Autor: Diego Jordan Villafana Villafana

Lo único que puedo decir a mi favor es que siempre he sido protector con mi familia. He protegido todo lo que he tenido a mi alcance. Así de simple. Desde que tengo uso de razón defendí a mis padres y hermanos de campesinos maliciosos que intentaban aprovecharse de nosotros. Que présteme sus toros solo unas horas para el arado, que pensé que mi terreno era unos metros más allá también, que devuélvame el dinero que le presté hace un mes, un sinfín de mentiras por parte de los vecinos. Seguro pensaban que como mis padres no tenían estudios completos serían fáciles de engañar, pero ahí estaba yo para darles cara a pesar de mi corta edad en ese entonces. Como el hermano mayor y en ausencia de mi padre, que viajaba a otra ciudad para trabajar, hacía las veces de hombre de la casa y tenía que hacerme respetar. Tal vez así fue como yo empecé a proteger todo lo cercano a mí.
Era una obligación en esa época pasar el servicio militar así que cuando tuve la mayoría de edad fui al servicio. Pasé un buen tiempo encerrado entre fusiles y militares y cuando llegó la hora de despedirme del cuartel decidí que iba a dedicarme a la carrera militar. Nuevamente el impulso por defender algo se hizo presente y cuando informé de mi decisión a mi padre no fue la noticia que él esperaba oír precisamente. Recuerdo con tristeza que hasta el último segundo de su vida no vio con buenos ojos que yo vistiera el traje militar; más le hubiera gustado tener un hijo abogado o doctor o como a veces decía: “quiero ver sentado a alguno de ustedes en la silla del alcalde”.
En paralelo con mis estudios, había conocido a una guapa señorita que atendía en una tienda de abarrotes y cuyos padres sí veían con agrado a los uniformados. Con el tiempo iniciamos una relación y posteriormente me casé con ella. Cuando me ascendieron a teniente, en la década de los sesenta, ya tenía un hijo que mantener. Por el momento no había planes de tener otro, estaba más concentrado en mi carrera.
El tiempo fue transcurriendo entre orden militar y amor familiar. Ahora tenía una nueva familia que proteger y ya con entrenamiento no iba a dejar que nadie se burlara de mí o de mi familia. Por ese motivo, durante el tiempo que permanecí en la base militar hice contactos importantes. Descubrí que tenía habilidad para que estas personas confiaran en mí más rápido que en mis compañeros más inteligentes, más ordenados y sobre todo con más presencia castrense. Algunos pensaban que era un soplón porque me llamaban siempre de la oficina del superior, pero no. A veces el superior no tenía con quien conversar de sus problemas familiares y me mandaba llamar para hablar de ello como si alguna vez yo hubiera mostrado interés en sus temas. Solo quería tener alguien del cual beneficiarme en caso que yo o alguien de mi entorno estuviera envuelto en algún pleito policial o similar.
Cuando este superior dejó la base para dirigir otra en el norte, avisó a su reemplazo de las personas en quienes podía confiar. El reemplazo me llamó un día y por poco me hacía entrega de información confidencial militar en un solo día, por lo demasiado confiado que era. Esta información era muy valiosa, en cuanto a poderío militar peruano, como para que lo tuviera alguien descuidado. Deseaba haberlo tenido para resguardarlo del peligro exterior, en especial de Ecuador que se rumoreaba que no había quedado contento con el Protocolo del 42.
En la década siguiente, ya contando con cierta fama entre los militares, me habían trasladado a Lima para trabajar con un grupo de colegas en investigaciones sobre un indicio de subversión en la sierra peruana. Ni bien llegué a la ciudad junto a mi familia, alquilé una casa. Acomodamos rápidamente las cosas que llevamos y luego me dirigí a presentarme a la base para ponerme al corriente de la situación. Mientras lo hacía pensaba en cómo la idea de subversión no empezó en la costa donde había más recursos y acceso a libros afines.
Un ambiente como de incomodidad y de hipocresía, noté en mis superiores cuando me vieron aparecer. Tiempo después me enteraría que quisieron traer a otro hombre en vez de a mí pero que allá en la base insistieron en recomendarme porque era más hábil para tácticas militares e investigaciones y sobre todo en ganar la confianza de los demás.
Los primeros meses en la capital, aparte de profundizar en estos indicios de subversión, pasé el tiempo entre miradas de desaprobación y palabras entre dientes. No me dejé faltar el respeto y tuve que aclarar algunas cosas a algunos superiores a menudo cada quince días. Sería por ese motivo probablemente que cuando se hizo un juicio militar en estricto privado a un miembro del ejército, que solo llegué a ver a un par de veces a lo lejos, le condenaron a cadena perpetua por vender información delicada del Perú a la CIA. Algunos de mis superiores fueron los jueces y ya estaban fastidiados que alguien menor que ellos se pasara de listo y encima ocurría este escándalo, entonces se desquitaron con el hombre, que milagrosamente logró evadir la pena de muerte que generalmente es la condena en estos casos. No supe su nombre por unos días pero vi luego su fotografía en el periódico local y me enteré. Se apellidaba Montesinos. El nombre era algo como así como Blas o Vladimir.
Aproximadamente un año después del aquel juicio y sin hacer muchos progresos con el tema de la sierra, la ciudad de Huamanga para ser preciso, me destinaron a otra área y descontinué mis avances. Parecía que el karma se había hecho notar porque solo cuando dejé las investigaciones es que el terrorismo llegó a apoderarse de la sierra. Yo sentí la necesidad de defender lo mío, la patria, como siempre había pensado; pero en este caso las personas que me mandaron a hacer otra cosa lo ignoraban o no lo tomaban en cuenta, así que di por sentado que si no me necesitaban para acabar con la subversión era porque tenían mejores planes para ello. No toqué el tema por largo tiempo y nadie tampoco me preguntó al respecto, pero no significaba que me había vuelto un olvidado dentro de la milicia. Seguía acumulando contactos día tras día, haciéndoles favores; que así es como se hacían las cosas.
