Autor: GIANCARLO ANDALUZ QUEIROLO.

“Hasta que llegue ese momento amenazador, nuestro héroe no desea nada, porque está por encima del deseo, porque está saciado, porque es artista de su propia vida y se forja cada hora según su propia voluntad.”.
Fiodor Dostoyevski

¿Y quién dice que el martes trece es un día de mala suerte?, le preguntó el presidente Augusto Leguía al presidente de la Cámara de Diputados, Pedro José Rada, cuando éste le consultó sobre la posibilidad de retrasar un día el inicio de la celebraciones por el 40° aniversario de la gran victoria de 1881.
Todo estaba listo para las festividades. La misa la presidiría el Arzobispo Emilio Lissón en la Catedral de Lima; el desfile de los veteranos que se llevaría a cabo en las calles colindantes a la Plaza de Armas, estaba a cargo del Presidente de la Corte suprema, el doctor Carlos Erausquín; y la ceremonia central ocurriría en el Hall Eléspuru y Choquehuanca del Palacio de Gobierno, el cual mostraba significativos avances en su construcción.
La mañana del 21 de diciembre de 1920, mi padre, Leoncio Conde, recibió una invitación enviada por el Ejército Peruano. El motivo de la carta era la celebración de los 40 años de la gran Gesta de Lima. Mi hijo Lucas recibió la nota aquella mañana de manos de un sargento de apellido Peláez, quien ante la ausencia de mi padre, decidió entregarle la carta al único miembro de la familia que estaba ese día en casa.  
A las 11 de la mañana de ese día cálido de diciembre, regresamos papá y yo del hospital Dos de Mayo, en donde le habían hecho un chequeo de rutina. Aprovechando día soleado, papá decidió regresar caminando a casa, la que se ubicaba en la calle Guadalupe, frente a la plazuela Aramburú. Caminamos por todo jirón Puno hasta la intersección con el jirón Azángaro, a donde llegamos después de cruzar la casona de la universidad de San Marcos. Desde ahí, solo un par de cuadras nos separaban del solar donde vivíamos papá, Lucas y yo.
Lucas jugaba con sus amigos en la plazuela cuando después de tanto andar, llegamos al fin a casa. Nos detuvimos en el portón de la quinta, a papá se le notaba cansado, pero a pesar de eso, no oí de él una sola queja a lo largo del camino. Lucas nos vio y corrió a nuestro encuentro. Cruzó la calzada con cuidado para abrazar a papá con todas sus fuerzas. Papá lo levantó del suelo y pudo sostenerlo por unos pocos segundos antes de soltarlo nuevamente sobre la acera. Se le veía entusiasmado, como si quisiera decirnos algo. Dentro de la casa, papá se sentó en su sillón de la sala mientras que a su lado, Lucas sostenía el sobre que horas antes le había llegado a papá. Yo fui a la cocina a preparar una jarra de limonada para contrarrestar el cansancio y el calor. Serví tres vasos y los llevé a la sala con ayuda de una charola. Cuando le alcancé su vaso a papá, éste sostenía entre sus dedos el sobre que Lucas le había entregado. Su rostro denotaba cierto airecillo de extrañeza por la carta que le había llegado esa mañana de diciembre.
Tomé asiento al lado de Lucas, mientras papá se llevaba el vaso de limonada a la boca para refrescarse de la larga caminata. El sobre temblaba con los movimientos involuntarios de sus dedos, y eso me ponía bastante nerviosa. Lucas, impaciente, miraba el sobre con avidez mientras sorbía largos tragos de limonada. Cuando al fin papá terminó de beber de su vaso, dejó éste sobre la mesita de centro y se acomodó en su sillón para abrir el dichoso sobre. Primero leyó en la parte exterior su nombre completo y su grado militar. Sobre su nombre, el escudo del glorioso Ejército peruano brillaba en figuras doradas.
Papá, ¿no piensas abrir el sobre nunca?, le pregunté con ironía. A lo que él respondió sin palabras, dejándolo sobre la mesa de centro, al lado de su vaso vacío.
Lucas, trae mi abrecartas, está sobre mi escritorio, le dijo papá a Lucas, quien salió despavorido al cuarto que hacía las veces de estudio de papá, que era el lugar donde pasaba la mayor parte del tiempo.
