Autor: Diego Andrés Gomez Parra

Estaba muy concentrado en el informe que sería la base del especial que se produciría acerca de la influencia que ha tenido la llegada del celular al Perú. Fue a mediados de 1990 y, aunque han pasado tan solo dos años desde entonces, en este corto tiempo hubo numerosos sucesos causados por la telecomunicación individual. Es importante cumplir esta fase para concluir la preproducción, por eso me sorprendió que el subdirector me llamara a su oficina.
–Es muy extraño –me dije en el camino–, no suele llamarme solo a mí. Siempre nos reúne en grupo o nos envía mensajes en caso tenga que comunicarnos alguna novedad.
–Buenos días, señor Andrade. Me dijeron que me necesitaba –le digo al entrar a su oficina.
–Sí. Buenos días. Toma asiento, Anthonio –y señaló una silla.
–Gracias, señor.
–¿Cómo va el informe? Dos años ya que llegó el celular y me gustaría que la gente tenga un panorama de cómo hemos cambiado en cuanto a su uso.
–Estoy por terminarlo.
–Bien, pero no te llamé por eso. Hay algo que me gustaría conversar contigo.
–¿Acerca de…?
–¿Qué opinas de la política en el Perú?
–¿Política?… Bueno, supongo que es uno de los aspectos del Perú que pueden ser tanto predecibles como impredecibles.
–Exacto, cualquier cosa puede ocurrir, cualquier cosa puede creerse.
El señor Andrade se acerca a mí muy curiosamente, sin apuro y sin mirarme, y me pregunta:
–¿Qué sabes del asesinato de Haya de la Torre?
Su pregunta me tomó desprevenido, sin embargo el tema es para mí tan cercano como cualquier hecho histórico que haya ocurrido en el Perú.
–He leído lo publicado en libros y revistas, y cuando era estudiante hasta revisé los diarios de la época.
–Quiero oírlo de ti. Si no te importa, claro.
–Ocurrió hace aproximadamente 35 años. Fue en 1957, durante el discurso conciliador de Víctor Raúl a favor del segundo gobierno de Manuel Prado. Un acérrimo seguidor de Prado no estuvo de acuerdo con la legalización del APRA a cambio de que votara por el pradismo. Según se informó, la investigación no pudo determinar cómo logró acercarse para disparar contra Haya de la Torre, pero en las calles se propagó otra versión: el gobierno lo hizo para no cumplir la otra parte del acuerdo, incluir apristas en el Estado…
Callé al darme cuenta de que Andrade estaba viendo a otra parte, como si supiera lo que diría. De inmediato giró hacia mí y me dijo:
–¿Y si te dijera que un suceso tan impactante como ese tan solo fue una gran mentira? Que la verdad es otra, y que, si se supiera, causaría conmoción en toda la sociedad con consecuencias imprevisibles.
–¿Cómo dice? –respondo sorprendido y desconcertado.
En respuesta toma un lapicero de su escritorio y escribe en un papel.
–Ve a esta dirección a la hora que se indica, solo –enfatiza la última palabra, y añade: No le cuentes a nadie adonde vas.
–¿De qué se trata? –pregunto inquieto.
–Una primicia, y quiero que seas parte de ella.
Después de esta conversación, toda la tarde mi mente estuvo pensando en la razón por la que me llamó Andrade. Él nunca fue candial conmigo; en todo el tiempo que tengo en la empresa ha sido cortés, pero no amigable. Eso es lo que pienso de él. Incluso oí casualmente a unos compañeros que opinaban que él sentía cierto rencor hacia mí por mi cercanía con don Adenor, el director, un amigo de mi familia que me tomó mucha estima y me dio un puesto de trabajo en el canal. También rumoreaban que siendo Andrade un hombre más de negocio y burocracia que de medios, les extrañaba que hubiera ascendido muy rápido, y que además, no hace mucho se diera la molestia de cubrir una noticia siendo el subdirector, cuando pudo ordenármelo a mí o a alguno de los que realizábamos esa labor.
Por eso no podía creer que tuviese algo que ver con una primicia relacionada con la muerte de Haya de la Torre. Para mí era un tema cerrado hace mucho tiempo, muy impactante para todos. Era la figura política más respetada en el Perú, mártir del partido que ha gobernado el país por más de tres décadas.
Llegué al lugar que me indicó Andrade, una casa común en un barrio popular del Cercado de Lima. Me acercaba para tocar la puerta cuando esta se abrió y apareció Andrade. No pude evitar un gesto de sorpresa al verlo. En silencio, él me indica que ingrese y tome asiento.
–Dime, ¿te costó mucho llegar aquí?, ¿o te fue fácil ubicar el lugar?
–No he tenido oportunidad de venir por esta zona, pero no fue difícil llegar –le respondo mientras se sienta frente a mí.
El lugar era un departamento amueblado, con las cosas básicas para vivienda de una persona, o dos. Entre Andrade y yo quedó un sillón vacío.
–Supongo –habló el subdirector como escogiendo las palabras que diría– que tienes muchas dudas en estos momentos, pero antes de seguir, lo que me gustaría saber es ¿cuán comprometido estarías ante una situación que puede conmocionar la naturaleza del régimen político que se vive en el Perú?
Antes de responder, repasé la interrogante que me hizo…
–¿Me pregunta si temo inmiscuirme en cosas delicadas de la política?
–Exacto –expresó, y esta vez fue más directo: ¿Eres de los que deja un proyecto a medias si sabes algo que te puede perjudicar?