Para los años 80, el terrorismo era el enemigo número uno del país. Aparte, el Perú pasaba por una grave escasez de alimentos y a menudo veía grandes colas en las tiendas y mercados. El dinero se había devaluado y en ocasiones mi hijo encontraba billetes tirados por el piso cuando regresaba a casa después de ir a su universidad a hacer los trámites finales para culminar con su carrera. Él hacía a veces de guardián cuando nació su hermanita.
Así transcurrían los años y el gobierno de García no hacía nada por remediar la situación. Mi hijo salía a buscar trabajo como ingeniero civil, pero no hallaba nada serio más allá de un par de meses y como practicante nada más. Mis contactos eran inútiles en este caso, nadie conocía a empresarios dedicados a la construcción, y mi hijo sentía que se estaba volviendo una carga en vez de un apoyo. Su amigo más cercano de la universidad era un joven pudiente que tenía un padre también ingeniero civil que había hecho trabajos en distintas ciudades del globo. Este joven había recorrido también algunos lugares en vacaciones y conocía suficiente el mundo. En algún momento del año 1989 este amigo le habría comentado a mi hijo que el futuro laboral no se encontraba en Perú, un país que se encontraba en la ruina; sino afuera, en específico en Japón. Ahí, le había dicho, tenía un importante contacto empresarial que estaba buscando nuevos socios y que solo era cuestión de viajar a la tierra del sol naciente. Entonces ya con la idea puesta en su mente, mi hijo se me acercó un día para contarme sus planes. Estábamos en la casa. Lo primero que dije según recuerdo fue:
—¿Estás loco? ¿Cómo vas a ir a un país que no conoces y ni siquiera conoces a alguien allá? Es otro idioma. ¿Has aprendido el idioma al menos?
—La situación en el país está cada vez peor, papá —me respondió—. Me iría a Venezuela pero mi amigo no tiene conocidos allá y su padre tampoco. El lugar donde más conocen gente es en Japón. Es una gran oportunidad para empezar a trabajar. No quiero seguir siendo una carga. Si supiera que el Perú va a mejorar me quedaría pero no es así.
—Fernando, escúchame, es muy arriesgado ir a un país desconocido. Nunca has salido del Perú. ¿Apenas lo conoces por los libros y ya piensas ir a otro muy diferente, con otra cultura, otra forma de pensar, con gente que no te conoce y que no sabes en quién confiar? Esta crisis va a pasar, tiene que acabar. Ningún país ha caído por extrema crisis, pero no pienses en irte. Primero sigue buscando aquí, aún no has tocado todas las puertas. Aún la gente no conoce lo que puedes hacer. Sigue insistiendo, una puerta se va a abrir y cuando esto ocurra será la gran oportunidad que mencionaste pero aquí, en la capital, cerca de tu familia que siempre va a estar pendiente de ti. Lejos será como perder el lazo que nos ha mantenido unidos todos estos años. Contigo lejos y sin verte todos los días, tu madre se va entristecer. Ella te quiere mucho y eres lo más importante para ella. Tú y tu hermana. No le hagas esto. Trabaja aquí cerca de nosotros, donde podamos mantener contacto siempre.
Mi hijo me respondió con el mismo argumento anterior pero con distintas palabras, se mantenía firme en su decisión. Entonces le dije para convencerle que no se fuera:
—Espera un año, si la situación no cambia en ese tiempo entonces te puedes ir. Todo esto que el país está atravesando va a acabarse. Tengo una obligación con mi familia, de protegerlos; afuera no se va a poder. Espera un año, sigue buscando aquí y si en ese tiempo no ocurre nada entonces viajas al extranjero. ¿Qué me dices? ¿Qué te parece?
Fernando pensó un momento lo que le dije y luego de unos instantes aceptó mi propuesta aunque yo sabía que lo hacía por complacerme. Se dirigió a su habitación con desgano y no salió durante horas.
Pasé unos días pensando en qué podía hacer el gobierno para cambiar el futuro del país, que como había dicho mi hijo, iba de mal en peor y estábamos destinados a un apocalipsis inevitable. Miraba las noticias a ver si alguien tenía una idea de cómo salvar el Perú y en una ocasión vi un reportaje donde se señalaba que un ingeniero agrónomo estaba postulando para la presidencia del Perú. Lo primero que se me vino a la mente fue cómo va hacer un hombre así para gobernar si no era su especialidad. Solamente deberían participar en las elecciones un militar o un constitucionalista o alguien que cuente con experiencia política. Pero este hombre tenía a su favor el apoyo de las masas, quizás por su apellido japonés; y las personas tenían buenas referencias con respecto a los japoneses, a su orden y disciplina.
En el mismo reportaje se mencionaba que este ingeniero había viajado a la selva peruana para hacer proselitismo y que allí los pobladores le invitaron un fruto que hasta entonces todo el mundo desconocía. Este fruto le causó indigestión y escalofríos por mucho tiempo al punto que no pudo dejar la clínica donde se internaba interfiriendo con sus mítines. Sus partidarios decidieron, para no perder las elecciones, que cambiarían de candidato. A raíz de eso, la popularidad del partido se fue en picada y en las encuestas el otro favorito de la población fue recuperando apoyo: el novelista Mario Vargas Llosa. Un par de veces leí su obra, no me agradó.
