Autor: Rubén Alberto Mesías Cornejo

El 3 de abril de 1899, el vapor “Sakura Maru” echó anclas frente al Callao treinta y seis días después de haber zarpado del puerto nipón de Yokohama; dando fin a una esforzada singladura que lo había llevado a recorrer 8,600 millas náuticas con la proa puesta hacia el suroriente, en poco más de un mes de navegación.
A bordo del navío iban 790 jóvenes nipones que habían decidido emigrar de su Japón natal seducidos por unos contratos que los comprometían a trabajar durante cuatro años como peones agrícolas en las haciendas azucareras del Perú, una decisión tal vez motivada por la vistosa propaganda gráfica con la que Teinichi Tanaka, el mandamás de la compañía japonesa que fomentaba la emigración hacia Sudamérica, había diseminado en los periódicos que circulaban  en las prefecturas que se extendían a lo largo y ancho de la isla de Honshu.
Los avisos publicados hablaban de un sueldo inmejorable, si lo comparaban con el que ganaba un bracero haciendo una labor similar en Japón, adecuadas condiciones de trabajo, buen clima y un trato justo por parte de sus empleadores mientras durase el vínculo laboral pactado entre ambas partes.
Sin embargo, el arribo al Callao no significó precisamente el fin de la travesía para los emigrantes nipones, más bien se constituyó en una breve escala antes que el “Sakura Maru” pusiera proa rumbo al norte dirigiéndose hacia los puertos de Ancón, Chancay, Supe, Salaverry, Pacasmayo y Eten para desembarcar a los braceros destinados a las haciendas cercanas; para luego dar media vuelta y enrumbar hacia el sur, hacia Cerro Azul para dejar en tierra al último contingente de 226 hombres que todavía permanecían a  bordo.
Esto fue el inicio de una vida nueva; inicialmente los japoneses habían llegado con el propósito de retornar a su patria, pero las circunstancias determinaron otra cosa y tuvieron que quedarse, pero no querían echar raíces en un suelo extraño si así lo hacían sus hijos reconocerían al Perú como su tierra natal y le  darían la espalda a la distante patria asiática, por eso hicieron venir a sus mujeres con el fin de fundar familias puramente japonesas sin tener en su sangre la impronta del mestizaje predominante en estos pagos.
Cuarenta y dos años después la semilla plantada por estos pioneros había fructificado mucha merced al tesón y la solidaridad económica que se profesaban entre si los nipones que una vez libres del contrato de trabajo que los había traído hasta acá preferían instalarse en las ciudades de la Costa y constituir sus propios negocios, los cuales prosperaron a tal grado que provocaron la suspicacia de los potentados y de la clase dirigente peruana, al mismo tiempo.
El 7 de diciembre de 1941, la flota estadounidense del Pacífico, surta en Pearl Harbor en las islas Hawái, fue atacada sorpresivamente desde el aire por una oleada de bombarderos y torpederos japoneses con base en portaviones, como bien se sabe el ataque tuvo como consecuencia el inmediato ingreso de los Estados Unidos en una guerra que a partir de ese momento pudo considerarse plenamente global.
Para la comunidad nipona residente en el Perú, el ataque tuvo consecuencias ciertamente funestas; porque el gobierno peruano, encabezado por Manuel Prado Ugarteche se aprovechó la coyuntura para alinearse inmediatamente con la doctrina de “defensa continental” que invocaban los estadounidenses, encontrando de paso el pretexto perfecto para manifestar abiertamente su hostilidad hacia la prospera comunidad de emigrantes nipones que residía en su territorio, de ese modo las autoridades peruanas podrían  confiscar los bienes y propiedades de los nipones, mientras preparaban su envío al más aciago de los ostracismos.
Para mayor desgracia de los nipones, la actitud del gobierno peruano también halló su correlato entre la población civil, produciéndose una serie de atentados y saqueos contra las propiedades y negocios de los residentes nipones, los cuales eran mostrados por la prensa como agentes del Imperio Japonés infiltrados en el tejido social peruano.
Durante la primera mitad de 1942, las detenciones de ciudadanos japoneses y también de sus descendientes fueron en aumento y pronto las cárceles peruanas rebosaron a más no poder con la cantidad de nipones que esperaban ser deportados a campos de concentración expresamente construidos para recibirlos allá en los Estados Unidos, previa escala en Balboa, capital de la Zona del Canal de Panamá.
La desazón y la tristeza hacia acto de presencia en los rostros de aquellos hombres y mujeres que desde la escuela habían aprendido a amar a aquella patria distante que al parecer los había abandonado a su suerte, y no haría nada por torcer el destino que les esperaba que no era otro más que el destierro.
Pese a todo había quienes se preguntaban si su Madre Patria podría ayudarlos ahora mismo, y ese pensamiento les hacía orientar su mirada hacia el oeste, justo el lugar por donde suele salir el sol, y el mar parece extender hacia el infinito como un vasto lienzo azul ¿acaso se imaginando la  imponente silueta del invicto acorazado Yamato escupiendo potentes andanadas de artillería contra la arquitectura del Callao en represalia por la humillación y el escarnio que ahora estaban sufriendo a manos de las autoridades peruanas?
Pero tal como estaba la situación parecía un sueño que la Marina Imperial movilizara alguno de sus portaviones hacia la costa oeste de Sudamérica para sacarlos de la grave tribulación en la que se encontraban por ser japoneses. es más, las noticias que publicaban los periódicos hablaban de los espectaculares avances que las Fuerzas Armadas Japonesas estaban logrando durante su exitosa invasión de Hong Kong, Malasia, Birmania, las Filipinas y las Indias Holandesas, territorios que cayeron muy pronto bajo control japonés.
Tal vez por eso el Perú, actuaba de un modo tan insolente contra los nipones, confiado en la protección que podía brindarle su alianza con el poder militar estadounidense ya instalado en la base aérea de Talara; a cambio de esa concesión el Perú recibiría una transferencia de tecnología militar necesaria para modernizar el equipamiento de sus fuerzas armadas y el encargo de patrullar las aguas que bañaban sus costas en previsión de un posible ataque nipón contra el Canal de Panamá.

