Autor: Jorge Enrique Bayona Matsuda

Pese a que los largos años en San Francisco lo habían acostumbrado al frío de la costa del Pacífico, José Mercado sintió un escalofrío al escuchar la campana repicar insistentemente. Solo podía significar una cosa: un buque de guerra los estaba interceptando. De inmediato cerró el cuaderno en el que estaba tomando apuntes y guardó los libros que consultaba. Salió de su pequeña cabina en el vapor mercante Virgen de Antipolo y subió al puente de mando para ponerse a disposición del capitán de la nave.

Lo encontró en la cubierta, siguiendo el curso del buque a través del catalejo. El resto de la tripulación observaba a su capitán y al barco que se iba acercando, esperando a que diera las órdenes correspondientes. —Detengan la nave—ordenó su hermano mayor Paciano tras varios tensos minutos. —No podemos eludir al Huáscar—.

¡El Huáscar! Como casi todos los de su generación, José se había criado oyendo las historias de la épica campaña de 1866 en la que aquel monitor, junto a la fragata Independencia y las corbetas Unión y América habían cruzado un océano para derrotar al imperialismo español. Hoy, de aquella célebre escuadra, solo quedaba el Huáscar. Volvió a mirar con atención al buque y creyó poder distinguir el perfil que había visto tantas veces en las litografías tan populares de su infancia. Recordaba vagamente haberlo visto fondeado en el puerto de la capital cuando tenía unos cinco o seis años, y el solo imaginarlo con bandera chilena le causaba una profunda desazón. A la puerta del horno se quema el pan. Tantos años de trabajo, y todo podría terminar aquí, pensó José. Tan solo un día más de navegación y habrían logrado alcanzar los alrededores del puerto de Chimbote para coordinar el desembarco del cargamento que tanto esfuerzo les había tomado conseguir.

Habían pasado dos años enteros en San Francisco intentando procurar armamento para enviar al Perú. Vez tras vez se vieron frustrados por los agentes chilenos que impidieron que los envíos se concretaran. Había habido ocasiones en que su hermano, que le llevaba diez años, quiso abandonar toda la empresa y tomar un vapor al Perú para asumir un puesto en algún buque de la armada, o una vez que Lima cayera en manos chilenas, a unirse a la resistencia en la sierra. Después de todo, había tenido experiencia militar desde temprana edad, y la podría poner al servicio del país. José le había insistido que la misión que estaban desempeñando—y que habían emprendido a insistencia de Paciano—podría contribuir mucho más que lo que podría hacer él solo como combatiente. A regañadientes, su hermano había asentido.

Por supuesto, José también a veces había dudado respecto de lo que estaba haciendo ahí. Como muchos jóvenes de su clase social, era aficionado a la esgrima, pero el contrabandeo de armas en una zona de guerra distaba mucho de su verdadera vocación. En el colegio jesuita había sobresalido en el estudio de las letras, pero ahora que había recibido cartas de su familia en que le contaban que la vista de su madre estaba fallando, sentía un repentino interés por la medicina. Pero fue su habilidad con las lenguas la que hizo que su hermano insistiera en traerlo a California. Necesitaría a alguien que hablara inglés fluidamente para que hiciera las veces de asistente e intérprete. No obstante, cuando una compra se caía por la intervención de agentes chilenos y las complicadas leyes de neutralidad, ahogaba las penas zambulléndose en las bibliotecas de la universidad jesuita de San Ignacio o de la Facultad de Medicina de la Universidad de California.

Pero con cada fracaso, José aprendía algo nuevo que le permitió finalmente burlar la vigilancia de las autoridades portuarias estadounidenses y los informantes chilenos. Se acostumbró a hablar el español y el inglés con acento mexicano, y se hicieron pasar por revolucionarios que querían derrocar a Porfirio Díaz. Para la partida del Virgen de Antipolo, hubo de estudiar muchas bitácoras y listas de embarque para poder confeccionar una propia según la cual el buque mercante jamás había pasado por San Francisco, y definitivamente no portaba armamento alguno. Eligió nombres falsos para él y su hermano y les consiguió papeles falsos. Casi como capricho, les había creado toda una historia de fondo, pero a su hermano le bastaba con que los papeles fueran convincentes. Eso, sumado a algunos sobornos en las manos apropiadas, habían finalmente completado la operación. José creyó que finalmente podría regresar a casa y retomar los estudios, pero no sería así. Paciano insistió en que tendría que viajar con él, por si algo saliera mal. Y parecía que aquel momento había llegado.

