Autor: Rodrigo Villacorta Baquerizo

La tensión en la frontera estaba en su punto máximo. El derramamiento de sangre era inminente. Las relaciones entre Bolivia y Chile no tenían solución. El Perú, que firmó un pacto de alianza secreto con Bolivia años atrás, mandó a alistar a su ejército.

Era una calurosa tarde de marzo y Francisco, ya retirado de las fuerzas armadas, leía el periódico intranquilamente en la sala de su hogar, dando vueltas presuroso, casi frenético, mientras sujetaba un vaso de pisco puro con la mano derecha. Ya tenía algunos encima.

“El gobierno peruano ha designado al embajador Pablo Salinas para iniciar negociaciones en busca de prevenir un enfrentamiento con el país vecino, sin embargo, el gobierno de Bolivia se ha declarado ya en estado de guerra contra Chile.”

Sabía lo que se avecinaba. Dejó el vaso sobre la vieja mesa de madera y automáticamente apoyó su mano en busca de descanso. A sus sesenta y tres años, pese a su buen estado físico, la vida pesaba. Su esposa lo miró fijamente, aterrorizada. Sabía que él saldría a cumplir con su deber.

De pronto un ruido suave se escucha por la puerta. Ambos reaccionan y giran su cabeza hacia esta. Alguien deslizó un papel bajo la entrada de su morada. Francisco se acerca, abre la carta y empieza la leerla. Esta era muy concisa:

“Señor Francisco Bolognesi Cervantes:
Dado al aporte y la influencia que ha tenido usted al mando de la artillería, y a los tiempos de conflicto que se acercan, se le solicita por esta vía su reincorporación al ejército al mando de la 3era división de la campaña del sur.”

Ya un poco mareado soltó la carta, puso sus ojos sobre su esposa y en silencio se acercó a ella. Se inclinó ligeramente y pasó sus manos por detrás de sus piernas, para de un solo tirón alzarla y llevársela a la habitación como si fuera la última vez.

Ese noche Francisco clavó varias banderas en el techo de su casa.

Dos semanas después, el nuevo coronel enrumbó hacia el sur, no sin antes recibir un sabio consejo de su esposa.

“Por favor, contrólate con el licor”.

Casi una semana tomaría el camino hasta Arica. En ese momento se daba el anuncio oficial del conflicto. Chile le había declarado la guerra a las fuerzas aliadas de Perú y Bolivia.

Durante el camino, en la carrocería, lo acompañaba un soldado de guardia que apoyaría a las tropas que se organizaban en arequipa, el cabo Joaquín Baquero. Un tipo bastante joven, de unos veinticinco años.

Un honor compartir este viaje con usted, señor. – Proclamó Baquero en señal de admiración.
El honor es mío. Es un viaje largo. – Respondió Bolognesi.
Para usted. Yo me quedo a mitad de camino. – Hubo un silencio. Luego continuó – Oí que la guerra está declarada. No sabía de esta alianza. Los bolivianos provocan a los chilenos y somos nosotros los que iremos a derramar sangre. Que tontería. – Francisco lo miró de reojo.
Los compromisos son sagrados, ya sean en papel o en palabra. Los hombres debemos ser leales. Sin lealtad no somos nada.

Baquero se quedó anonadado por la firmeza en las palabras del coronel. El carruaje seguía en marcha por la carretera.

Es cierto. Tiene usted toda la razón, señor. – Respondió finalmente el joven.

Inmediatamente sacó de uno de los compartimientos de la carroza una cantimplora. La destapó y bebió un trago. Luego una mueca y una leve tos. Dirigió la mirada hacia Francisco, quién lo había visto fijamente durante todo el ritual.

¿Desea un trago, mi coronel?

Bolognesi accedió. Tomó el recipiente con la mano izquierda y lo llevó hacia su boca. Baquero continuó:

He oído que el licor del sur es muy malo. Los chilenos tienen un aguardiente parecido al pisco, pero se dice que es muy usado por los curas.
¿Por los curas? – Respondió incrédulo Bolognesi.
Sí, para los exorcismos. Ni los demonios lo aguantan.

