Autor: Percy Taira Matayoshi

Los rumores fueron varios, sin embargo, muchos los desoyeron. Fue el capitán Guzmán Blasco, el primero que se acercó a mí y me refirió que se advertía, en muchas partes de esta tierra, que los infieles buscaban liberar a su Inca del lugar donde lo teníamos cautivo. Otro fue el fraile Vicente de Velarde que le aseguró al propio Marqués, en mi presencia, haber oído similar advertencia de boca de unos indios, quienes pedían la muerte de su antiguo gobernante. Pero la vanidad es capaz de cegar hasta a los hombres más virtuosos y astutos, y la ambición, es la máxima traidora de la prudencia y fiel amante del engaño.
Cegados por la victoria de nuestros valientes combatientes frente a siete mil indios, supusimos que aquellos no se atreverían a cometer tamaña fechoría. Aunque ya lo dijo el propio Vicente de Velarde ante el sacrilegio que cometió el Inca al lanzar al suelo la palabra sagrada: “Que éstos no eran de confiar pues no creían en el dios verdadero”. Por ello, con la gracia de dios y su Santísima Madre, el fuego de nuestras armas y nuestros caballeros, atacamos con valor y hombría a los indios que cayeron sin vida en buen número dejando con vida sólo a algunos sirvientes y al Inca, pues el Marqués, lo consideraba útil para sus propósitos de conquista en nombre de Su Majestad don Carlos.
Luego de ser vencido, el Inca fue trasladado a un palacio que tenía en esta tierra de Cajamarca. El Marqués pidió que nadie tocara al Inca, y éste pasó sus días con las comodidades y lujos propios de su cuna. Sus mujeres y sirvientes lo atendían y pasaba horas de solaz en su compañía. También se daba tiempo para gobernar su extenso reino como si gozara de la libertad que tenía antes de ser capturado. Así era la vida del idólatra gobernante.
Muchos advertimos al Marqués que no se confiara de este trato, pero éste, había tenido por él singular simpatía y amistad. Se sabía por los guardias, que don Francisco Pizarro jugaba con él a la baraja, los dados y al ajedrez, que le había enseñado a entender nuestra lengua y que cenaba con él cada vez que podía. Nosotros insistimos en prevenir al Marqués de una próxima traición, cuando el propio lengua Felipillo, que era ya mal visto por los Pizarro, comenzó a hablar a los nuestros que los seguidores del Inca se estaban agrupando a tres leguas para matar a todos los cristianos. Hablaba de cincuenta mil guerreros liderados por el temido general Calcuchimac. Pero el Marqués no cambió su parecer pues estaba agradecido con el Inca por aquella promesa de llenar un bohío de oro y dos de plata por su libertad. Él y sus hombres, junto con los hombres de su hermano don Hernando Pizarro y  don Hernando de Soto, creyeron en las palabras del hereje, aunque todos sabíamos que aquella empresa era imposible, pues sesenta días no bastarían para acumular tamaña riqueza.
Debido a mis sospechas y previendo la seguridad de mis hombres, fui personalmente a visitar al Inca luego de que éste atendiera a los llamados curacas, orejones y familiares, quienes venían a rendirle honores y a recibir órdenes para el manejo de su reino. Mi propósito era averiguar, por mi propia cuenta, lo que éste tramaba con tanta saña. El Inca se encontraba en su habitación, sentado como solía hacerlo en su dúho de madera, que era muy fino y pintado de color rojizo. Su trato al principio fue indiferente, pero al saber que venía para conocer su estado y su posible liberación, se dignó a verme y a aceptarme como alguien con quien podía intercambiar palabra.
En un principio, su imagen me impactó. Tenía en ese entonces treinta y cinco años de edad, aunque aparentaba ser más joven, y en su caso, la juventud no era materia para despreciar sino de admirar. Tenía el cuerpo grueso, ojos grandes y feroces. Al momento de la entrevista, tenía una especie de paño sobre su cabeza que ataba debajo de su mentón que después supe, lo hacía porque tenía una oreja dañada en una de las guerras contra su hermano Huáscar. Vestía un traje color pardo oscuro, que según había escuchado en comentarios de don Pedro Pizarro, estaba hecho con pelos de murciélagos provenientes de Puerto Viejo y Tumbes. Todo en él inspiraba respeto y grandeza y cierto era que estábamos ante un indio que no era cualquier indio, y tal podría tratar como igual a la más alta de la nobleza castellana.  
