Autor: Elvis Jefferson Villanueva Basilio

Un movimiento brusco del avión, lo despertó con sobresalto.
Esa costumbre maniática por los relojes, conminó a Vladimiro Montesinos a consultar su Rolex inglés e ignorar la tablet que se le caía de sus muslos. En la pantalla del aparato destacaba enorme y nítida las 12:34. Una voz anunciaba en los parlantes la cercanía del aeropuerto Jorge Chávez. Vladimiro se imaginó – bajo las nubosidades que estaba sobrevolando – una ciudad distinta de la que había dejado hace diez años. Más grande, más sucia y más desordenada; una ciudad que con sus proyectos hubiera al menos justificado su podredumbre, pero, ayayay, los peruchos se habían jodido solos.
Vladimiro se repantigó en su asiento, un monte de grasa abdominal – ¡qué buena vida, carajo! – le obstaculizó consultar su tablet nuevamente. Buscó la página web de El Comercio y volvió a repasar las noticias. Una entre todas se destacaba con letras grandes: “Kenyi Fujimori es el nuevo presidente del Perú”. Una sonrisa se dibujó en su rostro, pero enseguida una tos apagó su felicidad. “Asma de mierda”, se dijo. Siempre le había afectado el invierno limeño, la humedad, el smock, las bufandas de lana que le enronchaban desde la papada hasta las orejas. Dejó atrás las noticias y movido por una emoción empezó a teclear su nombre en Google. Los primeros resultados que arrojó el buscador lo golpearon como si el avión se hubiese precipitado. Estaban ahí, no solo uno sino dos de esos videos. Enlaces escurridizos que por más que había intentado desaparecerlos seguían ahí vinculándolo a su pasado. Algún gordo de marras, escondido en el fondo de su cochera, volvía a colgar inescrupulosamente los videos. Se pasó una mano por la pista lisa de su cráneo. Suspiró. “Maldita sea la hora en que grabé esas huevadas”, se recriminó, “¡qué cojudo!” Sin embargo, aquello pudo haber sido trágico, si no fuera por la brillantez con que había resuelto ese lío y se había “bajado” a la Pinchi Pinchi limpiamente, como Dios manda.
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Ella sabía que el día de su muerte estaba cerca, y sabía también que las venganzas del Doc eran nada misericordiosas. Matilde Pinchi Pinchi, durante los años en que estuvo paseándose como asistenta personal del Doc por las claustrofóbicas oficinas del Servicio Nacional de Inteligencia del Perú (SIN), había presenciado muchas cosas. Se diría suficientes para echar a la hoguera al Doc y sus lugartenientes, para tumbarse un régimen degradado o para comprometer al mismísimo presidente. Sobre este detalle Vladimiro Montesinos había meditado bastante. Se había iluminado durante los espasmos de una orgia en la famosa Salita del Amor que había acondicionado dentro del SIN. Vladimiro, montado sobre una rubia hermosa y vacunamente proporcionada, concluyó que hay tentaciones que no se podían resistir como las eyaculaciones o el chisme. Que una lengua se soltara era cuestión de tiempo como las copulaciones, que para una cincuentona de Miraflores el chisme era una cuestión de prestigio y clase, y que la Pollito – como le decía cariñosamente a su asistenta – ya estaba frisando los cincuenta y no tardaría en entrarle a las tertulias de viejas chuchumecas que la obligarían a contarle algún secretito. Su reputación correría peligro entre mesas y juegos de té en las tardes.
Aquel lunes de setiembre del año 2000, Matilde se sintió aletargada. “Fue un viaje demoledor”, se dijo recordando su reciente viaje a Rusia con el Doc y su esposa. Mientras cruzaba, con pies de plomo, la garita del SIN nadie le pidió identificarse. Era la preferida del Doc, y algo más, decían los almirantes y generales que la conocieron.
Matilde llegó hasta su oficina y vio sobre el escritorio una nota con una rosa blanca.
“Pollito, hoy a las 8, cena romántica en el Crillón. Ponte lo que me gusta, ya sabes. Tu Daddy”.
Tomó la nota y se la guardó en el pecho. Luego comenzó su trajín del día. Documentos, firmas, sellos. Clasificación de archivos ultramegahipersecretos, facturas exorbitantes del Doc (que no estaban a nombre del Doc), anotaciones en la agenda con personajes conocidos pero que figuraban con alias bien cachacientas. Vladimiro era un capo poniendo y quitando apodos; una vez se refirió al mismísimo presidente – obviamente, éste nunca se enteró – como el Hirrotito Eléctrico, por su oscura fama de electrocutar a su mujer; varias veces le llamó, en su cara, al primer ministro Yoshiyama, mi eximio cabeza de gato.  Y lo de la Pollito a Matilde Pinchi Pinchi también era obra suya, por ese mohín que le hacía cuando él hacía hígados por cualquier cosa y le hacía recordar a su madrecita ampayándole desde la puerta de su cuarto de adolescente, “¡Gordito, deja de manosearte!”
