Autor: Héctor Roberto Sánchez Quispe

El reloj en la fotografía marcaba  la hora de aquel día tan lejano, y los hombres ahí reunidos sabían que  en las siguientes horas iban a ser decisivas para la historia y la Patria. Todos  los presentes tomaron una resoluta determinación de lucha y valentía ante el enemigo muy superior. Doce  hombres gallardos con la frente en alto ante un destino que les era adverso, sin miramientos y sin dudar, prestos a  la lucha y la ofrenda de la vida misma en aquel día funesto, en que la Patria era víctima de la ambición. Hombres anónimos dispuestos a  una empresa trágica, y cuyos rostros serenos, firmes ante la agresividad , expresaban toda la fiereza para luchar por la afrenta de ver a su tierra invadida: el amor a  una Patria generosa, que se debatía en la incertidumbre, en los conflictos, en la miseria, y en el odio e indiferencia entre los hombres que nacieron en ella, era la lucha  por el amor a una Patria, ajena, tal vez. La decisión estaba tomada, nadie de los presentes tuvo un ápice de duda; con la bravura de saberse con coraje y prestos a dar batalla, salieron con los rostros serenos y la mirada en alto, con una venia a la enseña roja y blanca, al estandarte izado en lo más alto como símbolo de valor.
Desde el Morro observo a las tropas enemigas, nos superan en hombres, en armamento y en caballería, asimismo en fuerzas  navales. Nuestro ejército esta diezmado, la muerte del almirante y la pérdida del Huáscar nos ha sumido en una total incertidumbre. Vamos rumbo a  la perdición, en este camino brumoso, esta tempestad que nos azota con creciente fuerza es mucho cuanto un hombre puede soportar y padecer. «Hasta quemar el cartucho», dijo el coronel  ante los requerimientos de rendición por parte del ejército invasor; dicha respuesta nos llenó de ánimos; mas ahora, mientras la hora decisiva se acerca, nuestros corazones laten con más aprisa y retumban en nuestros pechos heridos la sangre de  nuestros hermanos caídos en batalla, en cuya memoria será escrita la historia sea cual fuera el desenlace.
Apenas amanecía cuando empezó todo, junto con las ráfagas de viento llegaban también los disparos desde lontananza. Las fragatas escupían fuegos a discreción, haciendo blanco en nuestras posiciones sobre el Morro. Aquel amanecer otoñal fue el más gris y el mas gélido de todos cuanto presencie; junto a la humareda del cañoneo se juntaba la neblina que llegaba del valle y la nebulosa del mar. Se diría un espectáculo fantasmal velado por la escaza claridad, como un sueño del cual uno no puede despertar y que al hacerlo se convierte en pesadilla. Los hombres del ejército invasor avanzaban como hordas al acecho de su presa, ya al pie del Morro trepaban por los flancos guarecidos por el fuego de su artillería; explosiones sin cesar  y disparos se sucedían por horas en una sinfonía atroz donde hombres de ambos bandos caían heridos de muerte. La plaza sobre el Morro era un hervidero de sangre, con la claridad de la mañana y la brisa del mar llegaron las noticias trágicas para los nuestros. Ver el espectáculo lúgubre y desolado donde se batían cuerpo a cuerpo bravos e indefensos combatientes empeñados a un mismo fin, siendo testigo de tan infame proceder, era el epilogo de nuestra empresa que desde el principio se encaminaba a un derrotero ya anticipado. Sea por la indulgencia, la necedad, el oprobio, el egoísmo, los intereses, y sobre todo la clase política, los que dirigen nuestro destino, ellos que a sabiendas de todo lo que se ponía en juego en esta guerra, fuimos llevados indefensos a merced de un enemigo con muchos más recursos que los nuestros.
Caídos en batalla nuestros jefes superiores y resignado a mi suerte junto a mis demás compañeros sobrevivientes de la masacre, presentamos rendición no sin antes haber luchado por defender  nuestra Patria, nuestra bandera, nuestro honor. Luchamos con bravura pese a las condiciones adversas y ya sin aliento ni fuerzas para resistir pero aun con el corazón palpitante de pie y con la frente en alto dejamos nuestra voluntad al invasor. Acantonados en la cima del Morro en perfecta formación, en silencio uno de los oficiales procedió a arriar nuestra bandera roja  y blanca, la enseña ondeaba y bajaba lentamente oprimiendo mi pecho mientras observaba como era presa de la.mas ignominiosa afrenta, para después ver como izaban la suya, nublado mis ojos sin poder resistir mas, me puse a derramar lagrimas de impotencia y de dolor. Como prisionero de guerra viví toda aquella tormentosa experiencia de presenciar el declive y posterior caída de la capital, acápite de una injuriosa vejación y epilogo del que fuera la más trágica de todas nuestras guerras pasadas cuyas cicatrices el tiempo ha borrado.
