Autor: Omar Gonzales Figueroa

Rufino frota con vehemencia la imagen que cuelga de su cuello, para la mayoría de los ciudadanos es San Avelino, el último santo, jamás reconocido por la iglesia, y el más venerado por estos tiempos. Sin embargo, para él que fue testigo en muchas ocasiones de la ausencia de Dios, siempre será tayta Cáceres, el brujo de los andes, quien nunca se rindió al invasor, ni fue capturado, si no muerto en batalla.
Las manos le sudan por los nervios y por el calor que provoca estar encerrado bajo tierra sin sistema alguno de ventilación. Tapado y sellado como un cadáver. Al menos no estoy rodeado de huesos, piensa el joven. Lleva seis días entre aquellos pasillos construidos con rapidez entre sustos y ansiedades. Solo espera que los ingenieros de la resistencia hayan hecho un trabajo eficiente. Sería horrible ser aplastado por el techo antes de detonarlo él mismo.
El lugar es ominosamente oscuro y silencioso. Rufino no ha escuchado a nada ni a nadie, mas que sus pasos y su respiración, todo el tiempo que lleva dentro, ni siquiera su propia voz pues no le da por hablar con el vacío. A veces siente que lleva siglos perdido en alguna rara prisión cósmica hecha por seres alienígenas y se pone a tantear las paredes con la mano desnuda tratando de encontrar alguna pista que lo ayude a escapar. Siempre fue un aficionado a la ciencia ficción por lo cual no se le hace difícil fabricar estas ideas, sobre todo en un lugar tan aislado, fácil de convertirse en cualquier cosa que una desesperada imaginación conjure. Pero su misión no tiene nada de ficticio, por el contrario es muy real y su ejecución no requiere de mucha ciencia. Hace dos días se despertó aterrado después de soñar que caía en el inmenso estómago de una ballena. Despertar en la oscuridad profunda no lo ayudó a calmarse, sus intensos jadeos hicieron un eco nítido en la cámara donde descansaba. El foco de la lámpara portátil se había quemado por uso constante, un defecto normal en ese modelo y tuvo que tantear a ciegas hasta encontrar el repuesto. Por fortuna su máscara de oxígeno es infalible. Fue la principal preocupación del comando de la resistencia adquirir la mejor tecnología para éste elemento, el tanque y las reservas de alimento. Soportar una semana era de vital importancia, era casi su única tarea, la habría cumplido cualquier otro patriota. Pero la ayuda de la orden Franciscana, eso sí había sido indispensable, siempre fueron simpatizantes de la causa. Extender las catacumbas por meses hasta llegar a la Plaza Mayor sin que el gobierno invasor pudiese percatarse fue un logro mayúsculo. Luego se tuvo que sellar todo, con él dentro, como si no hubiese ocurrido nada para que la posterior inspección por la cumbre no encuentre rastros. Ahora solo restaba consumar su cometido.

A cada momento mira en su reloj pasar los minutos y las horas, que le dictan los días y las noches transcurridas, descontarse lentamente. Busca soportar los instantes del cronómetro antes de llegar a la meta recordando a su familia, a su padre siendo despojado de su negocio de telas por argucias municipales para que un nuevo centro comercial propiedad del país invasor sea erguido sobre sus ruinas; a sus amigos, tratando de salir adelante en trabajos honestos donde eran explotados, encerrados en cajas de metal para trabajar dieciséis  horas diarias, o emprendiendo negocios sin futuro pues eran ahogados sistemáticamente por impuestos y leyes opresoras; a su ciudad, dirigida por empresas extranjeras que brindan el peor servicio y cobran los más altos precios de la región. Todos los puestos claves de poder son de los usurpadores, quienes manejan el país a su antojo con el único propósito de llenarse los bolsillos para ellos y su familia en su tierra natal. No les importa el desarrollo de la nación que ocupan, pues cuanto más hundidos estemos mejor para ellos. Solo quieren mantener las apariencias ante el resto del mundo, inventando grandes inversiones para obras que no sirven a nadie más que a sus intereses. Una ocupación dictatorial que se pone la máscara de gobierno provisional para el orden y defensa de los derechos humanos. Todos estos pensamientos y recuerdos le dan fuerza a Rufino para resistir y esperar el momento adecuado, además son su único enlace con el exterior, un mundo que le provoca indignación y rabia y que él está dispuesto a derrumbar.