Luego de la impresión inicial, me acerqué al Inca y éste me recibió con una sonrisa que daba cuenta de su afamado ingenio tanto como de su malicia. Busqué inquirirlo con vagas cuestiones comunes sobre su situación y ánimo pero éste me interrumpió y fue directo al motivo de mi convocatoria.
Al desconocer su lengua, me acompañaba Martincillo de Poechos, quien era más estimado por los Pizarro que Felipillo, con lo que me aseguraba la completa confianza del Marqués.
—Cumpliré con mi palabra con traerles todo el oro y la plata que pueda ofrecerles. Aquello bastará para darme la libertad que tuve. Mi vida está en ello.
Al decir esto, su rostro cambió. Su sonrisa se enfrió y tuve la sensación de estar frente al mismo Emperador don Carlos. Era indudable que no había indio en estas tierras, tan rey como aquel. Sin embargo, tomando respiro y guiado por mi sed de justicia y verdad, me animé a contrariarle.
—Tu hermano Huáscar ha muerto, y muchos de los tuyos dicen que lo has mandado a matar. Dicen que eres un asesino, un rey ilegítimo y que en ti no hay que confiar. ¿Si no es posible confiarte la vida de tu hermano, cómo pues confiarte la vida de los cristianos?
—No fue mi mano la que mató a mi hermano y ustedes los cristianos temen mucho. Mientras siga con vida, ustedes no tienen nada que temer.
—Pero eres el Inca, y basta una orden tuya para traer miles de indios hasta nuestras puertas para darnos muerte.
—Más que Inca, para ustedes soy un mercader. Les daré oro y plata por mi libertad. No teman por su vida, que cumpliré con pagar mi libertad.
Sus palabras tenían el respaldo de su presencia y bien merecía su fama, pues era un hombre de buen entendimiento y astucia, pero eso, tal como decía el fraile Vicente de Velarde,  también son las características del demonio.
—Hay mucho por qué acusarte. Pues ante los ojos de dios no eres más que un hereje, un idólatra, un hombre que se acuesta con sus primas y hermanas.
Por primera vez, vi al Inca con los ojos confundidos como sino entendiera el sentido de mis palabras.
—Dime pues, ¿qué traiciones tramas a espaldas de nuestro Marqués? ¡¿Cuánta sangre más deseas derramar sobre esta tierra?!
El Inca, de pronto, cambió a su estado natural.
—Nada deben de temer, ni el Marqués ni usted, mientras yo siga con vida —repitió.
El Inca desvió la mirada hacia un punto en el techo de la habitación, algo muy común cuando deseaba mostrar su desinterés o desprecio. Entonces pidió que saliéramos de la habitación.
Al marcharnos, ya de noche, acudí a los aposentos del Marqués llevado quizá por la rabia y la desazón, y fue a él quien le di cuenta de la entrevista que había tenido con el Inca y cómo éste no negó sus intenciones de atacar a nuestros hombres y de manchar con nuestra sangre esta tierra de Su Majestad. El Marqués me recibió, su rostro avejentado y su figura austera, se oponía grandemente con la imagen del Inca, y sin embargo, era  un hombre tocado por el dios de los ejércitos, por Santa María, su madre y el Apóstol, Santiago el Mayor. La protección de la divinidad, caía sobre él y sobre todos nosotros. Más de tres mil infieles llenaron con su sangre la plaza de esta ciudad y ningún cristiano, ni siquiera un caballo, pereció ante el embate de los indios. Todo por obra de nuestro señor.
El Marqués me recibió con un gesto adusto. Escuchó mi testimonio y ante cada palabra, como si dudara de ella, miraba al lengua Martincillo, para cerciorarse de que todo era verdad.
—Pues razón tiene —dijo, golpeando levemente su escritorio y poniéndose de pie—, mientras él siga con vida, nada podrá pasarnos y el oro y la plata seguirán llegando a nuestras arcas.
—Señor Marqués —le dije con sorpresa—, muchos son los hombres que temen por su vida, dan por cierto que este Inca es un ser salvaje, que bebe licor en los cráneos de sus enemigos y hace tambores con la piel de éstos.
—Usos son de la guerra vencer y ser vencido —respondió sin interés.
— ¿Y el oro? Es imposible que su palabra se llegue a cumplir, pues ningún cristiano ni moro ha visto semejante riqueza en un solo lugar —repliqué.  