Durante la publicidad propia del canal, estuve pensando cómo sería un país gobernado por este ingeniero y cuando pasaron más reportajes pude ver que grandes líderes de opinión daban su voto de confianza al novelista y algunos hasta iban a su domicilio a hablar con él. Esto me dejo meditando por segunda vez y luego de mucho tiempo, sabía ya qué hacer: tenía que ir a conversar con Vargas Llosa sobre el futuro del país y su plan de gobierno. Una vez más tuve las ganas de proteger; esta vez, al país de la catástrofe total.
Para cuando pude concretar una entrevista ya era noviembre de 1989. La reunión sería en su casa. Acordé que nadie le visitara ese mismo día para mantener en secreto mi presencia ahí. El novelista era un tipo bien leído, enterado muy bien de la situación del país, de la hiperinflación, del terrorismo de Sendero Luminoso y demás males, pero lo noté no tan cercano al pueblo, a la clase popular aun teniendo su confianza. Así que le dije sin más pérdida de tiempo:
—Su plan de gobierno es muy bonito y todo, pero a usted lo veo como alejado de la gente, como si fingiera sonrisas entre sus militantes. Estamos en una época donde la gente quiere esperanza en las palabras, ideas de un futuro mejor, ellos anhelan su presencia ya en Palacio, quieren darle su voto a ciegas; pero usted les habla con extrema sinceridad. La gente quiere promesas de cambio, no que les diga que no se puede hacer nada en un periodo tan corto de cinco años. No dé la imagen de “apóyenme y ya veo luego que se puede hacer”. Eso no vale. Si votara en este instante, yo no votaría por usted. Ahora imagínese si todos pensaran igual. Este rebaño perdido en el terror y la miseria quiere un pastor que sepa guiar y que no tenga miedo de acabar con Sendero. Tengo un plan para mejorar esto, para sacar al país de esta tragedia, pero quiero saber si tiene la intención, que digo la convicción de llevar a cabo lo que traigo entre manos.
—Interesante apreciación la suya, bien deslenguada, mi estimado mayor Palacios. Justo hace mención a que soy muy sincero en mis discursos y vaya sinceridad que se maneja usted. Puede ser un buen político si así lo desea, pero no vino a hablar de sus dotes como orador, ¿verdad? Es cierto lo que dice en varias cosas, mis asesores me lo han criticado infinidad de veces. Pero creo que, desde mi punto de vista, los peruanos, no están para sueños muy lejanos, pues ellos ya despertaron hace mucho tiempo y ya están viviendo esta cruda realidad. Solo les digo cómo se van a desarrollar las cosas, que se tomará un buen tiempo repararlas. Las personas de clase baja piensan que todo se va a solucionar por arte de magia ni bien reciba la banda presidencial el 28, pero la verdad dista mucho de eso. Aunque trataré, de llegar a la presidencia desde luego, acelerar el proceso y subsanar lo más crítico cuanto antes. No quiero que mi gobierno parezca un gobierno de transición en vez de uno verdadero. ¿No le parece? Tengo que admitir también que me ha dejado intrigado el plan que afirma tener en mente para salvar el Perú y quisiera oírla. Soy todos oídos.
—Este plan, señor, debe dar resultado porque lo elaboré después de mucho meditar y analizar cada paso para su desarrollo. En estos momentos es usted el favorito de las masas. Los conocimientos académicos que usted tiene suman puntos a su favor y la gente lo ve como alguien indicado para el puesto de presidente. Luego de esta experiencia que se está viviendo con García, dudo que la gente quiera otro gobierno del mismo partido por lo tanto, ahora con Fujimori fuera de campaña, aunque sigue su partido en competencia pero ya están bajo en las encuestas, usted tiene todas las de ganar. Reuní a varios contactos míos para crear un plan para salir de esta situación. Si acepta mis términos, va a tener que ensuciarse las manos, pero con el tiempo el pueblo, si se entera de esto, lo van a perdonar y se ganará su respeto. Si decide no tomar en cuenta lo que le traigo pues muy bien, sea quien sea el nuevo presidente desarrollará este plan y se llevará el crédito. Pero preferiría que fuera el que lidera las encuestas en este momento.
—Claro, le entiendo, mayor, ¿y a qué viene toda esta escena de buen samaritano? ¿Cuáles son sus intenciones después de todo? ¿Cuál es el pago que me tocará hacer cuando me encuentre en Palacio?
—No le dije mi motivo de por qué hago esto, ¿verdad? La gente está saliendo del país en busca de trabajo, de alimento. Podría decirse que es un gran éxodo. Pero lo que me importa es a quienes protejo, a mi familia. Siempre he protegido todo lo que he tenido a mi alcance. Mi hijo mayor es ingeniero civil y no ha conseguido un trabajo estable desde hace cuatro años. Nadie quiere construir en el Perú y con justa razón. Lo mejor está en el extranjero. Pero no quiero que mi hijo deje este país, quiero que permanezca cerca donde pueda protegerlo. Estoy consciente que estoy siendo egoísta pero es justificado si hablamos de mi rol como jefe de familia. Siendo militar no puedo dejar mi lado proteccionista. Sé que hasta que el Perú se estabilice mi hijo va pasar las de Caín; por esta razón la presidencia no puede ser representada por otra persona que usted, amigo novelista. Y es que cualquier otro puede que no se tome en serio la situación actual.
—Dígame lo que trae entre manos y ya veremos si sus ideas llegan a buen puerto y no son más palabras que llevadas por el viento pronto se pierden en el olvido y quedan relegadas a un “que hubiera sido si”.
