenciado y mientras el Gobierno Revolucionario de las Fuerza Armadas no entregue la presidencia, su estatus todavía le permite vanagloriarse de haber pertenecido al régimen dictatorial que rigió la vida de los peruanos durante doce años. Mientras empaca sus pertenencias personales en el morral de campaña recibe las palabras finales de quien ha sido su protector:
─Raymi, ten cuidado cuando salgas de este lugar ─aconseja el Técnico Chávez ─. No tenemos información precisa porque la policía es un cero a la izquierda. Mi comandante se la pasa hablando de un enemigo oculto, invisible, que quiere golpearnos.
─Algo he escuchado, mi técnico. Creo que se llama Sendero Ominoso.
─No importa el nombre. Cuídate si ves una hoz y martillo. Los comunistas son los peores del mundo.
─Lo tendré presente, mi técnico.
El abrazo fraternal sella la amistad labrada dentro de esas paredes y el chuschino sabe que tiene un amigo incondicional. Se cuadra delante del militar y se despide con el saludo gallardo y choque de tobillos. Ya no calza  botas sino ojotas de jebe. Segundo Raymi no es mayor de edad y no tiene Libreta Electoral. Las elecciones generales las verá desde los periódicos atrasados que llegan y ha prometido a su tío Florencio ayudarlo con las ánforas y padrones lectorales.
En el paradero de ómnibuses, Segundo Raymi se embarca en un vehículo que lo llevará hasta Cangallo y ahí buscará la caridad de algún conocido que lo autorice a trepar al camión que lo acerque a Chuschi. En la vereda del frente, de una camioneta desvencijada desciende Néstor Remiche y tres pasajeros más. El tráfico de costales de frutas y verduras, el arreo de carneros y vacas y los estibadores disputándose la clientela impiden que ambos amigos se localicen. El camarada Pablo, enfundado con un poncho de lana de llama y chullo similar, es seguido de cerca por los tres que descendieron. Rápidamente se pierden en las callejuelas circundantes y enrumban los pasos hacia el Arco de San Francisco. En la cuadra 2 de la avenida 28 de Julio llaman a la puerta y tras unos segundos la puerta se abre. Con profunda reverencia saludan a la mujer que los invita a pasar. La camarada Norah los lleva hasta la planta del segundo piso.  Las ventanas entre abiertas y las cortinas corridas permiten que la luz solar se desparrame tenuemente por la habitación. En una de las esquinas un sillón marrón aloja el trasero de Osmán Morote, quien lee distraídamente el Diario de Marka. Néstor se acerca para saludarlo y recibe un apretón de manos cariñoso. Los cuatro están de pie observando un cuadro de Mao Tse Tung. Están absortos en la contemplación que ignoran el ruido de los pasos del camarada Gonzalo. El carraspeo de Morote los regresa a la realidad y el cuarteto reverencia al líder senderista. Norah regresa con una jarra de refresco y dispone la mesa para la sesión que van a tener. De un escaparate saca planos, fotos y cuadernos con anotaciones.
Elena Iparraguirre, camarada Miriam, retorna del mercadillo cercano, abre la cerradura y se pierde en los vericuetos del primer piso. Le anuncia a Norah su llegada e informa que iniciará los preparativos para el almuerzo. Norah agradece y le comunica que por el momento está ocupada con su marido. El odio que la iqueña siente por la ayacuchana pasa desapercibido para Abimael Guzmán. La camarada Miriam abandonó en Lima a su marido e hijos para enrolarse en la lucha armada. Se considera una de las fundadoras del partido y miembro del Comité Central. La animadversión hacia la mujer de Guzmán se manifiesta calladamente y el rencor visceral que le profesa lo disimula ante los ojos del líder. La hipocresía y cuchillos escondidos anidan en su corazón y esperan el momento oportuno para clavarlos en la mujer que ha encantado al amor de su vida, Si es posible le gestaría el hijo que la otra nunca ha podido. Separadas por un par de años de edad, menor que Norah y no tan bonita como ella, Miriam ha recibido algunas miradas y gestos de Gonzalo. Esos detalles sutiles le alegran el alma y la mantienen esperanzada.
