Autor: Luis Carlos Barragán Castro.

He viajado por la parte oscura y desierta de la selva. La mayor parte de esta tierra está deshabitada por las crueles enfermedades que dieron muerte a tantos naturales de América. He caminado por sierras, por bosques, por la costa, protegiéndome de ver pueblos españoles, y a veces, incluso cansado, con los pies estropeados, me he detenido en un pico a recuperar el aliento, y me siento en la presencia de la gran belleza del mundo, entre los riscos escarpados y la vegetación exuberante. Dejé atrás mi casa, pues mi familia había sido hecha prisionera, y otros habían sido muertos, y así caminaba por la selva, bajo la enramada, acostándome entre las raíces y cazando animales de los que pocos han oído, intentando alcanzar el país al sur. Imagino, una y otra vez, la forma en que mi labrado ardió, y mi hogar y los objetos de mi familia. El real inquisidor gritaba con pasión las palabras del evangelio mientras los cuerpos flameaban y el público gritaba: “¡Marranos, fuera de acá marranos!”. Yo esperé encerrado en el armario de don Hernando de Cáseres, quien tomó el riesgo de protegerme cuando los gritos se escuchaban en la plaza de armas. El cofre con las cartas de mis abuelos que recibimos cuando tocamos tierra americana por primera vez y hablaban de Sefarad con angustia, las maderas decoradas con hueso y marfil, el jubón de mi padre blasonado con escudos falsos de un apellido que nunca fue nuestro y la ropa de mi esposa, se lo han repartido todos entre cristianos viejos e incluso de moriscos que, como nosotros, se ocultaban del inquisidor.
Pasé unas semanas sin hablar con nadie, y con seguridad, de encontrarme con peninsulares o con yndios, me habrían pedido mis papeles, con firma de algún encomendero o de gobernador de provincias, antes de capturarme y entregarme. Así que hablé solo como un loco, y me imaginé lo que le diría al sultán si lo llegaba a ver. Desde la selva vi un pueblo ardiendo, pero me quedé en silencio mirando entre los arbustos, sin emitir sonido, como una estatua, como un reptil, hasta que se hizo de noche. Había mujeres gritando, disparos de mosquete y voces de mando en castellano. En la noche dormí entre ramas, ya cuando las llamas menguaban y las voces y las pisadas de caballo se callaban. Antes de comenzar a caminar, en la mañana, generalmente me lavo los brazos y las piernas, como así lo hice en un riachuelo, me ajusto el tefilín que enrollo en mi mano, y que oculté muy bien de mis captores. Hace mucho ha que no leo el libro de oraciones porque el último que teníamos ardió en la hoguera, pero siempre pienso, con los ojos cerrados, en los Israelitas que escaparon de Egipto, y en el segundo templo de Jerusalén. Estaba flaco y barbudo, y si me hubiesen visto mis hermanos no me habrían reconocido, y habrían visto solo el cuero endurecido bajo el sol, y esta boca amarga que no ha probado vino hace tanto. Me he quedado en silencio con los brazos cruzados, acurrucado mientras canto en susurros: Sh’ma Yisrael Adonai Eloheinu Adonai Eḥad.
A la mañana siguiente caminé por las ruinas y las cenizas del pueblo. Los cuerpos estaban regados por el suelo, los maderos de chozas seguían humeando, los yndios que quedaban caminaban de un lado a otro buscando sus pertenencias, pero todo estaba callado y olía a chamusquina. Los yndios no hablaban Nahuatl como los de Nueva España, y era la única lengua indiana que más o menos conocía, pero uno de ellos llegó a decirme que estaba en Panamá de la Frontera con un acento extraño. Era una villa fronteriza. Un pequeño edificio de mezquita en el centro construido de bahareque donde los yndios oraban cinco veces al día bajo un domo agujereado y una iglesia cercana, mostraban que moros y cristianos vivían juntos en los extremos de los imperios. Los españoles debían estar llegando al sur, habían cruzado Panamá de la Frontera y probablemente iban a asediar los castillos de lo que en España llamaban El Nuevo Reyno de Granada, pero que los turcos llamaban Yeni Selçuk. ¿Habían de seguir hacia el sur donde seguramente les esperaba la caballería Turco–Inca? No pude ver cuántos eran, o qué tipo de armas llevaban, pero los números debían ser más de mil, por tantas voces escuché pasando y tanta gente a caballo, así ese número calculé. Entré a las casas que quedaban, tomé agua dulce que había en una cocina, y como encontré arroz y trigo, me hice unos bollos sin sal, encendí un fuego y me quedé en una de las casas mirando por la ventana cuando comenzó a llover y se fueron los últimos desposeídos. Mientras comía leí de nuevo la carta de mi hermano Jacobo. Era una hoja de papel usada y sucia y casi en girones, escrita en castellano por su puño y letra, y me daba todas las esperanzas que me permitían seguir caminando. Casi me había aprendido la carta de tanto leerla, pero buscaba entre las letras un signo más que me indicara el camino. Estaba escrita de tal forma que si la inquisición la hubiere encontrado jamás habrían pensado que fuera judaizante, ni mucho menos que viniera del sur.