Han pasado casi ciento cincuenta años desde que ocuparon la capital y con la ayuda de la mayor potencia mundial, Reino Unido, y Francia haciéndose de la vista gorda, se quedaron. Toda la costa les pertenece pero aún hay resistencia en las montañas, donde quedó la semilla de tayta Cáceres, una semilla que brota y crece a través de las décadas. La costa se alimenta en su mayoría de la sierra, y los rebeldes no dejan de atacar las rutas de comercio y el paso de alimentos hacia las grandes ciudades cerca al mar. Estados Unidos poco a poco se está convirtiendo en una potencia científica y ha optado por apoyar a los rebeldes con tecnología, la actual situación de tener a los europeos tan cerca controlando a sus vecinos americanos no le conviene para su desarrollo. Toda la maquinaria usada para el plan es de ellos, incluso los explosivos, lamentablemente activarlos por señal remota es imposible, el gobierno usurpador hubiese detectado la señal de inmediato. Rufino lo sabe, pero no lo lamenta, encender los explosivos manualmente por un cable es lo necesario y él lo va cumplir a cabalidad, por su padre y tayta Cáceres. Es la espera lo que lo angustia. Una semana es mucho tiempo por soportar y aumenta el riesgo que lo detecten allí abajo. La Cumbre para la Sociedad y el Progreso de Latino América es un evento de gran relevancia cada 5 años y el estado invasor toma medidas excesivas de seguridad, pero si se logra burlarlas el evento se convierte en el momento perfecto para que la resistencia ataque. El primer ministro británico, el presidente francés y Manuel Lynch, Jefe político de la ocupación, el cargo de mayor rango, es decir, el mandamás de estas tierras, se sentarán juntos en una mesa de caoba en el salón Túpac Amarú el cual tiene ventanales a la Plaza Mayor. Habrá periodistas por todas partes, será notica mundial cuando los cimientos y el suelo se desplomen debajo de ellos tragándoselos para siempre. La noticia se verá por todos los medios del planeta, todos los países invitados evacuaran a sus miembros y los andes rugirá con un ataque masivo a las vías de comercio y un avance imparable hacia la costa. Estados Unidos condenará el acto de terrorismo pero pondrá en duda la eficacia  de control del invasor, Rusia, España y probablemente Alemania apoyarán la iniciativa, pues tampoco simpatizan con la hegemonía inglesa en América. Los rebeldes atacarán la capital y empezará otra guerra, una que esta vez se ganará, solo basta una oportunidad, un acto atroz y ruidoso que fije los ojos del mundo. Al menos todo esto fue lo que se le prometió a Rufino antes de aceptar la suicida misión.

Su padre le decía: “Cuando estas metido en el hoyo hijo, solo te queda la esperanza, pensar que si te esfuerzas vendrá lo mejor” Y ahora literalmente es lo único que le queda al joven mártir. Son las 10:55 am. del día indicado, sus órdenes son presionar el botón a las 11:00am., quince minutos después de iniciada la sesión de gobernantes. Pero el chico está nervioso, aislado de todo contacto no puede estar seguro que los objetivos están en posición, tal vez  la reunión se postergó treinta minutos o un día entero, quizá ahora mismo los agentes antibombas lo estén buscando, después de todo mucho ha podido pasar en una semana. Tampoco puede esperar demasiado, la reunión durará tan solo 45 minutos para firmar papeles previamente acordados y contestar preguntas de los periodista lacayos. El reloj marca las once y cinco minutos, aún sigue dudando y sudando por chorros, sin decidir qué hacer cuando su pulgar presiona el botón de manera autónoma y la oscuridad se llena de una luz intensa, su respiración se apaga y ya no puede escuchar a su corazón golpearle el pecho. En un microsegundo o menos, para la mente no existe el tiempo, Rufino puede ver la sala palaciega derrumbarse en pedazos junto con los tres malhechores, las huestes del general Huamánjulca caer como olas gigantes sobre las ciudades secuestradas, y por fin una existencia justa e igualitaria, entre compatriotas por el bien común de la nación.