Autor: Nicomedes Juan Cortéz Beltrán

Sentado ante su enorme escritorio de oscura caoba, al cual guardaba un afecto sentimental nacido de su larga posesión, el anciano y enérgico presidente hojeaba, con mucho cuidado, uno de los periódicos del día, los mismos que habían sido depositados de una manera ordenada sobre el vetusto y venerable mueble, mientras esperaba la llegada de todo su equipo de edecanes y asistentes a quienes, mediante una orden directa y sin atenuantes, había prohibido molestarlo antes de las ocho de la mañana con quince minutos. Pasada esa hora, había remarcado, constituía una falta grave que no se le comunicara que todo el equipo estaba listo para iniciar labores. Era una orden presidencial y él, como veterano militar, consideraba que estaba adecuadamente planteada y sustentada para una realidad sociohistórica especial y única la cual, pese a ser la suya, sentía que casi era un préstamo u oportunidad que debía pagar a la vida. Las noticias de esa nubosa mañana no eran nuevas en su panorama de gobierno, pero no por ello dejaban de ser molestas.

De acuerdo con los medios de prensa del momento, distintos departamentos del interior estaban enviando a sus autoridades, como emisarios plenipotenciarios, a la ciudad capital para presentar sus reclamos al gobierno central y eso no decía algo bueno de la gestión de la cartera ministerial a cargo de la remesa de fondos para los distintos proyectos que se estaban llevando a cabo. En tal sentido, era necesaria una inmediata acción correctiva de tipo administrativo. La actual era una situación de la cual él estaba plenamente enterado y, por el mismo motivo, causaba su molestia puesto que con ella se estaba poniendo en duda su decisión de cambiar al país luego de derrotar y erradicar a los que, en su ácida opinión, habían demostrado ser unos timoratos ante la historia y por ello se “habían vendido por un plato de lentejas ofrecido por el enemigo invasor”, el mismo invasor engreído a quien él había vencido, usando la perseverancia y la habilidad, en el campo militar y en el marco político internacional.

El costo, él habría de reconocer siempre, había sido enorme para el país y también para su persona puesto que había recibido tantas heridas como batallas había dirigido y, en los años de lucha, había envejecido mucho, demasiado según su comprensiva esposa. Sin embargo, su mente era tan aguda como siempre lo fue y su habilidad, para analizar y llegar al meollo de los asuntos que se ponían a su alcance, ya era legendaria y temida en los medios gubernamentales. No obstante, el presidente sabía que la suya era una posición solitaria de poder y en la cual tenía muy pocos confidentes y aún tenía, frente a sí, un pequeño problema no oficial que debía ser solucionado en el transcurso del día si no deseaba una escena de hilarante exigencia familiar.

En esos momentos, él estaba completamente vestido (ayudado por su diligente esposa) y mientras esperaba el ingreso de todo su equipo de trabajo, él procedió a hacer un ligero recuento de los acontecimientos que habían cambiado su vida y, al mismo tiempo, la vida de todos los ciudadanos quienes, a pesar de ser adeptos o detractores a su gestión, le reconocían un gran mérito, sumamente valioso y escaso en muchas realidades políticas: su genuino amor por la Patria. Reposado y en silencio, sentado ante su escritorio, él cerró sus ojos y, sin esfuerzo alguno, recordó que una de las primeras acciones que motivaron la gran polarización de la opinión pública sobre su persona, fue su completo rechazo al tratado que un sector político nacional había acordado con las tropas invasoras: eso motivó que se le considerada un insurrecto al orden institucional que representaba el personaje que firmó el repudiado tratado. Sin embargo, fue su dura respuesta a la orden que se le dio, la de acatar lo acordado con el invasor, lo que le valió un respaldo mayoritario de las poblaciones citadinas y rurales: él jamás vendería la paz de su conciencia por un tratado que mutilaría y vendería el cuerpo de su Patria, una tierra por la cual muchos habían derramado sangre y experimentado dolor. Indignado, él rechazó el abyecto tratado y se sublevó, enfrentándose a sus opositores coalicionados (el enemigo fue apoyado, inicialmente, por soldados de su propio país), derrotándolos sucesivamente en los campos de batalla al tiempo que lograba más adeptos a su causa, muchos de ellos salidos de entre las filas de sus adversarios nacionales.