Aquel estudio había sido antes la habitación de su hermano Nicolás, quien muriera de tuberculosis hacía cinco años atrás. Ambos habían peleado en la guerra con Chile, y ambos también sobrevivieron las cruentas batallas de Lima para ver al Perú alzarse con el triunfo en esa guerra, por lo que su partida fue muy difícil para él. Por eso quizás pasaba la mayor parte del su día dentro de esa habitación, la que había acondicionado como una biblioteca en la que guardaba cientos de libros, cartas, fotografías y demás textos y objetos de los años posteriores a la guerra.
A papá no le gustaba que nadie entrara a esa habitación, era el único lugar de la casa que no limpiaba yo, sino que dejaba que papá lo limpie a su gusto. Eran contadas las veces que entré a ese cuarto, los dedos de una mano me alcanzaban para numerar las veces que crucé esa puerta de cedro oscuro para darle a papá algún encargo que le había llegado, u otra cosa. Pero sí permitía que Lucas entrara a leer junto a él, lo que hacían por horas durante las tardes y los fines de semana. En una de esas tardes de lectura, papá le leyó un relato que escribió muchos años atrás, a comienzo de siglo, acerca de la guerra. La mayoría de sus relatos, por no decir todos, eran acerca de la guerra o giraban en torno a ésta. Pero tenía uno en especial que me lo leyó cuando niña, y que mucho tiempo después se lo leyó a Lucas. Era el relato más extraño que había escuchado en mi vida. En la mayoría de sus relatos narraba las hazañas heroicas de gente que conoció en el ejército y que luchó junto a él en el campo de batalla, tenía uno muy lindo que hablaba sobre su hermano Nicolás, en el que éste había sido condecorado después de la batalla como héroe de Lima y protector del Perú.
Pero el que me leyó cuando niña, relato que me dejó pensativa por varios días, era quizás lo más raro que había escuchado en mi vida. Papá escribió una historia paralela a la verdadera historia de la guerra con Chile. En su relato, el ejército peruano cayó derrotado en San Juan y Chorrillos, luego de varias horas de cruenta lucha. Los soldados chilenos, para celebrar la victoria, se emborracharon y luego incendiaron Chorrillos. Dos días después marcharon a Miraflores, en donde se selló la victoria chilena. El inquietante relato terminaba con el ejército chileno entrando al centro de la capital por el Portal de los Escribanos, marchando victoriosos frente a los ciudadanos peruanos que entristecidos tenían que aceptar la superioridad del ejército sureño mientras los observaban desde sus ventanas. La bandera con la estrella solitaria flameando en el frontispicio del Palacio de Gobierno de Torre Tagle, dio fin a ese cuento escrito por papá. ¿En qué cabeza cabe una cosa así?, solo una cabeza como la tuya pudo crear una barbaridad como esa, solía decirle mamá cada vez que papá contaba su terrible historia a la familia que llegaba de visita a la casa.
Abuelo, ten, le dijo Lucas alcanzándole el abrecartas. Papá cogió el abrecartas y abrió al fin el sobre.
Lo leyó con calma, tratando de entender cada palabra escrita en el papel. Luego de acabar, dobló el papel y lo volvió a meter en el sobre, luego se metió el sobre en el bolsillo de su saco.
Y bien, ¿qué dice el sobre?, le pregunté sin ocultar mi curiosidad.
Es una invitación, me contestó, y luego se quedó en silencio.
¿Una invitación a qué?, preguntó Lucas, de pie a su lado.
A una celebración, contestó papá. Luego se puso de pie y se encerró en su despacho.
A la hora del almuerzo solo comimos Lucas y yo. Papá prefirió quedarse encerrado en su oficina, por lo que pidió que no le sirviera la comida aún. Almorzamos en silencio, degustando el estofado que había preparado para esa tarde. Pero la necesidad de conocer más sobre aquella invitación no me dejó terminar ni saborear la comida. Entonces cogí su plato y se lo llevé a su estudio, aún sabiendo que no le gustaba que nadie entrara en esa habitación sin su autorización.
Pero qué es esto, ¿qué haces aquí?, me preguntó al verme dentro de su despacho. Tenía la carta de invitación abierta sobre la mesa, al lado de sus archivos.