Ambos rieron.

Dime muchacho, ¿qué te llevó a enfilarte en el ejército? – Le dió un trago más a la cantimplora.
Es difícil de responder, señor. Solo supe que tenía que hacerlo ¿Por qué lo hizo usted? – Recibió el trago y bebió automáticamente.
Yo era contador. De joven no estaba en mis planes pertenecer al ejército. Vivía una vida muy tranquila, pero no le encontraba un verdadero sentido. Es cierto lo que dices, muchacho. Uno solo lo sabe. Yo supe que debía defender a mi país en los tiempos de anarquía que tuvimos, o contra las revoluciones en Arequipa. Hoy estoy camino a la misión más importante de mi vida y muy probablemente sea la última.

El chico lo miraba con mucha atención. Entendía a lo que se refería con que era su última misión. Era sabido que el poderío chileno era muy superior al aliado. Era inminente que la región costera boliviana sería invadida por las tropas enemigas y que el departamento de Tarapacá era una zona de guerra clave. Pocos saldrían vivos de ahí. Bolognesi estaba muy consciente de ello.

Cuando pasaron por Ica se detuvieron por suministros. Muy importante conseguir algunas botellas de pisco para el resto del camino. Ambos obtuvieron todas las que podían.

Ya en Arequipa el joven bajó del carruaje, un poco tambaleante por la resaca de tres días. A pesar de ello se recompuso como pudo, se mantuvo erguido al lado del vehículo y se despidió de Francisco.

Muchos éxitos mi coronel. Venceremos.
Patria o muerte.

Los caballos empezaron a andar.

Dos largos días después arribó a la ciudad de Arica. Allí se enteró que la fuerza naval chilena había bloqueado el puerto de Iquique. Las cosas se veían complicadas. Cuando llegó a la base, por la noche, notó que había una carta que lo esperaba en el velador de su recámara. Cogió una de las botellas que consiguió en Ica, la abrió y bebió un sorbo. Luego abrió la carta:

“Mi coronel,

Estoy muy contento por su decisión de volver a las fuerzas armadas para defender el honor de nuestra patria. Las acciones se iniciarán, como usted sabe, por mar, así que seré yo el primero en salir al combate. Estamos programando una próxima parada en el puerto de Arica a mediados de mayo. Démonos un espacio para conversar. Hasta entonces, seguiré revisando las operaciones del Huáscar. Quedo de usted.

Un abrazo,
Miguel.”


Las siguientes semanas fueron de organizar las tropas, guardias en puntos estratégicos y seguimiento paso a paso del desarrollo de la guerra. Los chilenos eran más, por lo que había que se inteligente con el uso de los recursos. Colocó una foto de su esposa en el escritorio de su oficina.

Cada dos o tres horas un soldado se acercaba a la base con noticias.

Un día, muy temprano por la mañana, uno de los cabos anuncia por lo alto: “El almirante Miguel Grau se encuentra en la base. Ya se le notificó sobre el bloqueo chileno en el puerto de Iquique”.

A Francisco le cayó bien la noticia. Estaba esperando que ese momento llegara. Sabía que él no estaba apto para lidiar con esa batalla, no era su campo, de hecho hasta le tenía una especie de fobia al mar, pero contaba con que Miguel se encargara del tema.

Miguel, mi hermano.
¿Cómo estás, Francisco?
Volviendo del retiro. La situación lo demandaba.
Admiro tu decisión. Veamos los siguientes pasos.

Tomaron un mapa y lo extendieron sobre la mesa. Pusieron una botella en una de las esquinas para que no se enrolle nuevamente. Francisco aprovechó para servir dos vasos.

