Autor: César Valer Alvarez

Cuando la Guerra del pacífico estaba en su punto más álgido, existía un grupo de hombres que realmente amaban a su Patria. Eran los marinos que navegaban en el Huáscar. Y todos ellos se inmolaron en el Combate de Angamos pr razones que hasta ahora han permanecido ocultas en el libro de los tiempos y del olvido.
Pero la luz tenía que iluminar alguna vez y sacar a flote los pormenores de esta épica etapa de la historia. Don Miguel María Grau Seminario, a la sazón almirante del mencionado navío, sabía que se mandaron a fabricar DOS monitores iguales a Inglaterra. Era de suponer que se había reunido el dinero suficiente para que se terminaran en el tiempo previsto. Ambos fueron bautizados con los nombres de los dos últimos incas del Imperio. El primero en acabarse, fue el Huáscar mientras se concluían las labores que culminarían con el Atahuallpa. Ambos navíos eran lo último en tecnología marítima de los astilleros de la Corona Británica. Los hombres que se entregaron a la defensa del territorio nacional ante la invasión de nuestros vecinos del sur, debido a la conflagración bélica, esperaban confiados n tener ambos listos para enfrentarnos a la armada chilena y lograr quizás la victoria, al menos en el mar y de ese modo emparejar la balanza y tener al menos tiempo hasta organizar en forma cabal las fuerzas de tierra, ya que estas, estaban conformadas por gente en su mayoría campesinos que nunca habían sido entrenados en los avatares de una guerra.
Don Miguel Grau, en los espacios de tiempo que le dejaban los enemigos de la Patria, anclaba el barco y enrumbaba hacia su natal Piura o se dirigía a entablar conversaciones con el presidente y sus ministros. Preocupado por la demora en la fabricación del segundo barco, acoderó en el Callao y se dirigió abiertamente a Palacio de Gobierno en Lima. Tuvo que hacer una espera inusitada en ese momento, puesto que no se disponía de muchas pausas entre batalla y batalla, para poder informar con claridad a todos los que esperaban luchar con menos desventaja en el mar. Y de ese modo apoyar a las fuerzas militares terrestres.
Al cabo de casi una hora de espera y cuando ya desesperaba y estaba a punto de forzar su entrada a las oficinas presidenciales, salió un edecán de las mismas y le informó que el presidente estaba en disposición de atenderlo. Grau sin dar una respuesta, penetró al despacho, donde un risueño y despreocupado presidente lo recibió con los brazos abiertos. El diálogo que se desarrolló fue más o menos de este tenor:
Señor presidente, empezó Grau, es lamentable que hasta el día de hoy no tengamos siquiera una leve información respecto a la llegada del Atahuallpa a nuestras playas. Creo que debería usted poner más energía en los reclamos a los astilleros ingleses.  Entiendo que ya se ha cancelado al menos el costo de ambos monitores y estamos perdiendo más hombres en combates que lo que habíamos calculado. Tengo a mis órdenes hombres dispuestos a dar su vida por sus ideales, pero también tengo la obligación de defender sus derechos, del mismo modo que les exijo que cumplan sus deberes.
El presidente, se envaró en su cómodo sillón, demasiado cómodo para alguien que supuestamente se preocupaba tanto de sí mismo como del país que reclamaba su presencia, no sólo nominal, sino cabal al lado de su gente. Sin borrar del todo su sonrisa, que esta vez se hizo dura y amenazante, replicó en tono ligeramente airado a la vez que irónico.
Señor Almirante, me parece que está usted excediendo su cargo. ¡No olvide usted a quien se dirige! Soy el presidente de la república, elegido por el pueblo y hago lo que debo. ¿O pretende usted enseñarme mis deberes?
Grau, ya casi sin el control que le confería su capacidad y experiencia, se mantuvo de pie y con una serenidad no desprovista de dureza, replicó a su vez en un tono que cada vez parecía ir en aumento. No lo pretendo. Pero sí demando de usted más entrega a su pueblo. Ya que él lo ha elegido libremente y ha confiado en su capacidad de gobernante, ha sido porque cree y confía en usted. Mi misión me ha traído hasta su despacho con un reclamo totalmente justificado. Sé que se ha hecho recolección de todo tipo de ayuda económica de ese mismo pueblo que usted pretende defender, pero desde un lugar muy lejano, casi diría inalcanzable para la mayoría. Soy almirante, aunque jamás lo pretendí, más que eso soy marino y aún sobre todo ello, soy peruano. Pertenezco a ese pueblo y debo llevarle una respuesta categórica. No subterfugios o palabras diplomáticas que no entiende. Los marinos que luchan a mi lado y aquellos que esperan hacerlo desde el otro barco, esperaron con paciencia su incorporación a los combates. Pero no pueden hacerlo en canoas o barquitos de papel.
