Autor: Mónica Ramos Pérez

Y escapó de su cárcel, de aquella habitación que nada tenía que ver con su cuartel general del ejército, aquel cuartel que mandó a erigir en la propia Cajamarca a tan pocos kilómetros del sur en donde se hallaban los manantiales de aguas sulfurosas y de los que tantas veces disfrutó junto a su familia, de aquella habitación que nada tenía que ver con su tampu real, hermoso edificio hecho de piedras unidas y techo fuertemente inclinado y en el que se sentía protegido del mundo exterior, a pesar de que él no le temía a nada ni a nadie. Escapó luego de pasar allí, concretamente, ocho meses y diez días, durante los cuales añoró, casi al punto del desfallecimiento, inhalar el ligero viento de las montañas de su Cuzco natal, percibir el paso del río a través del valle y por los cerros aledaños, escuchar los pasos apurados de los corredores chasqui cuando atrapan entre sus veloces piernas las hojas secas que yacen en los andenes de las laderas montañosas, palpar con sus manos guerreras los tejidos multicolores y luminosos confeccionados con la lana de la vicuña y la llama, sentir la calidez de los días y la frialdad de las noches. Era, sin lugar a dudas, un prisionero, él, un Inca, un jefe, un excelente estratega militar.
Para que le atendieran, permitieron que se quedaran a su lado sus sirvientes y algunos de sus nobles quienes no lo dejaban solo ni por un instante, por miedo a que sufriera una nueva traición que en este caso sería la muerte, sin embargo, el Inca ya conocía su triste final y, a pesar de haber llegado a aquel trato con Francisco Pizarro, este le informó que iría a parar a la hoguera pues estaba acusado de conspirar contra los españoles y de reclutar, a su espalda, soldados de su ejército, lo que resultó ser una terrible infamia.
De nada sirvió que el Inca Atahualpa pagara su rescate con oro y plata, cuando prometió colmar la habitación-cárcel con los preciosos metales hasta donde llegaba uno de sus brazos al ser alzado y parado en la punta de sus pies, por lo que el oro y la plata abarcarían más o menos dos metros y medio de aquel lugar. Y así comenzó el desfile de objetos transportados de su Cuzco, removidos de las fastuosas edificaciones, de sus vestidos, sus prendas personales, de la exquisitamente trabajada cerámica. Mas, el Inca, no quedó con los brazos cruzados puesto que conocía demasiado bien a los conquistadores y esperaba lo peor de ellos, por eso, cuando por el día sus soldados se dedicaban a traer y llenar la habitación-cárcel con oro y plata, en el horario nocturno, junto a sus sirvientes y los nobles que le acompañaban, planeó su huida cavando un pequeño túnel en una de las esquinas de dicha habitación, luego, al aparecer la mañana lo ocultaba colocándole encima todas sus extensas y multicolores mantas, mientras sus acompañantes transportaban a escondidas entre sus onkas la tierra extraída y la depositaban muy lejos de aquel sitio, burlando la constante vigilancia de los españoles, porque sus sirvientes y nobles sí tenían permitido salir de la habitación, cosa prohibida a Atahualpa.
Cuando por fin todo el lugar estuvo repleto del oro y la plata pactados, el Inca exigió su libertad, entonces supo de su muerte fijada para el próximo día. Y escapó de su cárcel. Llegada la noche, todos se deslizaron a través del túnel y huyeron dejando atrás a Francisco Pizarro, a su ejército de hombres de cascos de hierro, de pieles blancas y espesas barbas, dejando atrás a sus torpes y relinchones caballos, a los Viracochas. Y nadie estuvo al tanto de la huida y escapó cual venado, con demasiada cautela y excesivo cuidado y en medio de su huida juró vengarse de aquel que convirtió su vida en un infierno, de aquel que devastó las maravillosas construcciones de su Cuzco amado, de aquel español que exterminó a su familia, y durante su huida pensó mucho, pensó en que no agradecía el que le hubiera enseñado su idioma, sus números, ¿para qué?, él ya tenía a sus quipus, con eso le bastaba; pensó en que no agradecía para nada el que le hubiera mostrado sus costumbres, su baile flamenco, ¿para qué?, él contaba con sus importantes rituales, sin embargo, agradeció a su padre el Dios Sol por no dejarlo que ofreciera a Pizarro su hermana favorita en matrimonio, Quispe Sisa, porque eso nunca se lo hubiera perdonado.