Te he traído tu almuerzo, sabes que no puedes dejar de comer a tus horas, no te olvides de tus úlceras, le dije, dejándole luego su plato sobre el escritorio.
Está bien, deja el plato y sal de aquí, que estoy ocupado, me dijo. Pero cuando estaba por dejar la habitación, Lucas entró a toda marcha, y se sentó en uno de los dos sillones de cuero que papá tenía delante de su escritorio.
¿Abuelo, qué celebración es esa a la que te han invitado?, le preguntó Lucas.
Como papá no pudo echar a su único nieto del despacho, no le quedó de otra que contarle el motivo de esa carta. Y de pie bajo el marco de la puerta, oí lo que papá le contó a Lucas esa tarde de diciembre.
La invitación era para la celebración por los 40 años de la gesta heroica de la guerra con Chile, guerra que tuvo un final totalmente distinto al que papá escribió en ese relato tan aterrador. Después de contarnos el motivo de la invitación, papá decidió contarle a Lucas, lo que realmente pasó en esa guerra.
Esta historia nunca te la he contado, Lucas. ¿Recuerdas el cuento que te conté hace un tiempo atrás, acerca de una guerra que perdimos, en la que los soldados chilenos entraron a la Plaza Mayor entonando el himno de su patria mientras hondeaba la bandera de la estrella solitaria sobre la casa de Gobierno? Pues resulta que ese cuento no es del todo real. Déjame contarte lo que pasó realmente aquella vez.

La noche del 12 de enero de 1881, nuestra línea de defensa se formó en la pampa de San Juan en el siguiente orden: 2° Cuerpo de Ejército, bajo el mando del Coronel Dávila, en el centro; el 4° Cuerpo del Ejército, bajo el mando del Coronel Cáceres, a la derecha de Iglesias; y el 1° Cuerpo del Ejército, bajo el mando del Coronel Iglesias, a la izquierda de Dávila. Detrás de la línea defensiva se ubicó nuestra reversa, que estaba conformada por el 2° Cuerpo del Ejército, al mando del Coronel Suárez.   
La armada chilena, que llegó en gran número desde el muelle de Chilca y de las pampas de Lurín, se formó delante de la línea defensiva peruana lista para el combate. La 3° División, comandada por el Coronel Lagos, se ubicó frente a los hombres del Coronel Dávila; la 2° División, dirigida por el Coronel Sotomayor, quedó delante de los hombres del Coronel Cáceres; y la 1° División, comandada por Lynch, se posicionó frente a los hombres del Coronel Iglesias. La división de reserva se ubicó detrás de la línea ofensiva chilena, y estuvo bajo las órdenes del Teniente Coronel Martínez.
A las 4 de la mañana del 13 de enero, la batalla comenzó. Los chilenos tenían cerca de 40000 hombres, mientras que nosotros llegamos a sumar 25000. La lucha fue encarnizada y duró cerca de tres horas. Muchos compañeros cayeron ese día en las pampas de San Juan. Al vernos diezmados en número y en espíritu, el Coronel Iglesias ordenó que retrocediéramos líneas hasta Chorrillos. Mi hermano y yo formábamos parte de la 5° División Norte, en el batallón N°27 Concepción, y estábamos bajo las órdenes del Coronel Cano. Nuestro coronel recibió la orden de repliegue por parte del Coronel Suárez, por lo que la retirada era inminente. A las 8 de la mañana nos establecimos en Chorrillos. A la defensa de Chorrillos fue enviado el batallón de reserva comandado por el Coronel Suárez, que no había tenido mucha participación en la batalla de San Juan.
El General chileno Manuel Baquedano, reorganizó su ejército y a las 10:00 de la mañana envió a Chorrillos a la 2° División a cargo del Coronel Sotomayor. Lo acompañaron dos brigadas de artillería de montaña, la de artillería de campaña y la caballería. La artillería chilena que seguía en pie de lucha en San Juan y Villa, protegió el avance de la división de Sotomayor hacia Chorrillos. Al percatarse del avance chileno hacia la villa de Chorrillos, el Coronel Arnaldo Panizo, que se encontraba en la cima del morro Solar, ordenó a la batería Olaya disparar contra ellos, logrando detener su avance en su camino a Chorrillos.
