Autor: Hans Rothgiesser

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Corría el año 1880 y el jefe de la tercera división Francisco Bolognesi, de 62 años de edad, asumió el mando de la defensa del puerto peruano de Arica, el cual se encontraba sitiado por fuerzas chilenas al mando de un tal general Manuel Baquedano, quien no entendía bien por qué toda la población de la zona abandonaba sus puestos a exactamente las 7 pm.  El general chileno sabía que las defensas del puerto incluían apenas a 1,500 hombres, los cuales ni siquiera estaban correctamente equipados.  Por eso sospechaba que el ejército peruano haría uso de cuanto truco pudiese para defenderse.  En ese sentido, que todos los soldados desaparecieran de sus puestos a esa hora le parecía demasiado bueno como para ser verdad.

Fue por eso que decidió no atacar en ese momento de la noche.  Envió espías en la noche al fuerte Ciudadela a averiguar qué sucedía, pero no pudieron acercarse lo suficiente.  Lo que podían ver era que todas las luces del fuerte se apagaban a esa hora.  Lo único que se podía ver eran luces de colores leves que danzaban a través de las ventanas.  Pero los espías no podían ver de qué se trataba.  Solamente que los colores predominantes eran el amarillo y el azul.

No obstante, de los cinco espías que mandó, solo cuatro regresaron la misma noche.  El quinto regresó a la mañana siguiente delirando.  El general lo relacionó con el frío y con una posible fuerte fiebre.  Y es que regresó hablando incoherencias sobre unos leones y unas cobras luchando por nada.  Absolutamente nada.  Aun si hubiese cobras y leones en esa región de sudamérica, que luchen por nada era un total estupidez.  No tendría sentido siquiera sugerirlo.

“¡Ahora es cantante también!”, escuchó una mañana el general a uno de los soldados peruanos capturados.  De nada sirvió interrogarlo usando las tácticas más violentas.  Lo único que revelaba eran detalles sobre bailes de agraciadas mujeres y discusiones entre esas mismas mujeres, lo cual de alguna manera aparentemente hacía que fueran más atractivas para el soldado capturado.  Baquedano decidió no dedicarle tiempo a tratar de explicarlo.

Baquedano, que para entonces tenía el cargo de comandante en jefe del ejército en campaña y que luego sería senador, sintió curiosidad por lo que estaba sucediendo.  Uno de sus espías entonces reportó que Agustín Belaunde, quien había sido uno de los 27 jefes bajo el mando de Bolognesi, había desertado y se había refugiado en Tacna.

“¿En Tacna?”, preguntó el general chileno sorprendido. “Habría pensado que un desertor huiría fuera del país.  Traición a la patria conlleva una pena dura”

“Me dicen que detuvo su camino a las ocho y media de la mañana, porque tenía que ver un segmento dentro de un noticiero.  De lo contrario no estaría al día con los últimos rompimientos y las nuevas parejas”

“¿Es eso una especie de radio novela?”, preguntó Baquedano.

“Oh, no mi general.  Es mucho, mucho mejor.  Para nosotros, eso es”

Unos días después, llegaron las noticias de que el coronel peruano Segundo Leiva marchaba desde Arequipa con tres mil hombres como refuerzo para Bolognesi.  Baquedano se preocupó mucho, pero habiendo entendido mejor la situación, envió espías a instalar una pantalla de televisión gigante en la plaza de armas de Ilo.  Baquedano sabía que por ahí pasarían las tropas peruanas y había que pararlas.

Su espía instaló el televisor, puso el canal adecuado y luego arrancó la perilla, de tal manera que nadie pudiese cambiar de canal.  Cuando las tropas pasaron por ahí se quedaron en la plaza mirando las últimas noticias de la Yahaira.  Todos suspiraron al unísono cuando vieron su reacción a la nueva amistad que tenía su ex con una tal Rosángela.

Al cabo de unas horas el mismo coronel Leiva estaba callando a todos para poder ver en la plaza en la tarde el siguiente enfrentamiento entre el equipo amarillo y el equipo azul, cualquiera que sean sus nombres.

Los refuerzos nunca llegaron a Arica.

Tampoco hizo falta.

Conforme fueron pasando los días y las noches, Baquedano podía escuchar que en los fuertes había más escándalo.  Los soldados se peleaban entre ellos a gritos, defendiendo a una tal Korina o demandando que se fuera.  Parecía como si este fenómeno fuese suficiente para que estos peruanos olvidaran las amenazas más prioritarias.  Como que, por ejemplo, estaban siendo invadidos por una nación extranjera.

