Autor: Antonio Zeta*

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La idea continuaba en la cabeza del anciano al momento de pagar por el pan de la mañana. Su vida se había vuelto rutinaria desde hacía más de dos décadas. Vivía solo, indefectiblemente solo. Al principio fue difícil. Las llamadas de los camaradas eran diarias, además de constantes e insistentes. Pero él no dio su brazo a torcer, el simple hecho de fingir su muerte le producía desagrado. Aunque bien sabía que se trataba de una medida necesaria. Ahora estaba frente al televisor, uno grande y cuadrado, que exigía acercarse para cambiar de canal porque el control estaba malogrado desde quién sabe cuándo. Y a él no le perturbaba tener que ver el mismo canal por todo el día. Estaba frente al televisor, pero no veía el contenido, su mente se hallaba a miles de kilómetros de distancia. La idea se sentó en su cabeza una noche en que veía el noticiero, y cuando esto sucedía no había fuerza sobrehumana capaz de arrancarla de su médula. «Todo es un circo», dijo antes de apagar la bien llamada caja boba.

A la mañana siguiente  su corazón cobró un sobresalto al ver un perro calato colgando del cable de luz. Sabía que, tarde o temprano, lo hallarían. «Cada vez están más cerca», se dijo. Y no volvió a salir hasta el mes siguiente en que por negligencia propia tuvo que salir a comprar pan. Sabía que lo querían de vuelta. Pero él (a pesar de negarlo) se encontraba tranquilo en el retiro, al principio forzoso. «Todo es un circo. Los debates, las intervenciones, la manera de votar, el tono de voz que utilizan…».  Qué irritante resultaba todo aquello. Luego de apagar el televisor, apagó sus ojos también. Fue entonces que la idea se depositó en él de manera definitiva. «El Congreso», se dijo. Pero cuándo. ¿Cuándo llevaría a cabo su plan? Tendría que ser pronto, pues pronto vendrían por él. No olvidaba aún la pinta aparecida en el puente Angell de Lama. Maldijo a quien haya cometido la imprudencia de escribir «El camarada Gonzalo no ha muerto». Ochentaidós años surcaban su frente rugosa. Quién podría imaginar que en la habitación del anciano había material como para hacer desaparecer el estadio nacional. No. Tan solo el sofá donde solía sentarse a ver la televisión era un arma tan poderosa como para destruir una cuadra entera. Pero no, destruir una cuadra no era su objetivo. Había puesto sus ojos en el partido. Sí. El partido de clasificación al tan ansiado Mundial de fútbol. Entonces el anciano pagó por la bolsa de pan. Y antes de recibir la visita vespertina de la camarada Aurelia, trazó un plan. Fue sencillo. El croquis de la ciudad parecía dibujarse en su mente. Una vez terminado el proyecto Clasificación, sonrió. «Será una noche para no olvidar», pensó antes de dormirse.

Conocía bien del estímulo que genera un partido de fútbol en la mente de sus compatriotas. Si el equipo triunfa, sería un jolgorio dantesco, un bacanal. Ah, pero si pierde, la depresión también sería muy marcada. Entonces se reafirmó. La fecha: 5 de octubre. Una fecha que pasaría a la historia. Y, por supuesto, se aseguró de dejar las pistas necesarias para que dieran con él. No podía darse el lujo de realizar tamaña acción sin omitir su autoría. Solo faltaba determinar el momento justo. ¿Al inicio? ¿En el receso? No. Lo pensó bien. El minuto noventaitrés.  Porque habría minuto noventaitrés. Siempre hay minuto noventaitrés en esta clase de eventos donde no solo se juega un partido de fútbol, sino la vida; y no de veintidós individuos, mas sí la de toda una nación. Entonces solo se dedicó a esperar.

El match había dado inicio y él estaba en el lugar indicado. Nunca en los últimos años se encontró en un lugar tan propicio para sus fines. No habían transcurrido ni siquiera quince minutos y el anciano ya saboreaba la victoria. Era dulce. En el trayecto, el panorama era bicolor. Dos colores que regían la vida de millones de compatriotas y que dentro de poco, lo llevarían a él a alcanzar la gloria. Entonces el receso. Un encuentro empatado. La voz del narrador deportivo era notablemente excitada, mientras que él continuaba sentado en la banca desde hacía sesenta minutos. Tranquilo. Un anciano sentado con una mochilita jean cerca de sus pies.

Minuto noventa. El anciano se puso de pie. Las calles estaban baldías. El mundo parecía hallarse sumergido en el silencio. Comenzó a caminar. Seguía tranquilo, con la mirada al frente. Sabía lo que tenía que hacer. Minuto noventaiuno. El fin estaba cerca. La hinchada tenía el corazón a punto de escapársele por la boca, mientras que el camarada Gonzalo, con sus ochentaidós años, se dirigía hacia las puertas del Congreso de la República. Pronto vendría el minuto noventaitrés.

 

*Del autor: (Piura, 1986) Licenciado en Lengua y Literatura por la Universidad Nacional de Piura. Ha publicado Tarbush (2015), libro de relatos, y el poemario coautoral Dos sombras en la esquina café (2015). Forma parte de la antología Punto de encuentro (Lima, 2017), a cargo de la editorial Vicio Perpetuo. Asimismo, fue considerado en la antología Inspiraciones Nocturnas IV (España, 2017).Relatos suyos de terror aparecen en revistas como Plesiosaurio, primera revista breve de ficción peruana, El Bosque y The Wax (Argentina). Ha sido finalista del concurso nacional “Historias de solidaridad”, organizado por Diario El Comercio (2017). Es Presidente del círculo literario Tertulia Cero y Miembro del Consejo Municipal del Libro y la Lectura.