Dicho esto, procedí a revelar todo lo que tenía en mente para ayudar a este país y con eso Fernando terminaría por quedarse aquí.
*****
Días posteriores al encuentro percibí en mi hijo una conducta de inconformidad, seguramente por su viaje postergado. Quizás él tenía toda la razón de viajar a Japón pero yo no lo iba a permitir. Solo deseaba que pasara el tiempo rápido para que viera cómo el país habia superado la crisis y los hombres que optaron por irse ahora regresaban. Mientras tanto estaba en continuo contacto con el novelista para que no se le olvidara lo que tenía que hacer durante su candidatura, y yo, de paso, también hacía lo mío. Empecé a recopilar información de los otros candidatos con la ayuda de algunos compañeros de la base militar para ver que propuestas tenían en su plan de gobierno. Iba sacando lo mejor de cada uno para agregarlo al del novelista. Obviamente a un par de meses de las elecciones apareció la guerra sucia. Todos los partidos denunciaban la forma de cómo se hacía convencer a la gente por votos. Otros revelaban pasados tormentosos de los candidatos. Los periodistas ya mostraban cierto favoritismo y evitaban entrevistar a algunos políticos. Como cualquier humano, Vargas Llosa se alteraba con el reaccionar del cuarto poder, pero sus asesores y yo, por supuesto, le convencíamos que tomara las cosas con calma, que luego ya habría tiempo para tomar cartas en el asunto. Mi ayuda se mantenía en secreto para algunos de los partidarios del novelista, sin embargo algunas de ellas comenzaban a imaginarse ideas erróneas de mí. Este suceso me recordó cuando me encontraba en la base militar de mi tierra natal e igual como en su momento tuve que callar muchas bocas a veces al estilo castrense: con intimidación.
En la noche del debate presidencial, un grupo de mi confianza que formé para averiguar cualquier accionar fuera de lo común de nuestros competidores, me avisó que la gente de un candidato había conseguido un ejemplar de la edición del día siguiente de un periódico de distribución nacional donde se daba por hecho que el ganador del debate, y por mucho, era Vargas Llosa. Esto iba a ser la noticia, a decir verdad, a la mañana siguiente pero si se revelaba que el titular ya estaba hecho incluso antes de iniciar el debate podría entenderse que el partido había comprado a la prensa. Esto significaba una mancha imborrable en una campaña electoral impoluta.
Sin más pérdida de tiempo y en constante comunicación por radio con los hombres que vigilaban el centro de campaña de este candidato, me puse a planear la manera de desaparecer dicho ejemplar.
Media hora antes de empezar el debate, el candidato en mención se dirigía hacia el centro de convenciones donde se llevaría a cabo el evento en un automóvil gris resguardado por otro de color negro, él y sus acompañantes formaban siete personas en total. Definitivamente estaba portando el periódico. Ya habíamos conseguido la ruta que tomarían los vehículos gracias a un militante de su partido. Mis hombres se habían conseguido un camión y lo estacionaron en una intersección de avenidas, listos para cumplir mi orden. Cuando uno de ellos vio a los vehículos del candidato aproximarse a la intersección, me avisaron y entonces di la orden: el camión aceleró en dirección a los automóviles y los impactó de tal manera que el que iba adelante quedó con el eje del neumático posterior izquierdo inutilizado y el otro quedó debajo del camión, aplastado; pero solo la parte del capó. No quería víctimas fatales, solo aparentar un atentado terrorista. Lo que seguía del plan tenía que desarrollarse de manera rápida.
Inmediatamente mis hombres, portando pasamontañas y guantes, golpearon a los guardaespaldas del candidato aprovechando que por el choque estaban aturdidos y no habían salido de los automóviles; y lanzaron bombas de humo dentro de los vehículos. Mientras lo hacían rebuscaron las cosas del candidato hasta encontrar el periódico. El hombre, aún asustado y desorientado por el impacto, pero percatándose que desconocidos llevaban su más importante as bajo la manga para el debate, forcejeó un poco mas sus fuerzas fueron débiles como para impedirlo. Antes de desaparecer en el mismo camión, mis hombres dejaron una banderola roja con tintes subversivos, para despistar, en cada destrozado vehículo. El mensaje debía ser preciso y contundente: un reducido grupo de Sendero Luminoso había atentado contra un candidato presidencial solo para dejar en claro hasta dónde podían llegar con su terror. No hubo testigos en la calle, toda la zona estaba desierta y casi sin alumbrado público, por eso se escogió esa intersección para hacer lo que se hizo.
A pesar de lo ocurrido se realizó el debate y el candidato tuvo que exponer sus ideas todo maltratado y atemorizado. Cada candidato dio lo mejor de sí en el evento, había que reconocerlo, pero el que sin dudas se lució fue el novelista. Por mi parte estaba viendo su discurso en un recóndito lugar desde donde había planeado todo.
Al día siguiente se publicó el periódico tal cual lo había visto horas antes. Se denunció el falso atentado terrorista y la prensa repudió el acto. La policía prometió capturar a los culpables y todo lo demás. Aparte, las encuestas daban por hecho que Vargas Llosa sería el nuevo presidente del Perú, ya no hacía falta ni votar para saberlo. Llegaron las elecciones, que se desarrollaron con normalidad y en la tarde el flash electoral confirmaba lo que las encuestas predijeron. El novelista dio su discurso de victoria en la noche, entusiasmado por el apoyo rotundo de los peruanos. Ahora sí, pensé, vendría el cambio al fin y mi hijo vería que tuve razón y desistiría de viajar al extranjero.
