Autor: Verónica Arévalo Gutiérrez

Patricia despertó desorientada. Tenía un sueño extraño en que debía esperar en una fila el cruce de Tacna a Arica, similar a las que existían en los pasos fronterizos. Se refregó los ojos con las manos y miró por la ventana. Ya podía divisar desde el chaski-tren la ciudad de Iquique, con los edificios más modernos de Sudamérica.
Al llegar, Patricia recogió su notebook que ostentaba el emblema de Tríada. Era la última tecnología local generada con el objetivo de disputar el mercado dominado por las industrias estadounidenses.
Hay muchas diferencias – declaró en el hito de lanzamiento realizado en Tacna- pues mientras ellos las fabrican en países tercermundistas con mano de obra en condiciones de semi-esclavitud, nosotros desarrollamos todas las etapas en el espacio de integración de Tríada. Es decir, no solo estamos hablando de un producto superior en cuanto a eficiencia y tecnología, sino que también uno que se construye desde su origen respetando los orientaciones éticas que entre Perú, Bolivia y Chile se establecieron en el acuerdo de paz y colaboración de 1879 y que esperamos sea un referente a nivel mundial para toda la producción del siglo veintiuno.
Aplausos. Flash que la encandilaban. La aprobación de la directiva de la asamblea general de Tríada.
Felicitaciones- le dijo Marco. Patricia no le respondió. Sabía que era un cumplido relamido para ocultar que la envidia lo carcomía por dentro. Después de todo, solo dos años antes él era el jefe del proyecto.
Ahora iba a participar de la celebración del centenario de la fundación de Tríada como expositora del congreso “Conocimiento, tecnología y creatividad: el futuro del espacio integrado tripartito”.
¿Por qué tan largo el nombre?- preguntó con un suspiro.
Porque se deben posicionar muchas ideas- le respondió su asesor designado, Ramón.
¿Y qué esperan qué diga? ¿no entienden que solo soy una nerd amante de las tuercas y que no me siento cómoda hablando de política?- continuó Patricia.
Primero, recuerda no usar anglicanismos. –Patricia lo miró con un desdén- Segundo, vas a tener que empezar a sentirte cómoda… nada aquí está libre de política. Tríada nace como una gran apuesta política.
Deberías hacerme los discursos…
Eso quisieras pero lo peor es tratar de adoptar palabras ajenas. Sé tú misma y habla de lo que sabes. Por ejemplo, creo que tu historia familiar sería un buen punto para comenzar.
Patricia lo miró con duda.
Es una exposición sobre tecnología ¿qué tiene que ver mi vida familiar?
En este caso, todo- y Ramón sonrió.
La familia. La familia.  Su historia genealógica era repetida por su madre como un mantra durante toda su infancia en Tacna. Sus progenitores eran tradianos puros. El padre había nacido en Arica. Era hijo de un chileno que migró desde Linares en la década de los sesenta para generar innovaciones en el área agrícola, la principal actividad del territorio anexo chileno y de una doctora descendiente de esclavos afros traídos durante el período colonial. En cambio su madre había nacido en Calama. Su abuela era una profesora paceña de familia aymara que desde el anexo boliviano fue trasladada al gran foco urbano minero transandino. Allí conoció al que sería su esposo, un iquiqueño descendiente de uno de los líderes de las sublevaciones de las últimas décadas del siglo XIX  realizadas contra los ingleses en el proceso de recuperación de la tierra. Ese hombre, cuyo nombre aparecía en los libros de historia escolar, había sido traído desde China en condiciones infrahumanas para trabajar encadenado en las guaneras. A su madre le encantaba decir que aunque los gobiernos ubicados en Lima, La Paz y Santiago firmaron el acuerdo de 1979, no hubiera pasado de un papel con tinta sin la fuerza de los trabajadores que desde Tacna hasta Antofagasta y desde la costa hasta los Andes, enfrentaron a los “infames”, designación que usaban los antiguos para ingleses y gringos. Patricia se sintió cansada al pensar en tanta historia.
– ¿Crees que es buena idea hablar de mi familia?… después de todo estarán los representantes británicos…
– Esos no se hacen problemas. Míralos haciendo negocios con los argentinos, aunque estos les dieron paliza en las Malvinas.
– Quizás deba hablar de otras cosas… cosas menos personales. Más simpáticas. Menos complejas. A veces siento que tengo cien años como Tríada y eso me angustia.
Ramón le sonrió.
–  Si crees que estando allí, escuchando a todos podrás no sentirte emocionada e involucrada, lamento decirte que te equivoques.
Patricia desvió la mirada.
– No nos conocemos hace mucho pero… la verdad es que no soy muy patriota.- dijo bajando la voz.
El asesor soltó una carcajada.
– ¿Por qué te ri..
– Lo sabemos- la interrumpió Ramón- siempre lo hemos sabido. ¿Acaso crees que no te investigamos antes de contratarte?
Patricia se sonrojó.
– Tengo todas mis redes en clave.
– ¿Y crees que no somos capaces de descubrirlas? Tranquila – le dijo mirándola fijamente- no nos importa que pienses que somos excesivamente complacientes con nuestros dirigentes. Lo importante es que ahora eres la líder de uno de los proyectos más importantes de todo nuestro siglo de vida y sabemos que hablarás con dignidad sobre esta tierra y su gente.
Patricia suspiró. ¿Qué decir? ¿Sobre qué hablar?