Fuera de la vivienda, el ambiente electoral se vive con frenesí y los candidatos a diputados luchan por las preferencias electorales. Han asaltado la ciudad con pancartas, afiches y caravanas con altavoces. Al departamento de Ayacucho le corresponden cuatro escaños en la cámara baja y Capelleti, Galindo, Paredes y Parodi son los que más fuerza tienen en el electorado. El primero pertenece al APRA y los otros a Acción Popular.

DOMINGO 4 ABRIL  DE 1980

La semana santa en Ayacucho es la festividad cultural y religiosa más importante. Es una muestra de la cosmogonía ayacuchana en la que se mezcla la fe católica con costumbres andinas. Es una fiesta que dura diez días y el viernes santo representa uno de los momentos trascendentales. La población la celebra en el departamento y por extensión el país.  
Néstor Remiche y los tres que desembarcaron con él en el paradero de ómnibuses constituyen el primer pelotón de aniquilamiento que ha formado la camarada Norah. Por ahora son cuatro jóvenes entusiastas y algo confundidos a pesar del adoctrinamiento draconiano en Iribamba. Los une la devoción ciega por el presidente Gonzalo y están dispuestos a dar la vida por el partido. Augusta La Torre los ha entrenado en el empleo de armas, elaboración de explosivos caseros y métodos de camuflaje e infiltración. Los cuatro serán los encargados de ejecutar, junto a ella, la primera acción armada de Sendero Luminoso.
Abimael Guzmán, estratégicamente ubicado en uno de los portales de la plaza de armas y vistiendo terno oscuro, lentes de carey gruesos y sombrero discreto, abraza a Augusta y parecen dos limeños venidos a disfrutar de la religiosidad del momento. A unos metros a su derecha se ubica Elena Iparraguirre vestida con blue jean, blusa de popelina y el cabello amarrado con una pañoleta de seda barata. La profesora conversa con Osmán Morote, que hace lo indecible para no ser reconocido por viejos amigos. Néstor y sus camaradas están apostados en la esquina contraria y no les pierden la vista. Bajo su poncho guarda un revólver cargado con seis balas y los demás llevan cuchillos de matarife al cinto.
El santo Sepulcro ya salió de la iglesia de Santo Domingo y la procesión se acerca seguida por cientos de dolorosas enfundadas en riguroso luto. A la altura del portal municipal la Tuna de la Universidad San Cristóbal interpreta en quechua la canción “Apuyaya Jesucristo”. El Comité Central del Partido Comunista Sendero Luminoso se persigna y reafirma su catolicismo.
En Chuschi, el amanecer muestra a las principales autoridades maltratadas por el exceso de cerveza, aguardiente y chicha de molle. La festividad del jueves santo les permitió matar dos carneros, asarlos al palo, hacer sopa de cabeza y sancochar papas con romero y chincho. La mazamorra de calabaza empalagó los paladares y a la medianoche se fueron a dormir cuando las provisiones alcohólicas se agotaron. Al mediodía tienen planeado abordar el camión de Celestino Huaranga para salvar los treinta kilómetros que los separan de la capital de la provincia y alinearse con sus pares vecinos para elevar oraciones por la Virgen de la Asunción. Si su Mamacha Asunta ilumina a los peruanos, en pocas semanas elegirán un buen presidente que los saque de la miseria, abandono y olvido. En ese camión viajará Segundo Raymi para encontrarse con el hijo de su protector en el Cuartel Los Cabitos, licenciado como él. Y si la suerte está de su lado, es probable que vuelva a abrazar al técnico Chávez y se tomen unas cervezas

SABADO 17 DE  MAYO DE 1980

El domingo 18 de mayo de 1980 el Perú volverá a las ánforas. En 1963 fue elegido el arquitecto Fernando Belaunde Terry.  El 3 de octubre de 1968 el general Juan Velasco Alvarado encabezó el golpe de estado que interrumpió su mandato constitucional y lo deportó a Argentina. Belaunde había fracasado en la reforma del estado y en la nacionalización del petróleo. Además fue incapaz  de resolver conflictos sociales y no combatió con firmeza la insurgencia de grupos guerrilleros. Para colmo de males el reciente escándalo de la pérdida de la página 11 del contrato de la Brea y Pariñas y un congreso dominado por el APRA que censuraba ministros precipitaron el acontecimiento golpista. El Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada quebró el estado de derecho, enarboló las banderas de la dictadura, terminó con las libertades individuales y llevó al país hacia el estatismo. El 29 de agosto de 1975 el general Francisco Morales Bermúdez encabezó desde Tacna el golpe de estado que derrocó a Velasco. Se inició la segunda fase del Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada. Los paros y movilizaciones regionales, especialmente el paro nacional del 18 de julio de 1977 obligaron a los militares a convocar a la Asamblea Constituyente, presidida por Víctor Raúl Haya de La torre y a elecciones generales para el 18 de mayo de 1980.
