Autor: Juan Ramón Barrientos Peña

Regresé una mañana cualquiera de junio al distrito de Laredo, con ansias de vanos laudos recordatorios, con ganas de entrever nuevamente el brillo del sol sobre las casitas de adobe que vi la anterior vez que estuve de visita por aquí en compañía de mi lejano Padre. ¿Por qué pienso que al morir El, ellos, me saldrá al fin, todo bien? Porque así no ganaría miedos, temores. Es una generación que se va la que nos ha criado en la fe del Señor y los libros de historia. Escuchado o leído en un libro es que, si en una situación cualquiera, una conversación digamos, mencionamos dos letras, dos palabras idénticas, éstas no existirían, se borrarían de la faz de la Tierra, de la memoria de los hombres (sabia enseñanza dialéctica que vislumbrara el Vallejo de Trilce en unos de sus poemas: “Pues no deis 1, que resonará al infinito. Y no deis 0, que callará tanto, hasta despertar y poner de pie al 1”). Cosa incierta, ya que siempre menciono las palabras revolución y libertad, sublimaciones que siempre sabrán encontrar eco.
Al final de los tiempos, cuando todos los malestares nos sean perdonados, me daré el lujo de comer pastel y beber champaña como nunca lo he hecho, como lo hacen los actores en las aburridas películas que tanto me hacía ver mi madre, diciéndome que se podía ser revolucionario y artista a la vez, como un tal José Martí. …No tolero ello, viendo a mis hermanos del ande trabajar por un sueldo miserable ganando la jornal de sesenta centavos por arar cuarenta o cincuenta metros de tierra, considerándolos desertores si abandonaban el trabajo, trayéndolos de sus hogares en la sierra peor que bestias, mientras los contratistas del Primer Corredor se llevan el gordo. En tanto hoy, aguardo desde mi precario paradero, repetir este ejercicio de invocación para burlar a mis enemigos, a ese tal José Ignacio Chopitea (que en 1922 aumentara jocosamente el sueldo de un sol a un sol veinte), a los que no me dejan hacer ´la Voluntad´, que es y será la de las masas, que es sé de hierro como lo fue en su momento el brío de mis camaradas cuando asaltamos el Cuartel Ricardo O´Donovan. Para los apristas que nos acompañaban, fue su bautizo de sangre, pero pareciera en este país que, lo que en un inicio es bueno está destinado a perderse, ya ven la realidad actual del partido. Eramos fuertes, conocíamos de nuestra fuerza, pero no podemos golpear donde debemos, porque hoy por hoy el pueblo no nos respalda, aún menos los medios cuyo interés fueron otros, al servicio de la propaganda Sánchezcerrista, la historia la escriben quienes triunfan, y nosotros hemos quedado en el olvido, además campea el miedo a la incursión extranjera descarada en nuestro rumbo político y social. Imagino todas las cosas malas que me pudieran pasar y que no me están pasando, y considérome afortunado o cobarde. No circunscribo mis problemas a la individualidad, que de por sí no vale nada.
La acequia que regaba los cultivos de caña y los hacía verdes, se está secando poco a poco, imperceptiblemente, y nadie se da cuenta, nadie hace o dice nada. Esa desidia me produce sin sabores, rencor, yo que he luchado por esta y otras tierras en las filas de nuestro grupo, un todavía incipiente ELN, incomprendido, incomprendidos todos. Así nos lo demostró la corrompida aristocracia limeña y podrida burguesía en el juicio a mí, a Priscilio Moya, a Yépez Herrera, a Remigio Esquivel. Ahora yo y los míos estamos viejos y nos da pena que nuestro esfuerzo no haya servido de mucho, que hayamos sido traicionados por menos de lo que queríamos otorgarle al pueblo, motivo de nuestros ideales, un plato decente de comida, descanso digno.
-Moreno, Cueto, traidores.
Pero llegará la hora de nuestra venganza, de sembrar la Semilla, que si no es por nuestra mano será por la de otros, más jóvenes, más fanáticos, más violentos si así se requiere. Y ascenderemos. Impolutos. Suenan las sordas campanadas de la iglesia llamando a sus resignados fieles. En el limbado retablo veo un albor y a mis camaradas insurgentes y yo alzados en armas, junto a Manuel, todavía soñando con una patria mejor.
