Autor: Luis Adolfo Apolin Montes

Cada uno pone su propio paraíso en el infierno de los demás.
Alberto Moravia. La romana

I
Años después del fin de la última gran guerra, volvió a su pueblo pero no encontró a nadie. Todos habían partido hacia las nuevas urbes que requerían colonos en los grandes arenales de Antofagasta. Era importante poblar aquellas zonas con peruanos quienes, poco a poco, arrebatarían tierras y recursos de las ciudades chilenas que aún se mostraban rebeldes ante la victoria aplastante del Perú, era el derecho del vencedor y el sino de los vencidos.
Desde que fue alférez siempre receló de la ambición imperialista de sus generales y comandantes, sospechas que se vieron confirmadas una vez que derrotaron al pueblo del sur y sometieron casi todas las zonas fronterizas del Brasil y del antiguo Chaco anexionándolas a través de feroces razias, masacres y pogromos azuzados contra toda autoridad que se opusiera. Todos parecían hacer oídos sordos de los saldos sangrientos y el rechazo internacional, solo cuando cayeron las ciudades fronterizas de Ecuador y Colombia, la ambición imperialista pareció amainarse. Millones de extranjeros anexionados eran considerados ciudadanos de segunda clase y la dictadura militar implantada no admitía protestas de ningún tipo.
Estaba harto de aquella carnicería descomunal y sobre todo de la abstinencia a la que fue sometido por tantos años en el ejército bajo el pretexto de que lo necesitaban “concentrado en loor de la Patria”. No, esto ya no era para él. Pidió su baja para no volver jamás y regresó a su querencia con las ilusiones puestas en la posibilidad de hallar el amor que, hasta ahora, la vida le había negado.
Pero no halló a nadie. Solo unas visitas esporádicas que cuidaban de unos cultivos magros en huertas olvidadas, todos se habían marchado y los pocos que venían a diario lo saludaban con extrañeza y pesando que era un loco más, le daban los buenos días con una sonrisa no sin antes hacerle gestos extraños con los dedos como indicándole de que era un disparate quedarse en aquel lugar de infecundas presencias.
Ya había llegado y no podía retractarse, por orgullo, por cansancio, ¡quién sabe! Quizá la necesidad de un respiro luego de ese ir y venir sin arraigo alguno. Optó por hacerse una vida en aquel lugar. Solo le quedó dormir en la precaria casa de su infancia de hijo único, aquel hogar en donde su madre dio su último estertor víctima de un accidente casero absurdo. Resbaló de las estrechas escaleras del segundo piso mientras ahuyentaba a la gallina del vecino que intentaba ingresar por el techo a su huerta recién cultivada.
–Mi hijo, mi hijo– le contaron que fueron sus últimas palabras. Y mientras lo llamaba, la gallina comía plácidamente los brotes del maíz que había tratado de defender. Con su nombre en los labios dejó de luchar.
–Yo no supe nada de esto– comentaba años después a sus muy escasos amigos– sino luego de tres semanas, en esos días nos encontrábamos ocupados en la matanza, destruyendo las últimas casas que quedaban en Bolpebra para luego partir hacia la ceremonia de capitulación de Santiago de Chile.
II
Rechoncho, de cabellos canos, mirada inquieta y hablar estropajoso. Los años en el servicio y la soledad habían forjado en él a un hombre ansioso de amor y repleto de tristeza, en su ansiedad por hallar aquella mujer ideal, cometió el error de la desesperación y la evidencia excesiva en sus maneras y palabras, espantaron a toda posible mujer de su vida.
Aunque sus intenciones fueron buenas, sus manos inquietas y conversaciones zafias terminaban por condenarlo, recibiendo no con poca frecuencia cachetadas infames a las que respondía con una carcajada nerviosa, tratando de conjurar la vergüenza. Abrazos confianzudos y piropos grotescos solo arreciaban más su reputación de acosador.
–Carajo, estas bolivianas son muy chúcaras– pregonaba en más de una ocasión, al igual que dijo de todas la mujeres que le gustaron. –Me voy para mi tierra, ahí las mujeres me aman, ¡me aman compadre!– declaraba a sus ocasionales oyentes entre copas y vulgaridades. Nadie trataba de desdecirle, solo atinaban a seguirle la corriente con aquiescencia.
