Autor: Pablo Alberto Torres Villavicencio

Se encontraba con vida, aunque muy golpeado. Otros quizá hubieran muerto al caer por aquel precipicio, pero a él parecía mantenerlo vivo su deseo de ver realizado su sueño. Pensaba que casi lo había conseguido, por ello estaba feliz.
 -¿Pudieron verlo? -les dijo a los que llegaron a rescatarlo-. Por un instante lo logré.
  El curandero de su ayllu fue muy sincero.
 -Mis hierbas curarán el cuerpo de Pumawari, pero nada puedo hacer con su locura.
 Aquellas palabras se cumplieron, en cuanto el joven sanó de sus heridas volvió a recorrer los cerros hablando solo, construyendo cosas raras. Todos le pedían que se dedicara a las tareas diarias. Él no les escuchaba, solo atendía la voz de su mente que le ordenaba persistir. Ya habían desarrollado muchos inventos en el Tahuantinsuyo en muy poco tiempo y él pensaba que el suyo superaría a todos.

 La llegada de unos extranjeros motivó aquel adelanto. El momento decisivo había sido hacía cien años. El encuentro entre los blancos de lejanas tierras que decían venir de un reino llamado España y los habitantes del lugar fue áspero. Atahualpa, el inca de ese entonces, arrojó la Biblia que le habían dado al suelo y los españoles empezaron a disparar; pero les fue muy mal. Es cierto que estaban bien armados, pero el ejército de indigenas les superaba enormemente, los atacaron con todo lo que tenían. Cayeron sobre ellos las piedras, flechas, lanzas, los golpearon las macanas. En poco tiempo aquel ejército extranjero quedó vencido. Su jefe Francisco Pizarro suplicaba mientras un indio traducía sus palabras al Inca.

 -Piedad, no me matéis. Dejadme volver a mi patria.

 No recibió una respuesta positiva. Un fuerte golpe en la cabeza terminó con la vida del vencido.

 Desde entonces otros hombres blancos habían llegado a hacerles la guerra codiciosos de oro; pero siempre se retiraban derrotados. Los incas habían aprendido a construir armas de fuego y armaduras estudiando las de los enemigos vencidos. Además debido a estos ataques se empezaron a desarrollar otro tipo de armas como explosivos que arrojaban contra sus oponentes.

 Sin embargo, esta vez el actual inca estaba muy preocupado. Los adivinos anunciaban que una enorme flota de barcos se acercaba por la costa, se trataba de un ejército impresionante. Realmente estaban en lo cierto muchos reinos del otro lado del mar se habían unido, a los españoles, en la empresa de apoderarse de los tesoros incas. El soberano del Tahuantinsuyo reunió a todos los hombres, dejó las alturas de la serranía para dirigirse al mar. Pumawari no quiso ir, por ello fue insultado, tratado de cobarde. Se salvó de morir porque decían que estaba loco.
 -Hijo del sol, perdona a este joven -le habían dicho al soberano cuyo nombre era Amaru Cápac-. Ha perdido la razón.
 -Quizá los dioses quieren hablar por medio de él -había sido la respuesta del inca que tenía gran respeto por los locos-. Mejor dejarlo en paz.
 El joven siguió alejándose de su ayllu, las mujeres lo veían saltando por lo cerros, construyendo una máquina. Lanzaba fuertes carcajadas mientras parecía conversar con un interlocutor invisible al cual le decía que esta vez lo conseguiría.
 Dos semanas antes de que llegara la flota, el inca Amaru soñó que su ejército era derrotado por los extranjeros. Por elló oró a su padre el sol pidiendo ayuda. Desde el cielo le pareció que venía un ser divino a socorrerlo. Esperaba la llegada de un dios, pero al despertar solo vio a Pumawari llegar hasta él. El gobernante se levantó rápidamente de su lecho dentro de la cabaña que habían construido para él cerca al mar. Estaba sorprendido de ver allí a aquel muchacho.
 -Eres el joven loco, ¿cómo te han dejado ingresar aquí?
 -No se han dado cuenta de mí -le dijo Pumawari con la mirada perdida-. Yo tengo el poder de hacerme invisible.
 -Me alegro por ti -respondió el gobernante sintiendo compasión por el perturbado muchacho-. ¿Por qué has venido?
 -Sal afuera conmigo, hijo del sol, y lo sabrás -respondió el joven mientras reía.
 El inca salió a ver.
 Pasaron unas dos semanas y llegaron los barcos extranjeros, eran tantos que se extendían por todo el mar. El ejército que esperaba en tierra se llenó de temor ante tal cantidad de enemigos, pero fue en ese momento cuando en el cielo apareció un grupo de hombres en vehículos voladores que empezaron a soltar explosivos sobre las naves enemigas.
 -Son demonios alados gritaban los extranjeros.

 Pumawari había logrado construir un extraordinario planeador, al darse cuenta Amaru hizó construir muchos más que le sirvieron para acabar con el ejército de barcos enemigos.