Autor: José Antonio Gutierrez Guevara

A nadie le gusta esperar. Pero lo aprendimos a la fuerza, al igual que muchas cosas. Nadie imaginó que este día llegaría. Puede que mi conciencia haya tenido que soportar el tiempo que se usó para moldearme en el ejército y las fueras especiales, pero están los que esperaron más que yo, más que mis superiores, más que el país entero. Los hombros sobre los cuales se fundaron este país a través de un vínculo sanguíneo que viene desde hace casi dos siglos atrás verá materializado aquel coro que todo ciudadano cantó en algún momento de su vida, una declaración que viene de lo más profundo de nuestro sentir, la verbalización de un anhelo de todo ser humano: libertad.
Sin embargo el tiempo parece no conocer el calendario cuando no esperas. A paso ligero nos alcanza cuando estamos desprevenidos, y nos golpea con violencia cuando lo olvidamos. La historia quiso que sea así. Estamos por iniciar la operación que libraría de una vez por todas a nuestro país del caos, de la muerte y sobretodo, del terror.
Cuando era un niño, mi padre, un militar en retiro, llenaba mi imaginación con los relatos de como nuestros héroes lucharon contra sus enemigos desde tiempos ancestrales hasta llegar a la república. Sus historias resultó ser la historia de todos nosotros, hasta que vi cómo la misma se escribía ante mis propios ojos una tarde. Yo tenía 5 años, cuando el grupo terrorista conocido como MRTA tuvo su última visible, aunque fallida, participación. Este grupo tomó la embajada de Japón y por más de 90 días tuvo como rehenes a diferentes autoridades y personalidades políticas, exigieron al gobierno una serie de “peticiones”. La captura de la embajada fue un éxito, pero su desenlace no fue el esperado. Hace 24 años se llevó a cabo la operación de rescate más exitosa de aquel entonces, dando como resultado una demostración de valentía y valor que marcó la historia. El MRTA fue humillado públicamente y con el pasar de los años sus integrantes fueron ubicados, y encarcelados. Al igual que Sendero Luminoso, fueron aplastados por el ejército en trabajo conjunto con el servicio de inteligencia. El actual gobierno hizo un excelente trabajo con el caso de SL, y ahora es el turno del MRTA.
Hace tres años, el presidente Lezameta inició en secreto un operativo a nivel nacional para erradicar al terrorismo desde sus raíces. Inteligencia tenia detectada desde hace varios años los lugares donde se ubicaban las cabezas de estos grupos en la sierra y selva del país. Al darse a conocer dicha iniciativa  de forma irresponsable por la prensa, puso con los pelos de punta a más de un congresista y ministro asegurando que semejante despliegue podría despertar represalias contra ellos y contra la ciudadanía. Pero este operativo masivo ya tenía resultados cuando se dio a conocer, en tan solo 7 meses los principales líderes de SL y el MRTA habían sido capturados, asesinados durante las operaciones para sus capturas e incluso linchados por los mismos pobladores (por lo menos eso daba a entender la manera como habían sido encontrados sus restos). Llegaban noticias de todos los rincones, cada encabezado era un golpe desmoralizador contra la propaganda terrorista. Era evidente para las cabezas de MRTA que se estaba organizando un golpe lo cual los tenía prevenidos. Entonces yo ya tenía una carrera militar concluida, y pedía con ansias a mis superiores que me permitan participar de una de esas operaciones; todas mis solicitudes fueron negadas. El tiempo y mi paciencia me demostraron que tenían otros planes conmigo. Me habían reservado a mí y a un grupo para este operativo. Vinimos realizando un trabajo de infiltración por casi dos años y todo se resumiría a esta noche. Estaba en nuestras manos la conclusión de años de trabajo y esfuerzo. Esa noche no podía haber errores, no existían los errores. No recordaba haberme sentido tan nervioso antes. Me costó muchos minutos mantener la calma y guardar la compostura, debía interpretar bien mi papel.
Eran las 7 de la noche, habíamos hecho una parada con el “encargo” en un restaurant turístico en la ruta de Lima a Huaraz. Llenar mi estómago era la única solución conocida para calmar mis nervios. El transporte del “encargo” lo veníamos haciendo desde hace 10 meses. Mi función era llevar algunos víveres, armas y municiones a Santiago Vargas, alias “el mesías”, jefe máximo del MRTA. Jamás lo había visto en persona, solo cumplía con transportar estos encargos a los lugares donde congregaban sus “seguidores”. Es un hecho que las entregas anteriores a las de esa noche habían sido llevadas a Villa Rica. Se encontraban acorralados. Según nuestras investigaciones habían sido reducidos a 60 personas, incluyendo al cabecilla y sus “4 jinetes”, todos ubicados en el mismo poblado, haciéndose pasar por empleados de la planta. Se reunían el último viernes de cada mes en una ubicación que rotaba cada mes. En esta oportunidad, parecía que iban a emprender una movilización hacia la selva. La cantidad de armas y municiones que tenían acumulas hasta la fecha era difícil de calcular, tenían lo suficiente para armar a todo un ejército. Aquel martes, la entrega debía realizarse a las 8:30 de la noche en una planta eléctrica no muy lejos del poblado. Esta vez el pedido tenía un pedido adicional, se trataba de unas maletas que contenían explosivos y minas, lo que pensaban hacer estos sujetos era algo grande, sea lo que fuere, debían ser detenidos lo antes posible.