Y es que, a partir de la declaración de guerra estadounidense, Panamá y la Zona del Canal, una sinuosa franja de territorio que partía en dos el territorio panameño  se convirtieron en objetivos potenciales para las armas japonesas, y aunque la posibilidad fuera remota, casi de esas que solo se toman en cuenta cuando se organiza un juego de guerra para entrenar a las tropas, podía suceder que la idea apareciera en el cerebro del máximo estratega  que ordenaba los movimientos de la Flota Combinada.
Sin embargo, para horror de los peruanos y también de sus aliados estadounidenses el proyecto de atacar el Canal de Panamá no desde Japón, sino desde una base insular situada en las aguas territoriales peruanas había visitado el siempre fértil cerebro del almirante Isoroku Yamamoto, el jefe supremo de la Flota Combinada.
Una isla rocosa y desierta frente al Callao.
Mientras estudiaba la historia de la Marina de Guerra del Perú, el almirante Yamamoto advirtió que esta centenaria institución armada apenas había prestado atención a la ocupación y vigilancia de las islas que salpicaban sus aguas jurisdiccionales.
De facto, y desde tiempos prehispánicos la única población permanente de aquellos retazos de tierra emergida habían sido los lobos de mar y las aves guaneras que ahí desovaban, durante el periodo colonial la situación había seguido más o menos igual; tan solo después de la independencia el auge del guano como producto fertilizante había sacado a estas islas de su marginación casi eterna, pero aquella bonanza paso y las islas volvieron a sumergirse en el olvido, junto con los aciagos recuerdos vinculados con la derrota militar frente a Chile, algo que también incluía el hundimiento, en aguas del Callao, de los restos de la flota peruana  por sus propios tripulantes en enero de 1881.
Pero aquellas heridas ya habían cerrado hace tiempo, y el joven Ministerio de Marina peruano había manifestado interés en construir una base para alojar los sumergibles que desde 1912 equipaban su arma submarina justamente en la isla San Lorenzo, la más grande de todas las sujetas a la jurisdicción peruana, y situada estratégicamente frente al puerto del Callao.
A Yamamoto se le había ocurrido una idea semejante dentro de la estrategia que había ideado para atacar a las fuerzas de los Estados Unidos en cualquier territorio donde ondeara la bandera de las barras y estrellas, por lo tanto, era de un interés vital para el Japón que la Marina peruana no pudiera llevar a cabo semejante proyecto, y que la isla permaneciese libre de cualquier intrusión peruana.
El problema a resolver era como distraer la atención de los peruanos de ese asunto para ganar tiempo y enviar desde Japón los medios logísticos y el personal que pudiera construir una base encubierta en aquella isla desierta y tan bien situada para iniciar una operación contra Panamá, y si las circunstancias lo requiriesen también contra el Perú.
Pero cuando existen grandes problemas, siempre se tienen grandes soluciones a la mano, y el almirante Yamamoto disponía de la influencia suficiente ante el general Hideki Tojo, Primer Ministro y también encargado de la cartera de Relaciones Exteriores del Japón. La solución escogida fue bastante práctica: el embajador japonés en Bogotá entró en contacto con las altas esferas del gobierno colombiano y ofreció el apoyo nipón al juego de intrigas de preparaba la cancillería de aquel país  para intentar recuperar la soberanía sobre el istmo panameño a cambio de que las fuerzas armadas colombianas iniciarán operaciones bélicas contra el Perú a lo largo de su mal definida frontera selvática, de ese modo la Marina de Guerra peruana se vería obligada a concentrar sus esfuerzos en emplear sus unidades de superficie y sumergibles para bloquear los puertos colombianos tanto en el océano Pacifico como en la costa atlántica.
De ese modo Yamamoto ganó un tiempo precioso para llevar a cabo sus planes, y ordeno a cuatro de sus novísimos submarinos portaviones zarparán rumbo hacia la isla peruana, seguido de un séquito de sumergibles de menor porte, y  también transoceánicos; a bordo de los cuales viajaba el material necesario para construir la base secreta que necesitaba para golpear al gigante estadounidense por la espalda, precisamente en las comarcas que los políticos de aquel país consideraban  una extensión de su “patio trasero” desde que el bravucón de Teddy Roosevelt se sacó de su chistera la republica vasalla que consentiría firmar un acuerdo que concediese el control del Canal que iba a construirse a los estadounidenses.
Una vez desembarcado el material en San Lorenzo, el embajador japonés en Lima   coordinó con el poderoso empresario Nikumatsu Okada, que administraba varias haciendas algodoneras en el valle de Chancay, el envío de un contingente de jóvenes patriotas nipones también residentes en el mismo lugar, para que trabajaran en la sigilosa construcción de aquella base.
Los voluntarios nipones partieron de manera subrepticia del Callao y bordearon San Lorenzo hacia el suroeste, pasaron de largo frente a la escarpada costa de la pequeña isla prisión de El Frontón para encontrarse con sus compatriotas que los estaban esperando anclados frente a  uno de los acantilados ubicados en la costa oriental de la isla; todos eran conscientes de que no disponían de mucho tiempo, el conflicto entre Colombia y el Perú no duraría para siempre, así que trabajaron de manera entusiasta en la edificación de la planta desalinizadora, las instalaciones subterráneas donde se alojaría la tripulación, el pequeño muelle que los grandes sumergibles usarían para reabastecerse del combustible que precisaban para sus singladuras, y los hangares donde se ocultarían mientras no estuvieran operativos.