–No, pienso que todo trabajo tiene sus riesgos; por eso hay que seguir, más cuando uno ha invertido mucho en él. Todo buen trabajo y sacrificio tiene su recompensa. Después de todo, así no sería en vano.
–Claro. Siempre que todo el esfuerzo sea recompensado, cualquier cosa vale la pena, ¿no?
–Supongo que pretende decirme que es tan delicado el tema que podría ponerme en peligro… Si es así –en ese instante decidí acortarle el camino–, entonces me gustaría saber de que se trata exactamente. Si capta mi interés, tenga en cuenta que seguiré.
–Bien, que así sea… ¡Adelante! Puede pasar… –dice Andrade mientras voltea hacia la puerta de una habitación contigua.
Entra un hombre anciano, con ropa casual, que tiene una taza de café en la mano y lleva puestas unas cómodas sandalias para gente de la tercera edad. Se sienta en el sillón del medio –el que quedó entre nosotros–, de una manera muy relajada, como si hubiera estado esperando que lo llamaran desde hace mucho.
–Anthonio, este hombre se llama Rafael Toribio Lex. ¿Sabes quién es?, ¿no? –me dice Andrade mientras lo señala con una mano.
–Creo haber escuchado ese nombre en alguna parte, pero no recuerdo con exactitud.
–Este hombre mató a Víctor Raúl Haya de la Torre hace 35 años.
Entré en un silencio prolongado del que, al percatarme, traté de salir, pero no pude soltar palabra alguna. La verdad, no supe qué decir.
Traté de analizar lo que sucedía, de creer lo que Andrade dijo de sopetón, pero no pude. Tal vez fuera por el hecho de que era increíble y poco probable que algo así me sucediera en la vida…
Me calmé luego de unos minutos. Ellos no dijeron nada, solo se quedaron mirándome… En realidad me observaban, como si hubieran sabido cómo iba a reaccionar y estaban preparados para verlo.
–Esto es una broma –le dije a Andrade.
–En algún momento durante el trabajo, ¿te he dado motivo para que creas que bromeo con un tema como este?
–No esperará que pueda creerme esto. No soy un fanático de la historia de la política del Perú, pero sé que el asesino de Haya de la Torre está muerto… o mejor dicho, fue encontrado muerto; así quedó sentado en la historia. ¿Cómo es que ahora me dice que el hombre que está enfrente mío, es ese asesino?… Y más aun, ¿cómo es que lo puede decir sin el menor cuidado?
–No dije que sería fácil de creer, incluso a mí me pareció ridículo que semejante noticia fuera siquiera tomada en serio, pero conforme este hombre empezó a narrarme su versión y a explicar paso por paso cómo se llevó a cabo todo, fue que mi impresión cambió totalmente y me puse en una situación muy comprometida.
–Por más que alguien pueda contarme la historia más original de todos los tiempos, eso no la vuelve benigna.
–Cierto… –dijo condescendiente Andrade, y dirigiéndose al anciano añadió: Señor Toribio, ¿puede…?
El anciano se puso de pie y salió de la habitación. Esperamos en silencio, hasta que unos minutos después volvió con unos objetos en las manos: una grabadora, una identificación y una fotografía de un grupo de personas.
Nos pusimos de pie cuando se aproximó el viejo y él me entregó lo que traía. Me quedé viendo todos los objetos minuciosamente. La identificación le pertenecía al anciano, tenía fecha de la década de los 50 y lo reconocía como militante del Partido Aprista Peruano. La foto estaba enmarcada y los que aparecían en ella eran miembros del APRA, no recordaba sus nombres pero reconocí a  Luis de la Puente Uceda, el ex presidente del Perú, quien ganó en primera vuelta las elecciones después del derrocamiento de Manuel Prado.
–Es increíble lo que estos objetos dicen –manifesté muy impresionado, pero evité decir más por temor a errar.
–Sí, exactamente eso pensé cuando los vi… El mismísimo  Luis de la Puente Uceda, el antiguo presidente, y si no recuerdas bien, varios de los que están a su lado fueron ministros, asesores, miembros del Senado u ocuparon cargos públicos de gran responsabilidad…
–¡Y yo!, no te olvides de mí, yo también estoy en esa foto –dijo el anciano, señalando a uno de los hombres que conformaban el grupo.
–Sí, disculpe… –dijo Andrade con cortesía, y añadió: … y él. Como verás, todo puede ser posible ahora, pero creo que lo ideal sería que escuches la grabación.
Empecé a sentir una sensación fría recorriendo mi espalda, no sabía qué era lo que estaba haciendo en realidad, yo no esperaba esto cuando decidí venir, y la verdad, saber que estaba en frente de un asesino empeoraba las cosas.
–¿O quizás prefieres no seguir?, ¿es eso? –me pregunta Andrade.
–No… Sí quiero, ya estoy en esto y quiero continuar. ¿Qué más hay?
–Bien, enciéndela –me indicó Andrade señalando la grabadora.
En los minutos siguientes oí que alguien toca la puerta y una voz pregunta: ¿Quién es? La respuesta es una frase que no es audible. Pude entender que quien grababa era el señor Rafael. Después de los saludos, tras un corto silencio, un hombre le dio las gracias en nombre del partido y le entrega algo. Me pareció reconocer esta voz… Después de otro corto silencio, el visitante le dice que un individuo lo buscaría al atardecer, le indica la hora y la seña con que se identificará; y añade que este lo acompañaría hasta la frontera. En respuesta, él le recuerda su promesa de protegerlo y de darle, cuando todo cambie, un lugar entre los líderes. Luego se despiden.
