Autor: Rosario Gloria Allpas Siles

«¿Cuánto, cuánto? Acá hay diez mil dólares —extrae de su bolsillo izquierdo—. Usted dígame —y, sacando de su bolsillo derecho otro sobre—. Son cinco mil dólares más. Diez más cinco, quince». Kouri no se inmuta y con la mirada le insinúa una cantidad mayor, indaga sobre la posibilidad de recuperar su inversión relacionada con los gastos de campaña, a lo que Montesinos retruca: «Usted dígame, piense para mañana o el lunes».
                                                  Primer vladivideo expuesto en Canal N. Setiembre 14, 2000

Los peruanos mirábamos atónitos la televisión, era el primer video donde aparecía Vladimiro Montesinos, asesor del presidente Alberto Fujimori y jefe del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), con el congresista de oposición Alberto Kouri de las filas de Perú Posible, partido del ex candidato a la presidencia, Alejandro Toledo.
Es así, cómo millones de peruanos, cogidos por la sorpresa, vimos con los ojos como platos, la compra de consciencia de un político. El objetivo era tener mayoría fujimorista en el parlamento y el encargado de cumplir tal fin, el asesor presidencial. El congresista opositor Alberto Kouri se había pasado a las filas del gobierno; inclusive, a mediados del mes anterior, había dicho que demandaría a su ex jefe Alejandro Toledo por haber mancillado su honor con acusaciones de traición. Hoy caía la careta de inocente, para ver el rostro verdadero de tránsfuga corrupto.
Lo que siguió después de la publicación del video fue una ola de indignación y rechazo contra el mandatario peruano. Por ello, Fujimori anunció la convocatoria a elecciones generales y la desactivación del SIN. El asesor, conocido también como el Doc, habría volado a Panamá.
Cundía la confusión en todo el Perú, la bancada fujimorista se desmoronaba, mientras seguían saliendo a la luz otros videos donde Montesinos realizaba la compra de líneas editoriales de canales de televisión. Montañas de dinero expuestas, otra vez, a los ojos de todos los peruanos.
Cuando anunciaron que el Doc había retornado clandestinamente a Lima, Fujimori con cazadora de cuero negro, serio, autoritario y dueño de sí mismo, dirigió personalmente el operativo de búsqueda del asesor, seguido por una multitud de reporteros. Parecía una persecución cinematográfica al mejor estilo de algún capítulo de “El fugitivo”. Alguien dijo que realmente estaba buscando los vladivideos para acabar de una vez por todas, la puesta en escena de los videos que pasaban a diario, como si fuesen capítulos de telenovela. Como en una loca carrera contra el tiempo Fujimori fue a varias viviendas sin conseguir dar con el paradero de su asesor; pero una madrugada allanó la casa de la ex esposa, Trinidad Becerra no hallando absolutamente nada. Derrotado, el 13 de noviembre viajó con destino a Japón haciendo escala en Brunéi, dejando tras de sí un revoltijo de fujimoristas esperanzados en la inocencia de su jefe y, una oposición que no podía aún hacerse del poder. A la renuncia de Fujimori a la presidencia del Perú por fax, surgió la figura de un pequeño gran hombre: el presidente del congreso, cuyo nombre inspiraba coraje, valor, lucha: Valentín y en su apellido nos ofrecía lo básico para el sostenimiento humano: Paniagua. Con eso, los peruanos asegurábamos unas elecciones libres y justas a mediano plazo.
¿Y qué pasó con los vladivideos? Ni doña Trinidad, ni Montesinos, ni Fujimori, ni Pinchi Pinchi —convertida esta última en colaboradora eficaz—, sabían el paradero de estos, pues antes del allanamiento a la casa de la ex esposa de Montesinos por parte de Fujimori, unos hombres habían entrado con pasamontañas y se habían adueñado de setenta maletas y setenta cajas. Lo único que decía nerviosa a las cámaras doña Trinidad era que entraron cinco hombres, que no pudo ver sus rostros porque estaban cubiertos, pero que vio sus zapatos pulcros, muy bien lustrados.
Dos décadas han pasado sin saber el paradero de las maletas que contenían no solo videos, sino también audios. Los primeros años una creciente ansiedad envolvía a políticos, empresarios y gente de la farándula, posibles visitantes a la salita del SIN. No obstante, al pasar el tiempo la zozobra se fue mitigando poco a poco hasta casi desaparecer.