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Sería porque había hecho caso a sus amigas que la aconsejaron hacer cien sentadillas y dar unas vueltitas alrededor de la manzana que Matilde Pinchi Pinchi sintió duplicarse sus energías a eso del mediodía, y de varios plumazos y dedos tentaculares acabó su trabajo un par de horas antes de la salida.
El día anterior había tomado una resolución. Estaba un poco excitada, uno, por descubrir que el ejercicio le caída a las mil maravillas, y dos, porque había quedado con Olivera e Iberico, congresistas de la oposición Fujimorista, entregarles cierta información importante, tan importante que hacerles el delivery les iba a costar unos “cuantos” dolarucos. Los congresistas de la oposición le dijeron, como todo regateador, ver para creer. Y Pinchi Pinchi decidió entregarles un par de videos grabados secretamente por el Doc a dos congresistas del Perú, en las que se ponía en evidencia que no sólo se podía vender el alma al diablo, sino también los cuernos y el rabo por un pingüe suma de dinero.
“Primero la puntita –  se dijo Pinchi Pinchi, recordando las frases pícaras del Doc antes del sexo -. Dos videítos nomas”, se convenció, mientras jugaba con la llave y el pomo de la puerta del salón donde se archivaba el material peligroso. Entró levantando ligeramente los tacos para convencerse de que esta era una misión arriesgada y merecía todo el respeto posible, avanzó unos pasos hasta la bóveda donde se guardaban las cintas de video. “Kouri – Montesinos” – pensó, recordando que el congresista Kouri no era de las personas que le caían simpáticas. “Que se joda”, murmuró. Mientras descolgaba su carterita de primavera. Intentó capturar con la vista el nombre del congresista Kouri entre los tantos lomos de videos escritos con tinta azul. Craso error, porque a la mano estaban las de P… y A…, pero se encaprichó. Esta decisión le llevó a descubrirse fatigada, enclaustrada en el rectángulo empapelado del cuarto de archivos, bajo una luz mortecina que le quitaba la respiración, como si alguien más le restara el aire.
– ¡Posho! ¿Qué hacés? – dijo Montesinos, jugando al argentino.
– Eh… – titubeó, la asistenta -. Ordenando y quitándole el polvo a los VHS.
– Un polvo es lo que me acaban de quitar – dijo, Vladimiro elevando las cejas hasta la entrada de su calavera, todo picarón -. Esa tal Gaby, ufff, tremenda yegua había resultado – comentó, entregándole el video grabado de su última orgía.
– Ay, qué indiscreto– dijo Matilde, tragándose la impotencia de no haber sido para siempre su potranca. – Pasa.
Matilde recibió la cinta y abrió otra bóveda, las llaves se le que querían escapar como un pez vivo de sus manos. Vladimiro solo le dijo “asegura bien, Pollo”, mientras giraba sobre la plataforma de sus mocasines. Pinchi Pinchi cerró la anterior bóveda, echando al abismo oscuro el video del congresista Kouri siendo sobornado. Abrió la bóveda de las “canitas al aire” e hizo a la que depositaba la cinta de Gaby, la yegua. Felizmente, acostumbrada asistir con falda al trabajo y bajo la presión de la tela en su trasero escondió la grabación pornográfica. ¿Qué cosas la habrían llevado a hacer esto que jamás estuvo en sus planes? Iba denunciar la corrupción de un régimen, iba a salvar su pellejo, conjeturarían después algunos políticos, y los periodistas decían que Matilde lo había hecho por dolor, por amor mal pagado, por despecho, carajo. ¡Nunca fue una yegua, con las justas y caballito de mar!, opinó un chistoso por la radio después de su muerte.
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Vladimiro la cogió del antebrazo como un dandi y la secundó hasta la salida. Matilde trató de esconder las pompis caminando erguida, pero lo último que hubieran visto los custodios del SIN era el culo de una vieja.
Ya en la parte trasera del auto, Pinchi Pinchi había aprovechado una distracción del Doc para sacar el VHS camuflado sobre su culo. Lo metió en su cartera de primavera y disimuló sacar un espejito para verse como andaba la cosa. Estaba un poco pálida pero nada sudorosa.
– Al Crillón – ordenó Montesinos.
– No, aún no. A mi casa. Déjame un rato en mi casa. Quiero ponerme cómoda, lo que me sugeriste.
El auto negro avanzó como un misil por las calles de Lima.
– ¿Qué tanto miras el reloj? – curioseó Montesinos.
– Lo aprendí de ti pues.