La suya fue una genial campaña militar de desgaste y de acoso a sus contrarios y se apoyaba en una población que lo admiraba puesto que él hablaba a la perfección la lengua andina con la cual se comunicaba y con la que se había criado, el quechua y las gentes del campo lo consideraban uno de los suyos, un ayacuchano patriota. Al final, había capturado, juzgado y sentenciado públicamente al impulsor del denigrante tratado de sumisión, así como al grueso del cuerpo de oficiales del ejército invasor, tras lo cual consiguió recuperar todo el territorio que el país había perdido inicialmente y, apoyado por fuerzas aliadas del otro país agredido, había hecho retroceder las pretensiones territoriales del derrotado invasor más allá de sus límites originales, invadiendo parte del territorio enemigo y ganando la admiración de propios y extraños ante la evidencia de su habilidad militar. El triunfo militar le significó el inmediato ascenso al poder mediante elecciones en las cuales derrotó, ampliamente, a sus opositores.

El otro acto inmediato que llevó a cabo como avisado y práctico político, aunque él siempre diría que era una simple visión comercial, fue negociar con todos los inversionistas extranjeros que estaban trabajando en aquellos territorios recuperados, ricos en recursos y ofrecerles todas las garantías legales del caso y unos estímulos tributarios que no podían rechazar puesto que los mismos garantizaban un gran beneficio para las partes involucradas. Como punto final, procedió a firmar un acuerdo militar con el otro país que también había sido afectado por el invasor y le ofreció un préstamo para reforzar su presencia política y comercial en el territorio que se había recuperado y que le correspondía desde antes del conflicto. Al mismo tiempo aseguró el resguardo de ambos territorios, (el del país aliado vecino y el suyo propio), mediante el uso de las fuerzas armadas de su país como garantía, las cuales estaban dirigidas por viejos y confiables camaradas suyos.

En la práctica, el país beneficiado sería el suyo propio porque los territorios del país aliado servirían de zona de amortiguamiento en caso de un posible futuro conflicto con el derrotado enemigo: sus fronteras ahora quedaban más lejos y había un país aliado de por medio, sin tener en cuenta los territorios ocupados al enemigo vencido. Además, ofreció a su aliado la posibilidad de retomar la figura de una confederación política entre los dos países vencedores (aunque él bien sabía que el suyo había sido el único vencedor) y, en esos momentos, el tema estaba siendo analizado por los dos Congresos y el proyecto tenía muy buenas perspectivas de realización.

En el tema de la educación, él planteó al Congreso la completa modernización de la misma y la enseñanza obligatoria del quechua como segunda lengua oficial en todo el territorio nacional. La última propuesta fue aceptada con algo de resistencia debido a lo novedoso de la idea y por la creencia de los habitantes de las ciudades quienes consideraban válida solo la lengua materna que poseían, el español. Sin embargo, la idea finalmente se impuso puesto que en la misma ciudad capital circulaba un periódico que se publicaba en quechua, aún con algunos errores, pero eso era algo que cambiaba el sentir en una urbe en crecimiento que aún olía a velas de los virreyes y cuyas calles parecían dormidas salvo por el sonido de las ruidosas carrozas y, últimamente, los ocasionales estrépitos causados por algunos vehículos de motor, cuya novedosa aparición siempre era causa de agitación entre transeúntes y curiosos.

Pero el presidente fue incluso más allá de las costumbres imperantes en el sistema administrativo gubernamental, porque algunos de sus asistentes en el Palacio de Gobierno, eran quechua hablantes nativos a quienes se había solicitado, expresamente, brindar sus servicios al gobierno de turno que él encarnaba. En cuanto a los vehículos de motor, él los miraba con desconfianza puesto que, en su opinión, era como estar sobre una sonora caldera que siempre estaba tosiendo, amenazando con explotar.