El Coronel Suárez defendió su posición con el batallón Zepita 29, luego envió a los batallones Ancash 25 y Jauja 23, los que al verse diezmados tras los enfrentamientos, tuvieron que retirarse de la zona de conflicto y replegarse al centro de Chorrillos. Aquí fueron rodeados por las tropas del Coronel Lagos. Sus hombres se acercaron a la parte de la villa que apuntaba al Morro. Los demás regimientos del batallón de Coronel Lagos, avanzaron por el norte del poblado para acabar de una vez con la nuestra línea de defensa.
El Coronel Suárez reorganizó a los disgregados batallones Ancash 25, Jauja 23, Huánuco 17 y a nuestro batallón, el Concepción 27, y juntos nos enfrentamos nuevamente a las fuerzas chilenas. Nos parapetamos en cada casa abandonada, en cada esquina libre y en cada habitación deshabitada para defender Chorrillos, pero los soldados chilenos, con el fin de expulsarnos de la zona de combate, prendieron fuego a las casas. La defensa resultó infructuosa, por lo que al final, los hombres que quedamos con vida, tuvimos que retirarnos hacia Barranco con dirección a la línea defensiva de Miraflores. Habíamos perdido Chorrillos.
Tres largas horas duraron los ataques a Chorrillos, y luego de ese tiempo, fue destruido por la acción de la artillería de tierra chilena, quienes incendiaron el lugar hasta dejarlo reducido a cenizas. En nuestra retirada pudimos ver el humo negro ascendiendo al cielo encapotado de enero. Un cielo gris, sin sol, a pesar del verano que recién comenzaba. Un cielo olvidado por Dios, marco perfecto para lo que estaba por venir en esa guerra sin sentido.
Diezmados en número pero aún con algo de fuego en el espíritu, nos quedamos en Barranco a la espera de las órdenes del presidente Piérola. A nuestros oídos llegaban noticias de la barbarie chilena de Chorrillos. El remate de los heridos, el fusilamiento de los tomados prisioneros, el gran incendio de la villa, la destrucción de casas y solares, la violación de las damas desaparecidas, el fuego destruyendo la casa y la biblioteca de Ricardo Palma, quien entre la multitud reagrupada en Barranco, a escasos metros de mi ubicación, lloraba amargamente por la gran pérdida que acababa de sufrir. Aún recuerdo sus palabras, como si las hubiera dicho ayer: no me cabe duda alguna, no existe en el mundo mayor amenaza para la libertad y la paz que el hombre. El bibliotecario no podía comprender la insania de las tropas del sur, ni su hambre de destrucción, ni su sed de venganza. Habían acabado con casi todo su legado.
A las 9 de la noche del 13 de enero, recibimos la orden de retroceder hacia los reductos 1 y 2, para esperar el ataque enemigo. Aquella orden nos la hizo saber el Ccoronel Iglesias, quien se le notaba fastidiado con la decisión tomada por el presidente Piérola. El Coronel Cáceres y el Coronel Canevaro, hablaron con el Coronel Iglesias, pidiéndole autorización para atacar a los soldados chilenos que se encontraban en Chorrillos, en medio de una orgía de alcohol, sangre, fuego y violencia. Todos oímos el pedido que el Coronel Cáceres le hiciera al Coronel Iglesias, en nuestros rostros se podía ver la necesidad de revancha que erizaba nuestra piel. Una sola palabra bastaba para salir con rumbo a la quemada Chorrillos a acabar con las tropas chilenas que ocupaban sus casonas derruidas.  
No puedo contradecir una orden del presidente, entiéndame usted, Andrés, le dijo esa noche el Coronel Iglesias al Coronel Cáceres.
Usted retroceda a los reductos de Miraflores, siga las órdenes de Piérola. Si logramos salir con vida, pagaremos el precio que sea por nuestra insubordinación, pero si no regresamos, habrá valido la pena morir por la patria, le respondió el Coronel Cáceres, logrando con sus palabras que las tropas se fortalezcan para la cargada.
