Autor: Sandro Alonso Montes Bravo

Hoy es mi cumpleaños, un 5 de julio  de 1879 y mis amigos no sé de donde me consiguieron una torta en la cual  16 balitas hacían de velitas. ¡Pide un deseo! me dijeron y yo muy raudo pensé en esos ricos jugos de Lima que preparaba mi madre en los desayunos y hacia que todo pareciera arreglarse en los días felices de mi niñez que vivía en Arequipa.
Fue un deseo en un lugar que parecía el epilogo  de muchas sonrisas y de muchas tristezas. Mi tenue soplido solo se acorto con las palmas de mis amigos con fusiles en mano y bayonetas caladas que me dijeron ¿qué pediste?, ¿cuál fue tu deseo?, y pensé, ¿qué les digo?, porque nosotros sabíamos que el enemigo muy pronto nos atacaría y decirles lo que desee tal vez les incomodaría, pero aun así solo atine a decirles, “unas deliciosas Limas, para hacerme un jugo.”
Alfredo Maldonado es mi  nombre y solo que el inocente pedido de un adolescente con una infancia tardía de una niñez trasladada a una guerra que no quería que se originara, se mitigaba con el deseo de probar “unas deliciosas Limas”.
Pensé que si yo era uno de los 5 sobrevivientes de la Batalla del Alto de la Alianza y sabiendo que el el ejército expedicionario necesitaba un puerto adecuado para su abastecimiento además de eliminar cualquier foco de resistencia, era cuestión de días de que se prepararan para la captura el puerto de Arica en que nos encontrábamos.
Viendo mi armamento y con la avidez de la curiosidad de un púber, me di cuenta de lo disparejo de nuestras armas, mientras que la infantería chilena estaba armada con fusiles Comblain y Gras recalibrado a la bala del Comblain, de tal manera que utilizaban el mismo cartucho, mientras que la caballería chilena utilizaba carabinas Winchester Modelo 1866, carabinas Remington y sables. Todos nosotros  estabamos armadas con fusiles Chassepot, que utilizaban cartuchos de papel y se trababan después de 50 a 100 tiros. La excepción era el batallón Artesanos de Tacna N°29, armado con fusiles Peabody-Martini, y el de Granaderos de Tacna N°31, armados con fusiles Remington.
Parecía que si las armas peruanas hablaran no se podrían entender,  por qué armas diferentes, ¿cómo hablarían si les faltaran balas? En cambio las armas chilenas hablaban el mismo lenguaje de balas que nos dejaría mudos a nosotros cuando las nuestras  se terminaran.
Esa noche en mi trinchera le comente a uno de mis compañeros el deseo de probar Limas,     ¿en este desierto inclemente podre encontrarlas?, si ni de la población de Arica recibimos raciones de frutas, pues todo esto es un deseo que el viento comenzaba a llevarse de mi mente.
Mi compañero con paz en su corazón me dijo que camino al morro vio un pequeño lugar verdoso con un árbol de frutos amarillos, ¿podrían ser las Limas deseadas, pensé?, porque no me acompañas a traerlas por favor le dije. Salir del fuerte ciudadela en pos de mi deseo era caminar 3 km en una quijotesca empresa de conseguir frutas en un árido desierto, ¡acompáñame amigo!, le dije, de lo contrario me iré solo. ¡No lo hagas Alfredito ! si te atrapan morirás me dijeron, pero yo con resolución de haber sido uno de los sobrevivientes de La Batalla  del Alto de la Alianza, tenía a la muerte como amiga.
Nuestro jefe militar de Arica supuso que el ataque vendría por el norte y ordenó minar las cercanías y fortificar las posiciones que miraban al norte de la ciudad, bajo la dirección del ingeniero Teodoro Elmore, y sabiendo de ellas las sorteamos mi amigo y yo con rumbo a buscar nuestro amarillo botín, el cual después de ciertos Km recorridos lo hallamos.
Parecían un sueño verlas en el árbol, solo atine a recogerlas con premura a la voz de mi compañero que me diera prisa, pero una patrulla de 5 chilenos nos dieron el alcance y cuando ambos bandos nos apuntamos las frutas que quedaban aun en el árbol se volvieron el codiciable botín, más que el salitre en disputa.
¡Dejen esas frutas y lárguense!, nos dijeron, ya que nadie deseaba disparar, eso podría alterar las estrategias de ambos bandos trazados antes del inicio de la batalla. ¡Si las quieres tómalas! Les respondí, pero nadie dejaba de apuntar a nadie. Uno de ellos bajo su arma y con valor arranco las frutas restantes del árbol, parecía que no nos tenía miedo y retirándose nos dijo: ¡Dentro de muy poco nos volveremos a ver en el campo de batalla!
Otro día empezó y con las Limas obtenidas volvimos al Ciudadela ´pero un cargo de conciencia nos invadió cuando nos enteramos que el emisario chileno José de la Cruz Salvo se presentó ante Bolognesi para intimar la rendición frente al superior número de atacantes, entablándose el siguiente diálogo:
Bolognesi: Le oigo a usted.