Mientras estábamos en campaña hacia Cuzco dimos con un espía español que venía de Nueva España, de la ciudad de México. Don Antonio de Zamora y Bastidas, era su nombre, quien dijo haber escuchado de ti y tu familia, diciendo que vivíais en la ciudad de México ¡qué regocijo ha sido aquello! Si Dios así lo estima, Cusco habrá caído de manos turcas muy pronto y te estaré esperando con los brazos abiertos y gran botín, y cenaremos berenjenas en miel. Espero que esta carta llegue a ti, y que te encuentre bien. Que Dios y la madre patria España nos bendigan.  

La familia Zamora y Bastidas era de judyos. Jacobo mencionaba berenjenas freídas y la miel negra, que comíamos en Sevilla cuando éramos niños, antes de los tiempos de Felipe II, y era comida insigne de la judería, en la que vivíamos como prisioneros y como cristianos. Las referencias a Cuzco debían ser que Jacobo ya vivía desde hace rato en la capital del imperio Inca–Otomano, y como lo último que supimos es que se había escapado a Marruecos, muy probablemente había migrado con ellos. Y digo que en Sevilla vivimos como prisioneros, pero en ese tiempo no nos importaba, porque jugábamos a la pelota por las calles retorcidas de la juderya, y la verdad nos sentíamos lo suficientemente libres en las correrías, en tantos juegos que podíamos imaginar. En casa, recuerdo muy bien, aprendíamos nuestras oraciones en hebreo, y celebrábamos Shabat tras las celosías de nuestra casita, orando en susurros para que los vecinos no se enteraran, y afuera jugábamos a ser cristianos, vestidos en ropaje de cristiano y también íbamos a misa repitiendo padres nuestros. Los niños habían preguntado, cuando vieron nuestros penes circuncidados, que, si éramos judyos, pero con la cara roja juré que no, que creía en cristo, y tuve que comer jamones hasta atragantarme para probarlo, mientras los niños me gritaban “marrano”. Pero yo sé que Yahvé me perdonará. No sé cómo escapamos de una muerte segura y del inquisidor en esa época. Pero esta vez no me había escapado. Un castellano cualquiera no habría distinguido ninguno de esos detalles de la carta: ni las berenjenas, ni el nombre de la familia, ni los detalles sobre Cuzco. Ya hace años que no sabía nada de Jacobo. Para mí era como si nunca lo fuera a volver a ver, y lo había apartado de mi corazón como si fuera un muerto, igual que tantos otros amigos. Me habría encantado contarle todos los detalles de mi vida en las indias junto a mi esposa, me habría gustado decirle que había tenido dos niñas y que era un señor encomendero de yndios, hombre de propiedad y tierras, hasta que nos descubrieron. Don Hernando de Cáseres había encontrado la carta y la tenía sobre la mesa y me miraba con seriedad.
Después de estar horas y horas encerrado en ese armario, llorando amargamente por los muertos, finalmente don Hernando de Cáseres, quién me mantuvo con vida durante los juicios, me dio una misión. Me sacó y me dio una sopa de maíz. – Tienes que irte–. Hernando era hermano del real inquisidor. No podía rechazar su propuesta. Me la dijo susurrando, como malhechor que intenta pasar por bueno. “Quiero que sepas que intento ayudarte, así que vas a tener que hacer lo que te diga, sin equivocaciones” Y yo lloraba como un infante, aterrorizado por lo que me estaba diciendo. Era hora de huir en la noche, con una bolsa, y una pistola de fuste, y unos trece reales. Que ningún guardia te vea, no des tu nombre, no hables con nadie. Y toma la carta de tu hermano.