Por eso, al llegar a su pueblo, la consternación dio paso a la resignación, terminando por convencerse de que la soledad en la vejez sería su única carta y aunque lloró en su habitación húmeda aquella primera noche, a la mañana siguiente sintió la levedad de quien renuncia a ser la carga de otro corazón.
III
Un día, mientras limpiaba la gigantesca huerta de la casa familiar, llegó un grupo de hombres animados por su ejemplo, cargando picos y todo tipo de vituallas para cultivar los terrenos abandonados hacía mucho. Todos llevaban la firme convicción de resucitar aquellas tierras huérfanas, refugio de peregrinos perturbados.
–Acá no hay más que fantasmas hermano…– le dijeron los hombres que llegaron.
–Mejor todavía, ellos no molestan y te dejan en paz con tus recuerdos– replicó muy orondo.
Y los años transcurrieron sin más afán que sembrar, esperar, cosechar, guardar los granos, criar algunos animales y animar a las pocas familias que se iban asentando de vuelta en esas tierras. Otro ritual consistía en oír por la radio y hasta el cansancio las panoplias por las “aplastantes” victorias en el sur donde los insurrectos araucos no cejaban en su intento por recuperar las regiones perdidas a través de guerrillas fantasmales que se ocultaban entre las montañas argentinas.
Y a pesar de toda la convulsión, se sentía lejano de todo ello. Nada le importaba porque era feliz o pensaba serlo y a pesar de que muchas personas llegaron, ninguna mujer entabló amistad con él aunque sus maneras ya habían menguado y su corazón navegaba sereno en las aguas amables de la indiferencia.
–Dicen que es raro ese hombre, mujer no tiene.
–¿No será maricón?
–No creo, mi marido dice que le gustan mucho las mujeres pero no encuentra a ninguna.
–¡Pobrecito!, a ver si le ofreces a una de tus hermanas, las viudas.
Y las mujeres reían ante la ocurrencia pues las viudas eran copiosas esos años donde pueblos y ciudades enteras habían quedado sin varones luego de las prolongadas guerras de reconquista que trajeron territorios al país y huérfanos en abundancia.
Una mañana, al salir hacia la huerta, confundido con el color terroso del tapial de su casa, vio a tres hombres que se acercaban flemáticos por la fangosa carretera que daba entrada al pueblo. Llevaban a alguien atado de pies y manos, un prisionero, escuálido, con ropas raídas de un color indescifrable, demasiado delgadas como para las gélidas temperaturas de aquellas montañas. Traía la cabeza cubierta por una bolsa mugrienta y agujereada.
–Tío– llamó el primero de ellos, un muchachito con rostro silvestre, seguramente algún chuncho de la selva que fue levado durante los días más álgidos de la última guerra– ¿dónde podemos tomar y tragar algo por aquí?– lo dijo sin atisbo alguno de súplica, cada palabra brotaba más bien como una orden. Así hablaban los militares.
–Aquí no hay nada como para ustedes cabo– le espetó mirando su muy desgastada charretera– solo una tienda… la señora puede preparar alguito y mientras esperamos, podemos darle trámite a una jarrita de chicha, ¿qué dice?
El militar miró con suspicacia a aquel hombre embarrado, casi invisible en la pared, viró hacia su compañero quien llevaba atado al prisionero y aquel lo tranquilizó con un gesto de afirmación con la cabeza.
–Vamos pues tío, vamos–  respondió el cabo relajando un poco el arma que llevaba al hombro y mostrando sin disimulo un enorme cuchillo de cacería que portaba en el cinto.
Llegaron a la tienda de la señora Ofelia, la misma que atendía solo de lunes a miércoles porque de jueves a domingo se dedicaba a llorarle al fantasma de su marido, quien hasta en sueños, según su fidedigna palabra, la perseguía como un demonio acechador. La mujer, gloriosa muestra de la monumental parsimonia andina, los saludó a la velocidad requerida para los prolongados silencios, el prisionero fue conducido y sentado sobre los restos de un muro derruido que se hallaba muy cerca de la tienda y atado toscamente a un cipo en el cual sujetaban a los cerdos más revoltosos.
