Autor: Richard Andres Rimachi Ccoyllo

Tiene que ser el 1 de octubre, mañana, pensó aquel observador del barco Calypso debajo de la noche sin consuelo para los bañistas románticos que, frente al puerto, miraban la residencia acuática de las primeras víctimas. Debajo del mar yacía el peligro.

En el año 1968, no obstante, sospechas, amenazas y proyectos a susurros entre los peruanos llevó las convicciones de la futura toma de poder de Velasco a niveles simbólicos en donde patriotismo y revolución conformaban una unidad indisoluble. Por ello, la aparición de un navío sin aparente connotación partidaria motivó a más de un curioso a visitar, aun de lejos, el desembarco de la tripulación como un respiro al ambiente político. La comitiva oficial asistió aquella noche en nombre del presidente y ordenó el pronto traslado de los científicos de Calypso al muelle, mediante los botes equipados, para un recibimiento oficial en palacio de gobierno. Así, las ansias afloraban en tierra firme.

No era ese el caso del capitán. Hombre de paz, temeroso a las guerras, dudó en viajar desde Puno, lugar de experimentación, en pos del objetivo principal de su expedición: conseguir una forma de que el hombre viva bajo el mar, y Lima era un espacio para lo carnavalesco, no para la ciencia según pensaba. Sobre todo, la amenaza latente de Velasco al gobierno de Belaunde impedía cualquier intento por asentarse en la capital. El proyecto peligraba, su proyecto peligraba, pero la comitiva estaba en el puerto y él tan cerca que por unos segundos la hoja en su mano para una carta que jamás escribiría recibió el sudor frío de su piel blanca, enrojecida tras el puño. Y se decidió, por su honor restante lo hizo. Soltó la hoja, salió de su cuarto y caminó en dirección a los botes de emergencia para llegar a la playa, renunciar a la presión de los políticos e… irse, navegar, escapar. Escapar.

El frío era cortante. Un hombre desnudo al borde del barco emergió desde las aguas del Pacífico y, en frente del capitán, con una mirada serena y una sonrisa afable, se despedazó sin realizar ningún movimiento, quieto y erguido como se encontraba antes y durante su desmembramiento en pedazos cada vez más pequeños, órganos divididos a modo de una mitosis inversa en un cuerpo que ya no era más que partículas de carne humana en el aire como pétalos de rosas rojas, sangrientas. La primera víctima no disfrutó de mucho tiempo. En escasos segundos acaecieron tanto la pulverización como la infección de la primera víctima al recibir mediante las fosas nasales todas las partículas de aquel sujeto, quien repetía en la mente del capitán “1 de octubre” cual conjuro insistente y atroz mientras perdía el equilibrio y la voluntad sobre su cuerpo. Aun en ese estado, no comprendía lo sucedido y tan solo obtuvo una vaga idea cuando el cielo de aquel 30 de septiembre desapareció para él y, en cambio, imágenes de un pasado añejo sucedieron a sus ojos. Dos hombres, una urna, una caldera, el barco Calypso en mares remotos que se hundía sin prisa hacia las profundidades de lo inexplorado en donde una ciudad esperaba solitaria, y el año 1868 resonando durante dicha serie última. Luego, nada. Sin conciencia, sin vida, en el suelo de su barco yacía el capitán respetuoso de la memoria de un ya fallecido amigo suyo cuya ascendencia familiar construyó un barco similar con el mismo nombre y propósito científico hace cien años, desaparecido durante su navegación un día de octubre. Un día como el de mañana hace un siglo.

– Señor Leonhard, este es mi barco –dijo alguien en el cuerpo del capitán. Levantóse y buscó a la tripulación.

*

Tardaban. Conscientes de la falta de respeto demostrado por no obedecer a la comitiva y navegar rápidamente a la orilla, los científicos se dirigieron al cuarto del jefe cerca de la proa, pero no hizo falta completar el recorrido. Su nuevo capitán también los buscaba y les pidió que lo siguieran al cuarto de control.

En la playa, a pocos metros del puerto, los diputados esperaban el desembarco. Eran las nueve de la noche. Algunos de los asistentes, entre pescadores y habitantes de los alrededores, se impacientaban por la prolongada demora, más aun en una noche helada aunque seca. Harto de permanecer allí con la curiosidad vencida por el aburrimiento, un adolescente de quince años empezó a abandonar al grupo expectante momentos antes de que unos lejanos gritos se oyeran desde el barco. El potente golpe a los ánimos potenció el susto de las personas, quienes se agitaron y acercaron su presencia al límite de la playa con el mar para oír mejor –aunque no lo aceptaran para sí. Algunos congresistas presentes murmuraron con el resto de diputados sobre la conveniencia de contactarse, o no, con Belaunde.

Pero el capitán descendió al mar. El bote avanzaba velozmente hacia el puerto como centro de las miradas confundidas, alejándose del barco como fondo y recorte de la noche sin estrellas de aquel lunes.