El Coronel Iglesias retrocedió hacia Miraflores junto con los hombres del Coronel Dávila y los batallones más diezmados de los demás cuerpos del Ejército. En Barranco quedamos los hombres del Coronel Suárez, la 3° división Centro del Coronel Canevaro, y los hombres del Coronel Cáceres. En total sumábamos cerca de 4000 hombres, todos listos para entregar el alma por la patria. A las 10 de la noche llegamos a la villa de Chorrillos. El olor a madera quemada se mezclaba con el de cuerpos calcinados que ardían amontonados en las esquinas. Era una noche fresca, no corría mucho viento y se podía oír a los lejos el incansable sonido del vaivén del mar. Los pocos árboles que aún quedaban en pie, no se movían por efecto del viento, sino por el temblor que provocaban nuestros pasos. Pudimos ver las nubes de ceniza revoloteando sobre la villa, así como el fuego en algunas casonas que aún no terminaba de apagarse. Nos detuvimos cerca de donde celebraban las tropas chilenas su aplastante victoria, y esperamos la señal de ataque del Coronel Cáceres. Cuando ésta se oyó, cargamos con las pocas fuerzas que teníamos en el cuerpo.
La batalla fuera encarnizada, aunque no podría decirle batalla a esa carnicería. Los soldados chilenos estaban bastante ebrios debido a las celebraciones por su victoria en San Juan y Chorrillos, por lo que no resultó difícil hacerles frente. Uno a uno los asesinamos, y no nos detuvimos hasta que no vimos un solo hombre vivo. Era como un juego sangriento, una diversión violenta. Atacamos con las bayonetas a los soldados ebrios, que no supieron reaccionar frente a nuestra embestida. Cerca de las 2 de la mañana, llevamos cerca de un centenar de cuerpos hacia el centro de la plaza, en donde les prendimos fuego. Era la hoguera más grande y hedionda de todas. Una hora después partimos con rumbo a Miraflores. Nuestra alegría se vio opacada por la seriedad en el rostro del Coronel Cáceres, quien sabía muy bien lo que le esperaba por haber desobedecido las órdenes del dictador Piérola. Nos detuvimos en las afueras de Miraflores, a menos de un kilómetro del reducto N°1. No podíamos aceptar que castiguen a nuestro coronel por algo que todo hicimos. Eso no lo podíamos permitir. Entonces el Coronel Canevaro organizó una caravana para que resguarde al Coronel Cáceres en su huida. No había nada que decir, una afrenta de esa magnitud no sería perdonada de ninguna manera por el presidente Piérola, quien ya había mostrado visos de acercamiento al país sureño desde mucho antes.
Tiene que irse, Coronel, estos hombres lo escoltarán hasta las afueras de Pachacamac, de ahí puede seguir hacia el centro del país, a Jauja, donde lo espera su esposa Antonia y el resto de su familia. Sabe lo que le ocurrirá si se queda. El presidente no le perdonará esta insubordinación. Yo me encargaré de enfrentarlo, ya se me ocurrirá algo, todavía quedan algunas horas para reunirnos con él en Miraflores.
Y el coronel Cáceres partió rumbo a Pachacamac junto con 20 soldados. Nosotros marchamos hacia Miraflores, donde no sabíamos qué esperar.
La mañana del día 14 de enero, los altos mandos chilenos pidieron al Coronel Iglesias que pactara una reunión con el presidente Piérola para darle fin a la guerra y evitar más derramamiento de sangre. El Coronel Iglesias conversó con Piérola, pero éste no quiso recibir a los altos mandos militares, aduciendo que él solo hablaría con un ministro oficial. Entonces el ministro chileno José Vergara, quien se encontraba en el embarcadero de Lurín junto con otros altos mandos militares, fue enviado por el presidente Pinto Garmendia. Durante la reunión estuvieron de testigos el cónsul francés De Vorges, el comandante de la escuadrada francesa du Petit Thouras, el diplomático Spencer Saint John, de Gran Bretaña y el político Jorge Tezanos Pinto, de El Salvador, que llegaron en un tren con bandera blanca desde Lima para ser garantes de la tregua pedida por Chile. En la tarde del día 14 se llevó a cabo la reunión. El ministro José Vergara le exigió al Presidente Piérola la rendición incondicional del Perú, y se acordó que se detenían las hostilidades hasta dar una respuesta definitiva, le dio un día de plazo para contestar.