Cuando la base estuvo lista los obreros retornaron a sus hogares con la expresa consigna de guardar silencio sobre lo el trabajo que habían desempeñado en aquella isla a mayor gloria del emperador y la patria, pero las persecuciones a las que se vieron sometidos luego del ataque japonés contra Pearl Harbor hicieron que su lengua se aflojase un poco en los coloquios que sostenían con sus compatriotas, y precisamente esas palabras sembraron un poco de esperanza en los corazones de aquellos hombres y mujeres estaban cautivos a causa del miedo y la xenofobia que suscitaban sus rasgos orientales.
Japón tenía que hacer algo por ellos, era lo que todos aquellos cautivos esperaban, aunque no se atrevieran a decirlo a viva voz, y Yasuo Fujimori, el comandante de la base nipona ahí instalada se sentía con las manos atadas para acudir en socorro de sus compatriotas, pues su inmediato superior el almirante Yamamoto no consideraba que valiese la pena revelar la presencia de su Fuerza Avanzada del Pacifico Occidental antes de lo debido. Tenían que centrar su atención en el ataque contra el Canal de Panamá, las ordenes eran esas y había que ceñirse a ellas.
Los informes que continuaban enviando los agentes del Servicio Secreto Japonés, una vez que el personal de la Embajada se vio impedido de hacerlo debido a su expulsión del país, hablaban del inminente arribo de una flota de navíos de transporte estadounidenses al puerto del Callao, los cuales conducirían a la primera remesa de prisioneros rumbo a Panamá.
Para el comandante Fujimori era la oportunidad ideal para golpear al enemigo  y el sentido común le decía que no podía esperar a que los altos mandos japoneses hicieran funcionar los engranajes de la burocracia naval para hacerle saber un eventual cambio de decisión ratificar su decisión, después de todo él estaba más cerca del escenario donde ocurría todo esto para decantarse por una acción concreta; por tal motivo convocó a una reunión entre sus subordinados para decidir qué era lo que convenía hacer.
Los “Toritos” patrullan el cielo del Callao.
Creado en 1919, con asistencia aeronáutica francesa, el Cuerpo Aéreo del Perú (CAP) era la más joven de las fuerzas armadas que protegían la soberanía territorial del país sudamericano.
Ahora con poco más de veinte años de existencia, y después de un relativo bautismo de fuego enfrentando a las baterías antiaéreas colombianas sobre la selva amazónica, los pilotos del CAP se aprestaban a cumplir una misión que sobrepasaba en importancia todo lo sucedido en aquel conflicto luchado principalmente en la selva.
Una vez más el presidente Prado estaba comprometiendo su honor, y con él de su propia patria, en un conflicto bélico que esta vez sobrepasaba el modesto poderío militar peruano si se lo comparaba con el de una gran potencia : una cosa era enfrentar a Colombia por la posesión de los recursos naturales de un pedazo de selva, y otra desafiar a un país lejano  con ínfulas de gran potencia, capaz de proyectar su poderío bélico más allá de sus fronteras gracias a su infraestructura industrial y tecnológica, pues había fuertes sospechas de que los japoneses hubieran instalado una base secreta en la isla de San Lorenzo, justo frente al Callao.
¿Sería posible que el imperio japonés estuviera preparándose para darle un zarpazo al Perú desde aquella isla? Ya el mariscal Ureta había sugerido que se hicieran vuelos de reconocimiento sobre la isla, e incluso efectuar un desembarco de fuerzas acorazadas para limpiar la isla en caso se confirmara la presencia de efectivos japoneses en ella, pero nada de eso se había hecho porque la guerra contra Colombia rugía allá en plena selva amazónica.
Sin embargo, si esa terrible posibilidad se concretaba, Prado confiaba en que el paraguas protector de los Estados Unidos sería suficiente para enfrentar la acometida nipona, si llegaba a producirse. No en vano se había metido en esta aventura para contrarrestar la predominancia del capital japonés en algunos sectores de la economía peruana, después de todo el presidente también detestaba la competencia que representaban estos nipones que preferían mantener su identidad como extranjeros en vez de integrarse plenamente con la sociedad que los había acogido.
Por tales motivos Prado se afilio plenamente a la causa estadounidense, proporcionando bases militares y materia prima a su esfuerzo bélico y manifestando hostilidad a todo lo que tuviera impronta japonesa.
Claro estaba que esta preferencia hacia lo estadounidense hacia rato que había trascendido el ámbito meramente comercial, y se reflejaba también en los aviones que los jóvenes pilotos del CAP se disponían a abordar para cumplir sus misiones de patrulla aérea del cielo chalaco.
Los pequeños cazas North American NA-50 del CAP ya habían recibido toda la munición que necesitaban para alimentar  las cuatro ametralladoras y dos cañones que llevaba a bordo, además de los tanques auxiliares de combustibles que colgaban debajo de las alas en vez de las bombas que solían colgar de aquellos puntos de sujeción cuando el aeroplano partía en misión de apoyo cercano, obviamente la gran pregunta que se hacían  los pilotos de la escuadrilla peruana era si tendrían una misión sin sobresaltos, o por el contrario se verían obligados a librar un combate aéreo sobre aguas chalacas contra un veloz avión de la Marina Imperial, representando la ominosa fuerza de esa muerte que pretendía llevarlos a su seno.
Todos estaban nerviosos, y pensaban que su auténtico bautismo de fuego se aproximaba, que la experiencia vivida allá en la selva había sido una especie de aperitivo antes de enfrentarse a la muerte en un auténtico duelo a cazas sobre el cielo, pues sin duda atacar una posición terrestre y afrontar el fuego antiaéreo del enemigo es una experiencia totalmente distinta al auténtico combate aéreo, en el cual el enemigo tiene la oportunidad de colocarse en tu retaguardia, apretar el disparador de sus ametralladoras y desencadenar el infierno silbante de sus proyectiles sobre ti.