Su hermano le hizo una señal para que se acercara. —¿Estás listo para esto?—le preguntó. José asintió. Bajó inmediatamente a su cabina para recoger los documentos que había preparado. En cuanto regresó, observó junto al resto de la tripulación cómo el Huáscar se aproximaba lentamente, manteniendo sus enormes cañones de trescientas libras apuntando al Virgen de Antipolo. Finalmente, la tripulación del monitor bajó una lancha al agua, y empezaron a acercarse.

—Bajen la escalinata—ordenó Paciano mientras le entregaba el catalejo a su hermano menor. —Fíjate—

José observó desde el monitor hasta la lancha. La ametralladora de la cofa estaba apuntando a la cubierta del Virgen de Antipolo. Varios marineros estaban en los castillos de proa y popa con sus fusiles en ristre. Un par de los chilenos armados en la lancha los vigilaban también con atención. Le devolvió el catalejo con una expresión de alarma. Más valía que los papeles estuvieran bien.

—Capitán Santiago de los Santos, a sus órdenes—se presentó Paciano en cuanto hubieron subido los chilenos. —Y este es mi segundo al mando, Crisóstomo Ibarra—añadió, mientras hacía una seña hacia José.

—Señor capitán—indicó el teniente chileno que mandaba la partida de inspección. —Mantenga a toda su tripulación sobre cubierta y a la vista del Huáscar.

—¿Es realmente todo esto necesario?—les preguntó Paciano mientras les entregaba la bitácora y lista de embarque que le habían solicitado.

—Lamentablemente, lo es. Esta es una zona de guerra y tenemos que revisar todos los mercantes que pasen por estas aguas para verificar que no porten contrabando para el enemigo—respondió el chileno.

—No me refiero a eso—contestó Paciano. —Me refiero a esto—continuó, haciendo un gesto hacia sus guardias y al Huáscar.—Somos un buque mercante de una nación neutral—añadió mientras apuntaba a la bandera que flameaba en el Virgen de Antipolo.

Con los documentos en mano, el oficial chileno miró hacia arriba, pausó y ojeó la bitácora. —Sin duda—contestó finalmente. —Pero de todas maneras tenemos que seguir ciertos procedimientos a la hora de realizar nuestras inspecciones. Los peruanos han sido de lo más taimados en sus ataques contra nosotros—añadió.

Los hermanos Mercado asintieron. José había leído en los periódicos hacía un par de años sobre los hundimientos del Loa y la Covadonga por medio de bombas ocultas en pequeñas embarcaciones. Estaban tomando sus precauciones. No había vuelto a leer sobre incidentes de ese tipo, así que al parecer estaban dando resultado.

Tras una larga lectura, la confianza depositada en él por parte de Paciano se vio justificada. —Muy bien, capitán de los Santos, todo parece estar en orden. Pero de todos modos debo ir a revisar la bodega de carga—les dijo el oficial del Huáscar.

—Por supuesto—respondió Paciano, y le hizo una señal a José para que los acompañara. El teniente y dos de sus guardias fueron con ellos bajo cubierta, mientras que el resto de la tripulación del buque mercante quedaba bajo la severa mirada de los marineros del Huáscar.

Una vez abajo, mientras que caminaban hacia la bodega, Paciano buscó charlar casualmente con el chileno. —¿Y cómo va avanzando esta guerra que están peleando?—le preguntó mientras abrían la compuerta.

El teniente soltó un ligero bufido. —En realidad la guerra terminó hace un par de años, capitán de los Santos. Lo que hay ahora son tan solo unos cuantos montoneros recalcitrantes que no quieren reconocer realidades—contestó mientras contrastaba lo escrito en la lista de embarque con las cajas que tenía al frente. —Pero no hay caso. El Ejército ya los está arrinconando hacia las sierras del norte del país, y seguramente pronto habrá novedades de su derrota final.

Había tantas preguntas que José quería hacer. ¿Qué había sido de Alejandro Muñoz? ¿De José María García? ¿De Juan Pardo de Zela? Sabía que Juan Guillermo More, el comandante de la corbeta Unión había muerto en la batalla de Arica, pero no sabía mucho del resto de los participantes de la campaña de 1866. Pero preguntar daría pie a sospechas sobre su verdadera identidad, y la prioridad era que los chilenos salieran del Virgen de Antipolo sin incidente. Y en cualquier caso, si todo salía bien, tendría oportunidad de hacer sus propias indagaciones.

