Autor: Daniel Salvo

Mañana moriré.

Pese a las vanas palabras de esperanza de mis servidores y concubinas, he visto la determinación en los ojos de mis captores, pese a mi ofrecimiento de oro y plata. Ni la simpatía de Pizarro podrá salvarme de lo que ya ha decidido Valverde, el sacerdote de su extraño dios crucificado. Y entiendo sus razones. Aunque de nada vale lamentar mis acciones pasadas, ahora entiendo qué es lo que ha originado tanto encono hacia mi persona, algo que ni siquiera Pizarro, hombre de honor al fin y al cabo, ha podido entender. Por eso he decidido registrar estos pensamientos en un quipu que Yucraj, mi fiel quipucamayoq, está urdiendo con la presteza que le da el oficio.

Cuando llegaron los españoles a Cajamarca, mis capitanes y consejeros ya habían dilucidado que se trataba de hombres y no de dioses. Su hedor animal, sus dientes podridos y su codicia más propia de menesterosos que de guerreros  no podían ser más que humanas. Pero, y ese fue mi primer error, ordené que esta noticia no se diese a conocer entre los hombres del pueblo y los soldados de menor rango. Creía yo que podría utilizar este conocimiento contra ellos y contra mis otros enemigos. Creía yo que si los derrotaba, los amautas del Cuzco contarían para siempre la gloria de Atahualpa Inca, vencedor de Huáscar, vencedor de dioses.

Todo estaba calculado con la diestra precisión de un yupanayoq. Superábamos a los españoles en número, al punto que ni sus varas de fuego, sus animales de montar o sus armas de metal indestructible serían obstáculo contra los miles de hombres que engrosaban mis ejércitos.

Nuestro plan era este: el grueso de nuestras tropas esperaría fuera de la ciudad de Caxamarca, tras sus muros, a que llegase la noche. Cierto es que tenemos prohibido combatir de noche, pero mis hombres estaban aleccionados de que los españoles no eran de este mundo, y que por tanto, otras reglas debían aplicarse para combatirlos. Contábamos con que los españoles estuvieran al tanto de esta costumbre nuestra, y que se confiarían respecto a nuestro proceder.

Mientras tanto, yo, Atahualpa Inca, de la estirpe del sol, fingiría aceptar todo lo que me pidiesen, para ganarme su confianza. Yo que he sometido a otros pueblos, yo que me levanté contra mi medio hermano Huáscar, yo que había envenenado a Ninan Cuyuchi yendo en contra de la voluntad de mi padre Huayna Cápac, sabía cómo se conquistan tierras y hombres, buscando primero la rendición de los enemigos, ahorrando así hombres y armas. Con seguridad, Pizarro o su hermano Hernando me pedirían sometimiento o vasallaje, a lo cual fingiría acceder, para luego celebrar con ellos en el palacio de Caxamarca, y una vez llegado el tiempo de dormir, hacerlos prisioneros.

Accedí pues a la invitación de estos apestosos, para que me allegara y conversase con Francisco Pizarro en la plaza de Caxamarca. Para hacerles creer en nuestras intenciones de paz, llevé pocos hombres a dicho encuentro.

Mas, las cosas no fueron como las esperábamos. No fue Pizarro quien nos recibió, sino uno de sus sacerdotes, Valverde, igual de hediondo que los otros puka kunkas, aunque vestido de manera harto singular. A vivas voces, en un tono harto irrespetuoso que supo reproducir su intérprete, ese infame de Felipillo, me habló del rey de su país, al cual yo debía someterme. Estaba por decirle que accedía a sus demandas, cuando empezó a hablarme de su dios crucificado, y me mostró el objeto que llaman libro. Lo miraba y hablaba, lo manipulaba y hablaba, señalando al cielo y a mí.

Yo le pedí que me lo diera. Lo quise ver, y no vi nada. Lo quise oír, y no oí nada. Y entonces me llené de temor. Porque entendí que ese objeto atroz era más poderoso  – para ellos, no para mí –  que sus varas  que matan a distancia, más poderoso que sus naves que surcan océanos o más poderoso que sus armas  de metal indestructible. Porque aquel objeto les daba el poder para destruirnos, para aniquilarnos en cuerpo y mente. Traté de mostrar indiferencia, pero no pude soportar el miedo: arrojé aquella cosa por los suelos.

Y lo arrojé con la vana esperanza de que todos los hijos de la Pacha Mama, amigos y enemigos, entendieran que ahí estaba el verdadero enemigo de nuestra raza, de nuestros dioses, de nuestra raíz. Porque nuestros dioses, el Inti, la Pacha Mama, el Illapa, están vivos y nos hablan, aquí y ahora; pero el dios de los blancos está muerto hace tiempo, y por eso es más peligroso, porque en boca de los muertos se puede poner cualquier palabra. Palabras de amor y palabras de odio, palabras de vida y palabras de muerte.

Lo que pasó después es cosa sabida. No atiné a gritar las palabras convenidas con mis más fieles capitanes, los ejércitos que estaban fuera de la ciudad de Caxamarca esperaron en vano a mis mensajeros,  todo fue confuso y aterrador. Españoles que aguardaban escondidos surgieron de las sombras, el atardecer se hizo noche, y tras asesinar a mis hombres, me tomaron prisionero. A Francisco Pizarro debo el hecho de no haber sido muerto por alguno de esos yuraq supays.

Después de varios días y noches, durante los cuales he sonsacado a estos españoles acerca de sus ideas y sus propósitos, y aunque me han tratado conforme a mi investidura de Inca y Señor, he llegado a la conclusión de que jamás saldré vivo de esta prisión. Me acusan de cosas que no entiendo yo cómo es que pueden ser un crimen, y que en todo caso, no he cometido contra estos españoles.

Aun así, desde esta prisión, trataré de salvar a quienes entiendo son mi gente, amigos y enemigos. Yo he enviado este mensaje en secreto a todos los pueblos del Tawantinsuyo, mediante los curacas que han venido durante mi cautiverio: ignoren esos objetos que llaman libros, eviten los signos que hay registrados en ellos, no le den más poder a su dios muerto, ni a sus servidores. Deben hacer caso de mis palabras.

Esto registro en un quipu anudado por mi fiel quipucamayoc Yucraj, mientras los españoles continúan deliberando en torno a mi suerte.  Aún no terminan de hablar, pero puedo prever mi destino con toda claridad.

Mañana moriré.