Su pragmática política en materia de defensa nacional, la misma que manejó para fortalecer no solo el sector de la frontera que fuera recuperado sino otras áreas de gestión estatal, se sustentaba en que los recursos necesarios para la seguridad nacional se obtuvieran de ingresos directos, todos ellos provenientes de la explotación minera que se hacía en los territorios salitreros, ahora recuperados para el Estado y con participación de empresas privadas, dejando de lado cualquier política estatal de producción o de intervención. Siguiendo esa línea de pensamiento, él afirmaba que del mismo cuero deberían salir correas, traíllas y también los látigos, por lo cual procedió a armar una escuadra naval que era la más poderosa de la región, bajo la consigna de emular el comportamiento del más grande marino de su Patria, Miguel Grau, usando los ingresos fiscales derivados de las actividades mineras y su política de puertos libres.

Cuando el gobierno del país enemigo, ahora derrotado, solicitó la devolución de su cuerpo expedicionario que en ese momento se encontraba prisionero, (en realidad, el presidente había esperado llegar a esa situación, conociendo la idiosincrasia del enemigo), él había contestado a la petición, que más parecía una exigencia o un ultimátum, con el inmediato fusilamiento de la mayoría de los oficiales cautivos y procediendo luego a devolver los cuerpos “envueltos en madera”, solo usando buques de carga de países neutrales (aunque él siempre afirmó y no se equivocaba, que la supuesta neutralidad era tan solo una declaración o excusa para no perturbar las conciencias de quienes la proclamaban a los cuatro vientos). El sustento que dio a su acción fue que los ajusticiados habían cometido terribles crímenes de guerra y, por lo tanto, merecían morir porque a esa conclusión habían llegado los imparciales jueces que vieron los distintos casos de excesos y las innumerables denuncias de tropelías, abusos y ensañamiento llevados a cabo por los engreídos invasores contra la indefensa población nacional. Asimismo, el presidente declaró que todos los soldados enemigos prisioneros permanecerían cautivos, incluyendo los oficiales sobrevivientes, para resarcir parte de la destrucción que habían causado al país, mediante trabajos forzados a realizarse durante tres años y remarcó que, si a los afectados no les gustaba la decisión, el Estado (en realidad era él), no gastaría palabras ni recursos para convencer a nadie de lo contrario: usaría soluciones expeditivas, definitivas y sin retorno.

El modo en que respondió a la petición del enemigo vencido, (el cual protestó a más no poder, pero pronto todos sus reclamos fueron acallados posteriormente ante las evidencias de los abusos cometidos por sus tropas durante el conflicto), le ganó la aprobación de muchos tanto al interior como al exterior de las fronteras, aunque muchas de las palabras de apoyo a su gestión, provenientes del exterior, solo fueron informales y a título personal, extraoficialmente. No importaba, a él le bastaba saber que, por un buen tiempo, el enemigo vencido no tendría recursos para atreverse a molestar y, mientras tanto, su propio país se estaba rearmando de manera vertiginosa.

En su política interior tuvo algunos desencuentros con el clero local, pero logró remontar la situación y plantear la posición del gobierno de manera clara cuando le dijo al visitante Nuncio Apostólico, en un relajado almuerzo protocolar, que él jamás pensaría que los miembros de los distintos estamentos del Estado podrían oficiar misas dominicales, como tampoco creería que los sacerdotes pudiesen formar reclutas. El espinoso asunto acabó cuando su gobierno envió una carta a Su Santidad, en Roma, solicitando su bendición para un país el cual, pese a los estragos sufridos por la guerra, mantenía viva su fe, tenía una gran devoción y un respeto absoluto al representante de la Iglesia y garantizaba el respeto a todas las prerrogativas económicas que la Iglesia poseía en su país. Muy poco tiempo después, el Vaticano envió la bendición papal solicitada y, con ella, una mordaza para el clero local el cual “se escondió debajo de sus mojadas sotanas”.

El funcionamiento estatal siempre estaba bajo su completa supervisión personal o, en su defecto, de aquella que delegaba en personas de su entera confianza. Porque para él estaba muy claro que una cosa era planear una reunión con los encargados y otra, muy distinta, hacer que los mismos encargados cumplieran todas y cada una de las órdenes o acuerdos que se habían adoptado previamente. En lo personal, al presidente no le importaba quién o quiénes eran los encargados de ejecutar las órdenes que el Congreso redactaba y que luego su sólido gobierno se dedicaba a cumplir con eficiencia y no solo con eficacia. Esas eran las reglas del juego institucional, pero en el panorama que se vivía en el país, el Congreso se había convertido en un aliado poderoso del Poder Ejecutivo puesto que la gran mayoría de los diputados y senadores, sin pertenecer al partido del gobernante, estaba convencida que el del presidente era un gobierno fuerte y patriota porque había puesto el bienestar del país por encima de los intereses personales.