Y luego de varios días de camino, en los que atravesó laberintos inexpugnables y valles profundos, se refugió en una pequeña fortaleza situada en los elevados Andes y a la cual solo podían acceder aquellos pocos a los cuales se les tenía permitido. Por su parte, Pizarro, no lamentó en demasía la fuga de Atahualpa, pues el oro y la plata robados al Inca compensaban su descontento llenándolo de una interminable felicidad. Ahora se sabía rico y junto a su ejército, que también obtuvo una buena tajada, celebraba día y noche la nueva conquista.
Corría el año 1533 y Atahualpa, sosegando su ira, comenzó a cavilar la mejor manera de terminar con la vida de Francisco Pizarro y su tropa, para ello contaba con cincuenta corredores chasqui y espías que, muy bien guarecidos dentro de los intrincados laberintos de los profundos valles y las altas cumbres, seguían cada movimiento de los españoles, eran todos fieles seguidores de la causa de Atahualpa porque algunos que otros habían perdido parte de su familia por no decir que toda, en aquella cruenta lucha por la conquista del oeste de la tierra sudamericana.
Eran los indios valerosos guerreros, hasta aprendieron a no temer a los caballos, que en un principio asombraron a sus desorbitantes miradas, sin embargo, aún no se acostumbraban al sonido de la liyapta, como ellos en su idioma le llamaban a las armas de fuego, palabra que significa rayo, denominado así por su semejante ruido a una centella, pero Atahualpa, ese sí que no temía a nada ni a nadie y caminaba con tanta arrogancia como si fuera el dueño del mundo, no era alto, no, típico de los habitantes de aquella zona, pero sí era robusto, en una batalla había perdido parte de una oreja, pero eso no le quitaba jamás el sueño. Era hijo del Inca Huayna Cápac, padre de otros quinientos más entre hombres y mujeres. Como todo Inca anterior, Atahualpa hacía las leyes, no tanto para infundir temor entre los habitantes, sino para mantener un orden que les permitiera convivir mejor, mas, la llegada de los españoles, terminó con la pacífica concordia sumiendo a los indios en un constante suplicio.
Alrededor del año 1534 ya el Inca había construido un gobierno en el exilio y, aunque un año lo separaba del terrible incidente vivido, aún se mantenía planeando su venganza contra Francisco Pizarro, que a esas alturas, según sus espías, continuaba asediando las zonas próximas al Cuzco porque ya esta capital estaba ocupada por sus tropas, y realizando además la colonización efectiva de los territorios conquistados. Ya por aquel tiempo contaba con el título de marqués otorgado por el monarca español.
Pizarro nunca más volvió a ver al Inca, su antiguo prisionero, y pensaba que tal vez había muerto cuando intentó escapar o que fue abandonado por sus soldados o que había fallecido por alguna enfermedad en medio de los perdidos valles montañosos, porque a decir verdad, nadie mencionaba su nombre o se refería a su existencia. Sin embargo, el Inca, desde su refugio esperaba por los corredores chasqui día y noche, esperaba que un mensaje le diera la oportunidad de dar fin a su venganza. Aquellos corredores, adiestrados desde niños para internarse velozmente en las alturas más asombrosas, en un quipu llevaban la información, un qëpi a la espalda le ayudaba a cargar con objetos y encomiendas, se auxiliaban de una vara y una honda y sobre la cabeza un penacho de plumas blancas, mientras en una de sus manos asían un pututu para anunciar su cercanía, luego, memorizando el significado de cada nudo, entregaban  el quipu a otro corredor cada dos kilómetro y así sucesivamente hasta llegar a manos del quipu-camayoc, quien descifraba el mensaje oculto.
Y fue aquella mañana de ese mismo año, 1534, que Atahualpa supo del próximo ataque de su hermano Manco Cápac II, con el que no tenía las mejores relaciones, puesto que en anteriores batallas había luchado junto a Francisco Pizarro para derrotar a su antiguo general y fiel seguidor Quisquis, sin embargo, Pizarro le jugó una mala pasada y tiempo después entregó a Manco Cápac II a su hermano Juan, quien lo torturó, pero gracias a sus peripecias pudo escapar de las manos de este temible conquistador español. Esta situación fue aprovechada por Atahualpa y, enviándole a uno de sus corredores chasqui, decidieron reunirse.  