–De acá no te mueves, ¡entendiste!, plomazo te ganas carajo, ¿entiendes?
No hubo respuesta.
Y el cuerpo quedó ahí, postrado como sin vida, sentado sin tremolar a pesar del celaje frígido que entristecía el lugar.
Mientras conducía con sonrisas forzadas a los militares hacia la tienda, se preguntaba por el prisionero. ¿Qué pensaría?, ¿quién sería?, ¿por qué lo llevarían así? Obtendría sus respuestas, la chicha era buena cómplice para ablandar la lengua.
Todo a su tiempo.
El cabo entró con prisa, pero el sargento que hasta ahora no había adornado la conversación con palabra alguna, se mantenía en el umbral. Una vez sentado y arrellanado en toda su escasa corpulencia, el cabo miró a su superior con cierta sorpresa, iba a decirle algo pero el veterano, tomando control de la situación, le mostró su mejor sonrisa y levantando la mano en un gesto universal de invitación le dijo:
–No hay razón para tanta timidez, yo también soy compañero de armas– notó la perplejidad en el rostro del sargento enhiesto como piedra– fui teniente, ya hace mucho, durante las guerras de “reconquista”.
El sargento pareció relajarse, era fácil identificar a colegas en cualquier lado, siempre un peruano parecía llevar consigo un aura trastornada.
–Bueno teniente– se animó a decir, acercándose y tomando asiento ante la alegría de todos al verlo tan despabilado de repente– será un orgullo beber junto a un veterano, es un honor. Ya no hay muchos como usted que sobrevivan y menos encontrarlos en lugares como estos, casi todos tienen buenos puestos como chupatintas en la capital o como politiqueros en las provincias.
–Verdacito– agregó el cabo– es bien raro verlo por estas soledades mi teniente, ¿algún motivo en particular?
–Todos tenemos nuestros motivos hijo, todos lo tenemos…
Esperaron unos minutos hasta que a la señora Ofelia se le dio la gana de servirles la chicha en vasos de dudosa higiene que los hombres tomaron y levantaron como si del cáliz sagrado se tratara.
–Por el imperio– dijo el sargento.
–Por la patria– respondió el veterano.
–Por el imperio…–reafirmó el cabo– el imperio que logró doblar la rodilla a Latinoamérica, por su sangre y la nuestra… – y chocaron los vasos en medio del silencio.
Pero el momento incómodo que solo duró un instante y las gargantas relajadas dieron pase a las conversaciones habituales de aquellos tiempos gloriosos.
Hablaron del servicio militar obligatorio, de los ejercicios de guerra que la población realiza una vez al mes, de los extranjeros que a pesar de ser legalmente peruanos eran tratados como parias y muchos de ellos tenían que ir a hollar sus huesos en las vastas plantaciones de coca en la selva. Rodeado de mosquitos, malaria y serpientes; en pro de “la hoja salvadora de la patria” como solía llamarla la prensa, esa hoja empleada de ingeniosas y nuevas formas que daría el vigor a la nación refundada.
–Muchos soldados a mi mando se volvieron cojudos con esa hoja– comentó el veterano– yo no la he probado nunca.
–Debería mi teniente– le increpó el cabo– es bueno ese bolo verde en la boca, sobre todo para usted que chambea duro en la chacra.
Hablaron de la implantación del español como lengua de unificación y cómo los grupos lingüístico reacios a la “reforma lingüística de la patria” fueron exterminados como lo que eran: unos traidores a la causa del imperio. Hablaron de los nuevos billetes, de quienes serían los mejores héroes de la reconquista que irían mejor en ellos, del analfabetismo extinto, de las pensiones, de las becas, de los rebeldes que pronto se sofocarían en los andes donde se ocultaban como zorros de la puna, de la próxima conquista de Uruguay, Paraguay y las Guyanas, de todo, o casi. Quizá solo un tema habría que tratar con elaborado cuidado. Insinuar su nombre despertaba recelos y suspicacias, pues siempre se tenía que ser muy diligente y encomiástico al hablar de ella.