Ha atardecido, estoy en algún restaurante de la calle Cajabamba, disfrutando de un suculento menú, barato todavía, solo espero encontrar inspiración en esta villa tan tranquila, algo que me dé esperanzas, que me ate a este mundo, que me dé ganas de seguir luchando, de seguir viviendo, algo; una flor rara, una mirada de paz, la sonrisa de un niño, un rostro bonito de mujer, un lejano horizonte. Ahora que estoy lejos de casa lo necesito, no puedo recordar el rostro de Illari, la empleada de la tienda de los long plays, en la calle Progreso, hoy Pizarro, y no sé por qué no puedo hasta hoy pensar en ella como mujer, como una posible conquista, talvez sea porque arruinaría la excelente relación formal de negocios que hemos entablado a lo largo de los años, o hay una fuerza racista, discriminatoria en mí, que persiste después de todo. Es imposible, me digo, tratando de negar lo innegable.
-Siempre lleva música del recuerdo, de Leo Dan o Favio, del Che Guevara, si mal no recuerdo, a mis padres, que hoy están muertos, les gustaba aquella música.
-El che Guevara no es músico, ¿quién te ha dicho que sí?
-Nos lo enseñan en el colegio, en los libros afines.
-¿Y qué les pasó a tus padres?
-Fueron asesinados, eran inocentes, los rebeldes los confundieron con soplones, o el ejército, qué más da, están muertos, es increíble que no se haya castigado a los culpables – me dijo impotente la muchacha, cuyo rostro me pareció familiar.
La ingenuidad o ignorancia de la joven me pareció inverosímil. No quisiera estropear el vínculo singular, o sacrificarlo por otro que demandaría más atenciones, ataduras, no a mi edad. No sé si por miedo o cobardía, pero estoy mejor así, siempre he sido un tipo solo. Algún día espero recordarme con comprensión. Me despido entre los ardores de la tarde que también hay en mí, pero que también va muriendo. El crepúsculo con sus colores llameantes cesó. En la ceja de la serena noche, pareciera ser de nuevo aquel 6 de julio de 1932, al ponerme el sombrero de paja o junco, luego de sacármelo para echarme agua en el cabello, en la pileta de la Plaza, entre sueños, me doy cuenta que estoy en medio de una escaramuza. No la vi venir, ni siquiera la presentí, los rebeldes huyen hacia el campo, el apocado ejército los persigue. Trato de entender qué pasa cuando alguien cae a mi costado. En la faz desconcertada de uno de los abatidos veo extinguirse los últimos rezagos de vida que le quedan al infeliz, “Campaña”, le digo, y me reconozco. Lo toma con calma, acaso con resignación.
-Yo mismo me he dejado conducir hasta acá, he encontrado lo que he andado buscando, una última batalla, para redimirme, para brillar, Teniente Jiménez.
-No soy él, soy Uceda – le digo. Caminamos un trecho atraídos por la luz de un establecimiento, adentro hay madres, niños y ancianos asustados, se escuchan las balas, gritos, es todo un pandemonio.
-Médico, haga lo que pueda, salve la vida de este valiente – le digo.
-Haré lo que este en mis manos hacer – responde el encargado casi como por obligación.
Han sido muchos los que han muerto en mis brazos, los que se han llevado mi rostro como espectáculo final, en esos momentos he sido yo mismo tantos otros. Se leyera en una revista médica o religiosa, qué más da, que los que han vuelto de la muerte o los que han estado cerca a ella sienten como si atravesaran un túnel inmenso y que al final ven una luz, la Luz. No estoy para sutilezas, el socialismo que propugno y el socialismo en general no las admite, sin embargo, a pesar de no creer en las religiones, somos más sinceros, tratamos mejor a nuestros ciudadanos, a nuestro pueblo. Allá los capitalistas que se vanaglorian de su estado de derecho, de su democracia, de su libertad, si cometen los mismos excesos, con la diferencia de que ellos hilan más fino para maquillar sus atrocidades, al menos nosotros nos mostramos como somos. En el pasillo de la Posta, el desdichado espera, iluminado por la luz de los fluorescentes. Al cabo de dos horas sale el médico a decirme que lo siente.
-Ha muerto, no pudimos hacer mucho, sus heridas eran serias, había perdido mucha sangre, …a pesar de su edad, su juventud, es una pena, lo siento…realmente lo siento… Al parecer usted también está herido, déjeme atenderlo.
-Deje, no es nada, es la sangre de mi camarada – salgo compungido, satisfecho de haberle mentido al galeno acerca de mis heridas, aguardando mi propia muerte hasta donde me den los pasos, los pasos perdidos.