En ese momento, don Francisco Pizarro cambió su gesto confiado por uno de preocupación, pues él sabía que era cierto que las habitaciones no estarían llenas en el  tiempo previsto.
—La promesa será cumplida —dijo sin embargo, con su voz firme. Luego me dio una leve sonrisa, aquella que nos animó en los momentos más difíciles en la batalla—. Váyase con cuidado y confíe en dios que ya muchos favores nos ha hecho y sólo a él nos debemos.
¡Qué error cometí en confiar en la palabra de nuestro Marqués, en disponer la seguridad de los míos en su pericia y mando militar!, pues conocido era ya que don Pizarro estaba encantado de alguna forma por ese Inca maledicente y tan mal querido entre los suyos. ¡Cuánta desgracia pudo haberse evitado! ¡Cuándo las palabras de los conspiradores no fueron más sensatas!
Sin embargo, ninguna acción fue en vano, pues al día siguiente, algo debió conservar el Marqués de nuestro encuentro que se entrevistó con el Inca y le hizo saber su temor de que su promesa no pudiera cumplirse. El Inca le aseguró que tenía la riqueza suficiente para hacerlo y le sugirió que, ante la desconfianza de los suyos, enviara a alguno de sus hombres para traer el oro que requerían. El Inca le propuso acudir a un santuario en las costas de esta tierra llamado Pachacamac, al que le tenía muy poca estima pero que decía, había mucho oro, y también al Cusco, sitio de importancia al ser el centro de su gobierno y casa de sus padres y ancestros y en donde éste dijo, se encontraría gran riqueza.
Al escuchar esto, Pizarro ordenó a su hermano Hernando Pizarro que se dirigiese a Pachacamac y a tres hombres con poco honor y valor, que fuesen al Cusco, debido a que nadie quería realizar tal travesía por temor a encontrarse con una emboscada de los indios. Al final, los hombres partieron y el Marqués, creyó que con eso calmaba los miedos e inquietudes de sus capitanes y soldados. Pero no fue así.
Mientras el oro y la plata llegaban de las tierras de Pachacamac, llegó a la ciudad el hidalgo Diego de Almagro y sus hombres, y al ver la riqueza que se acumulaba por el rescate del Inca, no pudo ocultar su disconformidad entre los suyos, reclamando que alguna parte de ese botín le pertenecía al ser él tan conquistador como lo era don Francisco Pizarro.
A la mañana siguiente, Almagro y un centenar de hombres se plantaron en la plaza e hicieron público su descontento. El Marqués salió a darle encuentro.
— ¡¿Qué haces lanzando esos gritos de reclamo?! Mientras el indio siga vivo, el oro y la plata llegarán para todos —dijo Pizarro, pero Almagro rechazó sus palabras.
—Mientras siga vivo, seguirá siendo vuestro prisionero, por ello, todas sus riquezas serán vuestras —respondió.
— ¡Muerto lo queremos! —fue la respuesta común de sus hombres.
Pizarro vio a su alrededor como si de alguna forma reconociera la plaza que hacía unos meses había sido testigo de tanta muerte y dolor.
—Esta guerra es más que oro, esta guerra nos puede llevar a conquistar un imperio —dijo el Marqués, revelando sin desearlo, su estrategia futura ante los indios.
El hidalgo se mantuvo en silencio por unos segundos, pero el brillo de esas habitaciones de oro y plata en las mentes de sus hombres era difícil de apagar.
— ¡Lo queremos muerto! —gritó la soldadesca.
—Que ese indio revele de dónde saca tanto oro pues si es capaz de llenar tres habitaciones es capaz de llenar cinco o diez, y allí sí alcanzará para todos. ¡Que hable o muera! —gritó Almagro.
Entonces ese brillo del oro y la plata que antes confundía a los suyos, también se trasladó a los hombres de Pizarro, quienes se miraban entre ellos y daban validez a las palabras de don Diego. Pues los hombres de Almagro entendían que mientras el Inca fuera prisionero del Marqués, toda riqueza que se recogiese sería en pago a sus captores por el favor de su libertad, y no para ellos, por otro lado, los soldados del Marqués, desconfiaban del Inca por los rumores que desde hacía varios meses se desperdigaban en el campamento, y creyeron que la mejor solución era sacarle toda la riqueza que éste poseyera y luego darle muerte para que no hubiera guerras futuras qué enfrentar. Visto así, el Marqués tenía poco espacio para la acción y el apoyo que tenía en un inicio luego de la captura del Inca, fue amainando por la ambición desmedida de los suyos, más aún cuando su hermano Hernando se encontraba a varias leguas recogiendo el oro de Pachacamac.