El arquitecto Fernando Belaunde Terry ve con optimismo este panorama. Si Dios y el pueblo le dan la oportunidad puede ganar las elecciones e inaugurar su segundo mandato presidencial. Confía en el romanticismo peruano y en la simpatía que despierta en las damas. La mayoría ve con buenos ojos que el destino y la vida le den una segunda posibilidad.
El sábado 17 de mayo, Alejandro Galindo, gobernador de Chuschi, acompañado de un par de policías encargados de la seguridad del local y alrededores y Antonio Cayllahua inspeccionan el local de la Oficina Electoral. Florencio Conde Núñez les muestra los padrones y ánforas de diez mesas electorales. Suman en total dos mil electores, la mayoría analfabetos. Es la primera vez en la historia del Perú que los iletrados votarán. De la parte posterior de la vivienda surge Segundo Raymi. El flamante licenciado está  premunido de escoba, trapos y balde con agua. Saluda a los visitantes y sale para barrer el frontis del local y desmanchar las paredes recién pintadas. En la vereda cruza miradas con su antiguo profesor Bernardo Azurza y lo saluda con una discreta inclinación de cabeza. El profesor de secundaria detiene su marcha y finge amarrarse los pasadores para escuchar.
La máxima autoridad de Chuschi dispone algunos cambios que agilizarán el proceso a iniciarse a las ocho de la mañana del domingo 18.  Diodora Conde, esposa de Florencio, irrumpe en la Oficina Electoral y ayudada por sus hijos Bernardo y Julio César, de catorce y diez años de edad respectivamente, acomoda en el piso el pellejo de carnero y arma el lecho con frazadas para que su marido duerma ahí esa noche. El gobernador ve con satisfacción estos preparativos y palmotea a la mujer en la espalda. Es un agradecimiento tácito que expresa en nombre de Chuschi. La presencia de Florencio, vigilando y cuidando el material electoral, es garantía para que los chuschinos voten con confianza.  La comitiva se disgrega y Florencio agradece a Segundo Raymi la cooperación. El cielo del mediodía luce encapotado y anuncia lluvia al atardecer.
Contra todo pronóstico no llueve sino que de la puna baja un aire frío, diferente. Las ráfagas ululantes se mezclan con las campanadas de las seis de la tarde y Chuschi se encierra en sus paredes para prepararse para el acontecimiento de su vida. Florencio Conde despierta de la siesta y dirige sus pasos hacia la Oficina Electoral. Ha tomado muy en serio las recomendaciones finales de don Alejandro y necesita verificar una vez más el manual de procedimientos. A una cuadra de su destino es interceptado por un primo que lo invita a libar licor. Florencio acepta de buen gusto y confía en su buena cabeza. Unos tragos no lo marearán y se retirará a dormir tranquilo. Sin embargo, ocurre lo contrario. Florencio se emborracha y es llevado a rastras hasta su casa. Diodora llama la atención al pariente y lamenta la debilidad de su marido. A empellones lo acuesta sobre el sillón de la sala y espera que el frío de los andes que se cuela por las rendijas de la puerta lo escarmiente y amanezca con dolor de cabeza. Es casi medianoche y la taquicardia impide que concilie el sueño. La mujer, angustiada porque la oficina está abandonada y desprotegida, levanta a sus dos hijos y los lleva corriendo hacia el local. Abre la puerta, les da la bendición y los deja acostados sobre los pellejos de carnero. Retorna sollozando al hogar y lo único que piensa es en la estupidez que su hombre acaba de cometer. Si el gobernador se entera o el domingo algo sale mal, a lo mejor termina preso o despedido. Qué vergüenza para la familia, rompe en llanto con la almohada ahogándole las narices.

