Autor: Hans Rothgiesser

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En ese entonces era virrey el conde José Antonio Manso de Velasco. Se trataba de un veterano militar y antiguo político español. Previamente había sido gobernador de Chile. Días antes al desastre varios peruanos se habían manifestado por extraños sucesos. Por ejemplo, casi un mes antes marinos habían reportado vapores que parecían emanar del puerto del Callao. Parecía como si el suelo mismo estaba botando esas exhalaciones al aire. Las autoridades del Callao consultaron con su portal de noticias usual para averiguar a qué se podía estar debiendo, pero se distrajeron.  No por información que fuese pertinente en esos momentos previos al terremoto más grande de la historia del Perú, sino porque justo ese día se había revelado que la secretaria del vecino de un abogado que alguna vez había trabajado en la misma empresa que un congresista de ese partido había escrito una carta con errores ortográficos. Y por supuesto que eso era más importante que cualquier otra noticia que ese día podría haber surgido.

Por esos días había una cárcel en la isla San Lorenzo. Su alcaide, de nombre Manuel Romero, días después reportó que escuchaba un sonido bajo la tierra, como el mugido de buyes. Quiso que los medios de ese entonces lo comunicaran a la población para que estuvieran alertado. No obstante, ese día el veterinario del perro de un vecino de un columnista que no había criticado a ese candidato en las últimas elecciones anunció su jubilación y está de más decir que eso era más importante y había que dedicarle todo el espacio posible. Todo lo demás podía esperar.

Las autoridades eclesiásticas de ese entonces escucharon de estos sucesos de boca de algunos marineros y otros trabajadores -dado que los medios tenían mejores cosas que reportar-. Convocaron entonces a una misa especial para rezar por la ciudad. Pidieron a portales de noticias que avisen a los vecinos de esta ocasión, pero no pudieron hacerlo. Resultó que justo en esos días el caballo del socio del sobrino de quien fuera el cocinero en el menú donde siempre comía quien fuera el jefe de la campaña de ese partido alguna vez estaba enfermo y prefirieron dedicarle largos artículos a burlarse de ello. Y es que burlarse de un caballo es noticia pertinente, si es que aporta al desprestigio de un partido político con el que no simpatizo. En ningún otro caso es aceptable.

Al final, la misa fue un fracaso. No acudieron suficientes fieles, por lo que seguramente Dios mandó el castigo que vino a continuación.

Y entonces, sucedió.

En la noche del viernes 28 de octubre de 1746 la tierra se sacudió fuertemente. El portal de noticias recién lo reportaría al día siguiente, porque esa noche era la entrevista a un analista extranjero que una de cada cuatro veces que abría la boca era para criticar la corrupción en el gobierno de un dictador que por último ya estaba en la cárcel. Pero esa una de cada cuatro veces tenían que reventarle cohetes y repetirlo desde distintos ángulos y analizar la genialidad de sus hallazgos. Que en las restantes tres de cada cuatro veces se pasase tratando de negar el holocausto, eso por supuesto no lo reportaban nunca.

Los fuertes movimientos de esa noche hicieron que los vecinos salieran de sus casas y buscaran espacios descampados.  Lamentablemente no todos pudieron llegar a hacerlo. Algunas de las construcciones colapsaron, atrapando a varias víctimas.  Incluso si uno lograba salir a la calle, estaba a la merced de las fachadas de otras casas, que podían desplomarse sobre uno.

El movimiento duró entre tres y cuatro minutos. Esto fue suficiente para colapsar iglesias, casas, escuelas, mansiones y conventos. Cuando terminó el sismo había tanto polvo en la ciudad, que los sobrevivientes no podían ver hacia dónde ir. Habría sido útil alguna forma de comunicación que le indicara a los limeños hacia dónde ir, en dónde estarían seguros y en dónde podrían ser atendidos.