El gobernante, francamente molesto por lo que consideraba una impertinencia imperdonable, se levantó bruscamente del sillón y avanzó hacia Grau con el afán de intimidarlo, pero no contaba con el carácter del almirante y su fortaleza de amor por el pueblo y la Patria. Alzando la voz ante el enhiesto marino, dijo casi sibilante.
Escuche bien almirante. No tengo por qué darle explicaciones de mi manera de proceder. Usted es un hombre de guerra, yo soy un político. Es verdad que llevo este uniforme, pero sólo es el protocolo para presentarme ante el pueblo.  ¿Quiere saber toda la verdad? Entonces preste atención y luego decida lo que quiere hacer. Y con un dejo de marcada ironía, siguió adelante. No me extrañaría que luego de atender mis razones y motivos, quiera usted dejar su puesto al mando del Huáscar a otro que no tenga deseos de grandeza o sueñe con algo que resulta casi imposible. Soy consciente de que todos esperan de mí un milagro. ¡Pero no soy un santo y mucho menos un profeta! Pero debe usted ya saber que esta guerra fue perdida aún antes de empezarla. Sabíamos que el enemigo, estaba armado fuertemente. Que poseía una de las flotas más fuertes del Pacífico. Que su ejército tenía instrucción militar cabal, forjada por personal acostumbrado a estos menesteres. Los alemanes, fueron sus más fieles preparadores. Ellos sabían pelear en guerras casi imposibles. Y sobre todo sabían que nosotros éramos un pueblo de campesinos ignorante, de gente que sólo sabía de dedicarse a trabajar la tierra y a ganar un sustento que por lo demás no le alcanzaba para cubrir sus necesidades. Cuando firmaron mis antecesores el tratado con Bolivia, que estaba siendo desposeída de su mar, ellos creían que serían tan nobles como somos los peruanos para apoyarnos en un caso de enfrentamiento, aun cuando las razones de ello, estaba en la defensa que hacíamos para que no les arrebataran esas tierras que les hacían competencia directa en los mares del sur. Sin mencionar además, la riqueza del guano y de la fauna marina que poseían. Bolivia, sabedora de su incapacidad para sostener una confrontación a ese nivel, simplemente nos abandonó a nuestra suerte. Una suerte que no buscamos motu proprio. Ya vistos en ese conflicto cabían dos cosas que hoy creo hubieran sido más sensatas: deplorar políticamente la situación de nuestro “aliado” entre comillas y dejar que solucionen sus problemas por cuenta propia. Y la otra simplemente conformar junto a quien ahora es enemigo declarado, un frente único para dominar conjuntamente, entiéndalo bien, como un solo ente, todo este lado del continente. Grau, intentó interrumpir la perorata, pero con un gesto lo detuvo siguiendo con su explicación. Ahora bien, puestos ya en la tarea de pelear, creímos que seríamos un rival más acorde con las exigencias del momento y con el afán de demostrar ese amor por la Patria, recalcó las palabras, salimos a cumplir nuestro compromiso. Hicimos sí, colectas públicas para armar ejércitos que improvisamos, con armas casi obsoletas, pero con un orgullo desmedido y nos pusimos al frente. También se hizo el intento de poseer u obtener dos barcos. ¿Cree usted, insensato, que dos barcos podrían destruir toda una armada? Y ahora, que no sabemos si contaremos con las dos naves, ¿trata de hacerme creer que con una sola va a lograr lo que no lograríamos con una armada completa? ¿Pretende hacerme creer que nuestros generales son realmente militares? Sí, han seguido una carrera, pero solo en los cuarteles, encerrados entre cuatro paredes. Yo mismo, me avergüenzo de hacerme llamar general, pero es la única manera de ser respetado. ¡No hay tal barco! Nunca se cumplió con pagar siquiera la mitad. Se pudo cancelar el suyo… ¡su armada!… No pudo retener la burla, y fue demasiado. Ahora ya lo sabe. Juzgue usted por sí mismo si se siente capaz de seguir adelante con este absurdo.
Se produjo un silencio pesado. Grau, contenido, dijo suavemente: ¿Eso es todo? El presidente afirmó con el gesto y se quedó mirando el noble rostro del marino, tal vez convencido de que había logrado hacerle cambiar de parecer y que lo tendría de su lado. Pero estaba errado. El caballero de los mares, aspiró suavemente el aire de la habitación, colocó su gorra que había mantenido bajo el brazo y firme y sereno, con la claridad de su sentir, empezó a su vez a hablar.