Si bien el general chileno consideraba que si los dejaba viendo su televisión, el ejército peruano se eliminaría a sí mismo, había un cronograma que tenía que cumplir, así que decidió acelerar un poco las cosas.  Convocó al mayor Juan de la Cruz Salvo y le pidió que fuera a hablar con el oficial a cargo de la defensa de Arica, el coronel Francisco Bolognesi.  El ofrecimiento era que las fuerzas chilenas pasarían y tomarían el control del puerto sin necesidad de matar a nadie.  No se derramaría sangre, pero debían entregar los fuertes, los cuales tenían valor estratégico.

Cuando llegó el mayor chileno a dialogar con Bolognesi, le expresó el ofrecimiento del general Baquedano.  Le indicó que en la plaza principal de Arica colocarían una pantalla gigante en la cual podrían seguir viendo su programa de enfrenamientos hasta que el conflicto bélico entre Perú y Chile terminara.

Bolognesi se negó rotundamente y expulsó a Salvo de regreso donde su coronel.  Luego, el coronel peruano le explicaría a su estado mayor la razón de su negativa.  En un espacio abierto, el sonido no sería tan bueno como en los espacios cerrados en los que veían su programa diario.  Los oficiales de confianza de Bolognesi entendieron de inmediato.  Además, a esa hora de la tarde la luz no se definía y no permitiría apreciar los esculturales cuerpos de las participantes en sus trajes amarillos y azules apretados.

El capitán de navío peruano Juan Guillermo More sugirió hacer una contraoferta.  Quizás si los chilenos instalaran no uno, sino varios televisores en locales cerrados seleccionados, como la iglesia, la municipalidad y la escuela principal, podrían aceptar y así evitar derramamientos innecesarios de sangre.  No obstante, para cuando el capitán había terminado de exponer su idea, ya eran las nueve y media.  Hora de averiguar si Colorina se salvaría del predicamento en el que se había quedado la noche anterior.

De hecho, el teniente coronel peruano Manuel J. La Torre lo mandó callar.  No les estaba permitiendo escuchar las escenas del episodio anterior. ¿Cómo esperaba que entendiera lo que sucedería en este capítulo, si no les dejaban repasar lo que había pasado anoche? Dah.

Baquedano lo intentó una vez más.  Esta vez mandó al ingeniero peruano Elmore a intentar convencerlos.  Elmore era un prisionero de guerra que había estado trabajando por obligación para los chilenos.  Había terminado de instalar un nuevo sistema de sonido en el televisor gigante que habían colocado en la plaza.  Lo mandaron a hablar con Bolognesi para que él mismo le explicara al coronel peruano cómo era que la experiencia de ver a Angie bailando con este nuevo sistema de sonido envolvente era superior a la que estaban teniendo actualmente en los fuertes.  Sin embargo, Bolognesi se negó a recibirlo.

Y es que Elmore llegó justo a las ocho y media de la noche.  Baquedano pensaba que a esa hora ya no había cobras y leones en la televisión, por lo que no habría impedimento para que recibieran al ingeniero peruano.  No obstante, no había considerado que a esa hora tenían que ver en la televisión qué sería de Estela ahora que Beto la había rechazado.

Que Bolognesi y sus oficiales no recibieran a Elmore fue interpretado por Baquedano de la peor manera y decidió que no había otra opción.  Que tenía que apelar al recurso extremo.

Envió una patrulla de soldados en altas horas de la noche y desconectó la conexión de los fuertes en los que estaban instalados los televisores.  A la mañana siguiente, cuando los prendieron para ver muy temprano lo último sobre las peleas y emparejamientos de las cobras y los leones, estos no encendieron. ¡Se iban a perder el segmento del noticiero en el que hablaban de esto!

Los soldados se rebelaron.  Entendían que no llegaran los refuerzos o que estuvieran bajos en balas y que la comida no fuera ideal y que estuvieran alejados de sus familias por tanto tiempo.  Pero, ¿que no les dejen ver lo último sobre la escapada nocturna de la Hoyos? Eso no era aceptable.

Los soldados se comenzaron a amotinar.  La violencia escaló rápidamente.  Bolognesi no tuvo otra opción que canalizar esa furia implacable hacia la fuerza invasora, la cual obviamente había sido la culpable de esta inhumana atrocidad.  Dejarlos sin las noticias matutinas de los combatientes de la noche anterior era algo que seguramente estaría prohibido por los acuerdos internacionales.  Tenía que estarlo.

El general Baquedano, por su parte, aprovechó el caos en las filas peruanas para lanzar su ataque definitivo.  Hubo bombardeo, hubo ataque por mar, hubo incursión masiva por tierra.  Fue una ocasión muy confusa para las fuerzas peruanas que tuvieron que batallar sin saber con quién se había quedado Patricio.  La moral de este ejército no podía estar más baja.

Mientras tanto, en la capital, el responsable de la producción y emisión de este ladrillo al cerebro de la población peruana celebraba que sus programas eran los más visto de la televisión nacional.  Eso era todo lo que importaba, aparentemente.