Al mediodía del 15 de enero, Nicolás de Piérola dio su respuesta definitiva al pedido del ministro Vergara, pero se dio con la sorpresa de que las tropas chilenas que habían quedado de la batalla de Chorrillos, más los hombres que vinieron luego de Lurín, se encontraban el pleno reconocimiento del terreno. Fue así que en medio de ese confuso suceso, se dio inicio a la Batalla de Miraflores a las 2 de la tarde del 15 de enero.
El ejército chileno, al mando del General Baquedano, estaba listo para el ataque a la resistencia de Miraflores. Ante la huida de Cáceres al interior del país, nuestro ejército quedó al mando del mismísimo presidente Piérola, quedando como segundo al mando, el Coronel Iglesias. Las tropas del General Baquedano sumaban cerca de 12000 hombres, mientras que nosotros éramos un poco más de 3500 en los reductos 1, 2 y 3. En el océano Pacífico, los buques de guerra Cochrane, O´Higgins y Pilcomayo y el Blanco Encalada, esperaban las órdenes para bombardear la ciudad.
Al ver la gran diferencia de fuerzas, el Coronel Iglesias le pidió al presidente Piérola que informara a los demás reductos para que apoyen en la batalla, a lo que Piérola respondió con una rotundas negativa. Viéndose prácticamente derrotado, el Coronel Iglesias decidió, luego de pensarlo detenidamente, hacer caso omiso a la orden del presidente, y envío a uno de sus hombres de confianza; el Coronel Arguedas, a avisar a los reductos que no participaban en la batalla a que se unieran en la defensa de Miraflores.
La batalla comenzó la tarde de ese día 15 de enero. El sol brillaba con furia en lo alto del cielo, y su luz alumbraba los aterrados de rostros de los defensores de ciudad. Una hora después del inicio de las acciones, se sumó a la batalla el reducto número 2, con cerca de 800 soldados, la mayoría civiles, bajo el mando del abogado Ramón Ribeyro. El ruido que producían los cañones enemigos retumbaba en toda la ciudad, las casonas de las familias adineradas de Lima lucían tapiadas y abandonadas, como si sus dueños hubiesen sospechado cual sería el final del conflicto mucho antes de que éste se inicie. Nuestras tropas estaban formadas por militares jóvenes, civiles inexpertos y hombres traídos de la sierra del país sin ningún conocimiento del terreno ni del uso de las armas de combate. La mayoría llevaba trajes de algodón y calzaba ojotas de cuero. En el mejor de los casos cargaban fusiles Chasepott con cartuchos de papel y pólvora de 11 mm. No más de cinco cartuchos por hombre. Eso era en el mejor de los casos, los más, o sea la milicia, cargaban viejos fusiles Peabody, la mayoría inservibles, y solo atinaban a atacar con las bayonetas cuando ordenaban los mandos militares su sacrificio.
El ejército chileno estaba armado hasta los dientes. Sus hombres tenían fusiles Comblain, fusiles de cerrojo Kropatschek (una versión mejorada que nuestros obsoletos Peabody), y fusiles Winchester. Detrás de las líneas enemigas, una batería de ametralladoras Gatling causaba estragos en nuestras líneas de defensa. A eso de las 4 de la tarde teníamos la batalla prácticamente perdida. Nuestras fuerzas y armas no se podían comparar en número ni en capacidad de destrucción a las del ejército chileno. Pocos eran los hombres que aún luchábamos en la línea de defensa, corajudos hombres dispuestos a dar nuestra vida antes de caer en el yugo de los invasores sureños.
Cuando el sol perdía su fuerza, un esperanzador estruendo se sintió hacia el este de nuestra posición. Viendo el desarrollo de las acciones bélicas, Piérola y un grupo minúsculo de altos mandos militares fieles a su mandato, nos dejó en el campo de batalla a nuestra suerte. Quedó al mando de nuestras tropas el corajudo Coronel Iglesias, quien a pesar de recibir la orden de abandonar a la milicia, decidió, en un acto de nobleza sin igual, quedarse en el campo de batalla y luchar hasta dejar la última gota de sangre en ese lugar.
