Autor: Adrian Yunque

Ayacucho, 16 de mayo de 1980. Abimael abandona las instalaciones de uno de sus cuarteles con un rostro determinante, el orgullo lo invade. Ha decidido que, después de años de espera, es hora de lanzar una guerra contra el gobierno.
El Perú retornaba a la democracia luego del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, sin embargo, Abimael no estaba contento. Más de once años de malas decisiones constituían la denominada década perdida del Perú. Las instituciones peruanas deben ser reemplazadas por un régimen revolucionario campesino comunista, y para él, la única forma de lograrlo es usando la fuerza.
El primer paso es sabotear las primeras elecciones democráticas que se celebran en Perú después de 17 años; esto logrará captar la atención de las autoridades y dará inicio a la revolución.
17 de mayo de 1980. Son las 10 de la mañana, Abimael y los miembros de su organización están ultimando detalles para proceder con las acciones planteadas. “¡Estamos contigo presidente Gonzalo!”, es la frase que más se escucha por las calles de Chuschi, distrito de Ayacucho.
Eran pocas las horas que restaban antes de dar inicio al movimiento. Durante años, Abimael había liderado un grupo radical que obtuvo muchos seguidores; estudiantes, campesinos, población en general, todos dispuestos a pelear por la causa; sin embargo, hay un cabo suelto en los planes del presidente Gonzalo.
Salvador es un tipo común y corriente, tiene 37 años de edad y durante muchos años fue testigo de la ideología que era esparcida por Guzmán y sus seguidores a pesar de nunca haber estado de acuerdo con ella. Su interés por Guzmán es notorio y se remontaba a sus épocas universitarias. Aunque pasó desapercibido, Salvador había sido un alumno más en las clases de Filosofía que impartía Abimael en aquellas épocas universitarias. ¿Qué fue lo que llamó la atención de Salvador?: ¿Admiración?, ¿curiosidad?, ¿discrepancia?; esto no se sabe con exactitud.
Llega el medio día y el presidente Gonzalo y sus filas marchan hacia el objetivo. La primera tarea es quemar papeletas electorales para así establecer un mensaje: El inicio del cambio a cargo de Sendero Luminoso.
Todo está listo, cada detalle ha sido estudiado y practicado al milímetro. Nada ni nadie puede alterar los planes de Sendero, nadie excepto Salvador.
A pesar de su mente perfeccionista y la ejecución cuidadosa de cada etapa de su plan, Abimael camina junto a un infiltrado. Después de tantos años de seguimiento, Salvador había encontrado la manera de penetrar sus filas y camuflarse dentro de sus seguidores. Nadie imagina que el arma que Salvador esconde en su cintura, es para matar al presidente Gonzalo.
Es la hora del último discurso. Está en manos de Abimael enviar un mensaje no solo a sus seguidores sino también a sus detractores, todo marcha con normalidad. Sin embargo, de forma inesperada, Salvador saca el arma que lleva escondida y dispara contra el presidente Gonzalo. El tiro es acertado, Salvador se encontraba en primera fila y era imposible fallar; Abimael está muerto.
Salvador es rápidamente apresado por senderistas, la confusión y el caos se apoderan de la escena. Nadie tiene la menor idea de lo que acaba de ocurrir, ni siquiera Salvador. Sendero acaba de recibir una puñalada al corazón.
18 de mayo de 1980. El paradero de Salvador es incierto. Probablemente está muerto, o tal vez decidió refugiarse en la clandestinidad, nadie lo sabe. No obstante, el trabajo está hecho. Las fuerzas de Sendero Luminoso empiezan a debilitarse, entran en un estado de inseguridad e incertidumbre. Los líderes restantes han entendido que sus propósitos pueden estar en lo correcto, más no sus acciones. Hay otras maneras de pelear por un cambio, uno que beneficie a todos sin perjudicar a nadie.
Los planes que tenía Abimael son descubiertos y revelados.  El gobierno se ha percatado que, de no plantear una reforma, es cuestión de tiempo para que otra organización tome el lugar de Sendero. Es hora de una transformación.
19 de mayo de 1980. Es un buen día para el Perú; pocos lo han notado, pero lo ocurrido es un suceso histórico. El futuro es incierto, aunque prometedor.