Después de mi cena nimia en esa casa abandonada me quedé dormido y soñé con un profeta. Después de la lluvia pude escuchar claramente las olas del mar, las había confundido antes con el sonido de las hojas y el viento. Estaba cerca de la costa. Es imposible conseguir un barco que vaya al sur si no es en son de guerra. Los galeones están llenos de muchachos, indianos y peninsulares, armados con armas viejas del tiempo de la conquista, partiendo desde la Nueva España, pero no muchos vuelven. Se les veía alterados, aferrados a sus mosquetes y a sus espadas, y se escucha que, si sus barcos no son destruidos por fuego Otomano, caen presa de caribes caníbales. ¿Cuánto dinero indiano no se ha ido en la guerra contra el sur?
Estaba ahí, en silencio, viendo cómo se oscurecía el día, cuando escuché algo que me puso alerta.
¡Allah Hu Akbar!
¡El llamado a la oración de los moros! Al principio no lo reconocí, en realidad nunca lo había escuchado de moro alguno. Me incorporé, y me quedé completamente quieto, lo volví a escuchar. Mis padres me habían hablado de eso, ellos, que habían vivido años antes de mil quinientos y convivieron con ellos, me dijeron que los almuédanos se subían a los minaretes a cantar unas letanías. Volví a guardar la carta y agarré un palo de escoba que encontré en la casa. Salí al centro de la villa y volví a escucharlo. Caminé poco en el linde de la selva cuando vi dos figuras postrándose sobre unas alfombras. Estaban orando como oramos nosotros en Yom Kipur. Al verme dejaron lo que estaban haciendo y corrieron detrás de unos árboles. Uno desenvainó una espada y otro alistó su mosquete. Yo corrí a cubierta antes de gritar:
– ¡Soy un judyo! – escuché que se preparaban para atacarme, así que me fui al suelo y puse las manos en el aire – no disparéis. Estoy buscando el reyno del sur. No disparéis.
Los moros se acercaron, uno apuntándome y otro con la espada en guardia. Teniéndolos de frente pude notar que eran yndios, parecidos a los originarios de la Nueva España, probablemente de la tierra del sultán Inca, pensé en ese momento. Uno me puso la espada en el cuello y yo apenas si pude tartamudear, el otro me quitó la pistola del cinto. Debía verme como un animalejo frente a ellos. Huesudo y viejo. Luego me hablaron, pero no entendí lo que dichos yndios me decían. Me hablaron en su idioma originario, luego en otro idioma, creo yo que fue en turco, pero no hablaban castellano. Grite que no era católico, que buscaba a mi hermano en Cusco. De esto parece que entendieron esta última palabra. Cusco. Se miraron uno a otro y luego me obligaron a pararme y me ataron las manos. Parece que discutían todo el tiempo, si debían dejarme tirado por ahí o cortarme el cuello. Caminamos largas horas y apenas si me dieron algo de comer. Era de esperarse, los yndios del sur se habían convertido al islam, así como los del norte se habían convertido a la fe católica. Atravesamos la selva en tres días, intenté poner atención a lo que decían, pero solo logré entender un par de palabras: sultán, y Alá. Un día, poco antes de salir del espesor del Darién, los yndios se pusieron a discutir sobre mí. Luego como para probar algo, uno de ellos dibujó una cruz en el suelo. Uno de ellos la pisó con fuerza y luego me hizo señas para que yo la pisara. Así que eso fue lo que hice. Parece que querían probar que no era católico. No contento con eso tuvieron una idea: me bajaron los pantalones. Después de ese episodio me trataron mejor. Investigaron mis pertenencias, mi tefilín, mi carta, pero no pudieron entender nada. Fuera como fuera, lo que habían visto los tenía muy calmados.