Llegamos a las 8:20, la planta tenia las puertas cerradas. El vigilante, como de costumbre nos hizo ingresar haciéndonos pasar ante los lugareños como si fuéramos a hacer alguna entrega nocturna. Mis órdenes eran esa noche consistían en corroborar visualmente la presencia del pequeño ejército del MRTA, “el mesías” y sus cuatro jinetes. En cuanto lo haya logrado, debía salir de la planta por la puerta de cargamento y acto seguido me pondría un cigarro en la boca y lo encendería. Cuanto detesto el cigarro Esta sería la señal que daría inicio a la acción. Un equipo especial se encargaría de ingresar al lugar y tomar la planta y lograr el arresto de los terroristas. Sonaba osado y descabellado. Era evidente la desesperación incontrolable del gobierno en querer capturar a esa gente lo antes posible. Se nos dijo que las armas que hemos estado entregando tienen un dispositivo que permite que su activación se pueda hacer de forma remota, estos terroristas estaban equipados de armas que controlábamos nosotros. Y si en algún momento ellos tenían la intención de abrir fuego, sus armas estarían inhabilitadas. Esto disminuiría las probabilidades de una masacre, a menos, claro está que esos subversivos posean armas de otra procedencia. No habría que confiarnos, pero todo estaba planificado al detalle para capturarlos a todos y encerrarlos de por vida.
Repasaba esos datos una y otra vez para darle calma a mi cabeza. Pero un nerviosismo fuera de lo normal me invadía por oleadas una y otra vez. Metía la mano al bolsillo y sentía la nota de papel que me entregó el comandante Uteau. La inquietud que me inyectó su contenido me confundía cada vez más. ¿Por qué me dio esa nota? ¿Por qué a mí?
Una vez en la puerta, el vigilante me saludo y abrió la puerta de carga para ingresar con el camión. Le indiqué al chofer donde debía estacionar. Se bajó del vehículo, le pagué y se retiró a pie del lugar. Me quedé solo. Desde ese momento los hombres de Vargas eran los que se encargaban de bajar el cargamento. Un hombre me hizo un ademan con la mano derecha para acercarme a él, en la otra mano sostenía una de las minas que había llevado, lo seguí hacia el interior del lugar. Pasamos por algunas oficinas iluminadas y llenas de gente. Todos estaban recibiendo las armas que acababa de llevar, había movimiento por doquier, era evidente que se alistaban para irse. El sujeto me miró a los ojos y con la mano sosteniendo la mina me habló en tono inquisidor.
¿Quién es usted? –me preguntó.
Soy Lorenzo, el de siempre. ¿hay algún problema con la entrega de hoy?
No es que exista un problema Lorenzo, diría que perdí la cabeza con todo lo atareado que estamos aquí pero podría asegurar que esta mina pesa un poco más de lo normal.
Si se refiere a que han sido alteradas, pues se equivoca. Son las que siempre consigo a mis clientes, y si no me cree déjelas a un lado y puede irse a la…
No hay necesidad de exaltarnos. –dijo con tono calmado– Quizá es que estoy cansado y tenemos mucha presión sobre nosotros. Este gobierno corrupto busca aplastarnos, pero no lo logrará. Está lleno de ratas, y a las ratas se las mata. Nosotros somos la cura.
Eso no es de mi incumbencia, yo solo quiero mantener mi negocio en pie. –respondí.
Debería amar la tierra que lo vio nacer Lorenzo. Además, por su buena conducta como nuestro proveedor y por su familia, podría convertirse, eventualmente en nuestro principal proveedor de armas una vez que lleguemos al poder –cuando dijo eso, pensé por un momento que vaciaría todo mi estómago ahí mismo– ¿no le parece un progreso para su negocio?
Podría pensarlo. –dije.
Piénselo. Pero por ahora le damos las gracias. Como verá, esta noche nos vamos. Nos volveremos a encontrar. Pero antes debo decirle que nuestro líder quiere darle las gracias en persona. –se me heló la sangre.
¿él quiere agradecerme en persona? –pregunté.
Si, ahora mismo.
Entonces me llevó a otros ambientes del lugar y pude ver que con quien acaba de hablar era Carlos Sifuentes, alias “Carmelo”, el segundo al mando de Vargas. Al seguirlo, pude identificar al resto de la cúpula emerretista, estaban todos. Sifuentes me invitó a pasar a una oficina totalmente iluminada, y ahí estaba, frente a mi Santiago Vargas. Su mirada reflejaba apuro y a la vez carisma. Era un mal momento para entablar una larga tertulia, debía actuar normal y dejar que sigan alistándose.
Mucho gusto Lorenzo. Estamos muy agradecidos por su contribución a nuestra lucha. Espero que su familia en La Paz estén bien. Hágale llegar mis saludos a sus tíos.
El gusto el mío. Les agradezco a ustedes por aceptar mis servicios. Veo que están ocupados, así que no pretendo detenerlos más.
Sí, estamos algo apurados. Nos veremos en otra oportunidad Lorenzo. Tenga cuidado al regresar a Bolivia.
Estrechamos nuestras manos, asentí y salí de ahí escoltado por Sifuentes. También me dio la mano y volvió a sus tareas. A medida que caminaba en dirección a mi salida hice un conteo visual rápido de cuanta gente había ahí. Eran cerca de 55. Teníamos a la cantidad exacta, eran las mismas personas a quienes veníamos buscando. De pronto volvió la inquietud. Inquietud que no tuve cuando conocí a la basura que minutos antes me sonrió y estrechó la mano. De pronto, la rebeldía ilógica adolescente invadió mis sentidos, era lo impredecible de mis nervios. No me gustaba sentirme como una rata en un laberinto. Tuve que pensar rápido. Tomé los cigarrillos y caminé por el interior hacia la caseta del vigilante que me abrió la puerta de carga, toqué la puerta y me abrió.
Amigo, el jefe te manda esto. Dice que puedes relajarte, ya nos vamos. –me sonrió entusiasmado
Ya era hora de relajarnos un poco. –extendí la mano con la cajetilla de cigarros y la aceptó sorprendido.