Al año siguiente, 1991, Vargas Llosa me nombró director de la recientemente creada Dirección de Inteligencia Nacional, institución que se encargaría de acabar con el terrorismo de una vez por todas, pero para resumir lo decíamos Inteligencia solamente. Lo primero que hice fue ponerme al tanto de los avances hechos acerca de Sendero Luminoso y descubrí que no se había investigado mucho en los gobiernos anteriores pese a que el problema ya tenía veinticinco años de antigüedad. Y descubrí también que por descuido de los gobiernos habían aparecido otros grupos terroristas entre ellos el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, MRTA, que estaba a un paso de tener el mismo poder destructivo de Sendero Luminoso. Sabiendo todo esto prometí al presidente que limpiaría el país de tanta escoria aun si mis manos se manchaban de sangre.
Puse a hombres de mi completa confianza a trabajar conmigo en Inteligencia además de los que me acompañaron en el falso atentado. Hicimos una gran estrategia para dar con el cabecilla principal de los grupos armados y rápidamente fueron cayendo los líderes de los grupos más pequeños. En 1992 solo quedaba Sendero Luminoso y el MRTA, pero ambos ya estaban con los días contados. Cuando por fin capturamos a Abimael Guzmán, todo el país lo celebró y en 1993 se acabó con el terror del MRTA. Entre los documentos que poseía este grupo armado, hallé planos de distintas embajadas, no habían decidido cuál sería su último objetivo.
En cuanto a la crisis, Vargas Llosa hizo un buen trabajo. Estabilizó la economía del país. Con la mayoría de diputados a su favor pudo hacer lo que le aconsejé en el ámbito económico. Decidió cambiar la moneda y se pasó del inti, que ya había reemplazado al sol de oro, al nuevo sol y los personajes de los billetes también variaron. Por recomendación mía ordenó poner la imagen de Quiñones en el billete de diez soles porque ese billete sería el más usado. La gente no debería olvidarse que la milicia acabó con el terror.
Con el tiempo se reactivaron las industrias, los inversionistas volvieron al país y los peruanos que habían ido a Venezuela y España regresaron, pero no había tranquilidad para mí, pues mi hijo no había olvidado su idea de irse a Japón y un día a inicios de 1994 me lo recordó:
—Me voy, papá. He esperado tiempo más que suficiente. He perdido mi tiempo y no he ejercido en su totalidad mi carrera. Me estoy estancando aquí. Mi amigo que se fue a Japón hace cuatro años me contó, cuando vino de vacaciones recientemente, que ya creó su empresa constructora y que le va muy bien. Me mencionó para ir allá porque me quiere como su socio. Es un cargo importante, papá. Ahora hay estabilidad económica en Perú pero qué me asegura que seguirá así. De repente es un sueño pasajero. Cuando el Perú realmente se encuentre bien, estaré aquí tal vez fundando mi propia empresa. ¿Quién sabe? Pero por ahora mi lugar no es este.
Por más que le insistí de olvidarse del tema, en convencerle que ya la situación del país había mejorado y exigirle que se quedara, él no cambió de opinión y si por él hubiera sido, estaría viajando en ese instante. Totalmente molesto, solo me tocó aceptar que tarde o temprano cualquiera de esos días hacía sus maletas y viajaba al otro continente, a miles de kilómetros de distancia.
Pasado un mes fui ascendido a coronel. En la casa, mi hija estaba feliz, pero Fernando tenía más la cabeza puesta en los preparativos de su viaje. Su madre le hablaba al respecto pero igual que yo, no podía hacerle cambiar de opinión. Demolido por dentro, porque la razón por la que hice todo esto de mejorar el Perú se iba simplemente a otro país, esperaba que los días avanzaran rápido y que llegara el momento que él tomara el avión rumbo a Japón. Si había decidido irse entonces debió haber viajado de una vez y no permanecer más tiempo aquí.
El mismo día del viaje, su amigo fue a recogerlo a la casa. Mi esposa despidió a Fernando dándole miles de besos y abrazos y otros mil consejos para su estancia allá, toda triste. Mi hija estaba igual de abatida, pero trataba de disimularlo. En cambio yo, estaba sentado viendo todo esto sin participar de esas emociones. Mi hijo me dijo: “ya me voy, papá”. Yo solo le dije con algo aún de desprecio y resentimiento: “que te vaya bien”.
Mi hijo y su amigo salieron de la casa y luego mi esposa criticó mi actitud. Yo hice oídos sordos a todo lo que me decían ella y mi hija, que afirmaba que su hermano se había ido algo apenado.
Salí de la casa también y me dirigí a la Dirección de Inteligencia Nacional en el automóvil, que había comprado algunas semanas antes, para olvidar lo sucedido. Ya en el lugar, me dispuse a acordar por teléfono una visita a Palacio de Gobierno; ya había desarrollado una serie de pautas para la reelección del presidente y solo tenía que convencer al novelista que se decidiera a candidatear de nuevo, porque en entrevistas recientes los senadores de su partido afirmaban que él no buscaba quedarse cinco años más.
Mientras hacía unos apuntes sobre el juicio de algunos terroristas, mi esposa me llamó a la oficina para decirme:
—¿No piensas ir a despedir a tu hijo? Él ha estado llamando desde el aeropuerto para decirnos que su vuelo se atrasó. Pensé que habías salido a despedirlo. Como te dije y él me lo confirmó, se ha ido triste de la casa porque no le hablaste bonito. Él sabe que no te gustaba la idea del viaje, pero pensó que le dirías algo antes que se fuera. Es tu hijo, tu único hijo, tu primogénito. Por favor ve a despedirlo al aeropuerto, todavía tienes tiempo. No sabemos cuándo lo volveremos a ver y no quiero que él se lleve un mal recuerdo de su padre. Él te quiere y te admira y solo quería tu apoyo y aprobación en lo que va hacer; que estoy segura lo va conseguir. Bueno eso es todo lo quería decirte, su vuelo sale a las 2 p.m. por si lo consideras.