De a pocos  la pista se fue llenando con el ruido que producía  el voluminoso motor radial encajado en el morro tubular de los aviones, clara señal de  que estaban despertando de su pacifico letargo ,entonces el rechoncho fuselaje de aquellos aeroplanos  parecía cobrar vida propia y empezaban a carretear sobre la pista del aeródromo, con la hélice girando como una peonza  propulsada por la potencia que le otorgaban los ochocientos caballos de fuerza que desplegaba el motor radial que propulsaba aquellos aviones pintados de blanco, gracias a ese fondo  las grandes escarapelas rojas y blancas que ostentaban sobre el fuselaje y las alas lograban resaltar nítidamente, un concepto aposemático que dejaba en claro que el cielo que defendían era absolutamente peruano, y no consentirían intrusiones de ningún tipo.
En ese instante, los “Torito” parecieron brincar hacia ese límpido y luminoso cielo que les habían encargado proteger, por ende, las sombras de aquellos fuselajes se recortaron sobre la pista del aeródromo del cual estaban despegando, acto seguido replegaron sus trenes de aterrizaje, y al unísono estos se fueron alojando con cierta parsimonia en el intradós de las alas.
Cuando estuvieron un poco más lejos, los pilotos efectuaron unas cuantas andanadas de prueba que aparte de estremecer sus monturas, sirvieron para comprobar que las ametralladoras de a bordo funcionaban perfectamente, y que no dejarían nada que desear si los “Toritos” llegaban a trabarse en un combate aéreo sobre el mar peruano, una vez hecho esto los aeroplanos continuaron surcando aquel cielo luminoso y sin nubes rumbo hacia la costa chalaca.
Los comandantes japoneses toman una decisión
Yazuo Fujimori era un firme partidario de atacar el convoy, e incluso de ir un poco más allá y “ondear la bandera” sobre la ciudad de Lima y el Callao; en cambio su par Toshio Kusaka defendía la idea de ceñirse a las ordenes originales y más bien fortificar la isla en previsión de que los peruanos decidiesen efectuar un desembarco anfibio en la isla, para decirlo en una palabra Kusaka era el adalid de una estrategia  que para nada contemplaba efectuar una operación de castigo contra los peruanos; para este frio oficial nipón lo que contaba era conservar fuerzas para lograr los objetivos planteados por el cerebro maestro que dirigía la estrategia de la Flota Combinada desde su puesto de mando en el colosal acorazado “Yamato”; es decir lo esencial para Kusaka seguía siendo bombardear y destruir las esclusas del canal de Panamá.
En medio de esta acalorada disputa de dos puntos de vista en apariencia tan divergentes, los comandantes Shimizu y Nombu, capitanes de los otros dos grandes submarinos destacados en San Lorenzo, se sentían llamados a crear consenso entre las concepciones estratégicas de sus camaradas con el fin de elaborar una línea maestra a seguir que se adecuase a las circunstancias actuales.
Ellos tenían en claro  que tarde o temprano los peruanos advertirían que algo fuera de lo común estaba sucediendo en la isla, por todos era sabido que los estadounidenses trabajaban sin cesar para descifrar la clave secreta en la que Marina Imperial emitía sus comunicaciones, y que si bien esta cambiaba constantemente del mismo modo los descifradores perseveraban en vulnerar la seguridad de los mensajes que intercambiaban los destacamentos navales nipones a través de la vastedad del Pacífico, por ende los peruanos podrían ser advertidos por sus poderosos aliados de la ocurrencia de un evento que la US Navy y el Cuerpo de Marines  no podían atender por hallarse ocupados en frentes de batalla más importantes que esa isla peruana tan alejada del fragor de la verdadera lucha.
Ambos comandantes se expresaron con bastante moderación y tino, consiguiendo calmar el ambiente de zozobra inicial que se percibía durante la primera fase de la reunión: y lo que dijeron a continuación sonó bastante conciliador a oídos de los comandantes Fujimori y Kusaka.
De este modo y para zanjar la polémica se acordó que los submarinos solo dedicarían sus esfuerzos a efectuar el ataque contra el Canal de Panamá.
Para la operación de castigo contra Lima y Callao se dispuso construir un aeródromo desde el cual los Mitsubishi Zero, los mejores cazas navales del arsenal japonés, participaran en la incursión de castigo proporcionando cobertura aérea a los bombarderos que golpearían objetivos militares y también monumentales de la capital peruana y su puerto como represalia por el abusivo y masivo secuestro que estaban padeciendo los ciudadanos nipones a manos de las autoridades peruanas.
Se podía objetar que construir la pista y los hangares demandarían un poco de tiempo, que los insumos deberían viajar en submarino desde las bases niponas en la Micronesia, inclusive se podía argumentar que Japón no debería gastar recursos en defender un simple puesto de avanzada como lo que había conseguido ocupando las islas Aleutianas, el caso era el honor del Imperio exigía entablar la lucha cuando la dignidad de sus súbditos se veía menoscabada, y más aún por una potencia de rango menor, por lo tanto había que seguir adelante.
Por otro lado, dichas demoras estaban compensadas por las naturales carencias que padecían unas fuerzas armadas que no estaban abastecidas por un engranaje industrial propio, pues el Perú importaba todo el armamento que usaban sus tres ejércitos.
Otro detalle a tomar en cuenta era que el núcleo principal de la fuerza naval peruana se hallaba destacada en el Atlántico y en algunos ríos amazónicos con motivo de la reciente guerra librada contra los colombianos, una situación por la que también atravesaban el Ejército y el Cuerpo Aéreo; por ende, los peruanos tendrían que volver a concentrar sus buques en el Callao y sus aviones en los aeródromos cercanos a Lima para emprender una operación en regla contra San Lorenzo.
El presidente Prado y sus ministros deliberan
Vista desde el aire la fortaleza del Real Felipe parece una estrella de cinco puntas sembrada en medio de la geografía urbana del Callao, construida en las postrimerías de la época colonial, había sido el teatro de la tozuda e inútil  resistencia que el brigadier Rodil había ofrecido a las tropas colombianas que sitiaron la fortaleza después de la acción de Ayacucho, más tarde durante la Guerra con Chile la fortaleza contribuyó a la defensa del puerto durante el bloqueo que la escuadra chilena le impuso al Callao antes que la capital  peruana fuera conquistada por los corvos del sur en enero de 1881.