Con esto te relajarás mejor. –le dije.
¿no quieres un pucho?
No gracias. Anda y da una vuelta, yo te espero aquí hasta que termines el cigarro.
Entonces salió, y encendió el cigarro. El hombre parecía disfrutarlo. Su nombre era Renzo Aguilar, nunca le decía que no al cigarro, por más a que su esposa le daba asco. Mientras daba unos pasos fuera de la puerta, yo salí de la caseta, y volví al interior de la planta. Busqué la puerta principal para salir pero detecté algo. No había empezado la operación. Nuestros hombres estaban esperando que alguien encienda un cigarro en el exterior de la puerta de carga e inmediatamente los muchachos entrarían. Aguardé unos minutos en silencio y nada sucedió. A lo lejos podía oír los pasos de los hombres de Vargas de un lado para el otro. Pero no detectaba ninguna incursión de mi equipo. Algo no estaba bien.
La angustia me volvió a embargar. Caminé rápidamente a través de pasadizos con las luces apagadas hacia la puerta de salida, tomé el picaporte y escuché un ruido. Era como el sonido de una alarma a lo lejos, luego de otro segundo, el sonido de nuevo, esta vez, vi en la oscuridad una pequeña luz roja. Corrí con todas mis fuerzas hacia la calle y oí una explosión en el interior de la planta. Luego otra explosión más fuerte, acompañada de órdenes y gritos de espanto. Un fuerte estallido me empujó y caí al suelo de cabeza, y la misma puerta por donde salí explotó. El ruido era ensordecedor, todo el lugar estaba siendo demolido. Me puse de pie rápidamente y corrí lo más que pude. Los postes de alumbrado de la carretera estaban apagados. Corrí en medio de la penumbra y lo único que iluminaba mis pasos eran los destellos de las explosiones. Alguien voló el lugar, y no tenían reparo de hacerlo conmigo adentro. Corrí lo más que pude. Pero empecé a sentir un líquido caliente que corría por mi oreja izquierda. Empecé a correr con lentitud y mi vista se iba nublando. Metí mi mano al bolsillo buscando mi celular, pero había olvidado que no lo había traído a la misión. En su lugar volví a tocar ese pedazo de papel. Lo saqué. Caí al suelo sentado y leí una vez más su contenido: “NO VAYAS A LA PLANTA”. Entonces el mundo desapareció antes mis ojos.


Fecha: Martes 25 de setiembre del 2020
Eran las 6:30 am. Nos encontrábamos en el comedor del cuartel los muchachos y yo, cuando fue que sentí por primera vez esa sensación de estar perdiendo el tiempo. Éramos cerca de 500 hombres los que convivíamos ahí, había logrado alcanzar la amistad de algunos, así como la antipatía de otros. Un pensamiento en mi mente alcanzaba un nivel superior de decibeles en comparación al sonido del televisor del comedor. Algo dentro de mí no estaba de acuerdo con mi posición en este mundo, mi aparente aumento de apetito no era más que una demostración de ansiedad. Ansiedad inexplicable. Supuse que se trataba de un presentimiento. Había terminado mi servicio militar hace algunos meses, ya tenía una especialidad en el ejército y había postulado al servicio de inteligencia, pero hace año y medio que llevábamos encerrados en esta base. La ubicación: desconocida. El motivo: desconocido. Fecha de salida: incierta.
Nuestro único medio de conexión con el mundo era el único canal que sintonizaban los televisores que nos rodeaban. Era una red de noticias del estado. Fue a través de este medio que nos enteramos que pasaba en el país, lo cual era muy poco: solo teníamos conocimiento de noticias deportivas, de entretenimiento, y algunas noticias policiacas. La información a nivel político se limitaba a la promulgación de algunas leyes, ataques de los contendientes y candidatos a la presidencia. Todos estaban en contra de la reelección del presidente Lezameta. Además, solo sabíamos el nombre del presidente, no el de los congresistas y mucho menos de los ministros. Era evidente que teníamos un fuerte filtro para nuestro conocimiento.
Aquella mañana recordaba el día que recibí la carta solicitando mis servicios al país hace año y medio. Era mi sueño servir a mi patria, pero la incertidumbre empezaba a deformar mi determinación patriótica. No solo a mí, sino a mis compañeros. Teníamos prohibido dar nuestros nombres unos a otros, según nuestros superiores no debíamos entablar vínculos afectivos de amistad. Teníamos un número asignado a cada uno de nosotros, esa era la forma de cómo nos comunicábamos. El número por el que era conocido es 115.  Sea lo que fuere, nos querían mantener en un estado de consciencia moral fría, creí que podía tolerarlo, por año y medio estaba seguro de ello. Pero esa mañana comía con ansiedad y fastidio. Tanto suspenso me tenía cansado. Esa mañana comía sin sentir el sabor de los huevos fritos, la mermelada dejó de ser dulce, el pan totalmente insípido. Una guerra se desataría en cualquier momento, nos tenían entretenidos con revistas, ponían películas todos los fines de semana, teníamos juegos de mesa, consolas de video juegos, salas de billar, salones de bowling, todos los tipos de entretenimiento habidos y por haber. Pero nada de eso lograba sacarnos de la preocupación subliminal.
Por 14 meses las noticias de operativos contra diferentes personas vinculadas al terrorismo eran el único material del mundo real que recibíamos. No solo se trataba de gente vinculada, las noticias también reportaban ataques, emboscadas, capturas y muerte en acción de los principales líderes de Sendero Luminoso y el MRTA. Día a día me preguntaba por qué nos excluían de convivir con el exterior y hacíamos llegar nuestras dudas a nuestros superiores, la única respuesta que recibíamos era que debíamos eliminar todo vínculo con lo que podría ser perjudicial para nuestro criterio. Sumado a todo eso, nos tomaban evaluaciones sicológicas y físicas con la indicación de que un grupo seria seleccionado para una operación final.