Fueron palabras muy precisas para ese momento, como si las hubiera escrito y leído; pero yo seguí en lo mío, revisando documentos, haciendo apuntes y archivando papeles. El reloj de la pared marcaba las 12:30 del mediodía. Estaba a la espera de la confirmación de la reunión con el presidente; solo tenía disponible esa tarde porque al día siguiente tomaría un avión a México para una cumbre internacional.
Eran las 12:45 p.m. y ya había llenado un archivero de incidentes locales de remedo de subversión. A la 1 de la tarde, el teléfono sonó y contesté inmediatamente, pero solo era para hacerme recordar de otra reunión que yo tendría al día siguiente con oficiales de la Marina. Diez minutos después, me puse a ver el cuadro de mi familia, que tengo sobre mi escritorio, y recordé buenos momentos. Pensé en cuanto demoraría en llegar hasta el aeropuerto con el terrible tráfico limeño. Dejé lo que estaba haciendo y salí de la oficina raudamente, pero ni bien me había alejado unos metros escuché sonar el teléfono. Volví para atender el llamado y era un hombre de Palacio de Gobierno que me confirmaba que el presidente se reuniría conmigo esa tarde a las 2 p.m. Le mencioné que no podía ir y él empezó a buscar, al parecer, qué hora tenía disponible el presidente para atenderme. Me di cuenta que esa llamada iba a demorar más de tres minutos y no tenía tiempo que perder. Le dije a esta persona que llamara más tarde diciéndome la hora exacta y si no había tiempo para mí, no importaba. Colgué y salí, me valía poco si el presidente no tuviera tiempo para mí. Al diablo el presidente, tenía mis propias prioridades y una razón poderosa para ignorarlo. Iba a despedir a mi hijo y nadie me detendría.
Llegué al aeropuerto a la 1:40 p.m. y me puse a buscar a Fernando en la sala de espera. No lo encontraba por ningún lado. Pregunté a algunos presentes si lo habían visto, dándole sus características físicas, pero todas las respuestas que escuchaba eran siempre negativas. Se acercaba la hora del vuelo y no lo hallaba. Me quedé inmóvil pensando y me di la vuelta involuntariamente y entonces lo vi con su amigo. Caminé hacia él y él sorprendido al verme me dijo:
—¡Padre!
Yo le contesté antes que pudiera decir algo más:
—Hijo, sé que no me he portado bien últimamente contigo. He estado distante estas semanas y no di importancia a tu idea de progresar. Que quieras progresar y superarte dice mucho de ti. Eres un joven talentoso y yo sé que vas a lograr tus metas. Me hubiera gustado que te quedaras aquí pero si lo que crees es lo más correcto, adelante, ¿quién soy para impedirlo? Tú eres mi orgullo, mi mayor tesoro. Te conozco desde siempre y sé que allá vas a hacer las cosas bien así como lo haces acá. Cuídate, protégete; no sabes cuantas personas malintencionadas puedes encontrar allá. Estar en un lugar extraño, con gente extraña, con un idioma extraño no va a ser fácil así que anda con cuidado siempre y que tus ganas de progresar no decaigan y deseo que no fracases en tus metas. Cuídate, hijo, y si ves que las cosas se ponen malas allá nos llamas e iré a traerte en el primer vuelo.
—Gracias, papá. Gracias por todo.
Se sintió reconfortado al oír mis palabras y nos dimos un abrazo, de esos que parecían eternos. Les di consejos y luego me despedí de él. A su amigo le dije que si le pasaba algo a Fernando allá, tomaría represalias en su contra.
Permanecí en el aeropuerto hasta ver cómo el avión aceleraba y despegaba llevando a mi primogénito hacia su futuro. Como todo padre, sentí que no solo se iba mi hijo sino una parte de mí también. Esta despedida había estado cargada de sentimiento y estuve unos minutos imaginando cómo sería la vida de Fernando allá. Deseaba que lo que viviría no fuera difícil. Lo deseaba.
*****
Para setiembre del 1994, recibía constantes rechazos a mis peticiones de ver al presidente. No se me permitía llevarle mis informes quincenales personalmente sino que un emisario hacía esa labor. Me estaban aislando. Me daba la sensación de ser una persona no grata en Palacio de Gobierno. Ignoraba qué se cocinaba en ese lugar. Ya no se me estaba encargando de la seguridad nacional del país, solo me hacían perder el tiempo haciéndoles informes una y otra vez y sus sendas copias para los ministros y otros altos mandos. Me tuve que enterar por los medios de comunicación, que Vargas Llosa iba a reelegirse después de todo. No sabía con qué nuevos asesores contaba y como se veían las cosas ya no necesitaba mi ayuda.
Los primeros meses del año siguiente fueron de impacto, porque un destacamento ecuatoriano que había estado operando clandestinamente en territorio peruano en la zona del río Cenepa, en la frontera de Perú y Ecuador, provocó un conflicto bélico entre ambos países. Se supo que los soldados ecuatorianos no estaban contentos por cómo se delimitó dicha frontera en el 42.