Faltaban un par de horas para el encuentro prometido con los congresistas Iberico y Olivera. Si exigían ver algo, al menos tendrían eso. ¿Pero cómo si Vladimiro se le había adelantado? Se suponía que nadie la llevaría a casa.
– Estamos cerca, Pollito. Tengo un hambre de perro, carajo. Ya quiero ir a comer.
El carro estacionó dos cuadras más allá del porche de Matilde, para disimular. Bajó la asistenta evitando enfrentar la mirada tristona de Montesinos. Se salvó, pues el Doc se había descolocado los espejuelos finísimos. Unas marcas carmesí se habían tatuado en la naciente de sus narices. Pobre Montesinos, algún día se quedaría ciego – había comentado Matilde a un general de navío – y a él que le gusta ver todo. Si su mirada sería un arma, te diría que varios aquí hemos sido fusilados.
Esta vez no se le escurrió las llaves, pues la empleada había sentido su llegada.  La saludó como siempre y la secretaria le sorprendió con un objeto plástico, cuadrangular, peligroso: “Toma”, le dijo, resuelta. Lo había definido en el carro. Sólo Abigail, su paisana y empleada de la casa, podía llevar el mensaje a los congresistas. Le dio indicaciones precisas: “A las 8 en el chifa Cantón. Diles que hoy no podré, que mañana vendré. Pero si es que no vuelvo hasta mañana en la tarde – se le hizo una bola en la garganta –, entrégale esto a los señores y algunos periodistas. De algo servirá. No hay tiempo, amiga. Adiós”.
Volvió cómoda, rozagante, oliendo a un campo de fresas.
– ¿Y? –  preguntó Vladi.
– Vamos.
– Estás elegante, Pollito. Muy elegante.
El carro avanzó como un cohete y penetró la Panamericana Sur. El Hotel Crillón quedaba en el centro.
– El chófer se está equivocando – intentó desentenderse de su destino Pinchi Pinchi.
– Cambio de planes – dijo el Doc -. Mejor vamos a la casa de playa. He mandado a unas zambas para que nos esperen con un buffet.
– Bien – carraspeó Matilde.
– Tengo que sacar unos videítos de la casa, me han dicho que hay un par de chivatos que me quieren calumniar. ¿Sabes algo de eso, amorcito?
– No – sonrío Matilde- ¿Quién querría hacerte daño?
– No sé, por ahí me dicen nombres: el almirante Rozas, ese picón; el cholo Huamán, hace tiempo que quiere imponerse.
– No creo. Son tus amigos, darían un brazo por ti.
– Ay, Pollo, Pollo. Uno se entera y ve cada cosa. Tengo que limpiar la casa, sacar la basura de una vez. Nunca se sabe si podemos estar viviendo con el enemigo.
En eso sí tenía razón el hombre fuerte del SIN. Él mismo había traicionado a su patria cuando era militar vendiendo información secreta a otros países. ¿Qué podía esperar de otros arribistas?
– ¿Quién está en tu casa? – preguntó Montesinos.
– Abigail– mintió, Matilde. -La empleada.
– Espero que no haya hecho la limpieza de tu casa, sería una pena. Mis muchachos estarán haciendo un loquerío en este momento. ¿Tiene hijos tu empleada?
– Soltera-  dijo la Pollo, resignándose a su destino.
– Perfecto, quizás hoy le hagan uno mis muchachos, ja, ja, ja.
El auto negro se encajó en el jardín de la casa de playa. Dentro de los ambientes blancos de la casa, Matilde pudo distinguir un par de cabezas robustas, paseándose. No eran las zambas, naturalmente. Bajaron y entraron. Vladimiro le trajo un asiento y los muchachos de las cabezas robustas entraron por diferentes esquinas: “Hablemos”, dijo el Doc, tintineando con los nudillos de anillos de oro una ventana que daba hacia el mar. Luego, cerró las persianas para siempre.
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Cuando el avión aterrizó, Vladimiro Montesinos concluyó que los últimos diez años metido en la embajada de Filipinas no habían sido tan malos. El aire de Lima aún seguía dándole escozor, pero el resto de las cosas aún contenían el mismo aroma. El tráfico, los barrios, las gilas. El mismo color ausente del cielo, todas las casas del Callao. La travesura que había cometido en sus videos, ahora, viéndolo mejor, eran solo eso, una chiquillada a comparación de las cosas que se hacían hoy en el Perú. Violaciones, feminicidio, muertes… “¿Condenarlo a uno por cachero?”, reflexionó. Vladimiro guardó la tablet y se ufanó por un momento de su fama. “Actor porno, dicen”, se había reído todos estos años detrás de su mesa de embajador del Perú en Filipinas, “más famoso que Cronwell Gálvez, dicen estos conchasumadres, ja, ja, ja”. “¿Cómo carajos habían aparecido esos videos?, ¿a qué pajero les había interesado?”