Las murallas del imperio aparecieron frente a nosotros, enormes y vastas, como, dirían después, las murallas de Constantinopla, las cuales nunca llegué a ver con mis propios ojos. Se alzaban victoriosamente sobre la selva de Yeni Selçuk, y a la costa del mar de los caribes. Los yndios mostraron una alfombra, y gritaron al acercarnos a una de las puertas pequeñas en su lengua. Al abrir la puerta entramos a una ciudad fronteriza, la mayoría parecían yndios conversos al islam, pero también los había paganos. Todo alrededor estaba escrito en letras árabes, pero probablemente en turco, como bien explicaban en Nueva España que escribían aquellos paganos. Después de entrevistarme con el Emir, quien daba la casualidad de hablar castellano, quedé prácticamente en libertad. Era un hombre turco de barba negra y ojos achinados, vestido en finos ropajes, decorados con diseños de flores y turbante. Le explique todo de principio a fin. Antes de dejarme ir, me dijo que casi todos los judyos vivían en Türkietawantinsuyu. No podía revelarme los planes que había, pero al saber que habían atacado Panamá de la frontera solo farfulló algo con enojo contra los españoles. Al verme tan flaco me ofreció una cena, que comí frente a él acompañado por sus guardias. El Emir me hizo muchas preguntas sobre Nueva España y sobre Guatemala, respondí todo lo que necesitaba saber.
– Serías de gran ayuda si te quedas a luchar contra esos infieles. Hablas castellano y el idioma mexicano y conoces el territorio. Te daríamos un trabajo y nos ayudarías a acabar con los que tanto te han hecho perder. – Yo dejé de cucharear para verle la cara. Me miraba con una sonrisa diabólica, y añadió una frase célebre de Don Suleyman el Magnífico que dijo hace años cuando vio que los judyos sefarditas le hacían una fortuna: – ¿A éste le llamáis rey que empobrece sus estados para enriquecer los míos?”.  
Le dije que lo pensaría, y me llevé una bolsa pequeña de monedas de plata que me ofreció. Tomé un baño en el hamam de ese lugar, para entonces supe que la ciudad llevaba por nombre Tayrona. Examiné las monedas para ver que estaban escritas en árabe, por un lado en turco y por otro en el lenguaje anterior del imperio, que llaman Quichua. Así que el Quichua ahora se escribía en letras árabes. Estando en el hamam sentí que estaba en casa, en Sevilla, porque en México no hay baños de ese tipo. Al final le dije al secretario del emir que por ahora no podría serle de ayuda porque tenía que llegar a Cusco lo más pronto posible para ver a mi hermano Jacobo, pero me dieron copias esquemáticas de mapas para llegar a los puertos de océano en una región llamada Embera e instrucciones básicas. Si los novohispanos estaban totalmente asustados por el sur turco, y contaban de prácticas maliciosas de aquellos moros, tanto así de describirlos como demonios y a sus rituales como satánicos, no podían estar más equivocados. Tayrona era una ciudad con murallas altas, mezquitas enormes, más grandes que cualquier edificio que hubiese visto en la nueva España, y para mi sorpresa, también había algunas iglesias pequeñas. No eran iglesias católicas, como me enteré un poco después, sino griegas, y otras armenias. Las calles estaban mejor empedradas, las casas mejor construidas, la gente mejor vestida. En Nueva España los Yndios estaban empobrecidos, se comportaban como perdedores. Ver a un Yndio frente a un español era como ver a un perrito frente a un león, incluso si en su natal Toledo o castilla estos españoles no eran más que zapateros o curadores de quesos. Emprendí mi camino por ciudades en medio de la selva en la que cristianos, moros e yindios trabajaban juntos y tratándose de iguales. La industria de la guerra era la mayor, como me di cuenta luego. Algunos yndios se habían convertido en jenízaros, educados en el Islam, transformados en generales astutos y de mucha reputación, ricos, padres de familias numerosas y villas con muchos sirvientes.