Creyendo que el poderío militar peruano sería suficiente para ganar la lucha, basándome en unos documentos recientes que había leído donde se hacía hincapié a la adquisición de nuevos aviones y armamento militares, no di mi punto de vista con respecto a lo que sucedía en el norte, pero sí era de mi conocimiento que el presidente quería dar fin a la guerra mediante un simple diálogo entre mandatarios. Acabado febrero y a pesar de nuestro poderío, perdimos la guerra. Todos en el país se preguntaban por qué y el gobierno evitaba dar la respuesta.
Acabado la preocupación por el conflicto, en marzo se publicó a través de la televisión que Palacio de Gobierno había comprado aviones de segunda mano y no la cantidad de armamento que se creía. El dinero que debería sobrar debido a que el gasto fue menor no había. Y se descubrió también otras cosas corruptas como por ejemplo, compra de la prensa nacional, para que nadie investigara la corrupción; tráfico de armas y sobre todo un acuerdo ultra secreto entre el presidente peruano con su homólogo ecuatoriano para ceder una parte de la zona del Cenepa a cambio del fin de la guerra.
Con todo esto en mi mente tratando de creer que no fuera cierto, pedí una reunión extraordinaria con el presidente pero me fue negada una vez más. Llegó abril y recibí la orden de arriba de dejar Inteligencia y dirigir una base militar a las afueras de Lima. Ya comenzaba a creerle a la prensa; y días antes del debate presidencial de 1995 fue cuando decidí volver a proteger al país del mal que quería destruirlo. Vi un reportaje donde un colaborador cercano al presidente de manera anónima había confirmado que lo revelado en marzo era cierto. Inmediatamente reuní un escuadrón especial de mi absoluta confianza para realizar el mayor y más delicado de mis operaciones. Junté todos los documentos y planos que necesitaba para llevarlo a cabo.
La noche del debate presidencial, los nuevos candidatos daban mucho de qué hablar y eran demasiados. El evento se extendió por más de una hora y nuevamente el presidente hizo gala de una buena labia y fue sin dudarlo el ganador del debate. Cuando regresó a Palacio de Gobierno y mientras se abrían las rejas del Gran Patio para que pudiera entrar, mi gente y yo salimos de nuestro escondite en las inmediaciones y tomamos a la fuerza el automóvil presidencial. Un pequeño grupo me ayudó a reducir a los guardaespaldas dentro del vehículo y así coger yo solo al presidente. El resto del equipo se encargó de tomar por asalto Palacio, y controlar a todo su personal, y una unidad extra de hombres colocó tanquetas afuera y se dedicó a la vigilancia.
Llevé a empujones al asustado presidente, que me preguntaba por qué hacía todo eso, a la Sala Túpac Amaru, en el interior de Palacio. Parado a mi lado, desconcertado y aterrorizado, me volvió a preguntar:
—¿Por qué está haciendo esto? ¿Qué le pasa, coronel? ¿Está loco? Ordeno que me lo explique ahora. Esto no se va a quedar así, se lo prometo. Será expulsado del ejército, se irá con deshonra. Está cometiendo acto de traición.
Una vez enterado que ya toda la casa de Pizarro se encontraba bajo mi poder, procedí a responder al presidente.
—Señor Presidente, lo conozco desde hace seis años. Desde que era un simple candidato elitista. Le mostré la forma de cómo ganar la presidencia. La tomó en cuenta y por eso está donde está. Gracias a mí es que ahora se sienta en el sillón presidencial todos los días. Gracias a mí es que, una vez en el poder, consiguió acabar con la hiperinflación y el terrorismo. Gracias a mí es que tiene el apoyo de la gente en las encuestas anuales. Pero decidió hacerme a un lado, a ignorarme; ordenó que se me negara el acceso a este Palacio. Yo no me molesté porque al fin de cuentas usted es el Presidente. Y no me moleste tampoco cuando decidió mandarme a una maldita base afuera de la capital. Ninguna de esas cosas me fastidió. ¿Quiere saber que me enojó? Me enojó que extranjeros quisieran pasarse de listos en territorio peruano y me enojó que perdiéramos la guerra. Eso me molestó. Pero eso no es nada comparado con la decepción e ira que sentí cuando supe que usted había hecho posible la derrota cuando usted no compró lo que le dijo al público. Le mintió al país, señor. Le mintió a su propia gente. Luego robó el dinero que no gastó. Dinero de todos los peruanos. También compró a periodistas probablemente para que no lo investigaran. No solo eso, también traficó armas en la selva. Sus delitos no tienen fin, señor. Pero lo que nunca debió haber hecho fue acordar con Ecuador por el cese del conflicto y regalarle parte de la frontera. Eso nunca debió hacerse. Señor Presidente, usted se coludió con Ecuador para perder en el Cenepa. Este tipo de acciones califican como traición a la patria. Usted traicionó al país que le dio su confianza, al país que ayudé a reparar. Una vez le dije que siempre voy a proteger todo lo que tengo a mi alcance y usted acaba de convertirse en el mal de este país y me veo en la obligación de limpiar al Perú de este mal. Acabaré con esta delincuencia, con esta traición, con esta conspiración. Capturaré a todos los implicados, no habrá lugar donde se escondan, piedras donde se oculten. No habrá inmunidad sobre qué mantenerse a salvo. Este país no volverá al pasado cuando la gente no confiaba en sus autoridades. Este país seguirá mejorando, seguirá su rumbo de progreso. Progreso que yo decidí que se hiciera, fue mi idea superar la crisis. Yo mejoré este país. Yo cambié el destino del Perú. Sin mí esto sería una ruina. Sin mí no habría país que gobernar. Yo hice esto posible. ¡Yo planifiqué todo esto! ¡Yo volví a darle vida a esta nación! ¡Yo les libré de la tragedia! ¡Yo les libré del terrorismo y de la crisis económica! ¡Yo reviví al Perú! ¡Yo salvé al Perú! ¡Soy el héroe de esta nación! ¡Yo creé este nuevo Perú! ¡Soy su padre! ¡Soy el único y verdadero padre de la patria! ¡No esos inútiles diputados y senadores, que solo pierden el tiempo en el Congreso de la República! ¡Y ni las autoridades que se entregaron a la corrupción en todos los poderes del estado! Oh, Señor Presidente, usted ya no puede seguir gobernando. Un hombre que ha traicionado a su pueblo no puede seguir dirigiéndolo. Recuerde este día muy bien, señor, será el último día de su gobierno porque desde este momento declaro mi accionar como golpe de estado. Desde hoy se impone el gobierno militar y el toque de queda en todo el país. Usted será juzgado en una corte militar por traición a la patria. Usted y todos los implicados. El país necesita un gobernante mejor, que haga todo lo posible para sacarlo del tercer mundo, un gobernante que proteja a su país, que no pierda guerras. Por eso yo tomaré el mando de esta nación. Yo guiaré a esta gente hacia el progreso. Ya no habrá retrocesos. Una vez me preguntó cuál era el pago que debía hacer cuando estuviera en Palacio, pues ya lo está haciendo y con creces. Con creces. Dios se apiade de su alma.