–Bien, ahora que ya escuchaste todo, ¿sigues creyendo que se trata de una broma?
No sabía que decir, mi boca no se movía, pero mi cabeza fue invadida por todo tipo de conjeturas, que no me hacían más que crear una preocupación enorme, seguida de un instinto profundo de saber más. Pero un detalle vino a mi mente:
–¿Cómo tienen una grabación de 1957? Los casetes compactos aparecieron en 1965 y se mejoraron en la década de 1970…
–Eso lo aclaro yo –intervino el anciano, y añadió: Lo hice con un magnetófono Revox, una grabadora de bobina de cinta abierta que aquí poquísimas personas podían tener… Y, por supuesto, para conservarla la regrabé en los nuevos formatos que fueron apareciendo. Era para mí muy importante.
–Confirmaré lo que dice… Yo lo que creo, es que me deberían dar un tiempo para pensar bien todo esto –dije en tono calmado.
–¿Pensar en esto, o pensar si quieres seguir en esto? –dijo Andrade.
–No, definitivamente quiero seguir adelante, pero no puedo negar que tengo que considerar las consecuencias que me pueden traer a mí, y en especial a mi familia.
–Bien. Si es por eso, entonces puedes irte. Mañana en la noche vienes a la misma hora.
Me levanté y me despedí formalmente, no sin antes ver una vez más la fotografía de ese singular grupo de personas.
Al estar a punto de salir, Andrade me dijo algo que no debía olvidar.
–Escucha Anthonio, si mañana en la noche no llegas, haremos como si nada de esto hubiese ocurrido, y tú nunca supiste, viste u oíste nada, ¿entiendes? –me dijo antes de que salga de la casa.
–Bien, así será.
Al llegar a mi casa, todo se sentía tranquilo y común, mi esposa se encontraba en la habitación de mi hijo de 4 años, esperando a que se duerma para apagar la luz. Luego de acercarme para que me vea y sepa que ya había llegado, me fui un momento a mi estudio con la intención de investigar algunos detalles que me ayudaran a despejar ciertas dudas y lo de referente a la grabación. Sin embargo, una vez sentado ante mi escritorio, mi mente repasó lo que me había enterado al visitar esa casa. El asesinato del líder, el expresidente Luis de la Puente Uceda, los miembros de la agrupación política que lo rodean en la foto, la grabación… y conocer un asesino que supuestamente había muerto hace 35 años. ¡Era inverosímil!, pero ahí estaba, lo había visto yo.
–¿En qué piensas, Toño? –me dice mi esposa al entrar en el estudio.
–Algo que me ha pasado en el trabajo. Podría ser una gran primicia…
–¿En serio?, pero entonces ¿por qué luces preocupado?
–No es una buena noticia; es más, puede llegar a perjudicar a muchas personas.
–¿Tan grande es esa noticia? –me pregunta en tono curioso.
–Sí. Creo que la tomaré, pero espero estar haciendo lo correcto –le digo mientras apago la luz y salgo del estudio con ella para dirigirnos a nuestro dormitorio.
No sé si pude dormir esa noche, porque mi mente estaba despierta, muy ansiosa e impaciente. Sin embargo, desperté descansado, con ánimo. Aquella mañana todo podía ser posible.
Después de desayunar me dirigí a la biblioteca, tomé varios libros sobre el asesinato de Haya de la Torre, revisé muchos artículos periodísticos sobre el caso, tanto de la época como investigaciones posteriores. También busqué informaciones sobre las elecciones en que fue electo Luis de la Puente Uceda,  obtuve la relación de los parlamentarios de su bancada y la de los ministros, así como de funcionarios y de personajes cercanos a él.
Pude identificar a algunos de los que vi en la fotografía que me mostró Rafael. Todo esto aumentó más mi curiosidad y me inclinó a tomar la decisión de ir esa noche a la reunión con Andrade y el señor Rafael.
Llegué al lugar puntualmente y me recibieron los involucrados.
–Que estés aquí solo significa que tomaste una decisión –manifestó Andrade.
–Sí, espero que sea la correcta –contesté.
–Eso dependerá, me temo, de como nos vaya en el transcurso de nuestras operaciones hasta llegar a la meta.
–¿Cuál sería esa meta?
–Dar a conocer la verdad, obviamente.
–¿Por qué no hacerlo ahora, por medio del canal contarlo todo? –expresé convencido.
–Porque nada es lo que parece… si tocamos la puerta equivocada podría ser nuestro fin. Además, son varios los grupos económicos que poseen cadenas de canales de televisión, radioemisoras y prensa, y estos deciden, según sus intereses, quién debe ver esto o aquello.
–Pero lograste convencerme, estoy seguro que lograrás convencer a otros.
–Sí, logré convencerte a ti. Yo me lo creo y es obvio que Rafael también cree en lo sucedido; pero lo más probable es que nadie se lo crea y al final los medios mismos guarden o desaparezcan la información. La gente es débil, cree en lo que quiere creer –me dice Andrade muy sereno.
–¿Entonces para qué me necesitas? –pregunto tratando de aclarar las cosas.
–Para poder llevar a cabo toda una operación de investigación que recabe pruebas benignas, testimonios de más personas; recabaremos tanto que al final será un escandalo que cambie en 180 grados la historia del Perú.
–¿En serio se podrá todo eso?
–Sí, claro, pero solo será posible si tú mismo lo crees.
–Entonces estoy dentro. Solo dime cómo ayudo y haré todo lo que esté a mi alcance. Deseo que veamos juntos el amanecer de un nuevo Perú –le digo mientras le estrecho la mano.
