Autor: Oswaldo Castro

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─La diferencia entre nosotros es que usted es un escritor consagrado y yo uno desconocido.

Me escucha frontalmente y la modorra que lo atrapa desaparece abruptamente. Me mira con ojos adormilados y balbucea una interjección de asombro y molestia. Se revuelve en el asiento y pierde la vista en la ventana de su amplio despacho madrileño. No intento ser atrevido ni descarado, solo sincero. Le he expresado mi malestar y resta enfrentar su réplica. Además, me gustaría oír los mismos comentarios alevosos con que criticó la novela póstuma de un amigo. Su ego es demasiado grande para descender al mundo de los mortales. Creo que es mucho pedir. Sin embargo, se hace el desentendido y me ignora por completo. Luego de unos segundos de tensa espera regresa de sus pensamientos para encararme. Intenta iniciar algún sermón y rápidamente enfrío sus intenciones. Lejos de acobardarme paso a la ofensiva, impidiéndole reaccionar. Me levanto de la silla, le doy la espalda e intuyo sus ojos estampados en ella. Vuelvo a sentarme y al verlo más calmado lo acorralo con una tontería:

─ Ha escrito Casa tomada.

─Soy Vargas Llosa, qué insolencia…

Experimento el goce de haber dicho un disparate. El hombre sentado frente a mí es un escritor reconocido y su amplio bagaje cultural, el mismo con el que se regodea, inspira respeto. Su oficio literario, en mi modesta opinión, ha trascendido la temporalidad. El Nobel de Literatura, octogenario y cansado, no necesita esgrimir espadas imaginarias para masacrarme. Las historias elaboradas y finales perfectos de sus obras siempre han jugado a su favor. Por otro lado, la imaginación desplegada en sus páginas le confiere la etiqueta de sumo sacerdote. El éxito comercial y reconocimiento conseguidos lo han ensalzado, tornándolo en dueño de la verdad. Los dardos y puntillazos que lanza contra quienes irrumpen en la selva de principiantes reflejan su pasión por la zancadilla artera con la que se tropieza en las batallas del aprendizaje. Muchos escritores jóvenes, parcialmente conocidos y en vías de consagración tampoco se libran de su metralla. Si por él fuera, el reino en blanco y negro ya está ocupado y pasará mucho tiempo para que reciba nuevos habitantes. ¿Qué puedo esperar de este trance sino la más pura humillación? Voy a defenderme y a ponerlo en aprietos.

─ ¿Por qué los hermanos abandonan la casa? ─ataco sin tapujos.

La pregunta lo descompagina. Luce desvalido, rumbo a la inquisición improvisada. Me alegro de estar en la otra orilla y no ser el novato que desnuda, ridiculiza o ignora. Observo su frente sudorosa y la respiración agitada.

─ ¿Cree que se sintieron amenazados por fantasmas familiares? ¿Quizá ánimas peregrinas que decidieron quedarse ahí? Sería una salida muy fácil, ¿no le parece?
Su extrañeza aflora nuevamente, traducida en el tamborileo irregular de sus dedos sobre el escritorio. Si pudiera meterme en su mente, con seguridad descubriría que está perdido en mi atrevimiento.

─ ¿Acaso los imagina huyendo de roedores o alimañas venenosas? Una posibilidad difícil de sostener, ¿verdad?
Mi segunda alternativa le desacomoda la postura. Con absoluta certeza caigo en cuenta que está visiblemente irritado. No me interesa cómo se sienta e insisto:

─ ¿Tal vez estaban siendo invadidos por mendigos o gente de mal vivir? Suena imposible. Recordará que los hermanos no escuchaban voces sino ruidos ¿Me equivoco?
Este último comentario lo distiende un poco y valoro el atisbo de sonrisa que dibuja su cara compungida. Me entusiasmo con su sutil cambio de humor y prosigo:

─ ¿Quiere saber qué pienso? Ellos abandonaron la casa porque se hastiaron de haber sido hermanos bajo el mismo techo. Supongo que enloquecieron y no se soportaron más.

─El cuento tiene un final abierto. Todo es factible para el lector… ─capitula el anciano.

─De acuerdo, coincido con usted. Ahora, permítame involucrarlo en un juego irreverente y motivador.
Mi invitación termina de descuadrarlo. Acostumbrado a ser el dueño de la situación enfrenta un desafío. Traga saliva y se acomoda para soportar la estocada final.