Un judyo sefardita, que había sido expulsado en el año de mil cuatrocientos y noventa y dos, en un comercio, me contó que en principio muchos de los judyos se habían ido a Turquía, pero con la guerra, y las exploraciones turcas en el mar, necesitaron administradores, soldados, arquitectos, y los habían sacado de todo el extremo del imperio. Egipcios, búlgaros, bosnios, griegos, turcos, armenios y judyos. Todos habitaban juntos en esta tierra nueva, entendiéndose casi siempre en Turco, pero tanto en Tayrona como después vi en Calima, y en Bacatá, siempre era posible escuchar un idioma extraño que uno no lograba identificar, y con una frecuencia sorprendente, encontré personas discutiendo en castellano. ¡Judyos y moriscos! Tras larguísimas caminatas por una tierra densa de vegetación, oré con ellos el Siddur. Los abracé, les conté mi historia, y ellos me invitaron a sus sinagogas y hamams, donde vivían libres, sin ocultarse de nadie a comer bollos, y berenjenas y albóndigas de pescado. Era como estar en casa. Ahora entendía, tras las conversaciones con ellos, que los Turcos y los alárabes y moros se habían identificado con las tradiciones nómadas de los yndios. En la estepa de anatolia, los grandes turcos glorificaban la vida nómada, más que la de las ciudades, igual que los bereberes. Los grandes guerreros eran los que nunca se habían asentado, que iban a vivir en carpas durante el verano a territorios altos y a pastar a sus ganados, y los yndios hacían así o similar. Los caballos habían hecho del yndio, que acá no llamaban así sino de muchos otros nombres dependiendo de la región: muiscas, calimas o zenúes, verdaderos guerreros montados, sin límite en su territorio, y dueños de su tierra.
Puedo decir que, sin muchos problemas, y gracias a un caballo que compré al sur, pude llegar al puerto en la tierra llamada Embera, y de allí tomé navío hacia el corazón del imperio. Después de unas semanas ya estaba pisando puerto en la costa desértica y amarillenta de Türkietawantinsuyu. Se habían hecho fuertes en una arquitectura imperial de doble naturaleza, y las caravanas de turcos y quichuas iban de un lado a otro. Todo tenía un carácter militar que me recibió con contundencia. Fortalezas masivas y puertos de guerra desde donde partían los galeones y se fabricaban los cañones y los arcabuces para ir a asediar las costas de la Nueva España. Se comerciaba, se importaban cosas, el centro de Pachacamac tenía una pirámide con una mezquita otomana encima, así igual que como en Cholula hay una iglesia sobre las pirámides. Me tomó poco tiempo encontrar algún judyo, porque siempre tienen tabernas, donde ahora se comercia, con el menú escrito en quichua en letra alárabe y se hacen las cuentas con quipus. Acá nunca conocieron el cerdo, como fue importado en Nueva España, y van siempre muy agitados, altivos y en sus asuntos. Que gran tierra. ¡Que todo tan ordenado! Se come musaka, y tahina, y los egipcios preparan molokheya y rollos de uva. Los altísimos minaretes que acompañan templos a viracocha suenan con los llamados a la oración.
Casi me gasté todo el dinero que tenía para ir a Cusco en caravana con camellos. Fue un viaje largo y penoso por las elevadas montañas del imperio, por una superficie escarpada y con poca vegetación, a diferencia de Nueva España o el Darién. No hay ciudad como Cusco. No hay cómo describir su grandeza. Sus enormes puentes, sus amplios jardines, sus tantas mezquitas, madrasas y fuentes, costeados de saqueos a los yndios difíciles de conquistar y conquistas a tierras cristianas como Santa María la Antigua de Darién o San Sebastián de Urabá, o aún de más lejos como Sao Paulo. Me quedé en un caravanserai durante el viaje, donde en la noche turcos, yndios y egipcios bailaban alrededor del fuego al redoble del tambor. Allí fue donde escuché la historia de Piri Reis por primera vez. Un morisco originario de Granada que casi había olvidado todo el castellano me contó que si no es por una hermosa mujer yndia, el sultán Selim nunca se habría interesado en estas tierras. Supuestamente, dice el vulgo, unos piratas de Argel habían capturado un galeón español con riquezas de Indias. De allí no solo capturaron los mapas de Cristóbal colón, sino piezas de oro, frutas exóticas y algunos yndios que tenían en jaulas. Un emisario convenció a dicho pirata de enviarle algunos regalos al sultán, quien, sorprendido por la belleza de aquella yndia, y atemorizado por los avances de los cristianos en tierras tan ricas, decidió enviar una flota para conquistar tierras en nombre del islam. La historia de la yndia puede que sea falsa, pero Selim ya había tenido problemas con los católicos y sabía que los portugueses y los españoles buscaban rutas alternas para comerciar con la India. El morisco al que le hablaba no parecía tomar partido de la situación, incluso cuando todos los moros habían sido tratados como perros por los reyes católicos y el sucesor Carlos V. Selim, dijo el moro, ese era un hombre de admirar, había conquistado tantos países y no siendo suficiente conquistó al imperio Inca. Y de morisco, en Argel había podido volver a sus antiguas enseñanzas, porque como dicen en España, el que moro era, moro se queda.