Ambos hermanos unidos convocaron a un gran ejército y entonces comenzó el asedio. Los guerreros, llevando la cabeza de ucumaric, el tótem de su ayllú pintado en sus escudos, atacaron por sorpresa a la capital del Cuzco en donde se encontraba Francisco Pizarro que ya había demolido gran parte de las construcciones. El Inca Atahualpa buscó la figura del jefe español desesperadamente, entre las ruinas, buscó aquel que un día lo traicionó, entonces, sobre una multitud de cadáveres, muy mal herido  y pidiendo clemencia lo divisó. La pequeña y robusta estampa se fue acercando a pasos agigantados y como en una primera ocasión, volvió a repetirle: “¡Sí únicamente recibiste de nosotros bondades!”, y acto seguido, con un tumi, cortó su garganta una y dos y mil veces más, hasta dejar al intemperie su tráquea, hasta dejar a su aorta limpia de torrente sanguíneo. Atahualpa suspiró tranquilo para luego sentarse sobre una gigantesca piedra, la que reconoció inmediatamente porque esta fue parte de la Piedra de la Guerra, lugar donde todos los generales, alguna vez en un tiempo pasado juraron protegerlo, y ladeó la cabeza, como signo de dolor. Mientras observaba el cuerpo sin vida de su mayor enemigo alguien lo convocó a la Plaza de Regocijo, ahora se podía llamar de Desolación. Una hilera de diecinueve prisioneros españoles junto a la tropa de Manco Cápac II y de los soldados del Inca ocupó sitio también en la Plaza. Entonces fue informado que este grupo era el último, habían exterminado a los colonizadores de toda la zona, el Cuzco estaba libre de españoles, se volvía a respirar tranquilidad a pesar de que ya nada tenía el mismo brillo y color de antes.
Con el hambre, el cansancio, las heridas a cuestas y sin mediar palabra alguna, el Inca, junto a su hermano, a su ejército y los prisioneros, iniciaron una larga caminata en busca de la costa. No fue nada fácil la travesía, pero era muy necesario alcanzarla y luego de varios días divisaron un océano infinito e inhalaron un olor, por parte del Inca, nunca antes olfateado. A lo lejos descubrieron alrededor de dieciséis navíos anclados, que casi rozaban al horizonte y el asombro no se hizo esperar. Los prisioneros, elegidos por ambos hermanos intencionalmente para la singladura, eran hombres conocedores del océano y no era por compasión que aún permanecían con vida. Un duro golpe en algún que otro estómago, una patada en alguna que otra cabeza trajo consigo la confesión de que las naves se hallaban totalmente desoladas puesto que hasta el último  hombre había pisado tierra firme para apoyar a Francisco Pizarro en la batalla.
Uno tras otro a empujones fueron montados en los botes. La mayor parte del ejército de Atahualpa decidió seguirle hasta los confines de la tierra, hasta donde aquellos navíos les llevasen, la otra parte quedó en la orilla junto a Manco Cápac II quien le había prometido defender a su tierra de todo enemigo extranjero, defenderla al precio que fuera necesario, defender a ese ligero viento de las montañas de su Cuzco, esa marcha del río a través del valle y por los cerros aledaños, esos pasos apurados de los corredores chasqui cuando atrapan entre sus veloces piernas las hojas secas que yacen en los andenes de las laderas montañosas, esos tejidos multicolores y luminosos confeccionados con la lana de la vicuña y la llama, esa calidez de los días y esa frialdad de las noches, porque nada de aquello tenía comparación y entonces a Manco Cápac II se le vio correr una lágrima fugitiva a través de una de sus tostadas mejillas.
Muchas veces tuvieron que ir hasta la playa aquellos botes en busca de indios, porque eran muchos, demasiados los seguidores de Atahualpa. Entre los barcos repartieron a los prisioneros, únicos entendidos del mar del más allá. Los indios miraban absortos a los gigantes de madera con sus amplias velas desplegadas al viento, que se columpiaban al compás de las delicadas olas y de la brisa llegada de los confines.
Cuando el crepúsculo comenzó hacerse dueño del cielo, todos le pidieron a Mama Cocha que calmara a las aguas y los ayudara en la expedición.
Los navíos partieron rumbo al Viejo Mundo y no en busca de oro y plata, sino de los hombres de cascos de hierro, de pieles blancas y espesas barbas, de los Viracochas.