Pero esa mañana, mientras desayunábamos, lo que vimos en las pantallas hizo que se nos enfríe la sangre hasta congelarnos el alma. Estaban transmitiendo un informe sobre el nivel de aceptación a la gestión del presidente Adrián Lezameta, quien había sido elegido en primera vuelta con un 65% de votos a favor, cuando la pantalla se vio invadida por la frase “Último minuto”, el rotulo al inferior de la pantalla rezaba: “EXPLOSIÓN EN EL HOSPITAL LA POLICIA”. En el desarrollo de la noticia, el presentador informaba que el hospital había volado en mil pedazos. Se atribuyó la responsabilidad de este ataque al MRTA. Era una respuesta a la presión impuesta por el gobierno en cuanto a la erradicación de estos grupos terroristas. Ese ataque no era más que una respuesta lógica a los últimos sucesos, todo en el comedor nos levantamos de las mesas y exigimos una explicación a todo esto. Los parlantes solo gritaban sanciones que se aplicarían en caso de no mantener el orden. Se nos ordenó a todos volver a nuestras habitaciones.
Esa misma mañana, una hora después del desayuno. Estamos en la habitación 093, 240, 414 y yo, y nos preguntábamos que sucedía. Yo no era el único con semejante incertidumbre. A esas alturas me sentía como una rata de laboratorio, ya dudaba de la información que nos presentaban.
¡Eso no puede ser verdad! Algo está pasando allá afuera – dije.
No sabemos si el mundo si existiendo, no tiene sentido tenernos aquí sin hacer nada. Ha pasado casi dos años y no nos dicen nada, solo nos evalúan y nos tienen entretenidos… – comentó 240.
¡Vamos gente! ¿No creerán en todo eso verdad? Esto debe ser algún experimento. Yo no me uní a esto para ser evaluado todos los días. Las imágenes de las pantallas son solo pruebas, si nos siguen manteniendo con vida, es parte del ejercicio…
¡Cállate 414! No sé ustedes, pero yo exigiré mi salida de este lugar, ya fue suficiente. ¡Yo me voy ahora mismo! –interrumpió 093– tumbaré esa puerta y me largaré hoy mismo.
Entonces, 093 parecía estar determinado a irse, estoy seguro que todos estábamos dispuestos a seguir sus pasos, nos dirigimos a la puerta, 093 iba a dar una patada a la puerta cuando se abrió y entraron 8 oficiales y dispararon tranquilizantes a todos nosotros.
Cuando abrí los ojos, estaba sentado en una enorme oficina. Mis manos estaban esposadas a la silla donde me encontraba. Frente a mí, un escritorio, detrás de él, un estante lleno de libros. A mi izquierda una ventana que iba desde el suelo al techo, las cortinas blancas aumentaban la luz del sol, era casi cegador. Por el leve ruido que ingresaba desde el exterior supe que no estaba en el mismo lugar donde pasé el último año y medio. De pronto, ingresó un hombre robusto, enorme, con un traje militar, el pecho lleno de condecoraciones daban fe de su experiencia, me miró fijamente por unos segundos.
Buenos días 115. O mejor dicho Esteban Carrasco Salas. A partir de este momento no necesita seguir usando el número que le asignamos. Permítame felicitarlo, pero de todos los candidatos a convocatoria, usted ha sido elegido ganador. Usted pasó con excelentes calificaciones nuestras evaluaciones y es por eso que lo escogimos para que esté al frente de una operación muy importante.
¿Ha tenido que pasar todo este tiempo para que seleccionen solo a uno? No sé quién sea usted, pero ha quedado claro para todos que el gobierno planea un golpe a esa gente. Se han tomado muchas molestias en seleccionar solo a un hombre…
Entiendo su enfado, señor Carrasco. Pero era necesario todo esto, no habríamos invertido tanto si no supiéramos todo lo que esto significa. También comprendo que debe tener muchas preguntas, que con gusto responderé, pero para entablar lazos de confianza le confiaré algo que se le negó por tanto tiempo: soy el  comandante Alex Uteau. Estoy al mando en las fuerzas especiales y del servicio de inteligencia.
Mucho gusto comandante. Y sí, tengo muchas preguntas –respondí.
Y se las respuestas antes que formule las preguntas. Debo explicarle lo antes posible sobre su función en todo esto, así que intentaré dar respuesta a algunas de las incógnitas que tiene. El tiempo que lleva en preparación excluido de todo fue el tiempo que nos llevó crear una identidad aliada al MRTA, que es la que usará. Han recibido información noticiosa relacionada solo con algunos asuntos para tener su mentalidad enfocada en la que sería su misión, recientes estudios han demostrado que el histrionismo se desarrolla de forma más persuasiva cuando un ser humano ha sido excluido de cierto tipo de información. A su vez, la exclusión a la que usted y todos sus ex compañeros fueron expuestos estuvo determinada con el fin de evitar favoritismo y empatía con los terroristas.
¿A qué se refiere con eso último? –pregunté
Seré sincero con usted Esteban. No podemos confiar en nadie, todo el país sabe quién es Santiago Vargas y lo que le hizo al país. Ha habido dobles agentes en nuestras filas, en algún momento, por alguna persona, fueron “convencidos” y se filtró información de lo que hacíamos. Perdimos muchos hombres. Usted solo responderá directamente ante mí.
Entiendo. Quieren evitar que haya gente infiltrada del MRTA en sus agentes y se estropee la operación.
Exacto.
¿Y qué sucederá con los demás que estuvieron conmigo? ¿No los usarán?