Andrade y yo nos damos la mano mientras Rafael nos observa desde la cocina con su taza de café. Luego se acerca para hablar con Andrade.
–Dile de una vez lo que tiene que hacer y cómo hacerlo –le dice Rafael a Andrade como si se lo ordenara.
–Bien, así será –le responde.
Andrade sirve una taza de café y me la ofrece, la recibo y me invita a sentarme junto al señor Rafael.
–Escucha Anthonio, y cuando digo escucha, me refiero a que no digas nada antes de que termine de hablar, ¿entiendes?
–Sí –le respondo con la intención de no decir nada mientras él hable.
–Mañana pide una cita con don Adenor, en su oficina. Cuando te reciba, le dirás todo lo que oíste de nosotros referente a la muerte de Haya de la Torre, para que sepa lo enterado que estás, ¡sin mencionarnos en ningún momento! Es muy importante que no sepa absolutamente nada de mí ni del señor Rafael, ¿entiendes? Ahora puedes hablar.
Me pareció algo muy extraño que mencionara a don Adenor. ¿Qué relación tiene él con todo esto? ¿Por qué debería mencionar todo y ocultar la existencia de ambos?… No quería preguntar todo eso, no quería sonar como alguien muy desconfiado, muy temeroso; quería que supieran que puedo controlar mis impulsos.
–¿Eso es todo lo que quieren que haga?, ¿que le mencione la información y los oculte a ustedes? –les pregunto sin dejar notar mi perspicacia.
–No, pero en vista de que analizas la situación, te diré  la razón de todo este misterio. Lo que sucede es que don Adenor es un testigo clave en cuanto a la muerte de Haya de la Torre; es más, él mismo la presenció y hasta entrevistó a Rafael… Queremos saber cuánto es lo que sabe, qué recuerda, si tiene o no pruebas de lo que sucedió. Y la razón de que no debes mencionarnos es saber hasta qué punto está relacionado con la falsa muerte de Rafael. Si él mismo podía ser testigo de todo, ¿por qué calló, por qué no se pronunció, más aun siendo un periodista de la época?
–¿Insinúa que don Adenor es parte de todo este complot? –pregunto esta vez dejando notar mi simpatía por él.
–No lo sé, todo es posible… O acaso, ¿pondrías las manos al fuego por él? –me responde.
Este momento fue muy incómodo para mí. Don Adenor fue siempre una imagen de respeto, humildad y todo un ejemplo a seguir, no solo como persona, sino también como periodista. No podía siquiera considerar que fuese parte de ese complot… pero las palabras de Andrade: “todo es posible…”, me hicieron considerar esa posibilidad, al menos hasta confirmar la inocencia de Adenor.
–Bien, que así sea, comprendo la situación –le respondo a Andrade.
–Gracias por entenderlo. Dudé mucho al tener que proponerte algo así, pero ¿a quién más podría pedírselo? Eres la persona indicada para este trabajo.
–¿Y luego qué?
–Bueno, después de escuchar todo lo que tenga que decir, sabremos la verdad, si está con ellos o puede estar con nosotros. Eso dependerá de su respuesta. Una vez que la tengas, nos la informarás.
–Si puede estar con nosotros, ¿será informado de todo? –pregunté cauteloso.
–Así es –responde Andrade.
–Y si, bueno… –insinué.
–Dios no quiera que sea así; porque estarías en peligro, y también nosotros. Si fuera así, todo lo que hagamos habrá sido inútil, y esa sería la peor situación. Debemos pensar en que él puede estar con nosotros, debemos pensar que puede ser nuestro aliado.
–Muy bien, entiendo.
Dos minutos después salí de esa casa. Llegué pronto a la mía porque tomé un taxi. Después de cenar medité sobre la situación por más de una hora. Esa noche no pude dormir tranquilo. Tenía muchas cosas en la cabeza, pero que don Adenor pudiera ser un completo hipócrita, me enfermaba.
Al día siguiente conseguí fácilmente la cita y la señora Rosa, su secretaria, me llamó poco antes para que me presentara en su oficina. Una vez allí, esperé hasta que llegó la hora de la verdad.
–Ya puedes entrar, Anthonio –dijo doña Rosa mientras colgaba el auricular del teléfono.
–Gracias –respondí, y me dirigí hacia la puerta de la oficina de don Adenor.
Muchas veces había estado allí. Es como un pequeño museo, lleno de fotos de primicias de distintas épocas, imágenes de eventos conmemorativos del canal y muchas con gente influyente de todo tipo: políticos, empresarios, diplomáticos, comunicadores de prestigio y artistas. Un grupo de fotografías mostraban a don Adenor recibiendo algún reconocimiento: diplomas, medallas o trofeos. En medio de todas, una foto resalta: en ella está él en su antiguo escritorio, sobre el que destaca un cuadro en que se le ve junto a su esposa, y están rodeados por sus hijos y nietos. Tiene puestos sus típicos lentes gruesos y un cigarrillo en los labios cuyo humo parece que se moviera.
–Hola Toño, pasa, ponte cómodo y sírvete algo de tomar si quieres –me dice mientras se levanta para darme la mano.
–Es un gusto verlo, don Adenor –respondí con naturalidad, y aunque mis pensamientos volaron por distintas direcciones me esforcé para mantener la calma.
–Dime qué querías hablar conmigo, ¿qué pasa?, ¿tienes problemas con el informe?
–No, lo que sucede es algo un poco más delicado –le respondo.
–Dime, vamos… Si puedo ayudarte, lo hago.