Ahora, en febrero de 1942, cuatro hombres pertenecientes a la clase gobernante peruana, el presidente Manuel Prado Ugarteche, y sus ministros Guillermo Garrido Leca, el contralmirante Federico Díaz Dulanto y el general César de la Fuente Álvarez, a cargo de las carteras de Gobierno, de Aviación y Marina y de Guerra respectivamente estaban reunidos en la Sala del Gobernador de la Fortaleza del Real Felipe para decidir qué acciones debería tomar el Perú contra la intrusión de las fuerzas aéreas y navales japonesas en el Mar de Grau, era un asunto que a su juicio debía resolverse lo más pronto posible pues no era de suponer que los nipones fueran a arriesgarse a mantener su presencia en una isla ubicada fuera del perímetro defensivo que había ideado Yamamoto, pero la opinión pública exigía una respuesta dura contra la intromisión, y algunos periodistas traían a colación la ocupación de las islas guaneras de Chincha por parte de los españoles en 1864 como un antecedente de lo que ahora estaba sucediendo en San Lorenzo.
La presión de la prensa para que se hiciera algo al respecto era muy grande, y no solo eso Garrido Lecca expuso ante el presidente que los apristas, un movimiento político proscrito de gran ascendencia entre el pueblo, podían fomentar una insurrección contra el gobierno de Prado si los ministerios militares no actuaban de acuerdo a lo que la dignidad nacional exigía. Los apristas recordaban que el padre del actual presidente peruano había logrado su notoriedad política precisamente enarbolando la bandera de la dignidad nacional contra los barcos españoles que terminarían atacando el Callao en 1866.
La posible aparición de este clima de inestabilidad que podría traerse abajo el cimiento político que permitía la supervivencia del gobierno pradista forzaba inexorablemente a recurrir a una respuesta militar para echar a los japoneses de San Lorenzo, cosa que interesaba sobremanera al jefe del Estado, y los ministros militares ahí presentes.
El presidente Prado, un hombre de aspecto apacible y delicado mostro signos de preocupación en su aristocrático rostro ante la posibilidad de una insurrección fomentada por los apristas, ante este signo de aparente debilidad que estaba demostrando su gobierno ante la intromisión de la soberanía, pero el caso era que las fuerzas armadas peruanas habían sufrido cierto desgaste en su luchas contra colombianos, además el material bélico adquirido por el Perú se estaba quedando obsoleto ante los tremendos impulsos que la guerra mundial le había puesto a la inventiva bélica.
Pero no había opción, se tuviera o no un material moderno disponible para la guerra; el Perú tenía que enfrentar la terrible consecuencia que surgía del hecho de haber maltratado a los inmigrantes nipones y ponerse de parte de los Estados Unidos, en la guerra que rugía a través del Pacífico y que enfrentaba a los estadounidenses contra los ejércitos del Sol Naciente.
Manuel Prado se levantó de su asiento , se le veía elegante como si se hubiera vestido para recibir a un dignatario extranjero, y su atuendo se parecía más al de un aristócrata europeo que al del máximo funcionario de una república sudamericana, así pues este arbiter elegantiae  neolatino se dirigió lentamente hacia una de las ventanas de la sala donde estaba reunido con sus ministros; la ventana proporcionaba una excelente vista hacia el mar que bañaba las costas chalacas, sin esforzar mucho el ojo se podían ver los contornos rocosos de las islas de El Frontón y San Lorenzo, ambas aparecían relativamente cercanas, pero la mayor longitud de la segunda llamaba más la atención del observador casual, y ese efecto se acentuaba todavía más por el tenue velo de niebla que envolvía la isla como un sudario vaporoso e intangible como realzando el aspecto misterioso que ofrecía la isla, lo cual aunado a la potencial amenaza que albergaba en su seno daba pábulo a la preocupación más extrema de que los japoneses hicieran caer sobre Lima el azote de su ira, que en todo caso estaba más que justificada.
Esa lejana visión de la isla hizo que el presidente Prado volviera a su sitio, dispuesto a escuchar lo que sus ministros iban a decirle, dio su venia al titular de Aviación y Marina y lo dejo en uso de la palabra.
—Señor presidente, se nos abren dos alternativas de acción para echar a los japoneses de nuestra isla.
—Continué señor ministro—dijo el presidente del Perú.
—Nuestro Cuerpo Aéreo dispone de cierta capacidad de bombardeo, el anterior gobierno compró cierto de número de ese tipo de aviones en Italia…
—¿Se refiere a los Panchos? —terció en la charla el ministro de Guerra refiriéndose a los Caproní Ca 111 también comprados en Italia a mediados de la década pasada, y que fueron apodados así porque el elefante que llevaban pintado recordaba a un paquidermo que habitaba en el zoológico de Lima —son aviones dotados de una planta motriz lenta, y por ende ya inútiles para la misión original a la que fueron destinados, y ahora convertidos en aparatos de transporte.
—No hablo de los Panchos, colega, sino de los nuevos Caproní Tipo Perú. Las tripulaciones que han operado estos bombarderos en el Teatro de Operaciones Oriental han adquirido experiencia de guerra en estos meses, los creo perfectamente capaces de destruir cualquier cosa que los japoneses hayan construido en la isla.
—El único defecto que veo en esos aviones es que son un poco lentos, si los japoneses han llevado cazas a la isla podrían verse en problemas—dijo el ministro de Guerra.
—Tal vez debamos esperar a que los estadounidenses nos envíen esos bombarderos medios de última generación que suelen suministrar a los británicos—dijo el presidente Prado.
—Eso demorará un poco, los estadounidenses suelen atender primero las demandas más urgentes; nosotros tendríamos que esperar que nos entreguen los excedentes de su producción para disponer de esos aviones, además tendríamos que convertir a las tripulaciones para que operen los nuevos aviones. Definitivamente no me parece una opción práctica. —afirmó el ministro Garrido Lecca.