Cada uno de ellos fue seleccionado para una tarea específica. De ahora en adelante, tanto usted como sus ex compañeros recibirán nuevas identidades. Han sido seleccionadas minuciosamente. A tal punto que durante su misión no se cruzará con ninguno de los que usted conoció de cerca.
¿Cuál es mi misión? ¿Qué es lo que haré?
Cesar García, boliviano de nacimiento. Fue vecino de Carlos Sifuentes, conocido como el camarada Carmelo, cuando era niño. La familia de García eran muy cercanos a la de Sifuentes, hay un vínculo muy fuerte. Los García se dedicaron a hacerse de una fortuna a través del contrabando de armas. El sobrino de Cesar García, Lorenzo García formó su propia “empresa” de armas y es principal proveedor de Sifuentes, quien es el hombre de confianza de Vargas, “el mesías”. Lo que no saben Vargas y Sifuentes, es que Lorenzo García desapareció en la selva de Brasil hace 10 años, Sifuentes y García no se ven desde que eran niños. Pero lo que sí sabe Sifuentes es que García sigue con vida, y es quien le provee de armas. Desde hoy usted es Lorenzo García Ruiz, principal proveedor de armas del MRTA. Nosotros somos quienes le vendimos las armas a Sifuentes y a la gente de Vargas, pero ya es hora que vean un rostro real y personificado de Lorenzo García, usted hará las entregas de armas en persona desde ahora y se ganará aún más la confianza de Sifuentes.
¿Cómo hicieron eso?
Usted no está para saberlo ni yo para contarlo. Como le dije, usted solo responderá antes mí, y todo lo que debe hacer es obedecer las órdenes que se le indiquen a través mío, pase lo que pase, no puede hacer caso a lo que reciba de otras personas. ¿el país puede contar con usted?
Tras esa pregunta, seguía algo confundido. No era novedad lo que estaba pasando. Estaban planeando algo grande, y yo quería participar, pero no estaba seguro de poder soportar más de estas intrigas. Estábamos cerca al fin del terror, se olía en la atmosfera. Pero ¿Qué si puedo saber? ¿Podría confiar en el comandante Uteau?
Hijo, recibirás la información necesaria para tu misión. Solo cumple con obedecer, la estrategia está formulada. Ayudarás a ponerle fin a todo esto. Te daré los nombres de todos tus objetivos. En un punto de la operación tendrás hombres a tu cargo para la fase final, pero eso no lo puedes saber ahora. Ahora no puedes saber muchas cosas por seguridad. Si supieras lo que la prensa hizo, hasta ellos mismos se infiltraron y dieron a conocer en los medios los operativos que estamos llevando a cabo. Cuando eso salió a la luz, los ministros, congresistas y gente de poder entraron en pánico. No apoyaban nuestras operaciones. Esto es por el bien de todos, hijo. ¿podemos, el país entero, contar contigo?
Sí señor, lo haré.


Fecha: Miércoles 30 de Junio, 2021
Luego de todos esos meses siendo el burro de carga de Vargas y Sifuentes volví a sentirme impaciente una vez más. Mi contacto con el comandante Uteau era por medio de un número telefónico. Todo este tiempo había conocido el país como nunca antes lo había hecho, nos movilizábamos todo el tiempo. Mi rutina consistía en llegar a ciertos lugares, que en la mayoría de los casos era para hacerme visible a los ojos de los emerretistas. Eran puestas en escena de gran elaboración. En los lugares donde me hospedaba, con frecuencia, terminaba recibiendo sobres con instrucciones que recibía por debajo de la puerta. Me sentía observado, como si alguien vigilara que hiciera mi trabajo al pie de la letra y al milímetro. Uteau se tomaba molestias para asegurarse que todo salga a la perfección. En una oportunidad, cuando llegué a un hospedaje en Amazonas, tomé una habitación con servicio de cable. Esa noche no pude dormir, y tuve la tentación de encender el televisor, todo este tiempo me había privado de hacerlo, pero esa vez sentí el impulso de hacerlo. A pesar de sentir observado quise husmear solo unos minutos en la realidad. Sentí morbo por saber. Tomé el control remoto y encendí la televisión. Podía andar por las calles, pero el sentir de no pertenecer más a esta tierra me invadía. Me sentía como un peón expuesto a una vigilancia de 24 horas al día que me privó de la sociedad, y me hundió en la exclusión hasta en mi propia mente. En la televisión no busqué deportes, comedia ni pornografía, debía saber que pasaba allá afuera. Luego de presionar el botón de “siguiente canal” unas 20 veces pude encontrar un noticiero, era una cadena española, me acerqué al borde de la cama y bajé el volumen para que nadie fuera de la habitación me escuche. Hablaban de una crisis económica que estaba consumiendo al país, y en mi mente rogaba al cielo por qué mencionen alguna noticia del Perú. Entonces, como respuesta celestial pude leer en la pantalla “PERÚ: PASADO OSCURO DE LA FAMILIA LEZAMETA Y VINCULOS CON EL GOBIERNO”.
Ante mi evidente espanto solté un apagado grito que suprimí con mis manos y caí de la cama. Me volví a levantar y no podría creer lo que escuchaba: “Recientes investigaciones de un medio peruano revelaron esta semana que el padre del reelecto presidente Adrián Lezameta, Ulises Lezameta, tenía fuertes vínculos con el actual cabecilla del grupo terrorista MRTA, y esto en consecuencia al rechazo que sufrió por otro grupo terrorista que causó  gran daño a dicho país hace 30 años: Sendero Luminoso.”