No quería que fuese del bando equivocado, realmente no quería romper la gran imagen que sobre él tenía; ha sido mi mentor, un amigo y mi más grande inspiración.
–¿Sabe usted algo sobre la muerte de Haya de la Torre? –pregunto directamente.
–¿Qué?, ¿es eso lo que querías hablar? –expresa sorprendido y su rostro muestra desconcierto.
–Sí, lo que sucede –hago una pausa para moderar el tono de mi voz– es que oí que usted fue prácticamente testigo de su muerte.
–Sí, pero eso ¿qué tiene que ver contigo? Creí que los asuntos relacionados a la política no eran de tu interés, ¿o es que piensas meterte en ese oscuro mundo?… Ojo que en ese ambiente hay huracanes y torbellinos que causan mucho daño, tú sabes.
–Creo que no me expresé bien. Me refiero a qué es lo que realmente usted sabe que los demás no sepan.
Don Adenor guarda silencio. La expresión de su rostro me es indescifrable, es un semblante que nunca había visto en él. Como si no quisiera creer que yo fuera la persona que lo confrontaba sobre ese delicado tema que esconde desde hace mucho tiempo.
–¿Puedes ser más claro, Anthonio? –me pregunta en un tono seguro y fuerte.
–Verá, sé que usted vio el asesinato de Haya de la Torre y que por ello tal vez tenga información que podría cambiar mucho el panorama político que vivimos, fue uno de los periodistas que estuvo en el lugar de los hechos. Pero también sé que usted es Facundo Adenor Arrego, director periodístico de  Canal 5, cuya trayectoria es muy respetada social y profesionalmente.
El hombre dejó su escritorio y se acercó. Se detuvo ante mí y me miró directo a los ojos, frente a frente, unos segundos en que sentí que el tiempo también se había detenido. Luego giró y regresó al escritorio, de donde tomó un cigarrillo y se dirigió hacia la ventana. Allí lo encendió y mirando hacia afuera, con mucha tranquilidad disfrutó fumarlo, ignorándome totalmente. Cuando se acabó su cigarrillo lo apagó en el cenicero y alzando la voz lo suficiente para asegurarse de que yo lo oyera, pero con mucha calma, dijo:
–Uno vive siempre creyendo que lo que lo rodea es hermoso, solo porque todo le sale bien… Tiene dinero, cosas bonitas, buenos amigos, familia cariñosa, un buen trabajo y compañeros colaboradores, pero la cruel verdad es que eso solo lo hacen los que quieren tapar el Sol con un dedo. Esa gente que come hasta hartarse, sin saber que en nuestro país muchos mueren de hambre, no tienen donde dormir, sufren para mantener una familia y no pueden divertirse porque es un lujo que no pueden pagar; qué hermoso y horrible modo de vida… ¿Sabes por qué te lo digo, Toño?
Volteó y me miró a los ojos, y expresó con énfasis:
–Porque así vivo yo, mirando solo para un lado.
Luego de eso, se acercó a las fotografías que había alrededor, recorriendo una por una, hasta llegar a la que estaba en el centro.
–¿Sabías que todas estas fotos son mías?
–Sí, sé que las tomó y son muy importantes para usted –le respondo.
–Te equivocas Toño, si son importantes, pero no las tomé todas. Esta –refiriéndose a la que estaba en el medio –es una foto de cuando le dispararon a Haya de la Torre. Apenas había terminado el discurso con el que explicó por qué apoyaba al gobierno de Prado. Habló de la agitación comunista de los campesinos que afectaba las haciendas, de la falta de dinero en las arcas fiscales por la recesión producida en Estados Unidos ese año y de los problemas que podía tener el país si se recuperaban los yacimientos petrolíferos de La Brea y Pariñas que explotaba la compañía norteamericana International Petroleum Company.
Guardó silencio un momento, respiró hondo y continuó:
–Al concluir su discurso, la gente se puso de pie y comenzó a aplaudir… Fue entonces que cayó al piso. No supe que pasaba, pero vi los flashes de las cámaras y que la gente se acercaba a él. Hubo un gran alboroto –calla, como recordando el momento, y luego me dice:
–Esta foto, querido Toño, fue tomada por mi mejor amigo, Wilder Cabellos, reportero gráfico y periodista como yo. Los dos estábamos en el lugar cuando todo sucedió; él estaba cerca y yo me hallaba en el segundo piso.
–Ya veo –le respondo.
–Sí, pero él murió en la soledad, en el pequeño cuarto que alquilaba, mientras que yo estoy vivo y soy el director periodístico del canal más importante del país.
–Pero, ¿qué paso? –le pregunto.
–Es una historia muy larga y penosa. La verdad es que no me gustaría hablar de ello aquí. Creo que deberíamos reunirnos en mi casa esta noche; allí sería más adecuado. Ve solo. Ya no diré nada más, ni tú tampoco. Este es un tema delicado.
–Bien, así será. ¿A las 7:30 estaría bien? –me mira y asiente con la cabeza.
Salí sin decir más, me despedí de la señora Rosa y me dirigí a continuar mis labores. Durante las siguientes horas detuve mis quehaceres varias veces porque mi mente se trasladaba a la oficina del director, como si me hubiera olvidado algo.