Escuché que el pisco chileno es terrible. – Comentó Miguel antes de beber de su vaso.
Así dicen. Tanto que ya me da curiosidad ¿Qué tan malo puede ser?. – Volteó y dirigió la palabra a uno de los soldados. – ¡Sargento Suárez! Consígame una botella de ese pisco chileno. El soldado enrumbó de inmediato. – Prosigamos.

Ambos conversaron durante todo el día sobre el plan para el puerto de Iquique. Francisco notó gran sabiduría y conocimiento del mar en su colega. Por la noche, cuando estaban por terminar su reunión, llegó Suarez con una botella en mano.

Aquí tiene mi coronel. Pisco chileno.
Gracias soldado.

Ambos se vieron a los ojos y luego le dieron una mirada de desconfianza al producto que tenían en sus manos.

¿Estás seguro, Francisco? No creo que valga la pena.
Tranquilo, Miguel. Tenemos que conocer al enemigo y la mejor forma es comportándose como él.

Abrió la botella y sirvió dos vasos. Grau cogió uno con la mano.

Salud.
Salud.

Bebieron al mismo tiempo. Ambos hicieron un gesto de ardor y tosieron fuertemente.

¿Qué mierda es esto? – Preguntó indignado Bolognesi.
Te lo dije.

Cerró la botella, la tomó del pico y se disponía a lanzarla al descampado fuera de la base. De pronto, de reojo, pudo darse cuenta de que alguien se reía en secreto. Se dirigió a él.

¿Es gracioso para ti esto, Alfonso?
Te lo advirtieron. Eres un necio.
Ni siquiera merece ser derramado cerca de nuestra base. Tenlo. Por favor, Alfonso, cuando tengas la oportunidad aviéntalo desde el morro.
Lo haré.
Solo no te vayas a caer. Tienes pinta de que eres de esos.

Cuatro días después Miguel zarpó rumbo a Iquique. Llegó a oídos de Francisco que el Huáscar logró hundir el Esmeralda. Sin embargo, no todas eran buenas noticias. El Independencia, ese mismo día, sucumbió ante los ataques del Covadonga chileno, por lo que ahora la nave capitaneada por Grau era la más valiosa para la marina peruana, y la superioridad númerica de los adversarios era evidente.

Francisco, le escribió una carta a Miguel para felicitarlo por la victoria en su batalla, y para llenarlo de coraje y alentarlo en los tiempos difíciles que se venían. Pues, en realidad, el panorama era más que complicado para el Huáscar. Aún debía enfrentarse con siete naves chilenas, la mayoría mucho mejor equipadas que el propio monitor.

En el transcurso de los siguientes meses, el Huáscar fue un verdadero dolor de cabeza para los chilenos. Destruyó en combate a la cañonera Magallanes, vengó al Indepencia peruano al bombardear al Covadonga, y tomó por sorpresa O’Higgins, derrotándola en cuestión de minutos. Francisco le escribía a su buen amigo Miguel tras cada una de sus victorias.

Pero, nada dura para siempre. Una noche aparentemente tranquila, luego de la racha de victorias del barco comandado por Grau, la fragata Cochrane agarró desprevenido al Huáscar y este fue capturado. Miguel falleció en esa lucha, lo que llegó rápidamente a oídos de Francisco por la mañana siguiente. Ese día Bolognesi se juró a sí mismo que no se rendiría hasta conseguir la victoria en sus batallas.

Los meses pasaban, la guerra continuaba. El ejército chileno tomaba control de varias ciudades y puertos importantes. Desembarcaron en Antofagasta, y luego de Iquique irían a por Arica. Bolognesi preparó a su ejército para la defensa. Las fuerzas navales peruanas habían sido derrotadas y los enemigos podían elegir a placer puntos estratégicos para desembarcar.

Bolivia se retiró de la guerra. Se rindieron ante las aplastantes fuerzas del país sureño. Perú se quedaba solo en este enfrentamiento.