Entonces se apagó el televisor. Encendí la luz y busqué el enchufe, lo desconecté y volví a conectar, pero no funcionaba más. Pensando en eso, recordé que a todo lugar donde iba, no había puestos de periódicos. Tomé mi celular e hice algo que  nunca había hecho, navegar en internet, podía acceder a páginas de internet pero cuando quería acceder a noticias la página se congelaba. Debí haberlo intentado antes, pero no sabía si funcionaría. Me estaban vigilando. “Podía andar por las calles, pero aun no era libre”. Apagué las luces, y me dejé caer sobre la cama lamentándome haber aceptado todo esto, solo yo tengo la culpa de esto. La sensación de querer llorar empezó a cegar mi vista en la ya ennegrecida oscuridad cuando sonó mi celular.
Esteban, escuche.
¿Comandante? –pregunté sobándome los ojos.
Sí, soy yo. Quiero que sepa que estamos en una misión muy delicada. No podemos darnos el lujo de fallar.
Lo se señor. Pero no entiendo a qué se refiere.
Tenga cuidado con lo que ve, con lo que lee, con lo que escucha. Estamos muy cerca de terminar con todo esto, así que por favor no lo estropee.
No lo hago señor –este sujeto sabe lo que acabo de hacer– pero también espero que comprensa mi cansancio. Yo también deseo que esto termine pronto.
Y se terminará si se mantiene firme. Mire… –hizo una pausa por unos segundos como si le costara articular palabras– seré honesto con usted, ninguno de nosotros tiene la culpa de esto, usted ha demostrado fidelidad y obediencia. Se vienen las fiestas patrias, y la de este año es muy especial. Tenga por seguro que esto se terminará pronto. Es preciso que nos reunamos mañana. Empieza un nuevo mes y con él la última etapa de esta misión, pasaré por usted a las 9:00 am en punto. Recibirá sus últimas instrucciones. Luego de eso será la última vez que nos contactemos de esta forma –eso último me congeló la sangre.
Está bien señor. Quisiera hacerle solo una pregunta.
Dígame.
¿Hago bien en confiar en usted, señor?
Sí hijo, puedes confiar.
Gracias señor.


Fecha: Jueves 1 de Julio, 2021
Ansiedad. No había dormido nada. Intenté calmarme pero mis esfuerzos eran inútiles. Si tan solo tuviera un vicio, estoy seguro que habría recurrido a él para llenarme solo un instante. Antes no era así, siempre supe manejar mis emociones y estados de ánimo, pero ya no, nunca más. Estaba en la puerta del hospedaje desde las 6:00 am esperando al comandante. A las 9:00 am en punto un vehículo se estacionó en la esquina de enfrente, sus luces parpadearon un par de veces, era él. Crucé la pista, me acerqué y subí al asiento del copiloto. Uteau echó a andar su automóvil.
Esteban, fuiste elegido porque sabemos que puedes lidiar con esto –me dijo– de no ser así, no harías sido seleccionado.
Eso ya me lo dijo antes –respondí, pero empezaba a sentir que era cierto, ya que siempre me respondía con las palabras precisas que necesitaba escuchar– pero necesito saber realmente que esto está terminando.
Descuida. Este es el último sobre con instrucciones. Ya que te ganaste la confianza de Sifuentes, es hora del golpe final. Tenemos la sospecha de saber dónde se encuentra Vargas y el resto de su gente, y creemos saber dónde se reunirán y cuando lo harán.
¿Cuándo?
La próxima semana, el miércoles 7. Necesitamos que tú estés ahí, harás la verificación visual, y cuando des la orden, les caeremos encima. En una semana todo se habrá terminado.
Bueno, son muy buenas noticias –dije empezando a recobrar esperanza de tener una vida normal.
Todo el país desea que esto termine, es por el bien de todos.
No tuve una buena noche, y dudo que la tenga hasta después que esto termine. Quiero recuperar mi vida.
Y lo harás, recibirás una condecoración y un muy buen sueldo de por vida, podrás rehacer tu vida a tu antojo, y si gustas, podrías permanecer en nuestras filas.
Se lo agradezco, pero no quiero adelantarme. Si todo sale bien, me retiraré, tomaré el sueldo que ofrecen, pero quiero vivir realmente.
Está bien hijo –me miró por unos segundos con ese tipo de mirada que ocultan un secreto, su semblante no dejó la seriedad, pero la tristeza se hizo presente en su tono de voz– hay algo más que debes hacer además de lo que dice el sobre– tomó un pedazo de papel de su billetera y un bolígrafo, escribió algo en él, lo dobló y lo puso en mi mano– asegúrate de leer esto cuando estés solo, no lo abras en la calle o si sabes que estarás rodeado de gente. Tienes que obedecerme y hacerlo al pie de la letra, jura que lo harás.
Lo haré señor –dije casi espantado por su reacción, el énfasis que hizo en las palabras reflejaban que era honesto, algo había cambiado en él, se veía muy preocupado, cansado y cargado, pero su última recomendación parecía haberle dado alivio, pero solo un poco de alivio.

Bajé del auto y le di las gracias. Caminé de regreso hasta el hospedaje, ingresé a mi habitación y leí as instrucciones de la que sería mi última incursión en todo este operativo. El titulo rezaba “Operación Mittimus” y a su lado un sello que indicaba ser un documento clasificado y que debía ser destruido inmediatamente después de ser leído. Lo leí todo con detenimiento y concentración como si se tratara de las instrucciones de un examen de admisión. Luego leí el papel que me entregó el comandante, no le encontré sentido alguno a sus palabras. Aun tenia preguntas, pero la promesa de que en una semana todo se terminaría apagaba las incógnitas que merodeaban mi cabeza como aves de rapiña. La única duda que quería resolver en ese momento eran las primeras palabras del documento que recibí. Para mi sorpresa si podía acceder a lo que buscaba, y descubrí que Mittimus es una palabra en latín que en español se traduce como Bicentenario.

