Autor: Felipe Andrés Vergara Unda

Ya se proclamaría la independencia. En las cárceles, escaparían los negros, esclavos que lucharían por sus derechos e igualdad.
¿Y qué tal si nos sublevamos como todo un pueblo?, los amos y señores no dan abasto a tanta población.
En las plazas, ya veíamos cargar coches y mulas con alimento y provisiones. Mientras que, nuestras mulatas, corrían por las calles a esconderse de nuestros asaltos. Las iglesias serían su futuro escondite.
¿No será mucho caos?, creemos en un movimiento brusco, algo violento para sacudir al pueblo y saquear riquezas y valor cuando podamos.
Nos juntamos en grupos, nos llamamos montoneros. Nos fuimos de casa en casa, robando. Duros enfrentamientos hubo en ese entonces, golpeando a más de alguien y tratando ferozmente a quien opusiera resistencia.
No estábamos solos. Un grupo de indios nos acompañaban.
Entréguennos lo que tienen, no opongan resistencia. Atrás, o te golpeamos. Si no deseas morir, vete de aquí.  Con fuertes golpes, matamos a quien se entrometa en nuestros asuntos.
Tras adentrarse San Martín en el Perú, un tesoro de dinero y joyas sería mostrado al general. Se creyó, sería él quién guardaría semejante reliquia. Mientras desde el balcón del palacio miraba cómo nuestro grupo torturaba a su virreinato, saqueábamos con fuerza a quien estuviera por delante, raptando mujeres  sin piedad y llevándonos el gran valor.
Un motín más, un cofre sin igual. Ya era mucho por la noche. Ya teníamos suficientes caballos, comida y gran cantidad de dinero.
Un río de sangre corría por las calles de Lima, mientras los serenos negros deambulaban con cuidado, nuestra cruel batalla por independencia y justicia ya era segura.
Cogió el general  el tesoro, y tras escapar sin ser visto, fue dejado atrás. Persigámoslo en nuestros caballos, hasta matarlo. No será justicia si no hay muerte. Y así fue.
Rápidamente, vestidos de camisa y mantas, armados de puntiagudas lanzas y boleadoras, galopamos  hasta alcanzar al general. Nunca pudimos. Lejos, de vista lo perdimos.
Tras regresar a Lima, el paso por las desoladas calles no da angustia, mas el relincho del caballo se escucha a lo lejos, y un grito de independencia negra amerindia se proclama. Por primera vez una bandera peruana en el cerro flamea, como acto heroico de libertad encontrada.