El acto de apertura inicio con el himno de Tríada ejecutada por doscientos charanguistas en el borde costero de Iquique. En el mar, se divisaban réplicas de los barcos que el 21 de mayo de 1879 llegaron a Iquique trayendo provisiones y armamento a los combatientes que luchaban contra los gringos.  
– En aquel tiempo – comenzó con voz profunda la presidenta de la directiva de Tríada- solo se pensaba en una cooperación tripartita bajo el lema de “América para los americanos”. Una segunda independencia. Pero era solo el inicio de algo más grande, un experimento sociopolítico que varios miraron con incredulidad. Algunos con miedo- hizo una pausa que le dio solemnidad a su discurso-  Los antiguos líderes sabían que el modelo de Estado-nación había sido una imposición heredada del tiempo colonial…
Patricia observó a la comitiva española susurrándose algo.
– … sin embargo, nuestros pueblos originarios ya habían considerado otras formas de organización macro-territorial. Todas propuestas perfectibles. Todas posibles de mejorar para se aplicables en la nueva era industrial que comenzaba a vivir en el mundo durante el siglo XIX…
En el horizonte los barcos se movían con el vaivén de las olas.
-… la creación de Tríada se oficializó en 1918…
El corazón se aceleró. Demasiada historia. Demasiada carga sobre su cuerpo. A ella le gustaba unir piezas. Inventar. Sintió que respiraba demasiado aire. Se dirigió al baño.
Patricia se encerró en una de las cabinas. Probablemente le llamarían la atención por haberse retirado de esa forma repentina. Ya se excusaría con algo. ¿Qué hablar? ¿Qué decir? Se sentó en la taza del baño y apoyó la frente en la puerta.
– No puedo creer que tengamos que aguantar estas prepotencias…- escuchó a alguien decir. Patricia subió los pies a la taza.
– Juran que inventaron el paraíso. No son más que un montón de indios jugando a la ciencia. Ni siquiera son capaces de explotar todo el potencial de este territorio. Un desperdicio.
Sintió la sangre hervir. Por una pequeña rendija pudo observar a dos mujeres rubias lavándose las manos.
– ¿Viste cómo se vestía la presidenta?
– Ufff y espera el almuerzo. Te apuesto que se trata de puras patatas con maíz molido.
Allí paralizada en la taza de baño,  Patricia vio como las dos mujeres se iban.
– Buenas tardes. Gracias por la invitación- su voz era clara y firme- Mi madre nació en Calama y mi padre en Arica. Mis abuelos eran de La Paz, de Calama, de Iquique, Arica, del sur de Chile y su vez sus padres venían de otros lugares, multiplicando mis orígenes. Soy aymara. Soy afro. Tengo algo de los culíes, esclavo chinos traídos por gente que se creía con derecho a ser dueños de otros.
Silencio. Franceses, portugueses  y otros europeos se acomodaron en su asiento.
– Me pidieron hablar del futuro, pero tengo que partir del pasado. Tríada es movimiento, diálogo e integración. Sabemos que alguien no es de aquí cuando hace comentarios xenófobos hacia argentinos, paraguayos y ecuatorianos, hermanos iguales a nosotros que buscan una mejor vida en nuestra tierra.
Sintió que todos los ojos estaban en ella. Cientos de ojos.
-Porque los tríadanos sabemos que tu lugar de nacimiento no es relevante. Tampoco lo es tu color de piel. Ni tu lengua. Lo importante es tu trabajo y como trates a otros. La consciencia de la importancia de nuestro trabajo y la dignidad que merecemos por realizarlo es lo que nos llevó en 1979 a unirnos para expulsar a los grandes saqueadores…- calló. El nombre de North, Harvey y otros estaba en la punta de su lengua, pero la incomodidad que mostraba el embajador inglés la hicieron detenerse- eran otros tiempos. Tiempos en que resultaba normal que solo algunos se beneficiarán del esfuerzo de otro. Y seamos honestos, lamentablemente para algunos sigue siendo normal. – Hubo un par de risas. También carraspeos. El embajador estadounidense se mostraba impávido pero su rostro tenía un ligero color rojizo.
-Lo importante- continuó Patricia- es que toda nuestra historia se transformó por el simple gesto de privilegiar a los trabajadores por sobre los intereses de algunos patrones. De optar por la colaboración en lugar de la mezquina lucha que otros países hermanos han errado en escoger. Pero sobre todo por evaluar que no podríamos vivir eternamente del salitre y del guano y por tanto, formarnos como creadores de saber. Así, la presencia de recursos naturales que han cobrado relevancia como el cobre, el litio, el gas, han facilitado la tarea pero no ha sido lo fundamental ya que su explotación desmedida dañaría irremediablemente nuestro ecosistema.
El embajador mexicano bajó la mirada.  
Inspiró profundo. Había olvidado por completo el título de la mesa. No sabía cómo continuar
– Gracias.- finalizó.
Nuevamente aplausos. Nuevamente flash que la encandilaban pero no tanto como para no distinguir al embajador inglés cruzado de brazos en su asiento y su comitiva haciéndose gestos de reprobación.
Para sentirte incómoda con la política fuiste muy política- le susurró Ramón.
“Mierda” pensó Patricia. Vio a Marco sonreír. Quizás fue mucho. Quizás la quitarían del proyecto como lo hicieron con él. Caminó entre la gente y salió a la terraza. Era un día tranquilo en Iquique. El mar era azul intenso y el chaski-tren se desplazaba silencioso en medio de los imponentes edificios.