Ya en Cusco me fue difícil dar con Jacobo. No había un barrio judyo, más los había por todo lado, y un Jacobo Álvarez era como cualquier fulano. Estaba que andaba de un barrio a otro, uno que se llamaba el Barrio de los Moros, así en castellano, y otro que se llamaba Huayna Capac. Las sinagogas eran pequeñas, pero los rabinos intentaron ayudarme todo lo que pudieron. Las yndias de la región iban a veces vestidas con niqabs y con velos, más otras iban vestidas a lo inca, con sus hijos en las espaldas. Los hombres que habían conservado su religión adoraban en templos pequeños, pero el viernes casi toda la ciudad quedó vacía. Un edificio llamado el Qori Cancha al–jama dominaba toda la ciudad. La mezquita imperial se asentaba sobre el que antes fue un templo al dios pagano de los incas. Fue un gran espectáculo cuando los almuédanos llamaron desde los muchos balcones de los minaretes, y el gran inca–sultán anduvo por la calle del sol hacia la oración de los viernes en su hermoso caballo blanco. Lo vi, le pude ver, a los lados de la multitud, saludando a sus súbditos. El interior de tal edificio era difícil de creer, con sus enormes cúpulas, si acaso recordaba la catedral de Sevilla, pero aún más grandiosa que esta, con muchas ventanas, y hermosos candelabros colgando. Así, hipnotizado por ese gran edificio, escuché una voz diciendo mi nombre. Al darme la vuelta encontré a Jacobo.
– Benjamín – dijo, ya cerca, con una gran sonrisa tras su barba canosa.
– ¿Jacobo? – cómo me había reconocido, si al fin y al cabo la última vez que lo había visto éramos unos muchachos. Nos abrazamos, lloramos de regocijo. – Tienes la misma cara.
Mientras todos estaban en la mezquita, caminamos por las calles vacías, y me llevó a su casa. Era una mansión con un patio central, como las casas en Sevilla. Tenía sirvientes egipcios y un harén. Era padre de cinco muchachos, esposo de una mujer quechua de la que se había enamorado, lo que no era bien visto por los demás judyos, y por ello se había convertido al islam. No me importó en lo más mínimo a estas alturas, y comí con él un asado de cuy y pachamanca y una bebida de maíz morado. Estábamos tan felices que estuvimos hablando de largo hasta la media noche, contando todo por cuanto habíamos pasado. Ahora yo era un fugitivo, sin tierras, y sin familia, y él había sido consejero del Vizir y encargado de la biblioteca del palacio. Recordamos tanto, que tengo lágrimas de recordar este momento hermoso, y de compartir con tristeza los nombres de cuantos fueron quemados en la hoguera por ser judyos en España y en México, portando un san Benito, humillados y cabizbajos. Aquella prima, y nuestro amigo de correrías de Sevilla, y mi tía, la gordita, y mi madre, y mi padre, y luego recordamos las naranjas siempre gordas colgando en cada calle de Sevilla.
– ¿Y te casaste con cristiana o con marrana? – me preguntó.
– Cristiana. Y me dio dos hijas, que ya tienen unos veinte años.
– ¿y ellas sobrevivieron?
Me le quedé mirando, sorbí la chicha, y luego le dije, confiado.
– Sí, sobrevivieron. Tampoco las han tratado bien, pero viven, por el momento… Y tú, ¿con quién te casaste?