–Una gran mujer – dijo el veterano mirando su vaso.
–Sí, una gran mujer–  replicó el sargento observado los gestos del veterano.
Como en toda dictadura, la imagen de la gran generala, la destructora del Arauco, la guadaña de Brasil, la domadora bravía de Latinoamérica, la gran madre; venerada hasta el sacrilegio, acuñaba su lugar en la historia a través de una despiadada necesidad de conquista. Había que tener mucho cuidado al hablar de ella, cada palabra podía ser una sospecha. Era preferible guardarse las opiniones, uno nunca sabía quién estaba escuchando.
Y los vasos, repletos de espirituosa sustancia campesina, llevando lentamente a nuestros amigos a los brazos soporíferos del alcohol, los obligaba a hablar cada vez más fuerte y animados, cambiando el tema de conversación hacia algo más trivial como las cosechas, de cómo habían sido llevados por la tropa abandonando esposas, hermanas, madres e hijos.
–¿Y cuántos calatos dejó regados en cada país mi teniente?– preguntó con jolgorio el cabo.
–Ninguno– respondió secamente.
Nada tenía que lo atara, solo se extrañan los recuerdos buenos.
–Y ese, ¿quién es?– preguntó el veterano inclinando la cabeza hacia el exterior.
–¿Ese?– contestó con extrañeza el sargento como si quisiera aclarar algo, pero obviamente no valía la pena– es una basura que merece un balazo antes que el aire que respira– simuló un disparo con el índice, el cabo sonrió ante la ocurrencia– lo llevamos a la capital de la provincia y de ahí a Lima para su ajusticiamiento.
–Terruco chilenos– agregó el cabo– ellos son quienes se encargaba de armar con pertrechos a la miserable resistencia que hay en el norte del país, los emboscamos por la ceja de selva y le sacamos su madre a los quince, solo esa porquería sobrevivió.
–Nosotros éramos diez– intervino de nuevo el sargento– la mitad murió en el combate, los pocos que quedamos enterramos las armas, eran muy pesadas como para llevarlas y un grupo de tres partió a la capital de la provincia a buscar transporte ya hace cuatro días.
–No pudimos pedir ayuda, en el combate nos reventaron las radios– el cabo hizo un mohín de fastidio– Así como lo ve es de lo peor, casi se nos escapa varias veces pero ya está jodido ¡a propósito nos retrasa la marcha! por eso los otros se adelantaron, acá los vamos a esperar segurito que  mañana se aparecen.
Ya lo tenía claro, era así. A medida que la tarde avanzaba y la llovizna advertía una tormenta nocturna, empujado por el ardiente deseo de orinar salió al exterior y muy cerca del prisionero descargó el remanente de aquel líquido aguardentoso.
Cada vez que salía, lo veía ahí sentado, andrajoso, quieto, inconmovible como una roca. Jamás había visto a alguien estar tan tranquilo a pesar de saber el destino que le esperaba, y vaya que él había sido testigo de cómo trataban a estos insurrectos del norte y sin embargo, era inquietante su impasibilidad. No sabría si fue la curiosidad o simple borrachera, cuando se le ocurrió acerarse y quitarle el bolso que llevaba en la cabeza, lo hizo de prisa, sin ceremonias.
Ahí estaba. Una mujer.
No tendría más de dieciséis. Un rostro tranquilo, lozano, hasta hermoso según creía aturdido por el alcohol, igual a miles de rostros que había visto antes. Ojos claros, intensamente claros y una tez otrora blanca tostada por el sol implacable y el viento helado, lo miraba sin ofrecer emoción alguna. Su cuerpo, enervado por las duras condiciones de la guerra, perfilaba una incipiente voluptuosidad. De caderas estrechas, manos pequeñas y busto erguido, brotaba en ella la suficiente sensualidad como para despertar en el veterano el perdido interés por el sexo opuesto. Apenas sí podía decir que parpadeó, quiso preguntarle algo, su nombre, de dónde era, si tenía alguien que la esperara, pero no se atrevió y volvió a la tienda ante la mirada inconmovible de la insurrecta.
–¿Cómo está la prisionera?– le preguntó el sargento.