Terminado de decir esto, el escritor me miró con terror, conteniendo la respiración. Ordené que lo encerraran e interrogaran en uno de las tantas habitaciones de Palacio. Mis hombres me informaron que tenían a su esposa e hijos retenidos en otra. Di la orden para que los soltaran. Mandé hombres a tomar las bases militares de la capital para que ningún uniformado del lado del ex mandatario quisiera levantarse en mi contra. Para eso sirvieron los contactos que había hecho a lo largo de los años pues nadie se atrevió a enfrentarme cuando tomé las Fuerzas Armadas.
En las semanas siguientes, gracias a la colaboración del novelista, se procedió a la persecución de todos los corruptos. Algunos intentaron huir del Perú pero ya estaban con impedimento de salida del país. El Congreso fue disuelto. La Organización de Estados Americanos apareció en Palacio para hablar sobre el golpe de estado y el rumbo que tomaría el Perú, pero en mi país no mandan los extranjeros. Anulé el acuerdo que se hizo con Ecuador lo que conllevaba a reanudar la lucha armada en el Cenepa. Para ello adquirí los aviones y armamento que el anterior presidente había afirmado haber comprado. Pronto ganaré la guerra. Voy a proteger al Perú de las personas que quieran destruirlo. El Perú será un lugar donde la gente pueda confiar en sus autoridades y disfrute de un estilo de vida mejor.
En este punto de mi vida a veces me acuesto pensando en cómo hubiera acabado el país si, por ejemplo, el candidato Fujimori no se hubiera enfermado: Seguramente se habría mostrado el ejemplar del periódico durante el debate y esto dejaría mal parado al novelista. Luego habría igualado en votos a Vargas Llosa en las elecciones. Esto se resolvería en la segunda vuelta, en el cual ganaría Fujimori. Imagino que después de esto, el escritor dejaría la política y se retiraría del país. Ya presidente, Fujimori no contaría con presencia mayoritaria en el congreso y para hacer los cambios que creería necesarios para remediar la situación en el país, se vería forzado a disolver el congreso. Esto causaría una nueva constitución, elecciones para un nuevo congreso, esta vez probablemente con la mayoría de curules del lado del oficialismo. El shock económico propio de Vargas Llosa terminaría plagiado por el presidente y llevada a cabo. La Dirección de Inteligencia Nacional no se habría creado en ese periodo o quizás sí pero con otro nombre. Ignoro cuál sería la dureza con la que se trataría el terror. La Policía tendría que haberse encargado del terrorismo en Lima y formado un grupo especial para derrotarlo. Las capturas tardarían más de lo normal y el MRTA, años después, habría conseguido atentar contra la embajada que estaba en sus planos, tomar rehenes, bombardear o lo que sea. Si el pueblo continuaba mostrándole su apoyo, Fujimori fácilmente podía postular a la reelección y ganarla. Todos los gobiernos tienden a corromperse; si el de Fujimori caía en esto, tarde o temprano se descubriría. Pero para no dejar mayores evidencias haría falta un hombre capaz, de sangre fría y de su entera confianza para lograrlo. Corrompido la presidencia, no tardaría mucho en corromperse los otros poderes del estado, incluido la prensa. La población desaprobaría esta conducta y marcharían en las calles sin cesar. En algún momento, Fujimori abandonaría Palacio de Gobierno entre decepción, ira, huelgas, paros nacionales, marchas. El siguiente presidente tendría que ser alguien que simbolizara la esperanza y de apariencia más peruana, porque ya la gente no confiaría en hombres con apellidos extranjeros. Si se cometían crímenes por parte del estado durante el corrupto segundo gobierno de Fujimori, el juicio por tales hechos demoraría años. Seguramente si le declararan culpable de todo, Fujimori pasaría el tiempo que le quedara de vida en prisión, él y todos los implicados,  pero tratarían de buscar formas de librarse de evadir a la justicia.
Pero toda esta ficción en mi cabeza solo es una suposición, así no fue realmente cómo se desarrolló la historia y lo sé muy bien. Fui partícipe principal de los cambios sucedidos en el Perú. Estuve leyendo más que nunca estas últimas semanas y esta imaginación de “que hubiera ocurrido con el país si tal o cual cosa hubiera sido así” por definición sería una ucronía. ¿Pero qué habría pasado si?