Autor: Natalie Mariela Saavedra Peña

¡Cómo me dolías Perú cuando no eras propio!

El niño Fernando había presenciado la muerte de su familia en las manos asquerosas y ensangrentadas de la dictadura española. Los días siguientes a aquel evento, sin voz, sin alma, tenía que ser enviado a África; pero por cosas que el destino impávido y afanoso, no invita a conocer, terminó abandonado en el sótano de un convento de la Compañía de Jesús.

Vivió gracias a la piedad de un joven sacerdote, que movido por la fe, decidió no entregarlo a la mal llamada justicia.

Al transcurrir de los meses, el clérigo bendito, le ofreció enseñarle la palabra de Dios y también a leer. Por lo que pasó muchas horas en la biblioteca, conociendo de historias de todo tipo, de todas las culturas ajenas a la suya, revisando mapas; así, en silencio, un silencio exterior. Pero su voz, la que llevaba dentro, no se apagaba, gritaba de dolor aún.

A veces se despertaba cubierto en sudor, porque entre sueños, veía a su padre perseguirle; pero no llegaba a alcanzarlo. Se solía despertar cuando estaba a punto de oírle.

Era un niño. Un niño sin madre, un niño sin padre, un niño sin familia. Un niño que llevaba tatuado en sus ojos un dolor pintado en sangre.

Mientras el pensamiento de libertad entre los criollos tenía eco, el soñaba con ser un niño. Se imaginaba el abrazo fraterno y las caricias de su madre. No sabía si quería crecer. ¿Crecer para qué? ¿Qué objeto tenía?

Un día, el visitador José Antonio de Areche, muy digno, muy famoso, muy seguro de su administración de la justicia; ingresó al convento, atraído por el olor de unos pasteles que horneaban allí y que tenían más fama, que los propios eventos en los cuales había participado como interrogador y verdugo.

Fernando Condorcanqui Bastidas, se asomó por la puerta, asustadizo, al ver al hombre que la había arrebatado todo y quiso llorar; pero se tragó la pena e hizo tripas corazón y decidió espiarlo detenidamente.

Lo vio llegar muy puntual, los viernes de cada mes, por un mes. Lo vio usar un babero, para no echar a perder su traje fino, lo escuchó masticar, lo escuchó agradecer por tan exquisitos postres. Olió su aroma de maldito asesino. Sus sentidos se agudizaron, pero no lograba concentrarse… hasta que un día, logró escuchar a su padre en sus sueños.

José Gabriel, su padre, estaba ileso, estaba completo, estaba feliz, estaba lleno de sueños, con los ojos brillando, con el ceño fruncido pero bañado en esperanza. Y esa noche, esa noche en la que Fernando pudo dormir bien, le habló. Le contó una historia en quechua, le hizo dormir en sus brazos. En sus sueños, él podía hablar, y le dijo cómo se sentía, le hizo notar su completa soledad, que estaba acongojado pero encontraba paz en los libros, que a veces escuchaba a su madre cantar y quería responderle… Cuando estuvo a punto de despertar, escuchó nuevamente la voz de su padre, que le repetía, con suprema claridad: Chaninchasqa… Y despertó, y sintió que aunque no podía hablar, tenía voz. Tenía la voz de su padre, de su madre, de sus tíos, de sus hermanos. No tenía una sola voz, tenía todas las voces. Tenía la voz del indígena que había sobrevivido en Potosí, tenía la voz del indígena que pagaba con años de su vida las injustas alcabalas, tenía la voz de los criollos que ya se estaban organizando por el grito de la ansiada independencia. No era mudo en realidad, tenía voz. Voz que quizá en ese momento nadie podía escuchar, pero que el mostraría tarde o temprano… Porque su padre, le había revelado, su verdadero valor, su verdadero propósito. Le había mostrado su camino, le había mostrado su sendero y su sendero, estaba lleno de luz y sobretodo, repleto de múltiples voces que aclamaban justicia.

Esperó ansioso el siguiente viernes. Él entró como siempre, hambriento y deseoso, antojadizo y distraído. Se le apareció como un fantasma. Un fantasma Condorcanqui, pero un fantasma que parecía carnal, que le recordó sus pecados de sangre… Y se atragantó…

Cuando los soldados entraron por culpa del escándalo, lo vieron ahogarse frente a los ojos del niño fantasma, que había tomado su espada para amenazarle… Ahogaron sus gritos, no pudieron salvarle al visitador. No creían lo que veían… y a quien protegían, vieron desvanecerse, perder el alma, írsele la vida…

Los día siguientes, encontraron el cuerpo frígido del niño Fernando en el sótano del convento… Había logrado huir de su cruel destino en África, pero no había podido sobrevivir al encierro en medio de la oscuridad y la humedad… Había muerto. Había perdido la vida, el día que su padre vino a hablarle de su verdadero valor… pero no había estado solo… Toda su familia había venido a recogerle, a abrazarle, a hacerle una fiesta,..

Los españoles temblaron un tiempo, temblaron más con las siguientes revoluciones. Y de vez en cuando, evitaban comer pastel los viernes, porque temían que el niño Fernando entrara y les matara con su mirada manchada en sangre…