–Bien, bien– respondió– supongo que lo suficientemente bien como para alguien que sabe que la fusilarán en unos días.
–A esos perros no se les debe piedad mi teniente –comentó el cabo– a esos hay que acabarlos al toque, son los que mueven a su gente haciéndoles creer que tienen esperanzas… por eso estas basuras no se rinden ¡y encima piensan que van a recuperar su país!… ¡somos un país grande carajo, grande y cruel!, por eso somos invencibles.– hablaba embadurnando de babas cada palabra– esos ya perdieron y no quieren entender.
–Son peores que los soldados regulares– habló el sargento con un tono descompuesto– los rebeldes atacan a lo que sea y lo destruyen todo, hay que escarmentarlos, tener mano dura con ellos. No se puede hacer más
El veterano solo los miraba sin afirmar ni negar nada. La rubicunda chica iba calando con calma en las mentes de cada uno, convirtiéndolos con el paso de las horas en adminículos de la memoria, liberándoles la palabra, el corazón, sus lágrimas y resquemores, recordando lo que no pasó jamás y lo que creyeron olvidado, contándose secretos irrisorios, inverosímiles y a veces inconfesables. En fin, relajando el espíritu y el suplicio permanente de saber que se era parte de un país ingénitamente brutal.
Salió otra vez al baño, el ocaso estaba cerca y el frío anunciaba una granizada próxima. Ahí seguía, en la misma postura y sin la bolsa que le cubriera su, ahora, hermoso rostro.
–¿Cómo te llamas?– Le preguntó. Unos segundos de silencio. Ella agachó ligeramente la cabeza como ordenando sus pensamientos.
–No sé– respondió mirándolo a los ojos– no recuerdo nada, todos me decían niña.
Bueno, era común que muchos niños de diferentes países infiltrados como partisanos tras las líneas enemigas no tuvieran nombre. Los comandantes insurrectos los secuestraban de las familias fronterizas y solo les asignaban números. A los pocos meses los adoctrinaban para luchar contra el imperialismo peruano.
Había traído el enorme cuchillo de cacería que el cabo dejó a un lado de la mesa. Sacarlo fue bastante sencillo, todos ya estaban lo bastante ebrios, cantando tonadas militares, como para percatarse de su ausencia.
Al mostrarle el arma, la muchacha pareció perder por un segundo la compostura, aunque rápidamente la recobró, hasta parecía que dejó de respirar y sus ojos se cerraron como resignada a lo inevitable.
Él la miró, profundamente, y vio en ella a la mujer que jamás le dijo que sí, a la hija que nunca tuvo, al hermano que murió durante los primeros días de la guerra, al padre que desapareció cuando aún era niño, a la madre que le heredó sus recuerdos más sencillos, a él mismo, quizá, y su triste soledad de viejo resignado al olvido.
Por eso le cortó la soga. La miró a los ojos con ternura y esperó un “gracias” por su magnificencia, pero a cuenta de ello recibió un empellón violento al mismo tiempo que le arrebataba el cuchillo con agilidad felina y, finalmente, la salvaje estocada en el estómago que lo dejó tendido, agonizando, ¿qué había hecho con su vida para acabar de esa manera?, si solo quería ayudar, quería ayudarla.
Los militares salieron ante el grito que lanzó, las pocas personas que estaban en sus casas se asomaron pero callaron y muchas se ocultaron entre las sombras. El sargento y el cabo apenas podían sostenerse en pie, sin embargo, empezaron a disparar sin ton ni son, las balas ya no podían alcanzarla.
Él seguía acostado, envuelto en un dolor indescriptible, ladeó la cabeza, alguien venía en su ayuda ¿sería muy tarde?, se arrodilló a su lado, le decía algo pero él no entendía. Ya no sentía nada, viró a la derecha y la vio descender precipitadamente por las empinadas chacras.
–Va hacia el temple– pensó.
Hacia el río ancho desde el cual podrá orientarse y escapar hacia el sur.
–¡Por la razón o por la fuerza!– gritó la muchacha antes de perderse, para siempre, entre los sembríos de papa.
Y en su última mirada pudo apreciar el atisbo de un odio implacable.