Autor: Alfredo Alexander Bustos Castillo

Tras la elección del primer Presidente Civil de la Historia del Perú, los hermanos Gutiérrez sublevaron a buena parte del ejército peruano; a continuación aprisionan al presidente Balta en mi centro de labores. Yo, como habitualmente dirijo, preparo con los otros trabajadores los materiales para las próximas jornadas del mes patrio. Llovizna y muecas de bribones en un día tan opaco. Tempranito estuvimos comiendo ciruelas, declamando poemas e injurias personales.
Nos mandaron a dormir, asombrosamente, temprano. Nadie pudo conciliar el sueño hasta el día del fortuito disparo. Entonces, se agravó el insomnio. Los rebeldes, aunque gentiles con nosotros, defenestraron a los cocineros. También asesinaron al presidente José Balta.
Tuve un fugaz amorío con la ex mujer del autor material del magnicidio. El rufián le comentó a ella que el disparo jamás se ejecutó, que el abatido era un orate que deambulaba por el río hablador y las calles del jirón de la Unión, entre escaparates de smokings españoles. Marceliano, y sus hermanos habían confabulado truquear la historia. La umbría capa que utilizaba el orate estaba teñida de sangre, de sangre inocente. En el cuartel de San Francisco echaron a todo el gentío de trabajadores ajenos a los hombres de confianza de los hermanos Gutiérrez. Hombres de confianza que se esfumaban con premura; gran proporción de la tropa había desertado, y se avizoraba una población enardecida, armada y clamorosamente civil. Tuve un fugaz amorío con la ex mujer del Mayor Narciso Nájar. A veces me visto de militar y regodeo frente a un espejo, pero no soy un asesino. Nuestras labores matutinas consistían en preparar los cadalsos y dar mantenimiento a las hogueras. Supe recibir un recado a través de mi madre (vendedora de comidas en Plaza Mayor), que tenía en mi poder y responsabilidad resguardar la integridad  del Presidente Balta y los hermanos Tomás y Marcelino Gutiérrez, embarcándolos en un buque que nos aguardaría cautelosamente en el Primer Puerto. Mucho dinero de por medio; empero lealtad a mis nuevos patrones me llevaría a escoltar secretamente bajo juramento casi hipocrático a los insignes caballeros. Pelucas y ropas de obreros me proporcionó mi madre, para disfrazar (en lo que pueda) a los tres señores. Corrimos por las callecitas aledañas al cuartel, nos dirigimos a un grupo de ancianos que divagaban tras el ocaso. El miedo se asoció a un rumor de multitudes, dotados de insania popular. ¡Silvestre ha muerto!, ¡Silvestre ha sido asesinado!, ¡lo mató uno de los hijos del Presidente Balta!
Tomás miró con recelo y tirria al padre del supuesto homicida de su hermano, su hermano Marcelino sacó un revólver y lo apuntó en la nuca de Balta… Traté de calmarlos: mentadas de madre e improperios a los señores deudos. Tomás empezó a sollozar y arrodillado y trémulo nos odió a todos, generando una llamada de atención de la multitud que se aparcaba a un esquina del Mercado Central. Lastimosamente, el gentío los reconoció a estos magnicidas vestidos de civiles. Poco sirvieron las arengas de un Marcelino con afán de “sumarse” a las arengas del “¡Viva Pardo!”. Noche ecuménica, noche de asesinatos que se lloran como recién nacidos amamantados por la muerte.
Con un asustado José Balta estimé continuar la empresa. Solamente otro disparo que desbarató el porqué de nuestro buque en el Callao: “¡Asesinaron a Marceliano cerca al mar del Callao!”. El Presidente me aseguraba que su hijo no es un asesino, me suplicaba que lo dejase ir. Y entre fuego y trifulcas no supe más de él. La Historia del Perú no supo más de José Balta, tampoco.