─Vamos a recuperar la casa.

─No entiendo.

─Ni más ni menos, señor. Usted no entendió la historia y sé que le importó poco. Puede reescribirla y yo haré lo mismo. Veremos cuál versión es más lógica.
Mi afirmación consigue que sufra en carne propia el ultraje que acostumbra perpetrar en los demás. Tomo aire y le planteo el reto:

─El cuento termina con el hermano cerrando la puerta posterior de la casa. El juego empezará cuando de media vuelta y desande el camino que lo llevó hasta ahí y en ningún tramo de ese trayecto se preocupará por la canasta de lanas ni los palos de tejer de su hermana. Es más, no la buscará, llamará o sentirá su ausencia. Trazada la ruta del desenredo, don Mario, el personaje enfrentará la puerta principal, abrirá la cerradura, se parará en la entrada y tomará el aire fresco de la mañana. Animado, dará una vuelta por los alrededores y retornará para seguir con el esquema trazado. ¿Sencillo?

─Sencillo para usted. Esta emboscada está tramada para joderme. ¿Cuáles son sus verdaderas intenciones?

─Ayudarle a reencontrarse. Sé que está algo desubicado en el mundo y ha cometido pecados imperdonables. Tengo la certeza que mi texto será largamente superior al suyo.

─Ahora mismo lo echaría a patadas de este lugar. Soy un caballero aunque usted no lo crea. Voy a tomar el riesgo de humillarlo y espero que luego no se queje.

─Magnífico, las cartas están sobre la mesa. Un asunto más…

─Me está colmando la paciencia. ¿Qué más quiere?

─Piense cómo va a resolver la soledad del hermano. ¿Destruirá el inmenso vacío de su vida? Le recomiendo enfrentar a los fantasmas de su pasado y alguno de ellos le dará la pista para lavar los trapos sucios de sus frustraciones y complejos. No olvide que la primera página es fundamental. Ella es el inicio de nuestros desvelos y tormentos, la que impide aflorar a los demonios de la extraña mansión que tenemos sobre los hombros.
Me despido cortésmente y antes de levantarme de la silla, le pregunto:

─ ¿Cree en aparecidos?

─No creo en idioteces, ¿usted?

─Todo es posible en los desenlaces inesperados. Eso es lo que creo, don Mario.

Agacha la cabeza, recupera la modorra interrumpida y dormitando comprueba que pronto formará parte de la casa reconquistada. Suspiro, constato que ronca y procedo a desaparecer. Antes de llegar a donde corresponde tengo la convicción que Marito ya no paseará de la mano por el malecón Paul Harris de Barranco con la mujer que le prestó cincuenta años de su vida sino que inflará el pecho como pavo real al lado de la hermosa filipina que lo atrapó en el ocaso de su existencia. Así es la vida, poeta de la Ciudad y los perros, no la hemos inventado.
Quince minutos de sueño profundo sirvieron para que el Nobel del 2010 profundizara su psiquis. Navegó en los recovecos de su memoria prodigiosa y sacó conclusiones invalorables. Recordó, en medio de los atajos, el recuerdo de la mujer que manejó su agenda, concertó citas, entrevistas y sirvió de apoyo en las horas difíciles. En el recoveco de sus angustias miró la osadía que tuvo su compañera de tránsito para escuchar sus comentarios, correcciones y sonrisas. En la ceremonia sueca enjugó nuevamente las lágrimas derramadas y anunció al mundo que era la mujer de su vida. Estaba por decirle que como ella no había otra cuando el perfume de Isabel lo despertó. La socialité lo despabiló ofreciéndole la taza de café de las cuatro de la tarde. La observó de pies a cabeza. La Presley es una mujer hermosa, joven con su dinero y dueña de las páginas sociales. El vestido azul ceñido contrasta con el atuendo simple y campechano de su Patricia. Mario toma la taza de café y ve en su mirada la que extraña y ama por siempre. El color de sus ojos no compite con el de la madre de sus hijos. Da un pequeño sorbo, saborea la tristeza, los recuerdos y el amor de siempre. Deja la taza sobre el escritorio y el impulso del dolor atragantado en sus dedos temblorosos lo obliga a tomar el celular. Le da una última mirada a la novia y disca el número barranquino.