Cuando Jacobo mencionó a su esposa, dijo que había sido así como cuando el príncipe otomano llegó a estas tierras. Esa historia no la conocía, así que me la contó toda:
– El gran Sultán Selim envió una confirmación de que los turcos habían conquistado ciertas partes de este nuevo continente y como ya habían fundado unas ciudades, mandó a su hijo Üveys Pashá a gobernar. Era el medio hermano de don Suleyman el Magnífico, y apartarlo del trono de Estambul permitiría mayor estabilidad al imperio. – Jacobo estaba tremendamente a gusto contando su historia, caminando de un lado a otro y moviendo las manos para explicar los detalles – Y al llegar, después de venir a Cusco, se enamoró perdidamente de la hija del gran Inca Atahualpa. Han escrito un libro sobre su historia de amor, ¡es como Majnun y Leila! No hubo guerra de conquista, no hubo masacres, no hubo humillación. Por eso Üvays juró ayudar a Atahualpa a luchar contra las resistencias de sus antecesores para mantener el control completo del Tawantusuyo. Para cuando el hijo de Üveys Pashá y Waraqocha, así se llamaba su esposa, heredó su reyno, el imperio Inca era tan poderoso como el mismo imperio otomano. – Jacobo se sentó, a diferencia de Nueva España, el sultán–Inca, había proclamado, en la primera mezquita de las indias, que ningún quechua se le negaría su religión, o su lengua, porque eran todos gente del libro. – Mehmet III el Inca, así se hizo llamar. Pero ahora que está viejo, ha perdido la razón, y la guerra contra los novohispanos han debilitado sus arcas y su mente. Es un territorio demasiado grande como para controlarlo todo él, y varios emiratos lejanos se quieren independizar y mantenerlos es vital para la economía del imperio.
– ¿Hay quechuas que se niegan a aceptar el mandato turco?
– Por supuesto, algunos ven a los turcos como demonios que vinieron a invadirlos, pero el sultán les ha dado propiedades y ha pactado con ellos para que mantengan cierta independencia. Los mayores problemas son los mapuches al sur, y los guaraníes.
Así fue como entendí que la obediencia de los quechuas al sultán turco no era una imposición violenta, con castigos forzados y en posición de victoriosos sobre los vencidos, como en Nueva España, sino que había elevado el espíritu de los quechuas, siendo el sultán heredero de ambos linajes, y a los quechuas ciudadanos de primera, ahora acostumbrados a una mezcla de placeres. Por eso así es que se tomaba chicha en la mañana y café en la tarde. Los moros de Algeria y Marruecos se habían sumado para continuar la guerra a los españoles en las indias occidentales. Al hacerlo habían naturalizado el árabe, y las nuevas generaciones de cusqueños hablaban Cusi. Jacobo me explicó que era el Cusi una lengua con un poco de turco, un poco castellano, un poco árabe y bastante de quechua. Suleyman el magnífico seguía siendo el dirigente de facto, pero su importancia parecía menor comparada con la del sabio Mehmet III. Debía enviarle tributos, sí, noticias, y pelear contra los novohispanos, pero Türkietawantinsuyu estaba demasiado lejos de Constantinopla y tenía un buen grado de independencia. Yo estaba feliz mientras Jacobo me explicaba todo eso y casi olvidé por completo la segunda razón por la que estaba en el Cusco. Al recordarlo mi rostro se ensombreció, mi corazón se llenó de dolor.
– Jacobo, hermano mío, ¿crees que puedas conseguirme una audiencia con el Sultán?
– ¿Qué?
– Tengo algo muy importante qué decirle, de parte de ciertas personas de nueva España.
Jacobo me miró con preocupación, pero luego, después de escuchar mi historia, pensó que valdría la pena. Después de varios días de descanso supe que la cita quedó programada, fui con ropa que me prestó Jacobo y entramos al palacio imperial. Quedaba en Saqsaywaman. Los recintos estaban decorados con yeserías andaluzas y azulejos turcos sobre las enormes piedras incas de la fortaleza cortadas para encajar perfectamente una sobre otra. Iba terriblemente asustado y escondí un cuchillo de cocina entre la ropa. Jacobo fue mi lengua. Un judyo de Nueva España, expulsado de su tierra en México, que recorrió toda la capitanía de Guatemala y cruzó Panamá de la Frontera y la selva del Darién. Las calles de cusco estaban todas decoradas, había caído en el mismo día el Eid al Adha, la fiesta del sacrificio islámica, y el Inti Raymi. Ese día habría grandes celebraciones y el Sultán primero parecía muy ocupado con las celebraciones, pero finalmente apartó un espacio para verme en la mañana. Los judíos le habían traído riquezas y no quería perder el favor con ellos. Me revisaron la ropa y esculcaron todo, pero al final el Sultán les pidió que me dejaran tranquilo, porque así no se trata a un ciudadano honorable. Me tomaron una declaración antes de entrar. Fui hasta la sala del trono, donde no había nadie al principio, pero luego entró, caminando lentamente. Era un hombre viejo, una clara mezcla de yndio y de turco. ¡Qué cosa de admirar! El hijo de un príncipe y una princesa, vestido con turbante y capa inca, seguido por jenízaros y secretarios. Para mi sorpresa, el regente me escuchó con atención.