– Buenas noches mis señores. Disculpen la demora –pronunció feliz el recién llegado al desembarcar en el puente del muelle. Nadie dio el primer paso para recibirlo. Él, solo y bajo un halo fantasmal, simplemente daba miedo. –No se preocupen, las personas bajo mi mando saldrán pronto del barco. Lo que ocurre es que surgió un problema con el sistema de anclaje… No, nada grave, ya vendrán.

No parecía un líder, ya murmuraba alguno que calló cuando el marinero se movió lentamente en dirección a los congresistas. Sonreía y su gesto era amable, pero sus ojos ocultaban un mensaje desconocido para quien lo viera sin conocerlo. Miguel Mujica, ministro de Relaciones Exteriores, fue el primero en saludarlo ocultando la repentina confusión de una llegada inesperada a sabiendas de la importancia de este proyecto científico, financiado por Francia. Calmados por la aparente recuperación del control, el resto de la comitiva lo saludó, algunos más efusivos que otros, en la noche que sin detenerse finalizaba hacia su medianoche. Ya eran las diez.

Y entonces, se reveló lo profano. Mientras finalizaban los saludos, algunos de los curiosos dieron cuenta del resto de tripulantes de Calypso que salían del interior del barco hacia sus bordes con pasos mecánicos, como autómatas. Los políticos, alertas del nuevo bullicio de exclamación, giraron su vista hacia el mar en el momento exacto en el cual el primer científico trepaba la baranda del estribor y se lanzaba hacia el mar, seguido del segundo, tercero y sucesivamente de todos los demás sujetos de la embarcación y tumba de aquellas personas que ya no vivían. El capitán, sonriente, siempre sonriente, se alegró aún más por no ser visto cuando trepó como un bulto pegajoso al navío ni en la rápida infección a la tripulación entera, asesinando a veinte personas en tan solo un minuto con las partículas de su cuerpo expulsadas de las narices y oídos del jefe títere hacia los mismos órganos de los desdichados. Solo algunos pudieron gritar unos segundos; la cantidad de partículas bastaban para ingresar simultáneamente a diez personas más con la suficiente potencia para anular los tejidos cerebrales de la conciencia y de todo aquello que hace al humano, humano.

– Zombis –pronunció a voz en cuello entre el horror y fascinación compartido por la mayoría de personas en la playa.

Su nombre era Alonso, y mientras algunos corrían en búsqueda de ayuda, otros se abalanzaron sobre el cuerpo del falso capitán como el principal culpable del suicidio colectivo de sus subordinados.

– Ya estaban muertos, señores, ya lo estab…−así como en el barco, abandonó su actual recipiente y, en tan solo dos minutos, se difuminó en dirección de todos los presentes, especialmente de la comitiva, mientras hablaba con un invisible e ¿inexistente? señor Leonhard. –Tú lo empezaste, pero yo lo terminó. Todos en el mar como aquella vez en un día neblinoso, señor Leonhard.

Después de algunos minutos, los muertos se levantaron. Alonso les ordenó que fueran hacia el mar, a donde su utopía se cumpliera, mientras él se dirigía hacia el hombre clave.

*

El ataque estaba planeado para el miércoles, pero una llamada (¿qué era ese extraño teléfono que funcionaba en la mano y sin cables?) lo alertó de un ataque hacia algunos congresistas y al ministro Mujica. No pudo obtener más datos, pues la llamada se cortó. Juan Velasco Alvarado no dudó mucho tiempo y realizó una serie de comunicaciones que nadie conoce hasta ahora, con lo cual las tropas militares siguieron el plan de emergencia para adelantar la toma de palacio de gobierno. La ciudad caía, y había que aprovechar.

En un cuarto de Breña, acompañado de Fermín Málaga y Edgardo Mercado, dirigía las operaciones dispuesto a actuar a la medianoche cuando, estaba convencido, la situación de aquellos misteriosos asesinatos se agravaría y obligaría a la presidencia a actuar de una u otra forma. Estarían distraídos; así como él.

Alonso, sin que nadie se percatara de su presencia y gracias a su infiltración en las llamadas de los espías cercanos a la playa, supo en donde se encontraba Velasco. Así, raudo y emocionado, ingresó al recinto mimetizado en el aire y apareció en el cuarto del militar, quien miraba hacia el cuadro al frente en la pared, dándole la espalda. Los otros dos conversaban también sin percatarse de la situación. Cerca, ingresaría a su cuerpo, no para zombificarlo como a los demás, sino para gobernar mediante su voz y poder al estar seguro de que derrocaría a Belaunde. Las partículas diseminadas se agruparon en pocos segundos y

– Fermín, enciende el ventilador.

La corriente de aire empujó a Alonso hacia las entradas de Mercado, quien hubiera sido el futuro presidente del Consejo de Ministros. El invasor no soportaba intromisiones repentinas, planeaba todas sus acciones, y no dibujó la sonrisa deseada en los pliegues de su nuevo rostro. Atacó furioso a Velasco, furioso, pero lento. Pum pum.

Otra utopía perdida.