—Eso nos deja la opción de arreglárnoslas con los bombarderos que tenemos—dijo el presidente Prado como pensando en voz alta, sin embargo, su tono de voz indicaba que estaba buscando algo más que agregar, aunque las palabras que iba a pronunciar todavía no acudían a su mente.
Los ministros callaron a la espera que el presidente Prado terminará lo que iba a decir, lo más natural era suponer que simplemente confirmará su orden de atacar San Lorenzo con los Ca 310, los bombarderos más modernos que estaban al servicio del Cuerpo Aéreo del Perú, lo cual no era mucho decir si se les comparaba con los grandes cuatrimotores que se aprestaban a entrar en acción en los cielos europeos contra la Luftwaffe.
—Necesitamos una fuerza de caza moderna que proteja a nuestros bombarderos en previsión de que los japoneses respondan a nuestro ataque no solo con artillería antiaérea. Ahora recuerdo que los estadounidenses nos han suministrado hace poco varias unidades de un caza más moderno que los NA-50 basados en Las Palmas.
—Es verdad—afirmó el ministro de Aviación—son ligeramente más veloces pero el poder de fuego de nuestros “Toritos” es muy superior, llevan cuatro ametralladoras a bordo en cambio los P-36 tan solo tienen dos, el único problema es que tenemos con los muy pocos “Toritos” en servicio, nos harían falta algunos más para que puedan servir de escolta a los Caproni en su misión sobre San Lorenzo.
—No tenemos tiempo para construirlos—argumentó el presidente Prado—creo que lo mejor será modificar los P-36 para que admitan un par de ametralladoras más en las alas, se puede hacer en los talleres aeronáuticos que dejaron montados los técnicos italianos de la firma Caproni cuando nos vendieron esos bombarderos bimotores. Notificaremos al Fondo Nacional de Defensa para que proporcione los fondos para financiar la conversión que requerimos.
—Si tan solo los estadounidenses nos prestarán algunas de esas fortalezas volantes que están enviando a Europa, quizá las cosas fueran mucho más fáciles para nuestros aviadores—dijo el ministro de Gobierno.
—Tal vez, pero nuestros poderosos aliados tienen prioridades y este asunto nos concierne exclusivamente a nosotros—sentenció el presidente con un tono de voz lo suficientemente enfático como para indicar que era su última palabra y que no admitía replica, después de todo la constitución le convertía en el jefe supremo de las fuerzas armadas peruanas, y tenía la potestad de decidir dónde y cómo emplear los recursos bélicos de la nación.
Con este gesto, Manuel Prado quería pasar a la posteridad ofreciendo la imagen de un mandatario fuerte que enfrentaba con decisión las circunstancias que el destino quisiera oponerle sin ceder ni un ápice el terreno que pisaba, quizá pensaba marcar la diferencia con lo que hizo su padre, el  difunto general Mariano Ignacio Prado, quien fue mal visto por abandonar el Perú en pleno conflicto contra Chile, quizá simplemente ansiaba consolidar una imagen de autosuficiencia ante su aliado anglosajón dando a entender que los peruanos eran perfectamente capaces de resolver un problema que los afectaba únicamente a ellos, sin distraer los recursos de la gran potencia del continente americano.
—Después del bombardeo enviaremos a los paracaidistas para que tomen posesión efectiva de la isla en nombre de la nación. Es mejor enviarlos después del ataque que antes de él. Los desembarcos verticales han probado ser demasiado arriesgados, el año pasado los alemanes sufrieron casi dos mil bajas para tomar la isla de Creta que es mucho más grande e importante que San Lorenzo—dijo el ministro de Aviación y Marina.
֫— Entonces señores ministros ¡no se diga más!, dijo el presidente Prado con voz enfática, daré la orden de lanzar el ataque en cuanto los nuevos cazas que ha recibido el CAP sean modificados ¿en cuánto tiempo cree usted que estén a punto todos estos aviones, señor ministro? —preguntó Prado dirigiéndose al titular del sector aeronáutico ahí presente.
—Más o menos en dos o tres semanas, replicó el aludido, mientras tanto incrementaremos el número de patrullas aéreas sobre el mar del Callao, nunca viene mal un poco de previsión, ¿no lo cree así señor presidente?
—Por supuesto—replicó Prado. Ya es hora de almorzar, y esta reunión ha sido bastante fructífera, pero no todo es trabajo en esta vida así que ¡señores ministros! los invito a deleitar su paladar en el comedor de Palacio de Gobierno ¿Me acompañan, por favor?
La venganza del crisantemo
El comandante Fujimori estaba contento pues sentía que el día más feliz de su vida había arribado, y para celebrarlo no precisaba de la compañía de una geisha y de un vaso de saké para disfrutarlo a plenitud como si se tratara de su cumpleaños o de un jolgorio propio de la vida civil; no la música de aquella fiesta particular en la que estaba inmerso su espíritu provenía del ruido que hacían las hélices de los cazas Zero  y los bombarderos G4M que se disponían a despegar rumbo hacia la capital del Perú, desde el aeródromo que habían construido cerca de la costa occidental de la isla, aplanando un poco el terreno irregular de esa zona.
Ahora mismo el personal de tierra había cargado cuatro bombas de 250 kilogramos, la máxima carga útil que podían transportar los Mitsubishi G4M de los veloces bombarderos que la Marina Imperial tenía operativos en muchos aeródromos distribuidos a lo largo de las bases insulares niponas en el Pacifico.