Sin embargo, siempre existían momentos de tensión entre la adopción de algunas propuestas congresales y las observaciones del Ejecutivo, pero esas eran las prerrogativas de cada estamento y existía el respeto mutuo sobre las atribuciones de cada uno. Incluso el poder Judicial aportaba todo su aparato de control y se mostraba objetivo y penalizador ante los casos, pequeños o grandes, que juzgaba. No existían casos tratados con gentileza, preferencia o deferencia: todos eran iguales, sin importar vínculos políticos o de sangre con los grupos de poder. Esto último fue patente porque hubo juicios con fallos adversos, completamente desfavorables, para algunos familiares de diputados, senadores e, incluso, de un pariente político del presidente.

El gobernante y su gobierno consideraban que los actos de corrupción debían ser sancionados con el máxima rigor posible y siempre cumplió con perseguir y sancionar a los funcionarios corruptos. Todo esto resultó evidente para las grandes mayorías y también para los pequeños núcleos de poder: él era un hombre que tenía como concepto y guía de vida que la mayor gloria a la que debía aspirar cualquier gobernante (o ciudadano) era la de dejar una profunda y positiva huella en las arenas de la historia del país y contagió a los demás con esa mística personal.

Estando él en el centro del cambio del país, el futuro inmediato se veía muy prometedor pese a la existencia de algunas voces soterradas las cuales, como siempre, clamaban en contra del gobierno. Pese a ello él pensaba, filosóficamente, que la oposición solo existía porque algunos creían que esa era una función racional y esperada en ellos, porque si el gobierno ordenaba tomar sopa, siempre debería aparecer un iluminado afirmando que las sopas indigestaban. En el presente, tan solo quedaba un asunto pendiente por tratar y que era un resabio del pasado trágico que el país había sufrido y eso era algo cuya culminación debería ser pronta y que él, por su parte, no quería postergar más puesto que se trataba de la vida de un hombre opuesto a sus ideas, pero un hombre, al fin y al cabo.

El pensativo presidente estaba aún, con los ojos cerrados, en medio de esa agradable regresión histórica y su respectivo análisis cuando sus ordenadas memorias y depurados recuerdos fueron bruscamente interrumpidos por el suave maullido de la gata callejera que él había adoptado, aunque al final él siempre sospechó que había sido todo lo contrario: la enorme felina lo había elegido y adoptado a él cuando había ingresado al Palacio de Gobierno por una de las ventanas. El gobernante abrió sus penetrantes ojos y exclamó muy contento «¡Yuracc michi…!»

A la hora convenida, los distintos miembros que se ocupaban del funcionamiento de la Casa de Gobierno ingresaron al comedor privado del gobernante, acompañando a los ministros de las carteras que él había convocado para ese día. Estando sentados todos los convocados el indicó, con un simple gesto, que el desayuno comenzaba mientras los asistentes tomaban nota de los distintos temas del día, los cuales fueron abordados, analizados y resueltos. Asuntos como la compra de barcos de guerra y armamento, la contratación de nuevos técnicos extranjeros, la aprobación de las reformas tributarias propuestas por el Congreso, la prolongación del ferrocarril de la costa que ahora uniría la ciudad capital con la frontera sur, la contratación de especialistas extranjeros para mejorar la educación, la amortización de los empréstitos vigentes y otros temas más, fueron conversados y aprobados sin mayor demora. Todos y cada uno de los temas propuestos tenía un plazo de cumplimiento y un calendario de informes. Fiel a su costumbre, el presidente tomó varias tazas de infusión hecha con hojas de coca, mientras acariciaba a la soberana egipcia quien se había introducido en la reunión ministerial y ahora se paseaba por su lado ronroneando y, en ocasiones, subía a la mesa para llevarse, de manera muy delicada, un bocadillo causando las sonrisas de todos los asistentes, conocedores del afecto que el gobernante profesaba a la gata presidencial.