DOMINGO 18 DE MAYO DE 1980

En la madrugada del 18 de mayo de 1980, Bernardo y Julio César Conde son despertados por los golpes secos y autoritarios que remecen la puerta de la Oficina Electoral. Los niños se asustan y el menor rompe en llanto. Al otro lado de la puerta la voz decidida de una mujer los conmina a abrir.
─No puedo abrir, mi papá se molestará ─responde envalentonado Bernardo.
Unos segundos de silencio y la puerta cede bajo la fuerza de un puntapié. Los hijos de Florencio se acurrucan contra la pared posterior y la luz de una linterna deja ver la presencia de cuatro siluetas con pasamontañas. Una de ellas es de mediana estatura, delgada y de movimientos gráciles. Es la que porta el aparato de luz y revisa el local, buscando el material electoral. Lo ubica y con señas ordena que lo tomen y coloquen en costales de yute. Constata que no falta nada. Abre la puerta para salir y las bocas de tres fusiles FAL bloquean la salida de los asaltantes. El más fornido domina al más delgado y le quita  la pistola que esconde en la parte posterior del pantalón. Lo sujeta del cuello y no deja de apuntarle en la frente. Los demás son reducidos en silencio y al más encabritado le parten el pómulo con un golpe de puño. Obligan a los cuatro a echarse en el suelo y los glúteos del más flaco sobresalen nítidamente. El encapuchado fornido lo levanta para descubrirle el rostro. La penumbra de la habitación revela el rostro de una hermosa mujer, contraído en un rictus de amargura. Sus ojos centellean y acepta la derrota elevando el mentón en aire de superioridad. El fornido le da a entender, con la mirada asesina en los ojos, que es el dueño de la situación y que su vida como la de sus secuaces pende de un hilo. Y él la puede cortar en cualquier momento. La belleza que despliega la mujer en cada paso es digna de mejores caminos. No se ha efectuado un solo disparo y con excepción de los niños, no hay testigos. Se les ordena volver a casa para traer a su padre y arregle el alboroto causado por los intrusos. Transcurridos diez minutos Florencio Conde aparece despeinado, bamboleándose y apestando a aguardiente. El fornido le coloca la punta del cañón del fusil en el pecho y lo amenaza de muerte. El encargado de la Oficina Registral jura por la memoria de sus padres que siempre estuvo en el local y que el silencio de sus hijos debe ser garantía de vida.
Segundo Raymi y su compañero de cuadra, el hijo del Técnico Chávez, han perdido en la confusión al quinto integrante del comando de aniquilamiento. El camarada Pablo logró escabullirse y salvar el pellejo. Tendrá que esperar el momento oportuno para encontrarse con el profesor Azurza e informar al presidente Gonzalo del fracaso. Los Chávez, Raymi y dos efectivos más venidos desde la base de Cangallo llevan a los prisioneros a una camioneta pick up que aguarda en las afueras del pueblo. Los terroristas son embarcados y parten con rumbo hacia una de las cañadas de Cuspiqallacta.