Mientras tanto, en el Callao los marineros experimentados tuvieron algunos minutos de adelanto para advertir que se venía otro desastre. Mientras que Lima había sido sacudida por un terremoto, al puerto del Callao le esperaba un maremoto.  Algunos marineros habrían podido salvar vidas si hubiesen tenido la posibilidad de advertir a la población para que huyera de la costa. No obstante, un programa nocturno de entrevistas había tenido como invitado al gato del callejón en el que se bañaba el amigo de infancia del contador del congresista de otro partido que había tenido la desidia de dejar pasar la oportunidad de criticar duramente cuando se le preguntó cuál consideraba que era el peor gobierno de los últimos años.  Semejante afrenta a la democracia no podía pasar impune.

Por eso, en vez de advertir a familias, niños y ancianos de que se aproximaba una ola asesina, el portal dedicó varios artículos a exponer sus notas de primaria, entrevistar a quien fue su bully cuando era pequeño y a entrevistar a su ex para que revelar los detalles más cochinos de su vida sexual. Ya saben. Lo usual.

Muchas familias huyeron a la Plaza Mayor, en donde confluyeron limeños de distintas clases sociales y orígenes. Ahí pudieron compartir información y constatar qué partes de la capital habían sido más golpeados por el sismo. Tener que enterarse oralmente de las cosas parecía un retroceso en la evolución de la sociedad. Pero ni modo.

Otras familias huyeron al campo, a las granjas y a las huertas. Llegaban a espacios en muchos casos desconocidos para ellos.

En medio de la confusión hubo réplicas. Debido a éstas era peligroso ingresar a la zona de los escombros a atender a los heridos que aún estaban atrapados. Algunos de estos fueron rescatados un día después. Algunos incluso dos días después.  Los que trabajaron en esto fueron pocos, porque no muchos podían mantener la serenidad en semejante contexto.

Al día siguiente, cuando salió el sol y los limeños pudieron ver la extensión de la destrucción, no pudieron creer lo que tenían ante sí. Se estima que solo quedaban 25 casas en pie de las tres mil que se encontraban dentro de las murallas de Lima. El terremoto había sido devastador. Incluso las construcciones más emblemáticas de la ciudad, como la catedral o el palacio virreinal fueron arrasadas.

Recién entonces llegaron a Lima las noticias de lo sucedido en el Callao. Éstas fueron en extremo alarmantes. Hablaban de que el mar se había elevado y que se había precipitado dos veces a la tierra. Esto sonaba increíble, por lo que las autoridades limeñas acudieron a los portales de noticia para constatar la información.

Lo que encontraron fue un titular que hablaba del dentista del primo del gasfitero que alguna vez reparó el baño de la oficina en la que funciona la empresa comercial que le vendió alguna vez papel a ese partido político. Se había descubierto que este dentista tenía Alzheimer, por lo que obviamente había que burlarse de él, dejando en claro que tener Alzheimer es motivo de burla si y solo si estás vinculado con ese partido. En todos los demás casos es algo que hay que respetar y tolerar y cuya lucha hay que reconocer y enalzar. Por supuesto.

Habrían reportado las cuatro mil muertes en el puerto del Callao si éstas hubiesen sido culpa de alguna u otra manera de ese fujimorismo. Y por más que lo intentaron y le dedicaron horas de horas, no pudieron estirar los hechos lo suficiente como para encontrar la causalidad. Así que tuvieron que dejarlo pasar, no más.

Lima y Callao no fueron los únicos afectados. Cañete, Chancay y Barranca fueron algunos de los otros centros urbanos afectados. Está demás decir que los sobrevivientes de Lima y Callao nunca se enterarían. Eran bombardeados con noticias sobre otro tema.

En todo caso, incluso hoy en día no se sabe exactamente cuántos muertos causó el desastre en cuestión. Algunos dicen que las pérdidas llegan a 100,000 vidas. Otros dicen que un estimado más razonable es de 60,000. Pero ésa no es la parte importante.

Lo importante es que ese día la oficina de ese partido colapsó también. Eso sí lo reportaron. Obviamente.