El teniente chileno solicitó que abrieran un par de cajas escogidas al azar para cumplir con su responsabilidad. Ambas revelaron nada más que cigarros marca “Germinal”. —Es un mercado interesante, el de Buenos Aires—comentó Paciano. —Quizá en el futuro también podamos hacer envíos a Valparaíso.

—Huelen bastante bien—respondió el chileno. —Pero bien, ya hemos terminado por acá. Subamos para redactar y firmar el acta, y ustedes podrán seguir en su camino.

José soltó un suspiro de alivio cuando los chilenos ya no lo podían ver. Habían sobrevivido a una de las partes más complicadas del proceso. Los acompañó a la cubierta y los vio alejarse. Ahora solo queda ver si no hemos llegado demasiado tarde. ¿Quién diría que los peruanos seguirían resistiendo hasta 1883?

 

*  *  *

 

A la noche siguiente, el mercante Virgen de Antipolo se acercaba a una caleta ligeramente al sur del puerto de Chimbote. Tal como había coordinado Paciano desde Panamá, vieron una enorme fogata entre la penumbra. Para sorpresa de José, Paciano se dispuso a bajar en la primera lancha que se dirigiría a la caleta. —Podría ser una trampa—le dijo. —Deja que bajen algunos de la tripulación primero.

—No, no—contestó su hermano—tú sabes que no hablan español del todo bien. Lo último que necesitamos es que haya algún malentendido y todo esto se vaya a la porra. Si no regreso en una hora, te llevas al Virgen de Antipolo a Guayaquil y ahí esperas instrucciones del gobierno.

José sabía que tenía razón, pero no dejó de sentirse nervioso al perderlo de vista en la oscuridad de la noche. Acá estaban, finalmente en las costas peruanas, listos para entregar el armamento que tanto trabajo les había costado acopiar, y todo podía acabar en un instante. Una comunicación interceptada, una infidencia, un buque chileno que justo pasara por acá por casualidad. Podía ser cualquier cosa. Recordó la pesadilla recurrente que tenía al respecto: él, su hermano y otro colaborador más habían sido capturados, y los chilenos se aprestaban a ejecutarlos en medio de un descampado. Lo peor era que sería por medio de la estrangulación del garrote vil. No gracias, preferiría ser fusilado, pensó, antes de darse cuenta nuevamente de que los sueños suelen carecer de sentido.

Después de lo que pareció un periodo interminable, vio acercarse una lancha. Mientras algunos tripulantes le apuntaban con sus fusiles, José puso la mano en el revólver que Paciano le había dado, por si acaso. Grande fue su alivio al ver que en la sección de proa estaba su hermano y que los demás recién llegados debían ser peruanos. Les ayudó a subir, y le dio la bienvenida al oficial peruano que había llegado con ellos.

—Mi coronel, estamos a sus órdenes—le dijo al oficial peruano que subió a la cubierta del Virgen de Antipolo.

—José Protasio Rizal Mercado y Alonso Realonda, ¡a los años!—le respondió el oficial peruano mientras le daba un fuerte abrazo —¡Maligayang pagdating sa Peru!

José fue tomado desprevenido al ser bienvenido en tagalo. Detrás de él, Paciano sonreía pícaramente. Tras un instante, se dio cuenta de con quién estaba tratando. Los años definitivamente habían pasado, pero aquellas facciones endurecidas por la vida no podían ser otras que la del niño héroe que se había alojado con su familia en Calamba hacía unos quince años, cuando las fiebres tercianas le impidieron hacer el viaje de regreso con el resto de la escuadra libertadora. Su huésped siempre había bromeado respecto de los excesivamente largos nombres que tenían en la casa de los Mercado.

¡Si Leoncio Prado Gutiérrez!—exclamó, en un fallido intento de devolverle la broma.

¡Siyempre!—contestó el peruano, sonriendo.

El resto de la tripulación empezó a murmurar entre sí. Quizá no lo reconocerían de vista, puesto había cambiado mucho de la apariencia que mostraba en los daguerrotipos que seguían circulando en Manila, pero no había muchos quienes en Filipinas no hubieran escuchado el nombre de Leoncio Prado.

¿Cumusta ang pamilya mo?—preguntó por inercia, arrepintiéndose de inmediato.