El Inca conocía gracias a sus sirvientes, la división entre los hombres de Pizarro y Almagro y esto, según las voces que llegaron a mí, de parte de Felipillo, le contentó en gran manera. Por ello pedí reunirme con uno y otro pero ninguno quiso oír mis advertencias sobre lo que se estaba tejiendo detrás de la ambición, la avaricia y el engaño, y se dieron un día para evaluar el futuro del Inca.
Aquella noche, que era pacífica aunque tensa, llegó a la ciudad don Hernando de Soto, quien había viajado a Huamachuco para cerciorarse que aquellos rumores de la reunión de un enorme ejército fiel al Inca, eran falsos. Así lo pudo verificar pues no encontró más que a indios regados que aseguraban eran partidarios de Huáscar y que pedían la muerte del Inca usurpador. Sin embargo, don Hernando se encontró en el camino a un mensajero que había partido en la misión rumbo al Cusco y que se le había ordenado se adelantase para contar las buenas nuevas al Marqués y demás capitanes, y solicitar más hombres, indios y esclavos para que le ayudasen a cargar con toda la riqueza que había en aquella ciudad, que por más señas dijo, era abundante y difícil de trasladar con mil hombres. El mensajero le contó durante el camino que aquella era una ciudad de oro, que el Inca tenía templos construidos con oro y plata en las paredes y techos y que todo resplandece y enceguece cual si fuera un sol.
Al oír esto, el rostro de Hernando de Soto cambió y también sus pensamientos. Pues al llegar a Cajamarca y al notar la presencia de don Almagro y sus hombres, temió que el botín fuera repartido entre aquellos que no alzaron ninguna espada en la captura del Inca y que su parte se viera perjudicada. Fue entonces que solicitó una reunión con el Marqués para mostrarle su preocupación pero éste le dijo que no habría necesidad de tales previsiones pues don Diego de Almagro era un hombre de honor y buen criterio. Entonces, Hernando le pidió no contar con los hombres de Almagro para traer el oro y la plata del Cusco, pues desconfiaba de ellos y su ambición, y que le permitiese a él ayudar en aquella empresa, al ser hombre que jamás pediría más de lo que le tocaría por justicia y razón.
El Marqués aceptó el trato al saber que los rumores de un gran ejército liderado por Calcuchimac, eran un engaño, y Hernando de Soto esa misma noche avisó a sus hombres que se alistasen para partir a la mañana siguiente hacia el Cusco. Se llevó con él soldados, indios, al lengua Martincillo y un par de esclavos. Los soldados, tanto los de Pizarro como los de Hernando de Soto, recibieron con júbilo aquellas noticias y se comentaba entre ellos que la promesa de riqueza de Los Trece de la fama, estaba cumplida. Distinto fue el actuar del hidalgo y sus hombres, quienes veían con recelo cómo el Marqués los había apartado de tamaño botín.
Esa noche, las voces y susurros iban de tienda en tienda. Los comentarios y rumores de que don Diego de Almagro y sus hombres preparaban la muerte del Inca abrían puertas de unos y otros bandos y se colaban entre la guarda y el mal dormir de los hombres. Pronto estas voces llegaron a los oídos de Atahualpa, quien mandó llamar al Marqués.
—Dicen que ese hombre que ha llegado a la ciudad, ha venido a matarme —le dijo sin mostrar temor en su voz.
El Marqués le aseguró que aquello no era cierto y que no debería creer en las voces ociosas de los soldados y sus sirvientes. Pero el Inca insistió.
—Voy a cumplir con el pago que les he prometido pues ésta ha sido la promesa hecha por el hijo del Sol, pues soy el Señor de las cuatro partes del mundo —dijo el Inca con arrogancia.
Pizarro le repitió el temor de sus hombres de una posible batalla futura si es que él era liberado, pero el Inca le aseguró que una vez libre, iría a reconquistar las tierras tomadas por los hombres de su hermano y a castigar a los curacas rebeldes y a todos aquellos que le sirvieron y apoyaron. El Marqués se sorprendió con la determinación con que hablaba el Inca, como si aquellas cosas que decía, ya las hubiera hecho. Entonces el Inca le dijo: “Nadie está libre de la funesta usurpación de su destino y el hijo del Sol debe castigar por la justicia de su padre tal ofensa, pues sólo así los hombres de todo el reino serán verdaderamente libres al ser justa la causa que defiendo”, y el Marqués no supo si sentirse admirado o temeroso por las palabras del Inca.  