Fecha: Clasificada
Mis parpados hacían el esfuerzo por abrir los ojos, pero hacía una leve presión sobre los músculos de mi rostro. Muevo las manos hacia al frente y descubro que me encuentro enterrado. Pero no como solía hacer el MRTA en su época de raptos, esto era diferente, la tierra que me cubría había sido colocaba sobre mí de modo accidental. Al lograr salir del suelo, a juzgar por la forma de la tierra que me rodeaba, había bombardeado el lugar, y la tierra que me cubría era producto de las explosiones, tuve mucha suerte de que no me cayera ninguno de los proyectiles.
No sabía cuánto tiempo llevaba ahí, sentía frío, hambre, mareos y un leve dolor de cabeza. Me examiné con las manos para corroborar que no me había pasado nada, no sabía dónde estaba. Recordaba que lo último que vi fueron bombas explotando en la planta donde había dejado las armas que vendí al MRTA. Mis piernas me dolían por la posición en que había caído. Mi celular estaba muerto, no tenía dinero, y tampoco forma de ver la hora. Por la luz del día calculaba que eran cerca de las 10 de la mañana. Necesitaba saber que había pasado, el papel que llevaba en el bolsillo me indicaba a desobedecer una orden, y lo curioso es que la contra orden me la dio la misma persona que me dio la orden. ¿Por qué? Horas más tarde el lugar donde estaba con las cabezas de los emerretistas estalló en mil pedazos. Debía volver para averiguar que sucedió. Caminé en dirección de regreso a la planta, y cuando estaba cerca pude ver a la distancia que el lugar estaba rodeado de personal del ejército. Me tiré al suelo y levanté la cabeza para ver qué pasaba. Carros iban y venían, habían cientos de personas, también noté que habían vehículos de la prensa, habían por lo menos 8 medios de noticias incluyendo al canal del estado. Más de tres helicópteros sobrevolaban el lugar, y yo procuraba no hacerme visible ante nadie. Alguien había puesto un detonador en los explosivos que llevé, alguien nos había traicionado, y el comandante lo sabía.
Me levanté y con ansiedad caminé hacia el lugar que había detonado aquella noche. Con los primeros que me encontré eran los vehículos de prensa. Tenían cientos de reporteros trabajando ahí, en algunos vehículos tenían islas de ediciones portátiles donde terminaban de darle forma a los reportajes que transmitirían esa noche en sus respectivos medios. Uno de ellos sintonizaba un medio donde hacían mención de los agentes que habían fallecido en la operación. La conductora del noticiero decía “… por lo tanto este operativo será recordado como la misión que libró del terror al país, siempre quedará en nuestra memoria los nombres de nuestros nuevos héroes, quienes dieron la vida para que nosotros podamos vivir un futuro mejor, un futuro en libertad…” y en simultaneo salían las fotos y nombres de los agentes caídos en acción, a algunos de ellos los recordaba de cuando nos tuvieron recluidos por año y medio, finalmente podría ver cuáles eran sus nombres, pero mi asombro se convirtió en espanto al ver mi foto y al pie un nombre que decía Jonathan Casas. “No puede ser”, pensé.
Me acerqué al sujeto que parecía ser operario de dicho vehículo, le dije que era imposible que yo sea la persona que acaban de mencionar en la pantalla “Soy yo, ¿acaso no ves? ¡Estoy vivo! ¡Debe haber algún error!” el tipo al comienzo me vio con incredulidad y cuando vio mi foto en la pantalla me miró bien con rostro estupefacto y empezó a gritar a uno de sus compañeros, hizo tal escándalo que me rodearon varios periodistas. Varias cámaras y micrófonos me rodearon y me empujaban como si fueran a lincharme en caso de no responder a sus inentendibles preguntas. Intenté pedir orden, pero todos fueron dispersados por un una fila de vehículos militares. Estos agentes me apuntaron con sus armas mientras otros apartaban a la prensa. Estos sujetos me subieron a uno de esos vehículos en los que llegaron intempestivamente y me llevaron al campamento que habían instalado cerca de lo que era la planta.
Me esposaron las manos y estaba sentado en una silla dentro de uno de los ambientes que habían dispuesto en ese campamento. Dos soldados me custodiaban y no respondían a las cosas que les preguntaba, hacían más silencio de lo que hace un difunto. A un lado había un periódico, estirando mi cuello pude ver la fecha: viernes 9 de julio. Mis ojos descendieron a ver el titular de la primera plana “Presidente condecora a Ministro del Interior por exitosa operación”, entonces mis ojos vieron la foto que llenaba el resto de la primera plana: estaba el presidente en el salón dorado de Palacio de Gobierno dándole un fuerte apretón de manos al comandante Uteau.
Mi sorpresa fue cortada por el ingreso repentino de tres hombres. Los galones hablaban visiblemente de su alto rango en el ejército.
Miren, no sé quiénes son ustedes –interrumpí antes que hablaran– pero yo solo respondo ante el comandan… ministro Uteau, así que por el bien de ustedes y del pellejo del ministro, exijo hablar con él de inmediato.
Esa fue mi cortante intervención. Ellos tres se miraron entre ellos y salieron. Me dieron de comer y me trajeron ropa limpia. Los susurros que venían del otro lado del ambiente donde me encontraba gritaban sobre lo difícil de la situación, algo no les cuadraba. Al parecer, estas personas no sabían de mi existencia. A esas alturas la prensa ya debía haber armado un frenesí a nivel nacional. Podía imaginar los titulares en los noticieros y diarios. Pero nada de eso me importaba. A las pocas horas me llevaron a otro ambiente, esta era una edificación de concreto. No sabía dónde me encontraba, pero a los pocos minutos de haber llegado ingresó al que conocía como comandante Uteau. Tenía el temor tatuado en toda la cara. Tomó una silla y la ubicó frente a donde yo estaba sentado, y tomó asiento con semblante lamentable.