Los pilotos habían recibido fotografías aéreas de los objetivos que debían castigar, los cuales incluían una curiosa mezcla de objetivos civiles y militares que incluían la Biblioteca Nacional, la Fortaleza del Real Felipe, el Palacio de Gobierno y la Base Aérea de Las Palmas entre otros, además se confiaba mucho en que la velocidad y el fuerte armamento que llevaban los bombarderos de la Marina bastarían para hacer frente a los cazas del CAP que pretenderían interceptarlos sobre el cielo limeño, y por si esto fuera poco los bombarderos no enfrentarían solos la oposición aérea peruana, pues irían  escoltados por otro producto de la misma empresa, tan veloz y maniobrable como el anterior, el famoso caza Mitsubishi Zero el cual había hecho estragos entre todos los aviones contra los cuales había luchado en el extremo oriente, es más la moral de los pilotos era excelente aunque rayana un poco en el triunfalismo.
El comandante Fujimori había arengado a sus pilotos con vehemencia, les había pintado con negros colores las vejaciones y el sufrimiento que estaban atravesando tanto los japoneses étnicos como sus descendientes por parte de la Guardia Civil peruana, describiendo su hacinamiento del modo más dramático posible, inclusive apelando a su imaginación para hacer las descripciones más vividas y conseguir que el germinase el odio en la mente de aquellos jóvenes pilotos que gracias a él veían al Perú como un país abiertamente xenófobo que odiaba a los japoneses por su gran aptitud para los negocios y la prosperidad en general.
—Pronto vosotros os convertiréis en los más eficaces instrumentos de venganza que harán sentir la furia que siente nuestro emperador, el divino Hirohito, en el mismo corazón del Perú, un pequeño país que ha tenido la ocurrencia de desafiarnos seguramente confiando en la protección de esos americanos que también odian a ultranza la pujante fuerza de nuestra nación.!
Los pilotos y el personal de tierra ya enardecidos por las palabras del comandante Fujimori le dedicaron un interludio de frenéticas ovaciones antes de hacer silencio y dejarle continuar su arenga.
—¡Pilotos! Vuestra heroica acción sembrará el terror en el corazón de todos los peruanos y ayudará a construir un gran destino para nuestros herederos, un futuro en el cual nuestra nación tendrá un papel preponderante en la conducción del Asia hacia la prosperidad, libre de la intromisión de cualquier forma de colonialismo venga de donde venga.
Fujimori finalizó su enérgico discurso  con la cara llena de satisfacción , y en ese instante los pilotos de los cazas como los de los bombarderos ciñeron a sus frentes una banda blanca con un gran sol rojo en el centro como un símbolo de la enorme inyección de patriotismo que había conseguido verter en el torrente de sus espíritus, a continuación treparon al interior de las maquinas que les había tocado tripular, y los cazas y bombarderos empezaron a despegar ordenadamente ante el manifiesto júbilo de todos los que se quedaban en tierra.
Apenas eran las 6 y 30 de la mañana, y el día empezaba a clarear tanto en la isla como en el continente, y Lima y sus habitantes despertaban para retomar sus actividades cotidianas sin sospechar lo que les deparaba el destino.
La escuadrilla de ataque nipona ganó altura y sobrevoló rápidamente los dos kilómetros de tierra que separaban ambas costas de la isla, antes de volar sobre el mar abierto, todo marchaba bien y los motores funcionaban a plena potencia, no sería necesario mucho tiempo para recorrer los escasos cuatro kilómetros que separaban San Lorenzo de la costa del Callao.
Debajo de ellos el mar parecía una cosa movediza y viviente que bramaba como un monstruo aletargado que amaba la comodidad de ese eterno vaivén que era su seña de identidad desde siempre.
Pero para los aviadores lo mejor de todo era que el cielo aparecía totalmente  limpio de cazas peruanos, es más ahora sobrevolaban la exigua península conocida como La Punta, un distrito repleto  de casonas señoriales y sede de la Escuela Naval del Perú, cuya planta vista desde los visores de bombardeo guardaba semejanza con una letra hache, y ninguna batería antiaérea había abierto fuego contra los bombarderos nipones ¿acaso sería posible que los peruanos no tuviesen dispuesta ninguna clase de Triple A para proteger sus ciudades de un eventual ataque aéreo?
El oficial de bombardeo del avión que iba a la cabeza de la formación de ataque centro en su retícula de su visor la imagen de la Escuela Naval, luego soltó sus bombas, y el G4M ganó un poco de altura al liberarse de la mortífera carga que lo lastraba.
Hongos de humo negro brotaron del blanco atacado subieron hacia el cielo cuando esos mortíferos artefactos estallaron causando destrozos y tal vez victimas en la infraestructura del edificio naval peruana, cuando esto sucedió los Zeros de la escolta descendieron como si fueran aves rapaces y empezaron a efectuar pasadas de ametrallamiento para maximizar el efecto destructivo de la incursión entre aquellos que hubieron tenido la desgracia de encontrarse ahí abajo.
Era cuestión de bajar y disparar a mansalva, solo con la consigna de cegar vidas y destruir todo lo que se pudiera.
Los G4M de la segunda formación continuaron volando hacia el siguiente objetivo: la vieja Fortaleza colonial del Real Felipe, dispuestos a demoler con sus bombas esa obra de ingeniería militar dieciochesca que había participado en la defensa del Callao contra la flota de Méndez Núñez en 1866, pero que ahora se ofrecía como un blanco fácil al ser atacado desde el aire.
Pero algo raro empezó a suceder ahí abajo, y no era que las fuerzas peruanas hubieran empezado a oponer resistencia al ataque aéreo, nada de eso; pero los oficiales de bombardeo japoneses empezaron a informar la presencia de grandes columnas de humo que ascendían al cielo desde las barriadas chalacas ¿Acaso otras formaciones de bombardeo habían descargado sus bombas sobre aquella construcciones vetustas y endebles? Se preguntó por radio si eso había sucedido, y la respuesta fue negativa.: nadie había arrojado una bomba por propia iniciativa.
El humo se hacía cada vez más y más espeso dificultando el trabajo de los oficiales de bombardeo a bordo de los G4M, los cuales ahora ya no podían identificar plenamente los objetivos sobre los cuales iban a descargar su carga letal; por la mente de algunos paso la idea de que los peruanos hubieran apelado al humo como un recurso defensivo, de un modo similar a los dispensadores de niebla que los alemanes usaban para preservar sus fábricas de la puntería  de los bombarderos; pero esa idea desapareció pronto de la mente de los pilotos nipones.