Hoy víspera de la celebración del centenario y yo un anciano que ha vivido estas décadas, aun no concibo la realidad. Firmado el tratado por el cual cedíamos parte de nuestro territorio a fin de lograr la paz, cedíamos también nuestra férrea voluntad ahora sojuzgada por el peso de las armas. Es frágil la memoria cuando no se tiene noción de todas las implicancias de los hechos acaecidos en el pasado. La cronología nos habla de una serie de sucesos, reuniones bilaterales, laudos arbitrales, y numerosas discusiones en torno al conflicto, todas ellas tergiversadas por el vencedor. Retenidas las dos provincias cautivas en el sur como parte del Tratado de paz nuestro país sufrió el más vil ultraje que uno como hijo nacido en su seno pudiera soportar. Años de aprovechar y usufructuar nuestros recursos enriqueciendo arcas ajenas, poco a poco en la población cayó en el olvido. Como un perfecto plan maestro elaborado con artimañas por el invasor, como el secuestrado ante su agresor, el síndrome de Estocolmo, inconsciente calo en nuestra gente. Era inevitable la derrota, nosotros no hacíamos más que despertar falsas ilusiones exaltadas por ánimos de patriotismo por caudillos que solo veían sus intereses personales. Repaso estas memorias pues nuestras jóvenes promesas no recuerdan como fue la historia. Triste es cuando todo el sacrificio hecho, las adversidades, las penurias, la tragedia, no tienen ningún significado para las generaciones posteriores.
Actualmente hay una cierta estabilidad, ya no el encono de años después de la derrota, ya no la crisis económica, ya no divisionismos. El fin justifica los medios, y los fines empleados por ellos así lo demuestran. Antes de toda esta tragedia vivíamos una falaz prosperidad; habíamos desarrollado como nación con una idea  y unas perspectivas de anteriores gobernantes: como el gran mariscal; pero todo ello poco a poco fue denigrando por las fútiles victorias en armas ante una escuadra de la península española en su injusta pretensión por desconocer la soberanía y desconocernos como un país independiente. Por caudillos presuntuosos y militares bravucones, dictadores efímeros. Convivíamos con el enemigo, que desde años atrás ya planificaba toda una estratagema en pos de sus intereses geopolíticos establecidos en su política expansionista: por la fuerza  o la razón. Ya lo habían demostrado en las dos guerras a la confederación; divide y reinaras. Estábamos obnubilados por el oropel.
Esta noche la ciudad luce en todo su esplendor, la reconstrucción luego de los incendios y la destrucción del pasado, los saqueos y demás actos vandálicos y toda laya de vejámenes y atrocidades cayeron en el olvido. Numerosas obras se han realizado para embellecer la capital del país en su centenario; se han mejorado indicadores económicos; las industrias resurgen de sus cenizas y se tienden líneas férreas de norte a sur, de este a oeste; la actividad cultural bulle de nuevas ideas y corrientes influenciadas por la elite europea. Los puertos reciben el comercio  del exterior; se diría que todo es tan normal, y que el invasor no es una traba sino todo lo contrario. El desarrollo alcanzado en estas décadas de ocupación pacifica a tenido un saldo positivo y ya nadie recuerda esos años difíciles. Viendo a todos esos jóvenes con la esperanza en el mañana, realizar sus sueños de prosperidad, a todas esas gentes despreocupadas vivir en la más absoluta conformidad, brindando, bailando, festejando, cegados quizás por esta bonanza y buenos parabienes declamados por el Presidente en su mensaje a la nación – bajo el protectorado del Gobierno del país del sur -, todo ello bajo un telón de fondo, como cortina que cubre la mascarada de una ilusión fugaz…; y mientras observo el cielo, recuerdo la historia, resignado por ser quizás el único en mi país que interroga al vacio: que hubiera pasado si ganábamos esta guerra; y siento un temor por la respuesta, que esta no sea mucho más satisfactoria a la realidad que vivimos.