El técnico Saturnino Chávez conduce la camioneta y junto a él viajan su hijo y Segundo Raymi. En la tolva están hacinados los cuatro terroristas con los rostros vendados, bocas amordazadas y manos y pies amarrados. Los dos sargentos venidos de la base de cangallo no dejan de apuntarlos pese a la incomodidad del trayecto. En la cabina el técnico fuma sin parar y es necesario que las ventanillas permanezcan abiertas. La helada que se mete los hace tiritar pero sirve para que el veterano militar aclare la mente y calibre el peso de la acción que acaban de realizar. En el cuartel Los Cabitos es técnico de cargo del comandante de Inteligencia y a través de los documentos que tramita está enterado de los movimientos izquierdistas del país. Hay uno que llama la atención por escapar de lo tradicional. La propaganda incautada y las notas de inteligencia de la Policía de Investigaciones corroboran el temor del alto mando. El cuaderno encontrado en una batida estudiantil, perteneciente a un tal camarada Pablo, corrobora el peligro maoísta del denominado Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso. En su modesto entender, la traición al interior de tal partido es prueba fehaciente que no están bien estructurados y que es mejor cortar por lo sano. El operativo llevado a cabo en horas de la madrugada no lo conoce ni su comandante. Ha sido hecho a iniciativa propia para determinar la veracidad de la delación. El hecho se concretó y debe acabar lo iniciado. Las páginas del cuaderno encontrado hablan de lo sanguinario que puede ser el movimiento subversivo. La metodología va desde la violación sexual hasta el ajusticiamiento con arma de fuego, degollamiento y muerte por objetos contundentes como picos, palas, martillos, piedras, etc. El técnico Chávez afronta el dilema de su vida.
Al amanecer la camioneta arriba al sitio escogido. Los senderistas descienden y a los tres varones les entregan palas. Cavarán la fosa donde sus cuerpos serán enterrados para la eternidad. Resignados profundizan el hueco. Cuando a Chávez le parece que la hondura es suficiente para que la naturaleza no los expectore o salgan los malos olores que llamen a los carroñeros, los colocará de rodillas, mirando el fondo. Llamará a su hijo y sobrino de cuartel y les entregará la pistola Browning decomisada a la mujer.
El momento llega con el alba. Uno de los militares de Cangallo se dispone a fotografiar los sucesos.
─Nunca mataron en actividad, háganlo ahora que son civiles.
El hijo de Chávez ejecuta a los dos primeros y deja los otros para su compañero de promoción… Raymi le vuela la cabeza al tercer hombre y antes de disparar sobre la nuca de la mujer, el técnico se le acerca y mirando los ojos hermosos que se cerrarán le muestra un papel.
La camarada Norah reconoce la caligrafía pulcra de la profesora y lee con nitidez: “Madrugada 18 mayo, atentado en Oficina Registral de Chuschi”.
Augusta La Torre se atraganta con el nudo en la garganta que le impide vivar a la lucha armada y el disparo que le abre el cráneo en flor retumba en el silencio de ese paraje ayacuchano. Segundo Raymi abraza a su padrino y agradece que Chuschi no sea etiquetado como un pueblo colaborador de Sendero Luminoso. Jamás tendrá el estigma de ser terruco y en ese amanecer la historia del Perú cambia. Por ahora tienen que ir a desayunar y regresar para festejar el proceso electoral de 1980.
Uno de los candidatos ganará la banda presidencial y tendrá delante de él un país tranquilo, en paz. No habrá terrorismo.

DOMINGO 27 DE JULIO DE 1980

Abimael Guzmán Reynoso reposa al lado de Elena Iparraguirre. Están alojados en un hotel del centro de Lima. Se han registrado con nombres falsos y libretas electorales adulteradas. Figuran como un matrimonio de comerciantes provenientes de Matarani y permanecerán en Lima para la asunción de mando del arquitecto Fernando Belaúnde Terry como presidente constitucional de la república. Luego proseguirán viaje hacia Ica, donde la profesora tiene familiares. Al líder de Sendero Luminoso le tomó quince días enterarse  de la debacle sufrida en Chuschi. Los días previos a la noticia, la psoriasis que lo aquejaba se exacerbó transformando su piel en un manto rojizo descamativo y pruriginoso. Fue visto por un médico militante y permaneció varios días dopado para controlar el estado de ansiedad que lo tumbó en la cama. A comienzos de junio el camarada Pablo llamó a la puerta de la casa de 28 de Julio para entregarle la peor noticia de la vida. Su mujer había sido capturada junto con los otros tres que conformaban el pelotón. El muchacho, escuálido como una espina, vivó esos días a salto de mata, escondiéndose porque veía fantasmas en todas partes. Vendió la escopeta para subsistir.