– Su majestad, he venido a verle desde la Nueva España a pie, porque quería en verdad ver su rostro y decirle que en realidad es usted justo y el salvador de las indias occidentales. He tenido sueños proféticos, que me dicen que debo verle. Es posible que usted sea el mesías. Mi familia fue toda quemada por la inquisición por ser yo judyo, me han desterrado y han quemado todas mis pertenencias.  – Jacobo tradujo cada palabra al turco.
El Sultán me miró con gran preocupación. Notó que yo estaba sudando, que estaba atemorizado. Se quedó quieto, mirándome, con una cara extraña.
–Los judyos que han viajado a nueva España son perseguidos por los inquisidores, estamos todos ocultándonos, y necesitamos de alguien que nos ayude. – pensé que no podría hacerlo, me temblaban las manos, pero pensé en mis hijas, pensé en los muertos, pensé en las hogueras públicas – Debo ver sus ojos, su señoría. Es la forma de saber. Es lo que me han revelado los profetas.
Uno de sus consejeros le dijo algo al oído. Parecía confiado.
– Acércate, no tengas miedo – dijo.
Di varios pasos en su dirección en la sala del trono. Estuve cara a cara frente al emperador. Jacobo estaba presente, él también había jurado que me conocía y que era de fiar. No había por qué temer. Me encontré frente a él, resoplando, casi llorando, temblando de miedo.  El Sultán acercó su cara. Pude ver los detalles en las arrugas de su piel, y su barba turca en la piel morena de Inca. Abrió los ojos y dijo: ¿Qué ves?
En ese momento no lo pude dudar más, miré sus ojos, tomé aliento y enterré el cuchillo que había ocultado en mi ropaje en uno de sus ojos de un golpe seco. Hubo un grito de dolor. Antes de que los jenízaros me agarraran le di un golpe más al cuchillo hundiéndolo en la cuenca del ojo aún más profundamente. La sangre brotó, salpicándome la cara, y el cuerpo del Inca cayó al suelo sufriendo espasmos. A mí me lanzaron al suelo, hubo gran confusión cuando Jacobo intentó detenerlos, gritando. Todo el mundo estaba gritando, incluida la concubina mayor y los hijos del sultán, que aparecieron corriendo cuando escucharon los gritos. Me arrastraron, me golpearon, y me sentenciaron a muerte, pero ahora, encerrado, no tengo más miedo y estoy listo para mi juicio. Cuando supieron que sabía escribir, me pidieron que escribiera una declaración.
Esta tarde Jacobo ha venido a verme antes de la ejecución, estaba muy confundido, había llorado y no quería decir nada, el pobre. Así que le he contado todo. Don Hernando de Cáseres, el hermano del inquisidor, el hombre que me salvó de la hoguera, me dio una oportunidad. Él tiene a mis hijas encerradas, probablemente en malas condiciones, le conté a Jacobo, y me dijo que la única forma de salvarlas era matando al sultán. Sonaba imposible, pero soy judyo, favorecidos de los turcos, y con los demás muertos, perseguido por la inquisición y un hermano en Cusco, tenía la historia perfecta para ir a verlo y ganarme su confianza de un tajo. Le dije que sería imposible, pero me dijo que, si no sabía que el sultán hubiese muerto en un año, las mataría a ellas también, quemándolas en público como al resto de mi familia. ¿Qué puede un pobre desposeído decirle a un inquisidor? Rogué de rodillas, abrazando sus piernas para que no me pusiera semejante tarea y seguramente habrán pensado, como seguramente tendrían razón, que yo era como un perrito enfrente de un león. Cáseres era sevillano, y antes de irme me confesó que fue él quien interceptó la carta, y fue él el quien dio la alarma al inquisidor. Cáseres, cómo quise ahorcarlo ahí mismo y me habrían quemado junto a mi familia, pero le serví mejor vivo que muerto, y mis hijas probablemente logren sobrevivir y casarse con buenos cristianos.
Le pedí perdón a Jacobo, por haberle hecho tal mal, pero al final se fue, contrito y traicionado y yo no tengo vergüenza para pedirle perdón unas horas antes de mi ejecución. Escribo esto el tres de marzo de mil quinientos noventa y uno. Que Yahvé se apiade de mí.