Ya sabemos qué haremos contigo, hijo. Eres el único sobreviviente de esa operación. Ya eres un héroe.
¿Héroe? ¿Héroe de qué? Me siento más como un sobreviviente. O peor que eso, como una víctima. Antes de que continúe, necesito que me diga de que se trataba todo eso… –le dije con enojo.
Es una historia compleja, pero míralo de este modo. Tú ganaste, nosotros ganamos, el país ganó. El Perú entero te dará las gracias. Siempre.
¿Por qué no me dijo que usted es el ministro? Usted estuvo a cargo de la operación entera desde un inicio. Ustedes usaron esas operaciones para meterse a los bolsillos la reelección.
¿Pero eso no es válido? Yo te saqué con vida de ahí, deberías estar agradecido.
¿Agradecido? Usted casi me mata… esas armas tenían algo escondido. Cuando llegué a la planta no vi ningún otro equipo. Las instrucciones decían que luego de haber dado la señal de confirmación, las armas estarían inhabilitadas y un equipo, bajo mi mando entraría y arrestaría a los terroristas. ¿Qué había en los explosivos? ¡DIGAMELO!
¿Le dijiste algo a la presa? ¿Alguien más sabe que sobreviviste?
¿Eso le importa más? ¿Qué están ocultando? –entonces se puso de pie con fastidio dándome la espalda y agarrándose la cabeza– ¿qué pasó con los otros hombres? ¿dónde están los otros agentes?
Muertos, todos muertos –dijo mientras volvía la mirada hacia mí– y ahora veo que fue un terrible error haberte escrito esa nota. Pero las cosas están hechas, así que si amas tu vida toma lo que tienes ahora.
Ustedes controlaban los explosivos. Sifuentes me comentó esa noche sobre el peso de las armas y las minas, tenían un exceso en su peso, no tenían un dispositivo de desactivación, tenían explosivos. ¿Todas las armas que les di, tenían explosivos?
Sí, todas.
¿El detonador, tenía alcance a nivel nacional?
Acabamos con todos, en todas partes del país –y con un aire de decepción se tomó unos minutos para agregar una pregunta– ¿Quieres saber la verdad?
Sí.
Haz lo que te digo y lo sabrás.
Veinte minutos más tarde fui llevado a Lima. Donde me dieron las mejores atenciones médicas y personales. Me tuvieron resguardado en la habitación 315 del Westin en San Isidro. Recibí la visita de varios congresistas y dirigentes de diversas ONG’s y asociaciones. Mi rostro salía en todas las cadenas de noticia nacional. Mis padres me llamaron al hotel para saber cómo me encontraba y les dije que recién los podría ver en los días siguientes. Esa misma noche, luego de cenar recibí entre varios sobres una invitación del Congreso de la República para ser condecorado antes del mensaje presidencial por Fiestas Patrias por el mismo presidente. Y junto con toda esa correspondencia había una pequeña caja, mientras la abría veía las noticias en la televisión del hotel. Había ocurrido algo trágico, el texto al pie de la pantalla indicaba “Ministro Uteau fallece en accidente automovilístico”, me puse de pie y deje caer la caja al suelo. No podía creerlo. El desarrollo de la noticia informaba que el vehículo que llevaba al ministro 20 minutos atrás se salió de la pista con la intención de evitar un choque con otro vehículo y se estrelló con un poste. El ministro murió inmediatamente. Tras intentar asimilar la noticia en diferentes canales busqué algo de tomar en la nevera, volví a sentirme paranoico. Y vi la pequeña caja en el suelo. No tenía remitente. La abrí en ella había un teléfono celular con 10% de batería y miles de llamadas perdidas. No tenía ni la más remota idea de quién sería el dueño de ese teléfono. Los mensajes y correos iban dirigidos a un tal Adrián. ¿Sería el presidente? Había correos de estados de cuenta, redes sociales, correos personales, pero el último correo no tenía asunto. Lo abrí y tenía un archivo adjunto, era un video. Lo abrí y en él se veía una celda, en medio de la celda, una figura dándole la espalda a la cámara,  había sido grabada desde una cámara de seguridad. Era evidente que se trataba de un anciano. Tenía las manos esposadas por la espalda. De pronto, alguien entra en escena, el presidente Adrián Lezameta.
Sabes, por mucho tiempo quise ser como tú, pero creo que es más conveniente ser yo. Le negaste muchas cosas a mi padre, y luego a mí. Pero ¿ves lo que pasó? Fuimos mejores que tú.
¿Realmente crees que ganaste? Habrás podido con el MRTA, pero a nosotros jamás nos eliminaras. Podrás mentirle a la gente, pero a mí no me mientes. Eres el inútil que siempre fuiste.
Este inútil es presidente mientras te pudres en la cárcel. Seré lo que jamás serás… presidente Gonzalo.
Se terminó el video.
No tenía fecha. Llamé a recepción para averiguar quién había dejado ese paquete. No me dieron razón. Me preguntaron si todo estaba bien, y mentí diciendo que sí. Busque en internet el número de algún reportero. Me pasé horas llamando a alguna cadena de noticias para entregar ese celular. Finalmente, pude contactar a uno de los periodistas de un medio que solía hablar ir en contra del actual gobierno y lo cité esa misma noche en el hotel. Llegó a las 2 de la madrugada, le conté lo que me había pasado y me dijo que haría pública la noticia. Le entregué el celular y vio el video. Su rostro reflejaba satisfacción lo cual me preocupó más. Cuando le mostré la caja donde vino el celular vi que había una nota. Él estaba sentado a mi lado y pude ver que ingreso a las opciones del celular y borró el video. Sacó un arma y me disparó. La nota que venía en el interior de la caja del celular tenía una pregunta: “115, ¿SOMOS LIBRES?”