El ex profesor de filosofía perdió el conocimiento al enterarse de los detalles. Al despertar no entendía cómo el plan había fallado y menos comprendía la captura de su mujer. El Comité Central del partido estaba incompleto y la serenidad y buen juicio que caracterizaba a Guzmán se perdió con los días. Deprimido, encolerizado y obnubilado por momentos parecía un alma en pena y fue incapaz de reaccionar. Se enclaustró en el mutismo que lo gobierna actualmente. Si para Guzmán el mundo revolucionario soñado empezó a desmembrarse aquella primera semana de junio, se terminó de venir abajo cuando una mañana Elena Iparraguirre halló bajo la puerta de la casa las fotos que daban fe de la ejecución de Augusta. La sucesión de imágenes exhibía su cuerpo enterrado en una fosa común junto a sus camaradas y era tan convincente que no admitía dudas.
Guzmán destrozó los objetos cercanos y fue oportuna la intervención de Morote para derribarlo de un golpe en la cabeza y tranquilizarlo. Repuesto de la contusión, con ojos vidriosos y lágrimas que caían sin pedir permiso, lanzó la verdad que los obligó a dejar Ayacucho:
─Nos vamos de este pueblo de mierda. Sin Augusta no soy nadie y su muerte es solo un recodo en el camino.
A la mañana siguiente, convencidos que la policía estaba tras ellos y que su captura era inminente, abordaron un carro hasta San Francisco. Ahí los esperaba una avioneta que los llevó hasta Pisco. En pleno vuelo, Abimael Guzmán Reynoso se convenció que el proyecto iniciado en 1969 no tenía lugar en el Perú de 1980. A la primera de bastos su intentona de declararle la guerra al estado había fracasado y el delirio de grandeza que lo perseguía  dormiría bastante tiempo mientras recomponía su estrategia. Había ordenado a sus huestes mantenerse en ensueño, guardar perfil bajo, caminar a la sombra de las paredes y no exponerse. Era prudente retroceder un paso para depures dar dos hacia adelante. A los cuarenta y cinco años de vida, creía firmemente que tendría una segunda oportunidad. No sabía cuándo la concretaría. ¿Un par de años, cinco, diez? El tiempo lo diría porque estaba seguro que el nuevo mandatario no haría gran cosa por el país y por el contrario ahondaría la crisis. Cuando el Perú se hubiera convertido en una olla a presión, él emergería como la cuarta espada y el pensamiento Gonzalo renacería de entre las cenizas traidoras que acababan de mandarlo al infierno.
En San Isidro doña Violeta Corre revisa el discurso que su esposo dirigirá a la nación al día siguiente. Sonríe mientras fuma el enésimo cigarrillo y le da el visto bueno. En la sala el arquitecto departe con Manuel Ulloa y afinan los nombres de los ministros que faltan para conformar el primer gabinete. Acción Popular alcanzó el 45 % de la votación general, consiguiendo veinte y seis senadores y noventa y ocho diputados. La alianza con el Partido Popular Cristiano le garantiza la tranquilidad de ambas cámaras legislativas y podrá maniobrar a pesar de la oposición aprista.
El presidente electo lee el plan de gobierno de su primer ministro y asiente con la cabeza. Lo despide y se queda mirando por la ventana que da al Golf. Es la oportunidad dorada, piensa mientras se acaricia la nariz, de llevar al Perú a la modernidad del siglo XXI. Es verdad que los militares nos la dejaron complicada, recuerda al tiempo que masajea las cejas frondosas, pero el país es más grande que sus problemas. Los milicos se aburrieron, la fregaron y ahora se retiran a sus cuarteles de invierno hasta la próxima. Por lo demás, reflexiona espantando una polilla que se ha metido por la ventana, el país está tranquilo. Es cierto que hay descontento social y con un poco de muñeca enderezo el asunto. Los ecuatorianos están medio picones, recuerda rascándose la oreja derecha, pero que no vengan con idioteces porque les suelto los perros.
─Tengo todo para hacer del Perú un país enorme, moderno, con educación, salud, bien alimentado y lleno de carreteras ─le dice a la primera dama que se ha acercado con una taza de café.
─Es cierto Fernan.
El arquitecto sabe que en el Perú profundo, salvo uno que otro abigeo que joroba en la serranía, el piso está parejo y más tranquilo que agua de pozo.