Cuando llegó a su fin el total de asuntos oficiales, ya pasado el mediodía, él abordó el tema que estaba pendiente desde hacía mucho en la agenda del gobierno: la decisión final sobre aquella persona, cuya firma traidora e intención cobarde de ceder ante el enemigo habían sido el motivo de su lucha y su accionar político. Ante el silencio de todos los asistentes, el presidente los conminó a expresar sus opiniones de manera abierta. Una de las voces expresó que el sujeto había sido un traidor, juzgado y sentenciado y había que proceder en consecuencia, mientras otra consideraba que lo mejor era desterrarlo lo más lejos posible. Los otros participantes expresaron, más o menos, lo mismo.

Pues bien, por su parte él había decidido que colgar o fusilar al susodicho iba a ser algo por lo cual lo censurarían como gobernante, teniendo en cuenta el tiempo transcurrido desde su captura y era por ello por lo que el presidente había decidido enviar, como solución incruenta e inmediata, al personaje en cuestión como miembro del cuerpo diplomático ante el Imperio Turco. Para cumplir con esa disposición, al personaje se le daría un plazo de siete días para partir a su nuevo destino con toda su familia o volvería a su condición de detenido. En su presidencial opinión el citado personaje, quien había estado cumpliendo su arresto en una instalación militar, sería más útil como miembro del cuerpo diplomático (vigilado, por supuesto) en un país lejano que como un hombre fusilado. Si se le ajusticiaba, explicó, muchos dirían que eso había sido por sus ideas e iniciativas políticas, en aras de la supervivencia del país. Ese tipo de expresiones equivalía a decir que el personaje había muerto como mártir, como un mártir gratuito, sin serlo ni merecerlo y él no lo iba a permitir. Él no deseaba ninguna muestra de agradecimiento de parte del nuevo y artificial diplomático beneficiado. La aprobación a la sugerencia fue inmediata con lo cual se dio por levantada la sesión, a la espera de las publicaciones respectivas en el diario oficial.

Acompañado por su esposa y dos de sus hijas y de algunos familiares quienes estaban de visita por la ciudad, el presidente almorzó, luego de degustar unas ensaladas, un potaje que hacía tiempo extrañaba: un enorme plato repleto de sabrosa pachamanca el cual fue seguido de una mazamorra morada, rematando el sabroso almuerzo con un brindis del más rico pisco que se podía hallar en la ciudad. Luego de despedir a los visitantes y de coordinar sus actividades protocolares a partir de las seis de la tarde, él se iría a descansar, satisfecho de haber hallado la solución al candente tema político que había estado pendiente de solución por varios meses.

Pero ahora él debía cumplir con atender un asunto casi personal y lo hizo en compañía de uno de sus edecanes quien lo acompañó hasta el lugar exacto del interés presidencial, uno de los ambientes del Palacio de Gobierno, reservado para los invitados. En una esquina, debidamente acondicionada, se hallaba la madre amamantando, muy solícita, a su hermosa camada compuesta por ocho pequeños gatitos, todos ellos de variados tonos y colores lo que evidenciaba que era una señora muy requerida por su solemne belleza. La directiva gubernamental fue que se trajera al mejor médico veterinario de la ciudad y se atendiera a la invitada presidencial con el mejor de los cuidados y en el menor plazo posible, informando del proceso a la presidencia de manera continua. El presuroso y atento edecán salió a cumplir con lo solicitado, dejando al señor presidente en compañía de los felinos.

Tras unos minutos de contemplar la tierna escena, el presidente se dirigió, muy amablemente, a la madre en los términos y condiciones siguientes: la señora madre recibiría todo el apoyo del gobierno para el cuidado de sus cachorros, así como para conseguirles nuevos y responsables hogares. Sin embargo, la presidencia no aceptaría que ella llevara, nuevamente, a la camada completa a la alcoba presidencial porque tal acto podría causar problemas al representante del gobierno con su esposa, la primera dama, a quien mucho gustaban los morrongos, pero no soportaba verlos en su propia cama, a medianoche. ¿Estaba claro el mensaje? «Miau, Prrrr…» fue la lacónica y armónica respuesta, la misma que hizo que el presidente sonriera mientras salía a buscar a su amada esposa y decirle que el asunto no oficial había quedado solucionado, aunque él sospechaba que siempre podían ocurrir algunas sorpresas inesperadas, como en todo asunto político. «¡Yuracc michi…!»