Al día siguiente, luego de la partida de Hernando de Soto al Cusco, don Diego de Almagro llegó al centro de la plaza junto con sus hombres, todos ellos armados, y pidió la presencia de Francisco Pizarro para un requerimiento. Tenía el gesto atribulado, como si llevara al diablo en el rostro. Sus hombres cuentan que estuvo complotando durante toda la noche para ver la mejor manera de matar al Inca, aprovechando las ausencias de Hernando Pizarro, que defendía la vida de Atahualpa, y Hernando de Soto, que pedía enviar al Inca a Castilla para evitar una posible venganza en contra de ellos. El Marqués salió a su encuentro y una vez más le reprochó su actitud beligerante. Sólo treinta soldados acompañaban a don Francisco Pizarro. Al ver que el encuentro podría terminar en un derramamiento de sangre, el fraile Vicente de Velarde, con el crucifijo en mano, pidió a Almagro que guardara la compostura y no se dejase llevar por el odio y el resentimiento. Pero Almagro estaba hecho un lucifer, y acusó al Marqués de querer quedarse con las riquezas del rescate del Inca, e inquirió al fraile Velarde, por qué no había quemado al Inca por las graves acusaciones en su contra de herejía, idolatría e incesto o enviado al garrote vil por usurpador y fratricida. El sacerdote se acercó al hidalgo y le pidió que se rectificase, pues éste obraba según las órdenes de dios y no con las de él.
Almagro sacó entonces su espada y la apuntó hacia el Marqués.
— ¡No sólo es un ladrón que pretende poseer toda la riqueza que nos corresponde a todos por derecho real sino que también ha traicionado el servicio de Su Majestad arrodillándose ante el rey de estas tierras!
El estupor llegó a los rostros de todos los presentes y los gritos de uno y otro bando aparecieron con violencia e insultos.
— ¡Pagarás muy caro por tamaña ofensa! —gritó Pizarro mientras él y sus hombres blandían sus espadas al aire.
—¡Niégalo ante la presencia de estos hombres de dios y ante dios mismo, que has pasado la noche con la prima del Inca, buscando juntarte con los indios de estas tierras teniendo por rey a Atahualpa y no a Su Majestad, y olvidando así tus raíces cristianas al ser amante de una hereje! ¡Esa es ofensa a dios y a nuestro rey!
Aquella acusación bastó para que el Marqués fuera en busca de Almagro: “¡Matarte he o matarme has!”, vociferó, pero cuando la batalla parecía inevitable, ingresó presuroso, uno de los guardias gritando: “¡Por Santiago, por Santiago! ¡Vienen los indios!”.
Ni bien dio la alerta, cerca de diez mil indios armados con porras, hondas y macanas, liderados por el general Rumiñahui, ingresaron a la plaza y se enfrentaron con hambre voraz contra los cristianos. Los hombres de Almagro y Pizarro intentaron ir en búsqueda de sus caballos y arcabuces, pero fue tan rápida y violenta la entrada de los indios que ninguno llegó a dar más de diez pasos sin que un golpe de porra o una piedra le golpeara el cuerpo. En medio del caos y el griterío, el Marqués, me ordenó que fuera por el Inca y lo mostrase a los indios bajo la amenaza de muerte, fue así como fui a la celda del infiel pero la encontré vacía. Éste había huido con la ayuda del traidor de Felipillo, quien nos engañó todo este tiempo haciéndonos creer que odiaba a Atahualpa cuando era uno de sus más fieles seguidores y espía, pues más verdadero era su odio y resentimiento hacia los cristianos que al sanguinario líder. El Inca se había ganado su confianza en las conversaciones que éste tuvo con cada uno de nosotros, y privadamente, le decía que nosotros los “barbudos” no éramos gente del cielo, ni Pizarro era el Huiracocha, que éramos unos falsos dioses, hombres blancos simples como cualquier otro ser sobre esta tierra. Que no había que temernos pues así como los perros, nosotros también sangrábamos y moríamos al ser golpeados, hechos que el tallán ya sabía.