Señor presidente… empezó…   lo he escuchado con la paciencia y el carácter de un subordinado ante un jefe superior. Pero ahora voy a despojarme de esa actitud y voy a hablarle como un hombre cualquiera. Como si esos galones que adornan su traje, no fueran reales sino la ilusión de una mente extraviada. Porque, tal me parecen. Y no le voy a rogar ni pedir, sino más bien a exigir que escuche claramente una a una todas mis razones, ya que no mis palabras. Y cuando haya terminado lo que debo decirle, decida usted lo que decida, le anuncio que culminaré mi camino de la mejor manera que pueda. Sea en la muerte, si me ha de tocar, o en la dolorosa supervivencia que pueda vivir en adelante.
He concluido por todo lo que ha dicho utilizando desde la aparente serenidad a la más cruenta befa de mi persona, tomándome como un ignorante o un cretino. ¿Cree usted que sus razones, carentes de honestidad y verdad, pudieran convencerme de que usted es un hombre probo? Y levantó la mano ante el ademán de hablar que hizo su interlocutor. No me interrumpa, al menos por educación, ya que tampoco yo lo hice, a pesar de los deseos de hacerlo Decía que pretende mostrarse como un patriota consumado. Como un hombre de honor y realmente estoy seguro que desconoce hasta su significado. No entiendo cómo el pueblo lo pudo haber elegido. Y si mal no recuerdo, no fue así. Su ingreso se produjo de manera violenta y nadie trató de detener ese impulso de sentarse en el sillón presidencial con el solo objeto de saberse poderoso. Todo lo que dice sobre nuestro aliado, en gran parte es verdad, no lo desmerece como si traicionara una causa. Nadie, que yo sepa, de aquel país, vino a solicitar defensa o ayuda. Fuimos nosotros los que procediendo con honestidad y el cumplimiento de la palabra dada quisimos ponernos enfrente de quien pretendía hacerle daño. Es cierto lo que dijo en cuanto a nuestras fuerzas. También debo reconocer que aparte de su afán de poseer poder, usted no ha podido esconder su temor ante lo que sucede actualmente en este enfrentamiento con nuestros antes vecinos y hoy enemigos. Pero tan cierto como eso es que ha mantenido a ese pueblo que usted dice que confía en usted, bajo un cúmulo de mentiras y falsas promesas. Ahora ante mí, no diré que ha tenido el valor de confesarse, ni el orgullo de enfrentar la verdad. Ha dio como un escape de sus temores, de ser descubierto en su disfraz de héroe sobre la falsa base de crítica. ¿Qué hizo usted con todo lo donado por el pueblo? ¿Puede decir con alguna honestidad, por pequeña que sea, que todo lo invirtió en el objeto para el cual fue obtenida? ¡Jamás! En cada una de sus explicaciones se descubre una mentira. Una esclavitud a sus convicciones desviadas de aquello que usted califica como imposibilidad: ¡el amor a la Patria! Sí, porque podrá negarlo hasta el hartazgo, pero en nuestros corazones existe… Al menos en los de aquellos que creemos que tenemos algo de sumo valor en ello. Yo no soy un guerrero por naturaleza. Pero ante el llamado de mi Patria no he dudado ni un segundo en acudir para enfrentar a quien pretende ultrajarla. Y como yo, todos aquellos que, en un lugar u otro, el mar o la tierra, se dejan matar antes que dejarse injuriar por el enemigo. ¡Usted nunca ha peleado una batalla! Jamás ha tenido un arma en sus manos, excepto ese espadín de carnaval que lleva al cinto. No ha escuchado jamás los gemidos de los heridos, no ha sostenido en sus brazos el cuerpo moribundo de algún muchachito, casi un niño, que solamente por sentirse orgulloso de ser peruano, subió a mi barco como un grumete y muchas veces con desconocimiento de toda la tripulación. Jamás ha estado enfrente a ningún soldado enemigo. Nunca ha mirado a los ojos de la Parca. ¡No sabe del dolor de las heridas ajenas o las propias! Y encima de eso, trata usted de insultar en mi persona todos los que creemos en lo que hacemos, en el cumplimiento del deber por encima de las circunstancias. ¿Se ha asomado siquiera alguna vez a mirar los rostros de la gente que pasa bajo las ventanas de este palacio? ¿Ha visto los ojos de quienes se han despedido de sus familiares o amigos sabedores que no volverían a verlos jamás? ¿Qué no tendrían el placer de sentirlos entre sus brazos? ¡Deje por una sola vez que sus ojos acostumbrados a admirar las bellezas tras las puertas cerradas de su prisión dorada, porque eso es este lugar, deje que ellos miren la luz de los cañones que no solo truenan, sino iluminan con su fuego los cuerpos destrozados de quienes luchan y mueren con honor! Pero demás está hablar y hablar. Usted es uno más de aquellos que desde el tiempo de los tiempos, rechazan hasta el hecho de ser humanos como todos para erigirse en soberanos, reyes, o presidentes. Cambian los títulos pero la hez sigue igual. Y los únicos que sufren son los que creen, los que luchan, los que aman su Patria y su hogar. Sus hijos, sus padres y hermanos. E incluso a sus enemigos que vestidos de ropajes bellos disfrazan sus sentimientos. Tal mismo que lobos vestidos de corderos. Saldré de este salón con la frente en alto Pro usted nunca más podrá levantar la mirada cuando se enfrente a los ojos acusadores que lo señalarán como un enemigo y no como un presidente, O alguien a quien se pueda respetar y admirar.
