Autor:  Luis Ghandi Rojas Arias

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Con la fuerza incandescente de sus corazones, los indios comienzan a tocar sus pinquillos y sus bombos de cuero de llama, nadie sufre ni llora, y sé que están cerca. No sé qué será de nosotros.

Dicen que traen delante de su sequito la cabeza empalada del cacique de Chinchero y sus lugartenientes, sus caballos blancos como la nieve chapotean en la sangre de todos los que defendieron con honor este maravilloso y fiel pueblo.
¿¡Debería tratarlo de señor? ¿Debería tratarlo de Inca? ¿Poder mirarlo a los ojos? Dios nos tenga confesados, no hay más batallas hoy por pelear, todo fue un engaño, nunca se fueron al Collao a traer más tropas, solo Andres se marchó con indios débiles, los aymaras no eran de fiar para nadie.

Los últimos hombres fieles al rey llegan heridos a este convento, ha sido una masacre de indios, españoles y negros, pero todos cantan alegres, no entiendo cómo pudieron matar a su propia gente y como hoy alegres ingresan a esta ciudad.

Se oyen más fuertes los sonidos de esos tambores que están quebrando mi corazón. Ya logro verlo. Es el demonio, con su cabellera larga, se ve más fuerte que cuando lo vi por última vez, se ve más señorial, más inmortal, los indios no se atreven a mirarlo a los ojos, el antiguo dueño ha vuelto por sus tierras, sé que moriré esta tarde, pero no moriré en sus sucias manos, no moriré empalado por estos indios, esta tierra nos la ha dado Dios, y Dios volverá a devolverla, pero sé que no será hoy día.

Culminado esto el Obispo Moscoso, subió a lo más alto del campanario del convento de Santo Domingo a ver por última vez su amado Cusco, y se lanzó al vacío, Túpac Amaru ha ingresado al Cusco, la suerte está echada, El Dios de los cristianos los ha abandonado.

Deus Vult!!- gritó.

Una pulpa de carne embardunado en sangre, fluidos y el hábito dominico encontró el inca al ingresar al antiguo hogar de sus antepasados.

El solemne Inca pasó su caballo por encima.