Salvo: Señor, el General en Jefe del Ejército de Chile, deseoso de evitar un derramamiento inútil de sangre, después de haber vencido en Tacna al grueso del Ejército aliado, me envía a pedir la rendición de esta plaza, cuyos recursos en hombres, víveres y municiones conocemos.
Bolognesi: Tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré hasta quemar el último cartucho.
Salvo: Entonces está cumplida mi misión.
El 5 de junio, después de que el mayor Salvo regresara de parlamentar con Bolognesi, la artillería chilena ubicada en Chacalluta y Azapa inició el fuego a las 9:00 horas con las defensas peruanas de las Baterías del Norte y del Este.
El estruendo de los cañones nos recibía y solo atinaba a pensar de que pudimos dar rienda a una batalla antes de tiempo y que la hora de la verdad estaba a punto de terminar su recorrido de vida en muchos de nosotros. El enfrentamiento entre la artillería chilena y las baterías peruanas se prolongó hasta las 13:00 horas sin obtener resultados para ambos bandos.
¿Cómo disfrutar de dicho botín obtenido cuando todos se preparaba para morir?, no pude comerlas solo atine a verlas y esconderlas en mi campamento diciéndole a mi amigo que las disfrutaríamos muy pronto porque muy dentro de mí algo me decía que en las Limas estaba la solución a la guerra.
Inmediatamente pedí la audiencia con Bolognesi, y a  pesar de la negativa de sus escoltas atine a meterme a su oficina y con una venía le dije:
Alfredo : Mi Coronel , escúcheme por favor
Bolognesi ; ¿Cómo te atreves a presentarte de esa manera? Debería fusilarte.
Alfredo: Mi Coronel creo que tengo la solución a la guerra y sacando de mi morral las Limas le dije, son estas frutas que lo harán.
Bolognesi : ¡Estás loco niño!, ¿ cómo lo harán, acaso las frutas disparan?
Alfredo: ¡No mi coronel!, pero si me permitirán ir al campamento enemigo e invitarles un rico jugo de Lima, con el deseo de planear una mesa de diálogo sobre la guerra, yo creo que podríamos detener un baño de sangre inminente. Además yo sobreviví a la Batalla del Alto de la Alianza, y sé que sobreviviré a la Batalla de Arica.
Bolognesi : ¡ Ve pues, pero yo no me hago responsable de tu muerte!
El 6 de junio a primera hora y antes que el enemigo iniciara el bombardeo  desde las baterías de tierra y con una bandera blanca me encontré frente al Mayor Baquedano, jefe de las fuerzas enemigas, planteándole lo dicho al Coronel Bolognesi y que el punto de reunión sería el árbol de Limas.
A pesar de la deliberación, Baquedano acepto quedando como punto de reunión el indicado para el 7 de Junio a temprana hora. ¿Cuál es tu rango? Me dijeron. Soy Cabo a mucha honra y mi deber me llama a lograr la paz entre todos nosotros.
La reunión acordada contaba con 10 oficiales de ambos mandos, uno de ellos Alfonso Ugarte con mucha dignidad y aprecio me dio las gracias por el gesto que había tenido y marcialmente se retiró para dar paso al dialogo de 2 colosos sobre el destino de una cruenta guerra que en breves minutos se volvería a deliberar.
Han pasado los años y un tratado alturado en los libros de historia se narra como ejemplo del raciocinio del ser humano y no la violencia insana de seres sin corazones, algunos de dichos acuerdos los detallo a continuación:
1. Se restablece la paz entre ambos países.
2. Perú cede a Chile la provincia de Tarapacá para las inversiones en el guano y salitre, siendo regido por las leyes peruanas.
3. Arica y Tacna contaran con inversiones de capitales chilenos para impulsar su desarrollo e intercambio cultural con el Perú.
4. Ambos países se comprometen a realizar la reconstrucción de las vías de comunicación y de las ciudades afectadas.
5. Perú y Chile debían acordar precios y cantidades de venta para impedir una competencia dañina referida a todos sus productos de venta.
6. Las Islas Lobos de Afuera quedarían bajo administración y explotación chilena mientras hubiesen depósitos de guano explotables y el 50% de las ganancias debían ser entregadas al Perú.
7. Establecimiento de tribunales arbitrales que determinaron las indemnizaciones a pagar a los ciudadanos chilenos expulsados de Perú cuyos bienes habían sido embargados al inicio de la guerra.
Solo queda agregar que ambos ejércitos dicho 7 de junio volvieron a sus ciudades capitales con un nuevo deseo en su corazón de trabajar por el progreso sudamericano y de fortalecer a las familias, porque la guerra a nada bueno nos estaba llevando y este joven Cabo por fin con sus amigos de regreso a casa pudo tomar su rico jugo de Lima.