Mabuti naman—respondió con una sonrisa triste. —Pero patay na sina Justo at Grocio habang itong gera. At desterado ang tatay ko.

José sabía lo que le había pasado al padre de Leoncio. La noticia de su fuga había dejado perplejos a todos en Manila. Pero la noticia de la muerte de sus hermanos le cayó como un balde de agua fría. No podía imaginarse cómo sería pasar por esa experiencia. Era natural que Leoncio siguiera peleando contra aquellos que se los arrebataron. Él haría lo mismo.

La tripulación estaba absorta escuchando las palabras de Leoncio. Nadie acá podía hacer una evaluación del desempeño de su padre, Mariano Ignacio Prado, como presidente durante la actual guerra. Pero para ellos siempre sería el presidente peruano que en 1866, tras la batalla del Callao, envió a su escuadra a cruzar el Pacífico para atacar a los españoles y precipitar la independencia de las Filipinas. La batalla de la bahía de Manila había ocurrido cuando José tenía apenas cinco años, y si bien no la presenció, se la contaron tantas veces en el colegio, que era casi como si hubiera estado ahí. Se podía imaginar al contralmirante Salcedo en la cubierta del Huáscar dando las órdenes para, junto a la Independencia, atacar por sorpresa a la Numancia, mientras las corbetas Unión y América se encargaban de la Berenguela y la Vencedora. Podía oír la incredulidad de los habitantes españoles de Manila al ver que su escuadra estaba siendo hundida por los buques de su excolonia. Esa misma noche, empezaron las conjuras para derrocar al colonialismo español.

Y acá, en el Virgen de Antipolo, estaba aquel joven peruano que había insistido en unirse a los revolucionarios filipinos en su lucha contra los españoles. El mismísimo que junto a Paciano fraguó el plan para infiltrarse en intramuros para abrir las puertas para que las fuerzas filipinas pudieran asaltar a la guarnición española y proclamar la independencia de las Filipinas. Sus proezas en la guerra fueron tales, que Paciano y Leoncio eran conocidos popularmente como ang mga batang koronel, los jóvenes coroneles.

—¿Te parece si conversamos sa Kastila?—le preguntó el peruano tras notar la pausa de José. —Mis oficiales no hablan tagalo.

—Por supuesto, mi coronel—contestó José. Leoncio le llevaba casi diez años, así que debía mostrarle el debido respeto frente a sus hombres.

—Así que, ¿qué nos traen?

José rompió rápidamente un compartimiento secreto dentro de su levita, extrajo los documentos que ahí ocultaba y se los entregó al peruano. —No es mucho, mi coronel. Solo un par de ametralladoras Gatling y suficientes fusiles Springfield para armar un batallón. Mil disculpas, mi coronel.

—Disculpas, nada. Se los agradecemos de corazón—contestó Leoncio, mientras empezaba a ojear la verdadera lista de embarque. Levantó las cejas tras algunos instantes. —Veo que han traído una buena cantidad de munición. Estábamos un poco cortos.

—Y bayonetas—añadió José. —Los agentes chilenos no andaban tan pendientes de las armas blancas, así que sí pudimos acopiar bastantes. Sé que no es lo óptimo, pero es todo lo que pudimos hacer.

Leoncio Prado levantó la mirada y les sonrió. —Amigos, esto podría hacer toda la diferencia del mundo. Vamos a pasarnos toda la noche descargando todo esto y llevándolo a la playa— les dijo a Paciano y José, y empezó a dar las indicaciones pertinentes a su gente. Volteó donde José nuevamente. —¿Vendrás con nosotros?—le preguntó.

—¿A la playa? Claro, no he venido hasta acá para no pisar suelo peruano—respondió José.

Leoncio y Paciano intercambiaron miradas. —No, José. A la guerra. Nuestro ejército se está desplazando a la sierra norte, y tarde o temprano habrá una batalla decisiva con los chilenos. Paciano ya se ofreció a comandar una compañía, como en los viejos tiempos. Pero necesitará alguien que le ayude, y tu español es mejor que el suyo. ¿Vendrás con nosotros?

Todos en el Virgen de Antipolo estaban al tanto de la enorme deuda que tenía Filipinas para con el Perú. Lo que en Filipinas se llamaría utang na loob. Una deuda que jamás se podría pagar, como la del hijo que les debe la vida a sus padres. Y después de todo, ¿no era Filipinas como el hijo que le debía su independencia al Perú? Ahora que este país se encontraba postrado y ocupado por una potencia extranjera, su república hermana del otro lado del Pacífico no podía ser malagradecida. Algunos de los tripulantes más versados en el español ya estaban traduciendo lo que estaba pasando para sus compañeros. Un puñado de filipinos y un cargamento de armas jamás terminaría de saldar la deuda, pero lo importante no era eso, sino siempre estarla pagando.