Lima se estaba sacudiendo, y lo hacía con suma violencia, era como si la vieja heredad del curaca Taulichusco quisiera volver a campear a sus anchas después de siglos de haber sido relegada por aquellas construcciones hechas por los españoles y sus descendientes criollos, de alguna forma era como si aquel suelo se hubiera vuelto repentinamente díscolo y quisiera desprenderse de la costra urbana que lo cubría desde hacía más de cuatrocientos años atrás, y no solo eso también el mar quiso participar del enojo de la tierra, y sus aguas se encresparon al máximo formando grandes olas de tres metros de altura que rodaron vertiginosamente hacia la costa para caer como un azote sobre la península de La Punta. Definitivamente parecía que el mar y el cielo se habían vuelto locos de repente y habían aunado esfuerzos para causarle el máximo daño a la gente de Lima y el Callao.
Los pilotos japoneses nada sabían de las tribulaciones que los limeños estaban padeciendo a consecuencia del sismo que se había declarado tan súbitamente en varios distritos de la capital produciendo zozobra y caos entre la población a causa de los derrumbes de las casas viejas hechas de adobe y quincha,  es más aquellos hombres de ojos rasgados tenían órdenes de bombardear los centros neurálgicos de la ciudad, y la coincidencia del sismo con el momento del ataque contribuiría magnificar la tragedia y el drama que seguramente estarían atravesando los damnificados ahí abajo.
Realmente era una oportunidad de oro para ejecutar su misión sin temer a las bajas Por tal motivo los G4M y sus cazas de escolta decidieron dispersarse sobre el cielo de Lima, abandonando la formación defensiva que habían respetado hasta el momento en previsión de la aparición de aviones peruanos, ahora estaba claro que ningún caza del CAP despegaría de Las Palmas para interceptarlos, ahí abajo tenían  suficientes problemas con tener que enfrentar las consecuencias de un terremoto tan devastador como el de 1746 como para distraer esfuerzos enviando aviones al cielo cuando había tanto que hacer en tierra..
Los pilotos nipones estaban atónitos  por lo fácil que estaba resultando esta misión, casi no podían considerarla como tal sino más bien como una especie de entrenamiento durante el cual podían dedicarse a bombardear y ametrallar a placer sin correr el riesgo de que les disparasen a ellos con nada más potente que una pistola o un revolver en manos de algún vecino indignado, solo  era cuestión de seguir volando hasta agotar toda la ira que tenían empozada contra aquella ciudad y sus indefensos moradores.
Y así los aviones japoneses sobrevolaron con total impunidad una Lima damnificada, arrojando sus bombas a diestra y siniestra, y disparándole a todo lo que se moviera, dejándose llevar por un bárbaro frenesí destructor que solo se agotó cuando no quedo ninguna bomba que arrojar, y ninguna bala por disparar; cuando eso sucedió aquellos aviones que tanto habían contribuido a acrecentar el sufrimiento de los damnificados por el sismo viraron y se alejaron rumbo a su base en la isla San Lorenzo.
Regresaban victoriosos, sintiéndose llenos de satisfacción por haber castigado de ese modo  a Lima aunque la naturaleza les hubiera dado una mano y no pudieran atribuirse todo el crédito; lo que contaban eran los resultados: el cercado de la ciudad había quedado de totalmente devastado, plagado de ruinas e incendios por doquier ; pero aquella saña destructora se había cobrado su tributo y  ahora tripulaban aviones indefensos, con poco combustible disponibles en sus tanques, que serían blancos fáciles para cualquier piloto de caza que se animara a trepar al cielo en busca de un poco de gloria.
Por eso hicieron el viaje de vuelta, con el corazón en la boca, viendo como algunos aviones de la formación caían al mar como pájaros cansados de volar, que buscaban hundirse lo más pronto en las profundidades de aquel  abismo líquido, mientras los más afortunados seguían adelante nutridos por la esperanza de hallar su base todavía intacta, pero su fe se vio burlada cuando contemplaron que la fuerza telúrica que había arrasado con varias antiguas viviendas limeñas también había afectado el moderno aeródromo que se habían construido en la costa oriental de la isla, era como si la misma furia que había arruinado a Lima unas pocas horas atrás.
Nada quedaba en pie, la pistada estaba rajada, los hangares derruidos, y las entradas de los nichos donde se guarecían los submarinos gigantes se habían derrumbado. No había señal alguna del personal de tierra, ni de los submarinos, y no podían tomarse el trabajo de averiguar que había sido de ellos. ¿Tal vez habrían zarpado rumbo a Panamá para cumplir la misión encomendada?
Ante ellos se abrían dos alternativas: posarse sobre San Lorenzo e intentar sobrevivir en una isla carente de agua potable, o intentar alcanzar la costa peruana, para aterrizar ahí e intentar sobrevivir en un entorno ciertamente hostil, aunque con ciertas posibilidades de salir con vida, a pesar de que resultaría muy difícil ocultar su condición de nipones debido a su aspecto y su desconocimiento del castellano.
La elección era obvia, y con el poco combustible que les quedaba los aviones que todavía volaban se dirigieron nuevamente hacia la costa, arriesgándose a correr una especie de   carrera contra el destino que decidiría cuantos de ellos ganarían una oportunidad de seguir viviendo, y cuantos caerían al mar para convertirse en náufragos y morir en el mar, sin esperanza de recibir pronta ayuda.
La naturaleza, o la arcana fuerza que movía los hilos de aquella potencia telúrica, había hecho su jugada y decidido en contra de ambos antagonistas; pues a la larga en los conflictos no hay vencedores ni vencidos, tan solo un montón de victimas ofrecidas en el altar del siempre insaciable Moloc de la guerra.

FIN