Me costó concentrarme en el trabajo, algo me inquietaba. Después de almorzar pedí un café, el que disfruté como nunca. En ese momento medité sobre la situación. Por un lado, estaban Rafael y Andrade diciendo que debíamos ocultar todo, pero querían saber qué sabía Adenor, y por otro, estaba Adenor, quien no quiso darme detalles, aunque tal vez lo haría más tarde. Me encontraba en medio. Solo tengo una versión de un  tema muy delicado, pero me interesa conocer la verdad, así esta duela. Decidí saber que era lo que ocurría; me reuniría con Adenor en la noche, con la seguridad de que esta vez iba a saber la verdad.
Llegué con retraso a la casa del director, era una antigua casona en un exclusivo barrio de la Molina, con jardín en la entrada y un gran portón. Pocas veces había ido a visitarlo, a pesar de que en distintas ocasiones me dijo que podía ir cuando quisiera. Mi padre había sido su mentor por mucho tiempo, hasta que se retiró, y al parecer pensó que lo correcto era comportarse de la misma forma conmigo.
Al ingresar a la casa solo veo personal de seguridad y de limpieza, y me doy cuenta que su familia no está presente. Uno de los vigilantes me conduce hasta el estudio de don Adenor. Al entrar vi que él ya me esperaba con algunas cosas en su escritorio: fotos, agendas, y varios casetes magnetofónicos.
–Buenas noches, don Adenor.
–Por fin llegaste, te he estado esperando –me dice.
–Disculpe mi tardanza, en algunas partes el tránsito ha sido difícil –respondo, y añado de inmediato: Me gustaría oírlo todo, si es posible…
–Bien, empezaré desde el punto principal.
–La muerte de Haya de la Torre, ¿no es así?
–Exacto. Era un suceso importante, nos enviaron a Wilder y a mí. Éramos reporteros gráficos del diario más importante del país. Para cubrir los acontecimientos, Wilder haría las tomas de Haya y de lo que pasara a su alrededor; yo lo haría por fuera, tomas panorámicas por detrás del público, y si era posible, recoger opiniones de los asistentes.
–Esperábamos de todo ese día –dice con entusiasmo, pero calla por unos segundos–, menos que alguien –expresa, ya sin entusiasmo– mataría a Haya de la Torre… ¡Nadie lo hubiera imaginado! El Apra llevó al pradismo al gobierno y este lo legalizó, como habían pactado. Cada parte recibió lo que deseaba. Es cierto que hubo descontentos, opositores al acuerdo, y por eso se esperaba que el discurso fuera conciliador, que en bien del país el líder calmara los ánimos tempestuosos.
–Además –continúa Adeñor–, el aparato de seguridad era impresionante. ¿Cómo esperar un hecho sangriento?… Yo me fui al lugar que había escogido para hacer mi trabajo, la baranda central del segundo piso. Desde allí dominaba el panorama y vi que Víctor Raúl entraba. Wilder disparaba flashes mientras Haya levantaba las manos agradeciendo los aplausos y vítores. Era un excelente orador…
–Temprano ya te narré parte de lo que expuso, en qué momento cayó al suelo y el alboroto que se formó… –bebé un sorbo de agua y prende un cigarrillo. Un minuto después continúa:
–Traté de ver qué pasaba, pero la multitud avanzó y no lo permitía… Tal vez por eso pude percibir que un sujeto retrocedía, o dejaba avanzar a los curiosos… La gente que había en el segundo piso bajó corriendo para ver qué sucedía. Yo me quedé viendo al individuo que lentamente retrocedía de espaldas… Me pareció sospechoso y me escondí detrás de una columna cuando noté que volteaba.
–¿Era el asesino? –le interrumpo.
–Sí. Sentí un gran impulso de seguirlo, pero evité que me viera y esperé oculto unos segundos. Iba a bajar por la escalera, pero preferí ir hasta la ventana exterior y ver desde allí. Había un auto de la policía y, cuando se abrió una puerta, creí que bajarían los guardias y lo detendrían, pero no fue así: ¡apareció el individuo sospechoso y se metió en el carro! ¡Lo estaban esperando!
–Me quedé petrificado, con la mente en blanco… hasta que oí la sirena de una ambulancia. Cuando vi pasar la camilla y el cuerpo que llevaba totalmente cubierto, comprendí que Haya había muerto. Me fui a buscar a Wilder, pero no pude encontrarlo entre tanta gente. Con las fotos que tomé de esto último, me fui al periódico.
–El local del diario era un hervidero. En la sala de redacción el ruido de las máquinas de escribir cubría todo el ambiente, era ensordecedor. Entregué mi material al laboratorio y me reporte con mi jefe. Después de eso me fui a cenar, tenía hambre. Allí hallé a Wilder. Le dije que quería conversar con él al final de la jornada…
–Así fue. Fuimos a un bar donde preparaban un riquísimo jamón del país y pedimos una botella de pisco. En ese tiempo no se tomaba cerveza. Además el pisco era excelente. Me dijo lo que vio. Al terminar su discurso y comenzar la ovación, Haya levantó los brazos y él capturó el momento triunfal. Enseguida vio que se agarró el pecho y cayó de rodillas. No se escuchó ningún disparo, por eso la gente avanzó para auxiliarlo, pero al ver la sangre se desató el lío. Los hombres de seguridad golpearon a todo el que se acercaba, ¡fue una locura!…
–Wilder era mi amigo. Le conté todo lo que vi, y le pedí que me ayudara. ¡Es la primicia de nuestra vida!, le dije, sin medir el riesgo que significaba… Cavilamos sobre lo sucedido y después de analizar las posibilidades coincidimos en que ¡lo esconderían en una comisaría! ¿Quién lo buscaría allí? Y si alguien lo identificaba, ¿cómo podrían acusarlo si estaba en prisión cuando sucedió el hecho?