Siyempre—contestó. —¡Mabuhay ang Peru!

¡At kami rin!—dijo la mitad de la tripulación, ofreciéndose también a pelear. ¡Mabuhay si Leoncio Prado!

¡Mabuhay ang Pilipinas!—contestó Leoncio Prado, sonriéndoles a todos.

 

*  *  *

 

El teniente coronel Paciano Mercado frunció el ceño y asintió cuando José le informó que el teniente coronel Toledo, comandante del batallón, había caído herido y que el mando recaía en él. Desenvainó su espada e intentó gritar por encima del combate. —Batallón Pisagua, ¡calen bayonetas!

Acá estaban, a las afueras de un pueblo llamado Huamachuco, habiendo desalojado a una fuerza chilena que les cortaba el paso. Tras desembarcar el armamento en aquella caleta cercana a Chimbote, Paciano, Leoncio y él, junto a los demás voluntarios de la Virgen de Antipolo se habían unido al ejército de un general peruano llamado Cáceres y pasado semanas marchando hacia el norte. Los chilenos habían enviado una fuerte cantidad de tropas a perseguirlos, y los peruanos buscaban replegarse a las serranías del norte para reorganizarse y acabar con otro general peruano que quería firmar la paz con Chile. Había habido veces en que José se preguntaba si en Filipinas podría haber aquellos quienes bajo ocupación enemiga podrían atreverse a abogar por la paz en lugar de resistir. Imposible, pensaba, ningún filipino sería capaz de tamaña felonía.

Ahora estaban a un paso de la victoria, pero habían tenido que detener el avance cuando la munición empezó a escasear. José podía ver a los chilenos frenando su retirada y empezar a reorganizarse para el contraataque. La orden de Paciano empezó a ser repetida a lo largo de la línea, y los soldados del Pisagua sacaron sus bayonetas y las colocaron en las bocas de sus fusiles. Sabiendo que se venía un combate cuerpo a cuerpo, José desenfundó su revólver y nerviosamente revisó las balas. Su hermano le tomó el antebrazo. —Tú no vienes, José. Te quedas acá con el comandante y los demás heridos.

—Pero…

—Pero nada—le interrumpió. —Alguien tiene que pasar el apellido Mercado a la siguiente generación y eres mi único hermano varón. Además, eres lo más cercano a un médico que tenemos.

Paciano se largó a la línea de fuego, sin dejarlo protestar. José no sabía si agradecer todas las horas que pasó leyendo libros de medicina o maldecirlos. En cualquier caso, en ese momento le quedó claro que por el resto de sus días—y por el resto de la historia—nunca sería más que “el hermano de Paciano Mercado”. Mientras atendía las heridas del comandante, podía ver, mas no oír, a su hermano arengando a la tropa. Unos instantes después se dio la vuelta y con la espalda en alto, empezó a cargar hacia las posiciones chilenas. Con un gran rugido, los peruanos lo siguieron.

—¿No es eso lo más bello que hayas visto jamás?—le preguntó una voz detrás de él. Leoncio Prado llegaba a esta posición de avanzada apoyado en los hombros de dos ayudantes. Tenía la cara pálida y las piernas destrozadas por las esquirlas de algún proyectil, pero trataba de disimular estoicamente el dolor por el que seguramente pasaba.

José volteó a mirar lo que pasaba en las faldas del cerro. A la carga del batallón Pisagua se sumaban el batallón Pucará, y creía reconocer también los estandartes de los batallones Tarma y Huallaga. Con el Pisagua como cuña, estaban rompiendo las filas chilenas, dispersándolas por completo.

—Así es, mi coronel—le sonrió José.

—Todo se lo debemos a ustedes—respondió Leoncio. —Si no fuera por las armas que trajeron…

—No, no. Si no fuera porque ustedes mandaron la armada a liberarnos…

Prado intentó sonreír. —Supongo que nunca sabremos cómo habría salido esta batalla si las cosas hubieran sido diferentes—respondió. Volvió la mirada al campo de batalla. Los chilenos que no huían se estaban rindiendo. La batalla de Huamachuco era una victoria completa.