Se libraron varias batallas en la costa peruana, mientras Bolognesi defendía Arica y Tacna. Arequipa fue ocupada, y el enemigo seguía avanzando. En febrero siguiente, más de dos mil soldados chilenos atacaron Mollendo y aislaron las comunicaciones de Arica con el resto del Perú.

La ansiedad en Francisco crecía a cada momento. Ese día, por la mañana, llegó el soldado con las últimas noticias desde Arequipa. Este anunció que varios prisioneros de guerra peruanos fueron ejecutados en esa ciudad. En la lista saltó un nombre conocido para él, Joaquín Baquero.

Francisco se dirigió frustrado a su habitación, destapó la última botella de pisco que le quedaba, sirvió un poco en un vaso, brindó hacia el cielo y se lo tomó de un solo golpe. Luego se sirvió nuevamente y volvió a tomar. Cerró la botella y regresó a su oficina. Ahí lo esperaban varios de sus más cercanos hombres, Alfonso entre ellos, y organizaron ataques a los campamentos chilenos que se establecieron cerca a la ciudad.

Con gran furia y estrategia, las tropas de Francisco salieron victoriosas en cada una de esas batallas. Pero no sería suficiente. La resistencia peruana en Arica estaba ya acorralada y parecía cuestión de tiempo para que se derrumbara.

Al notar la superioridad bélica, el general del ejército chileno envió al mayor José de la Cruz Salvo a reunirse con Bolognesi para arreglar la rendición peruana en Arica. Este se encontraba en su oficina, con Alfonso, programando los siguientes movimientos de la defensa peruana. También estaba acompañado de la última botella de Pisco que le quedaba. Por esas fechas Francisco empezó a beber más seguido. Se acerca a él el soldado Suarez anunciando la llegada de Salvo.

Disculpe la interrupción, mi coronel. Está presente el mayor José de la Cruz Salvo del ejército chileno. Dice que tiene un mensaje para nosotros.
Déjalo pasar. – La pronunciación de Francisco había decaído bastante debido al alcohol.

Ingresó por la puerta el mayor chileno portando un presente entre manos.

Es un honor el que acepten mi presencia aquí, coronel Bolognesi y señor Ugarte. – Comentó José una vez de pie frente a los peruanos.
¿Qué desea? – Preguntó directamente Francisco.
Señor, vengo con dos presentes para usted. El primero es este obsequio, una bebida típica de nuestro país, en símbolo de nuestra hermandad. – Se acercó y le entregó la botella. Bolognesi la recibió y la observó. Efectivamente, era pisco chileno. Salvo continuó – El segundo es una propuesta. El general en jefe del ejército de chile, luego de haber derrotado a la mayor parte de la resistencia en Tacna y con el fin de evitar seguir derramando sangre, desea negociar su rendición. Nosotros ya conocemos los recursos que ustedes poseen, y, con todo respeto, no serán un problema para nuestros soldados.

Bolognesi miró a Alfonso, quien le correspondió la mirada. Ambos estaban sincronizados. Luego respondió con firmeza:

Tengo deberes sagrados que cumplir, y los cumpliré hasta quemar el último cartucho. Y llévate tu pisco de mierda.

Salvo recogió la botella y se marchó. Luego Alfonso se dirige a Francisco.

Sonaba tan inspirador. Espero que cuando los historiadores narren sobre este momento obvien la última parte de tu frase.
Por cierto, ¿Pudiste aventar la botella que te di?
Aún no, pero siempre la llevo conmigo esperando el momento.

Luego la historia es conocida. La batalla librada fue de las más importantes de esta guerra. Cuando la última botella llegó a su fin, Francisco salió y peleó como nunca antes lo había hecho. Murió con honor. Muy recordado también es el momento en que Alfonso, sobre su caballo, toma la bandera peruana para evitar que esta caiga en manos chilenas. Cuando se vio arrinconado a un lado del barranco, saltó desde el morro con ella. También cumplió con la última tarea encomendada por Francisco.