–Podía ser –interrumpí–, pero don Adenor, ¿cómo lo localizarían?
–Mediante la sección de Policiales. Sus redactores iban a las comisarías y a la Prefectura, revisaban los partes y tomaban nota de los datos del detenido y el delito cometido. Al día siguiente hablé con el jefe de Policiales, le dije que un amigo de un primo había sido detenido y él quería saber en qué comisaría estaba, para ayudarlo. Así pudimos ver todos los reportes del día anterior. Los copiamos y después los analizamos.
–¡Solamente dos nos llamaron la atención! –dice con una chispa de satisfacción en los ojos– Ambos fueron detenidos por beodos, pero uno de ellos tiró al piso el gorro de un policía, así que se quedaría algunos días encerrado pero no iría preso… No fue difícil sobornar al cabo de guardia. Era joven, recién casado, había recesión económica y todo subía de precio…
–Hablamos con el criminal, estaba arrepentido y no era aprista, pero tenía su mujer enferma, encinta y perdería su casa y su chacra si no pagaba el préstamo al banco… Un regidor de su pueblo, que era aprista, lo contactó y le dio la mitad de lo que necesitaba. Por eso lo hizo.
–Los apristas denunciaron que un sicario contratado por antiapristas asesinó a su líder, pero también culparon al gobierno de Prado por no proteger a quien lo llevó a la presidencia, así como a Acción Popular porque los desplazó en muchos lugares. Todo ello y el resentimiento por apoyar a Prado unificó al APRA bajo el radicalismo de Luis de la Puente Uceda, el único favorecido. Al parecer, todo fue… –no pude continuar porque don Adenor me interrumpió.
–¡Todo fue una gran mentira! Una cruel jugada política que jugó con la buena fe y los sentimientos del pueblo; una gran mentira que llevó a Luis de la Puente Uceda a la presidencia del Perú ¡durante 30 años!
–La mayor conspiración que se haya dado en el país –comento.
–Sin duda alguna… Pero ahora que conoces la verdad, me gustaría saber ¿cómo fue que supiste todo? –me pregunta mi interlocutor con curiosidad.
Creí que era el momento de contarle todo acerca de Andrade y Rafael, pues había logrado lo que ellos querían: conocer qué sabía Adenor de la muerte de Haya y si poseía alguna prueba de ello. Y al parecer, podía tener varias.
–Bueno, esto sonará un poco increíble, pero fui contactado por el mismo asesino de Haya de la Torre –le dije.
–¡¿Qué dices?! –me responde Adenor.
 –Como lo oye –le digo–, me contactó por Andrade y me pidió que viniera a preguntarle hasta dónde sabe usted lo que sucedió, con el fin de recabar información y formar un equipo que pueda desenmascarar todo el complot político que se vivió.
Don Adenor, boquiabierto, se para, me mira y se pone pálido. Se sienta lentamente y exclama algo que me sorprende.
–¡Andrade, ese maldito! ¡Sabía que trabajaba para ellos!
Viene hacia mí, me toma de los hombros y acerca su cara a la mía.
–Dime, ¿ellos saben que viniste hoy? ¿Qué es exactamente lo que te pidieron? ¿Cuándo te encontraste la última vez con ellos?
–¡Qué está hablando, no entiendo! ¿Qué podría querer el asesino si no fuese para bien, hablar la verdad y declarar en contra del corrupto gobierno?
–¡Oh, por Dios , muchacho!… ¿Realmente piensas que ese hombre era el asesino? Ni siquiera debo verlo para saber que te engañaron. ¿Realmente piensas que dejarían vivo  a alguien que puede ser un riesgo para su permanencia?
–Eso no es posible. Ellos me contaron todo con total cuidado, me mostraron pruebas, fotos, incluso él aparecía en ellas.
–El asesino fue Rafael Cabrera, él murió hace 35 años. Yo identifiqué su cadáver, ¡una semana después que lo localizamos! Supuestamente se suicidó ahorcándose ¡y tenía mucho por qué vivir!
–Es imposible –refuté, pero me entró la duda–, yo vi su rostro en esa foto y estaba con Luis de la Puente Uceda.
–Hijo, muchas personas que formaron parte de esa conspiración pueden estar vivas. ¿Realmente no sabes lo que has hecho? Ellos mataron a Wilder y me condenaron a esta vida hipócrita.
Sentí un golpe en la cabeza, me sentí pequeñísimo… Don Adenor miraba hacia afuera de la ventana de su estudio, sin decir nada ni moverse… De pronto, me pide que me retire, pero me detiene cuando me iba.
–Te voy a pedir que de ahora en adelante no me dirijas palabra alguna. No te preocupes, no te culpo de nada de lo que suceda en el futuro, ni de lo que me pase; pero no quiero que pienses que no te concierne.
Me fui y cuando salí de la mansión, había un auto con dos personas dentro; noté que me miraron y se retiraron enseguida. Por alguna razón, eso me dijo que no sería necesario pedirle explicaciones a Andrade. Solo pensaba en lo estúpido que fui, en lo poco que pensé y averigüé, en que pude haberme evitado todo esto, en que de ahora en adelante cualquier cosa podía ocurrirme.
Dos semanas trabajé con normalidad, como si no hubiera ocurrido nada con respecto al tema de la muerte de Haya, sin ningún contratiempo. Cuando me enteré que habían robado la casa del señor Adenor, y uní el hecho al silencio de dos semanas, supe que habían escuchado toda nuestra conversación. ¡Me sentí terrible! ¡Me usaron para descubrir el secreto de don Adenor!