En ese instante de incertidumbre, el sol se encendió otra vez sobre nuestras cabezas. El estruendo que habíamos sentido antes, lo provocaron miles de hombres que habían llegado para apoyar en la batalla a nuestras disminuidas fuerzas. A los lejos, sobre su caballo negro, el Coronel Arguedas encabezaba a los reductos 4 y 5, provenientes del fundo La Palma y de la calera de La Merced, respectivamente. Y a su lado, como un ser colosal recién bajado del olimpo de los dioses, sentado en Elegante, su caballo de mil y un batallas, el Coronel Cáceres, de quien pensábamos que se encontraba en franca huida hacia el centro del país, comandaba los reductos 6, 7 y 8, provenientes de la hacienda Vásquez y de la zona de Ate. Entre los 5 reductos sumaban cerca de 7000 hombres, por lo que la batalla dio un giro de 360 grados en un abrir y cerrar de ojos.
En menos de media hora, el ejército comandado por Baquedano se dio por vencido. Los heridos fueron tomados prisioneros y los muertos fueron enterrados en fosas comunes. La armada chilena apostada en el mar, lista para atacarnos con todo su poderío, quedó a merced de los cañones de la escuadra francesa al mando del Comandante Abel Bergasse du Petit Thouars, quien sospechando de las verdaderas intenciones del ejército chileno, decidió hacer caso omiso al pedido de Piérola de dar un paso al costado y se quedó patrullando la costa limeña por si ocurría algún imprevisto. El final de esa cruenta jornada llegó por la noche. Habíamos ganado la guerra.
¿Y qué pasó luego de la rendición chilena?, preguntó Lucas, completamente absorto por la historia de papá.
Se firmó un tratado de no agresión entre ellos y nosotros. Los chilenos nos devolvieron Arica y Tacna, que habían sido tomadas después de la batalla perdida al sur del país. Se llevó a juicio a los partícipes de la derrota de Arica, la justicia condenó a los traidores Segundo Leiva y al presidente Piérola a pena capital. Un pelotón de seis hombres los ejecutaron en el cuartel del Ejército frente a las tropas que habíamos combatido con valentía en la defensa de Lima. Eso ocurrió  la mañana del 25 de marzo de 1881, una mañana cálida que marcaba el inicio de mejores tiempos para el país. Cada uno recibió tres disparos en el pecho y tres en la cabeza. La paz había llegado al fin a nuestras vidas.

Esa tarde, papá desempolvó su viejo traje militar, el cual tenía guardado en el armario de su despacho. Nunca pensó ponérselo otra vez. Se lo puso y se quedó delante del espejo observándose con detenimiento. Ya no era aquel muchacho que luchó por su patria a finales del siglo pasado, pero el traje todavía le quedaba bien.
La mañana del 13 de enero de 1921, cuarenta años después de la gran gesta de Lima, papá estaba listo para las celebraciones. Fuimos hasta la Catedral de Lima a escuchar la misa en conmemoración a los caídos en combate. Lucas y yo nos sentamos en la parte de atrás junto a las familias de los invitados a la celebración. Los soldados veteranos, los sobrevivientes y los héroes de la guerra del Pacífico, ocuparon las filas de adelante.
Las puertas de la Catedral se abrieron para dar paso a los veteranos, quienes fueron recibidos por ensordecedores aplausos por todos los asistentes. Delante del grupo, el presidente Augusto Leguía marchaba con pie firme rumbo a la primera fila de bancas. Vestía un impecable traje de gala militar lleno de detalles dorados en sus bordes. A su lado, ayudado por sus hijas Zoila, Rosa y Lucila, el gran héroe de aquella gesta, el Coronel Andrés Avelino Cáceres, avanzaba entre los aplausos y las vivas de todos los que habíamos sido invitados a la misa.
Detrás de ellos, los sobrevivientes marcharon ataviados con sus elegantes trajes protocolares, la mayoría lucía canas y arrugas, huellas infranqueables del paso del tiempo. Papá observó a la multitud aclamando a sus protectores mientras avanzaba hacia su lugar de honor. Pero cuando vio a Lucas aplaudiendo de pie sobre una de las bancas de la Catedral, no pudo contener más su alegría.
Esas son las lágrimas de un valiente, le dije a Lucas, quien a mi lado, también lloraba de emoción al ver que su abuelo, mi padre, era ovacionado por todos los invitados como un verdadero héroe.