Ante esa andanada de palabras que no podía alegar eran realmente un claro reflejo de la verdad, el otro, quiso intentar una nueva defensa. Y atacó, cortando a Grau con algo que pensó sería lapidario para él.  Le dijo entre una especie de risa que amagó. Sí, ya sé que en su afán de mostrarse generoso o ganar el título que hoy ostenta de “caballero de los mares” hizo salvar a los enemigos que estaban a punto de morir en medio de las aguas turbulentas del océano, a pesar de haber obtenido una victoria. Y escribir a la esposa misma de su almirante una conmovedora misiva. ¿Qué pretendía? ¿Ganarse el corazón de ella? Volvió a reír. Debe haber sido hermosa.
Ante esas palabras, Grau se envaró y tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no cruzarle el rostro con una bofetada. En cambio dijo con una sinceridad tal, que el otro calló de golpe.
No podía esperarse más bajeza aún de su parte. Usted me juzga desde su punto de vista. Desde el lugar más oscuro del averno propio. Lo que hice, lo hice sin pensar en otra cosa que no podría usted comprender por más esfuerzos que haga. Un acto de caridad para con seres humanos que estaban a punto de morir, es cierto que eran enemigos en el combate, pero sobre todo eran seres que ya habían pagado su culpa. ¿Cómo dejarlo morir y mirarlos en desesperación total sin mover una mano? Y todos mis hombres, no solo yo, estuvimos de acuerdo. Y los recogimos y los llevamos hasta su tierra. Y sí, es verdad que escribí una carta a la viuda del Almirante Prat. No lo niego. Pero sin el afán morboso que menciona. Sino porque sentí que mi deber para con un enemigo caído que ostentaba tal cargo, era al menos hacerle comprender que la guerra no la hacíamos por odio, sino porque nuestros gobiernos, los todopoderosos que mandan en cada país, así lo decidieron. Pero no hablemos de esas cosas que son estrictamente personales y de poca valía en lo que vine a tratar. He escuchado lo que me tuvo que decir. Lo he asimilado. Sé ahora que lo que hagamos lo haremos con conocimiento cabal.  No nos llamaremos a engaño. Volveré a mi barco y hablaré con todos. No se preocupe. Mis conclusiones quedarán entre usted y yo. El hecho de que sea un cobarde para no enfrentar a todos no serviría de nada, sino más bien podría ser que se interpretara como una aceptación a la derrota. Y eso no será nunca. Nunca la historia podrá repetir estas palabras pues no quedará constancia de ellas. Puede dormir tranquilo. Su “valía” de persona y hombre de honor no será cuestionada en cuanto signifique algo que de mi parte brote. Sus ideas, sus sentimientos y todo lo que lo forma quedarán en su conciencia… si es que tiene alguna. Tiene otra salida más “honrosa” si quiere asegurarse que cumpliré mi palabra de guardar silencio. Diciendo esto extrajo su pistola de su funda y se la presentó como para que la tomara. Tenga. Tome mi revólver y apunte directo a mi cabeza o a mi corazón y apriete el gatillo. Podrá decir luego que fue en defensa propia y nadie podrá desmentirlo. Es usted el presidente. Yo, un simple marino. Saldré de acá, de otro modo, tal como entré. Y usted vivirá por siempre con la duda de si cumplí o no con mi palabra. Se produjo un silencio. El presidente, no movió un músculo. Miró fijamente a Grau que sostuvo su mirada y le dio la espalda. El Almirante guardó su arma y ante de retirarse solo agregó. No dude usted que cumpliré mi deber hasta el final. Salió. Lo demás lo cuenta la Historia a su modo.