Dos días después supe que el director había renunciado al cargo, y que Andrade sería ascendido. Me di por despedido, pero todo siguió igual, nada cambió, hasta que la nueva secretaria me comunicó que debía acudir a la Dirección de inmediato.
No podía dejar de ir, pero desde que abrí la puerta de la oficina me entraron unas ganas enormes de agarrarlo a golpes… ¡Sé profesional! ¡Sé profesional!, me dije a mí mismo para controlarme, pero casi pierdo la compostura al ver al supuesto señor Rafael sentado a un lado, con un cigarrillo en la boca.
–Pasa Anthonio, te esperábamos –me dice Andrade.
–¿Qué quiere de mí, acaso no obtuvo lo que quería, o va a despedirme? Porque si piensa que le rogaré algo a usted, se equivoca.
–Vamos Toño, bien sabes que todo esto se trata de una transición. Solo se hizo lo que se debía por el bien de todos.
–¿De todos, dice? El país cree en algo que no es cierto, millones creen que la muerte de Haya de la Torre fue provocada por antiapristas o resentidos, cuando en realidad fue por traidores.
El supuesto señor Rafael, quien realmente se llama Miguel García Aservi, tiró su cigarrillo al cenicero y se puso de pie.
–¿Cómo que traidores? ¿Acaso no sabes qué fue lo que realmente sucedió, o es que ni siquiera lo deduces? Si hubo un traidor ¡ese fue Haya!, él nos traicionó a todos al pactar con el oligarca Manuel Prado… –expresó el viejo con una sorprendente energía.
–¡Aún recuerdo cuándo sucedió! –continuó Miguel García Aservi– Nos reunió a todos los líderes del APRA y nos dijo que se había cansado de huir, que quería volver para liderar al partido y luchar por nuestros ideales… lo que nos llenó de euforia y las palmas apristas resonaron fuertemente… Pero después de haber vivido en Europa y viajado por todo el mundo con los gastos pagados por el partido, después de nuestra lucha y sacrificio por décadas, después de todo eso, nos dijo que apoyaríamos a Manuel Prado, que lo haríamos presidente para legalizar al partido. Para él, ya había sido suficiente candidatear y no ganar; nunca pensó en otros miembros del partido para estar a la cabeza. Y cuando le preguntamos, cuál sería nuestro papel en todo eso, nos dijo que trabajaríamos para él como lo habíamos hecho hasta entonces. ¡El gran Haya de la Torre, el peruano fundador del gran partido latinoamericano, el que luchó contra Sánchez Cerro, el peruano que conversó con Albert Einstein, el gran intelectual, se doblegó cuando se le acabaron las opciones!
–¿Qué pasó con el sacrificio de los compañeros, de la muerte de tantos amigos y familiares? ¿Qué pasó con nuestros ideales y objetivos? ¿Se esfumaron los ideales del partido? –nos preguntamos todos– Solo Luis de la Puente Uceda entendió lo que realmente se debía hacer, solo él y nadie más. ¡Así hicimos que Haya de la Torre lograra triunfar! ¡Lo volvimos un símbolo que no será quebrantado por nada ni nadie!
–En cuanto al hecho de ‘engañarte’ –intervino Andrade–, debes saber que Miguel sí estaba en la foto, pero que no era el asesino. El grave error de desconocer al verdadero hombre que lo asesinó, ese fue un error tuyo; claro está que aprovechamos eso en favor nuestro y solo nos dejamos llevar.
Después de oírlos, imaginé lo que había de haber pasado Adenor soportando a esta gente, la gran frustración que debe haber vivido y el temor por su seguridad o la de su familia.
–¿Y ahora qué quiere? –le pregunté.
–Bien, lo que queremos es darte algo, algo que sin duda valorarás, algo por lo que no te sentirás tan culpable por habernos ayudado.
–¿Me quieren comprar? –pregunté.
–Si quieres decirlo así, sí.
–Váyase al carajo –le respondí sin pensar.
Me estaba retirando cuando el ‘falso’ asesino me habló:
–Quiero que sepas lo que le dijimos a Adenor para callarlo. Él era igual a ti, un idealista, y entonces le hicimos recordar lo fácil que fue deshacernos de su amigo, sin esposa e hijos… pero Adenor sí tenía qué perder, ¡igual que tú!
Me aterré completamente, mi corazón sintió el golpe… ¡Había olvidado el gran riesgo de todo esto!
–¡Son ustedes unos malditos! –les dije.
–Siéntate Anthonio… –intervino Andrade– Oye ahora algo muy interesante. Hablemos de un tipo de política que no has conocido antes…
A partir de esta conversación, mi mundo se tornó gris por completo, hasta mis sueños más anhelados…. Me ascendieron rápidamente, asumí otras funciones y mi paga aumento grandemente. Ciertas personas con las que jamás pensé relacionarme, me hablaban; todos trataban de darme algo más, para que me sienta cómodo. Realmente me llegaron a comprar, a pesar de que jamás lo pedí, jamás lo quise… ¿Pero qué podía hacer?… ¿Cómo luchar contra una gran mentira que había crecido con el pasar de los años?
Volví a ver al señor Adenor el día de su sepelio. Sus amigos y familiares eran muchos, y pude ver cuánto era lo que podía perder… Mientras veía cómo la tierra acogía el féretro, abracé a mi esposa e hijos, y un profundo dolor me sobrecogió al ver cómo un hombre que vivió por mucho tiempo viendo solo un lado de la vida, se iba de este mundo dejando a otro en su lugar.

—FIN—