¿Y qué, sobre los zapatos limpios? Muchos pensaron que podían ser militares. ¿Quiénes mantenían sus calzados con una pulcritud rayada a la compulsión? Fueron considerados muchos nombres, pero todos se descartaron. Además, ¿por qué Montesinos parecía no saber quiénes poseían los vladivideos? De todos modos, estos no salieron a la luz, se creía que quienes los tuviesen los estaban manteniendo a buen recaudo. ¿La razón? No se sabía.
El tiempo pasó, Fujimori volvió al Perú, pero fue directo a la cárcel, acusado no solo por delitos de corrupción, sino por crímenes de lesa humanidad. Al igual que Vladimiro Montesinos y todas las autoridades implicadas en tales delitos.
Gobernaron el Perú, después de Fujimori, Alejandro Toledo, Alan García, Ollanta Humala y Pedro Pablo Kuczynski. Una sombra negra mucho más grande que la noche apareció convertida en una multinacional brasileña delatando la prostitución más grande de interés público, su nombre hizo temblar a funcionarios y jefes de estado de doce países, entre ellos: Perú. La gigante constructora Odebrecht implicó a todos los gobernantes que siguieron a Fujimori, con diferentes proporciones de culpabilidad. Si Fujimori había sido el jefe de gobierno más corrupto del país, los que lo siguieron tampoco habían sido pan de Dios.
Esto fue aprovechado por los hijos de Fujimori: Keiko y Kenji, quienes viendo el descalabro político se subieron a la ola como candidatos libres de pecado.
Además, los niños de la década aciaga de Fujimori habían crecido y se habían convertido en los “pulpines” de hoy. Muchos de estos eran sus seguidores, no sabían la historia o la tergiversaban a su antojo. Los adultos y mayores, desconcertados por el mal actuar de los políticos, parecía que se hubiesen olvidado del otrora gobierno corrupto. Algunos empezaron a decir que mejor estábamos con el Chino, apodo de Fujimori.
Mientras, en una casa señorial de La Molina, unos hombres maduros se daban cita.
—Coronel Santos, muy buenos días —dijo el dueño abriendo la puerta de madera noble con filos dorados.
—¡No me digas coronel! Esas épocas ya pasaron —contestó sonriendo y dándole la mano—. Y, ¿los demás?
—Están en camino.
—Bueno, a trabajar. ¿Dónde están las maletas?
—Están a buen recaudo, mi… —calló y señaló el librero, cuyo frente fue movilizado con el control remoto.
—Llegó la hora de clasificar.
Llegaron dos hombres más, con los zapatos perfectamente lustrados. Luego de los saludos. Santos indicó:
—Bien, manos a la obra. Vamos a tener mucho trabajo. Bien decía el Doc: «Las personas tienen una memoria frágil».
—Cierto —dijo Cabrejos—. Estoy harto de escuchar que los vladivideos nunca existieron, que fueron una invención de la prensa amarillista de la época.
—Ja, ja, ja. ¿Es que no saben que la prensa de la que hablan estaba comprada por la dupla Fujimori-Montesinos?
Llega el quinto invitado. Estrechan sus manos. Montes, el dueño de casa, se apresura a descorchar la botella de champán. Sirve generosamente los vasos y reparte.
—Pues, aquí estamos nosotros para recordarles —Levanta la copa Santos y brinda con todos—. ¡Salud! Es el momento de traer abajo a los Fujimori. El Perú sabrá quiénes son, las rutas del dinero robado, su relación con el narcotráfico y otros pecadillos.
—Pero dirán que los hijos no tienen nada que ver con las culpas del padre —anuncia Alfaro.
—Eso también se sabrá. Recuerdas el video donde aparecen riendo con Montesinos, ellos siempre han sabido todo, pues crecieron con la corrupción. Hay decenas de videos donde ellos compartían las ideas retorcidas y las aprobaban.
—Y después… ¿Qué? —pregunta Galván.
—¿Conocen a Oswaldo Salvatierra? —sondea Santos.
—Sí. Es el último en las encuestas electorales.
—Ese es el hombre. El próximo gobernante. Es honesto. Lo ayudaremos.