Y fue allí que el Inca urdió un plan ruin aprovechando nuestra compasión cristiana y le pidió a aquel insidioso que tan buen cuidado recibió de Francisco Pizarro y a quien tanta estima le tenía, que confundiera al Marqués y a sus hombres con falsas informaciones, dando el sí como no, el norte por el sur, y cambiando lugares por otros, y distancias por otras cuando interrogaba a los indios. Y mientras esto sucedía, los guerreros del Inca se iban armando, se reagrupaban e iban incrementando su sed de sangre y ansias de venganza. Todo esto lo hizo el tallán porque el Inca le prometió las tierras de Puerto Viejo y Tumbes, y le prometió casarse con la noble de su familia que él deseara, además de oro, plata y otras riquezas que el lengua comenzó a apreciar quizá como la fatídica herencia que le dejamos. ¡Cuán cegados estuvimos por el oro y la plata que confiamos en la palabra de ese Inca traidor y de su gente! ¡Cuán equivocado estaba nuestro señor Marqués al confiar nuestras vidas a los favores de este infiel que jamás aceptó a dios como el dios único ni al rey Carlos como su rey supremo, pues el demonio rechaza la palabra verdadera y el alma honesta!
Ni el Santo Padre, ni la Santa Virgen, ni Santiago el Mayor, pudieron salvarnos esta vez de nuestro terrible destino. Don Francisco Pizarro, quien era más diestro con la espada a pie que a caballo, pudo defender con valor su puesto, haciendo de su corazón una gran fortaleza, pero por cada cristiano nos caían cien indios, y las fuerzas que tuvo las gastó en los hombres que pudo, hasta que uno de ellos, le clavó una estaca en la pierna y ya caído, fue pisoteado y masacrado con piedras. Con los minutos, los infantes, artilleros, arcabuceros, ballesteros y peones, fueron cayendo con gran violencia. Las armaduras eran destrozadas con los golpes de las piedras, los cráneos aplastados con las porras de los indios y los cuerpos desollados aún con vida. Almagro cayó ante la arremetida del general Rumiñahui, que con un golpe de mazo le reventó la cabeza desparramando sus sesos sobre la tierra ensangrentada.
No voy a juzgar a aquellos hombres que pudieron llegar a sus caballos y en vez de defender la ciudad, decidieron huir para salvar sus vidas, porque aquellos corrieron la misma suerte de quienes no teníamos cómo escapar. Ellos fueron capturados por Calcuchimac y sus hombres. Veinte mil indios más les hicieron frente y atacaron a los caballos con lanzas y hondas, dándoles muerte.
Al caer el sol, la plaza de Cajamarca había sido tomada por los indios. De los ciento cincuenta hombres que allí estábamos sólo sobrevivimos cinco: de los almagristas, el capitán Julio de Ojeda; el maestre de nao, Juan Cabesas; y el clérigo sevillano Juan de Sosa; y entre los pizarristas sólo sobrevivimos el jinete Ruíz de Arce, y yo, el capitán de infantería, Cristóbal de Mena. Bajo las órdenes de Calcuchimac se incautaron las armaduras, armas y caballos que quedaban en la Real, y todos fuimos tomados como prisioneros pues el Inca Atahualpa pensaba utilizarnos para el futuro según su interés. Tiempo después, el Inca decidió dar muerte a Ojeda y Cabesas, porque éstos se negaron a colaborar con él, y al clérigo de Sosa, lo mató porque éste se negaba a aceptar al dios Sol como el único dios y a él, como el único hijo de ese dios. En cuanto a Ruíz de Arce, éste sobrevivió porque el Inca quería que sus hombres aprendieran a montar a caballo y en cuanto a mí, acepté capacitar a sus hombres en estrategias militares, a enseñarles el uso de las armas que éstos nos robaron, y además de enseñarle a leer y escribir nuestra lengua castellana. El Inca me nombró uno de sus Amautas, que es como éstos llaman a los maestros.
Bastaron pocos días para que los indios recuperaran las ciudades de Pachacamac y el Cusco. Hernando Pizarro y Hernando de Soto junto con todos sus hombres, fueron atacados por sorpresa y asesinados cruelmente por los ejércitos de Calcuchimac, Rumiñahui y Quiquis. La riqueza extraída fue recuperada y Atahualpa hizo con los restos de los cristianos una gran pirámide en el Cusco y hubo gran fiesta en la ciudad por varios días y noches.